La Guerra de los Clanes

Relatos Del Pasado

Terminada
Escrito el 28-05-2008 22:02 #1

Llama de plata

I

En la orilla septentrional del Mar Interior, cerca de donde desembocan las aguas mezcladas del Río Rojo y del Río Rápido, se levanta Yámora, una antigua ciudad, tan vieja como el tiempo, una ciudad de tortuosas calles empedradas, hogar de marciales reyes orientales, de taimados comerciantes y de hábiles ladrones.

Dos figuras, casi dos sombras, se deslizan, bajo una fina luna creciente, a la pálida y plateada luz de las estrellas; sus pasos suenan amortiguados en el empedrado de un callejón solitario.

-¿Qué, Restok, te gustó mi último poema?- preguntó en tono burlón un joven corpulento que vestía una rica túnica verde con bordados de oro y plata.

-Sí, lo oí anteayer en una taberna del puerto, lo cantaba un rufián al que no dejaría ni que me sirviera de lacayo.- El viejo comerciante carraspeó, aclarando su voz cascada, y recitó:

Vino de norte el Lobo asesino

Navega en sangre el gran criminal

Prepara el cepo el pueblo oprimido

La sangre del rey clama en el Mar.

-Bonito estribillo, tus antepasados estaría contentos; del resto no me acuerdo, pero no me pareció peor que tus últimas creaciones- acabó el interlocutor, con risa torcida, mientras se calaba la capucha, escondiendo unos ojos pequeños y brillantes, y se arrebujaba en una gruesa capa, bajo la que se entreveían ropas suntuosas.

-Mi antepasados, Restok, eran unos pobres estúpidos, no supieron ni gobernar ni mantener su reino; cuando cayeron ante el Lobo, hacía mucho que habían abandonado el camino de la guerra y no se dedicaban sino a las sedas y a las concubinas... la sangre del último rey de esa estirpe se mezcló con el agua del Mar hace más de 100 años y su cadáver fue devorado por los peces... un pobre diablo que aún nos va a ser útil.

-¿Cuántos te apoyan, los ancianos se han pronunciado?

-Va, va, Restok, no me vengas con los ancianos, esos no actuarían aunque la vida les fuera en ello. Me apoyan los suficientes para tener éxito, pero necesito a los tuyos para asegurar el golpe.

Restok se detuvo y tiró de la manga de la túnica a Vestra, el heredero legítimo del último rey de Yámora, el poeta que, desde hacía meses, infestaba el reino de calumnias contra el Gran Rey, contra el rey Angárato.

Se detuvieron ante el portal semiderruído de lo que debió ser una gran mansión.

-Escucha- dijo muy serio el enjuto comerciante- esto no es un juego divertido como los que sorbían la mente a los reyes de antaño, no pienso involucrarme en nada que no sea negocio seguro. Quiero ver al arquitecto.

-¡Oh, oh!, viejo Restok, maestro de ladrones, al arquitecto no lo verás porque no necesitas verlo. Lo tengo, y esto te basta, lo tengo a él y a su familia.

Ambos hombres, el viejo Restok, ladrón y comerciante, señor de los bajos fondos; y el joven Vestra, aspirante al trono del reino desaparecido de Yámora, fortachón petulante, mal poeta, buscador insaciable de placeres inconfesables, reemprendieron su silencioso caminar y su peligrosa conversación bajo las estrellas del Este.

II

A más de 200 millas al Norte, en las rojizas Colinas de Hierro, más allá de las grandes llanuras, en una estribación escarpada desde la que se divisan las siempre brumosas fuentes del Río Carmen, se eleva, magnífico, Helcosto: fortaleza roquera, castillo inexpugnable; hogar del Rey Angárato y capital de un vasto reino que se extiende desde las Colinas de Hierro hasta el Mar de Rhûn, abarcando al rico y conquistado reino de Yámora.

Los años han dado brillo a la fortaleza sobre la montaña. Si nació austera y guerrera, de espesos muros y de sólidos cimientos que enraízan en las mismas Colinas, con los siglos, ha ganado espacio en grandes salas y se ha elevado en magníficos arcos; si nació mecida por el repicar del acero y el calor de la sangre derramada, se ha llenado de cantos sublimes y de frases elevadas de sabios y filósofos. Si nació para conquistar, creció para seducir.

Y sus cimientos continúan profundamente enraizados y sus muros aún son sólidos y, el acero... jamás ha dejado de repicar en Helcosto.

De una sala del ala Este se escapa la dulce música de un arpa. El sol naciente que se asoma desde unas nubes rosadas está entrando, aún muy oblicuo, por un gran ventanal de cristales emplomados. Un elfo de pose serena rasga con delicadeza las cuerdas, haciendo brotar notas encadenadas de subyugante poder.

-¿Lo ves, Karaniel? uno, dos, tres, y es en el tercero donde tienes que aplicar la fuerza.

Pero Karaniel no escucha al elfo, está jugueteando con una daga brillante.

Karaniel cumple hoy 13 años, y es la hija del rey, y no tiene por qué escuchar al estúpido maestro de música.

-Karaniel, ¿me estás escuchando?- insiste el maestro, venido del lejano Bosque Verde para enseñar a la joven princesa los fundamentos de la música y para amenizar las veladas de la corte.

-No, no te escucho- responde desafiante la niña, que hoy va vestida con ropa de montar marrón y parece incapaz de concentrarse.

El elfo deja con suavidad el arpa sobre sus rodillas, con un largo suspiro, resignado.

-¿Ocurre algo?- pregunta el elfo, sabiendo la respuesta.

-No, no ocurre nada, hoy cumplo 13 años.

-Entonces... ante tan extraordinario acontecimiento quizá podamos suspender la clase- dice el maestro, burlón.

-No, no podemos suspenderla- dice la niña, mohína, y piensa en la orden tajante que le ha dado su madre cuando le ha propuesto, precisamente, no asistir a ninguna clase.

-¿Entonces, qué hacemos, joven princesa?

-No me llames joven princesa, así, burlándote- contesta la niña, con sus inmensos ojos azules clavándose con odio infantil en su maestro, al que desearía hundirle la nueva daga hasta la empuñadura.

El elfo ríe abiertamente y contagia la risa a la niña porque, en el fondo, son amigos, uno de los pocos amigos que tiene Karaniel.

-Me la ha regalado mi padre, la daga, esta mañana, cuando aún no había salido el sol- y le muestra la afilada arma, manejándola con una soltura inusual en una niña de esa edad.

En otra ala del castillo, la que da al Sur, con vistas a la llanura ondulante de Rhûn, dos elfos altos y fuertes, de movimientos felinos, están alrededor de una magnífica mesa de valiosa madera perfumada, con artesanales incrustaciones de plata. De las paredes de la gran sala cuelgan coloridos tapices que reproducen viejas victorias y, en la chimenea del fondo, arden grandes troncos de encina. Sobre la mesa está extendido un gran mapa que representa los vastos territorios del reino.

Uno de los elfos, el moreno de cara fiera, el que viste con una armadura ligera y reluciente, es Wildor, capitán de la guardia. El otro, el rubio de ojos despiadados, vestido con sencillas ropas de caza de color verde, es el mismísimo rey Angárato. Están hablando sobre los informes que hace semanas inundan la sala de trabajo, informes que avisan de que en Yámora, la Ciudad del Mar Interior, se está gestando una revuelta promovida por un supuesto heredero al trono. Ya se han enviado tropas de refuerzo y es incomprensible cómo Vestra (que así se llama el revoltoso) continúa con sus pusilánimes intentos. Hace más de 100 años que la ciudad fue conquistada por segunda vez y, de nuevo, está dando problemas.

-Señor, deberíamos hacerlo matar, tanta estupidez merece un premio. ¿Qué creerá que puede hacer ese fatuo engreído?

-Eso me pregunto yo, Wildor, eso me pregunto yo- comenta Angárato mientras observa el mapa. -Con el refuerzo que hemos enviado, un levantamiento popular es impensable… saben que no lo consentiré.

-Debe haberse vuelto loco… esa inclinación a la poesía es también absurda… él, que hasta hace poco disfrutaba torturando a inocentes ciudadanos o a sus propios esclavos… ahora se muestra como un dechado de virtudes de elevados pensamientos… absurdo.

Angárato menea la cabeza y piensa -absurdo,… absurdo que prefieran a un sádico vicioso antes que a mi laxo dominio-.

Ocultando su furia, se acerca a la chimenea y, con las manos a la espalda, se queda contemplando la danza del fuego.

-¿Lo matamos, Señor?

-No aún, no puede hacer nada, dejemos que pase un tiempo, que desespere en su impotencia; si continúa con sus ofensas, yo mismo iré a Rhûn para arrancarle el alma.

-¿Algo más, Wildor? Hoy tengo prisa, Karaniel cumple años- el rey esboza una sonrisa ambigua.

-No, Señor, nada remarcable, salvo que… desde hace unas semanas, en los caminos del Este, se están dando más ataques a las caravanas de lo que hasta ahora estábamos acostumbrados, de hecho, parecía que habíamos conseguido imponer la ley en todo el reino y ahora… supongo que será un brote pasajero, quizá…

-Sí, Wildor- interrumpe Angárato -Quizá… debemos cortarlo de raíz. He derramado demasiada sangre con el fin de controlar todo este territorio para que ahora se nos vaya de las manos, para que ahora nos lo arrebaten unos salteadores de caminos- Angárato regresa junto a la mesa y clava sus ojos azules en el gran mapa. -Envía tres compañías de caballería, quiero que los cacen como a alimañas.

Wildor enarca las cejas -¿tres compañías completas? Señor, tenemos las tropas muy dispersas, no podemos prescindir de tantos soldados en Helcosto, nos quedaremos prácticamente indefensos-.

-¿Nos quedaremos indefensos?- Sonríe Angárato –En absoluto, por lo menos no tú… porque vas a dirigir esa cacería.

Wildor da un respingo -¡Señor…!

-Vamos, vamos, tu miedo me ofende.- Da un gran manotazo al hombro de su camarada -¿Acaso has olvidado quién soy? En la fortaleza quedarán más de cien soldados. Y quiero que esos salteadores cuelguen de una soga en menos de un mes.

Wildor duda, debe obedecer a su Rey pero, por otro lado, no quiere abandonarlo.

-Es cierto que la fortaleza no quedará desprotegida, pero con un número muy justo… mi señor- suplica con la mirada -sería mejor que yo me quedara…

-Mañana, a primera hora, Wildor- sentencia el Rey. -Y… Wildor- añade Angárato- elige a una guardia de fieles de no más de 20 soldados para guardar el interior de la fortaleza, te conozco y no quiero ver a 100 soldados trasteando por mis salas.

-Bien, señor- acaba Wildor, sabiendo que nada se puede hacer ante una decisión firme de su Rey. Hace una leve reverencia y sale de la sala, dispuesto a prepararlo todo tal como se le ha mandado.

Angárato, tras echar un vistazo al mapa extendido, también sale de la habitación.

Camina con pasos largos por sonoros pasillos, bien iluminados por el sol que entra, amarillo, a través de altos y estrechos ventanales.

A medida que se acerca al centro vital de la fortaleza, se va cruzando con más y más gente: sirvientes, sabios alojados en el castillo y a los que apenas conoce, músicos (que han sido contratados por quién sabe quién),… y a todos saluda Angárato, pero lo hace con la premura y el fastidio escondido de quien se ve obligado a mostrarse cortés. Se va acercando a la zona privada del castillo cuando, de una habitación con puertas y dintel grabados con bajorrelieves de motivos florales, oye brotar, sencilla y equilibrada, la música de arpa del maestro de su hija.

Mete la cabeza rubia a través de la puerta esperando encontrar a Karaniel, pero Karaniel no está.

El músico está tañendo el brillante instrumento, apoyándose amanerado en una columna. Una elfa de pelo rojo lo escucha, un tanto indiferente, mientras mira a través de la ventana lo que ocurre en el patio de la fortaleza. La elfa viste un elegante vestido negro con discretos bordados de oro y brillante seda roja. Mira a Angárato con sus grandes ojos verdes y le dedica una sonrisa acusadora. Es la reina.

-Ven a ver esto- ordena con voz dulce al Rey.

El elfo se acerca a la ventana.

Abajo, en el patio, Karaniel está montando un gigantesco semental negro.

-Es idea tuya, supongo.

-Sí, es idea mía, es un caballo excelente.

-Sí, claro, un regalo excelente; si tu hija fuera un soldado a punto de ir a la guerra, ese caballo sería excelente… pero, Angárato, no sé si lo sabes, pero tu hija tiene 13 años y no se va a la guerra… espero.

El rey se dirige amablemente al músico -¿podrías dejarnos solos?- El maestro desaparece de la habitación discretamente. Eso le da unos segundos para calmarse. Ama a su mujer, pero le exaspera en algunas ocasiones (“no sé si lo sabes, pero tu hija tiene 13 años”) ¿qué clase de pregunta estúpida es esa? ¡Claro que sabe cuántos años tiene su hija!, y ¡claro que sabe que ese semental es una bestia prácticamente ingobernable para una niña! Pero Karaniel es especial, dominará al semental, lo sabe.

Angárato no responde, cosa que suele enfurecer a Vandiel. Sin embargo, se acerca mucho a ella, la mira directamente a los ojos, perdiéndose en ellos, y le dedica una sonrisa confiada.

-¿Y esa daga?- balbucea la reina.

-¿Qué pasa con la daga?

-Me ha dicho que no se la habías regalado, que el regalo era otro (el caballo, imagino), que la daga sólo era un préstamo, hasta que se la merezca. ¿Qué se te ha ocurrido esta vez? ¿Vas ha hacer que mate un dragón o que asalte una cueva de orcos?

Angárato ríe y Vandiel no puede evitar acompañarlo en una hermosa y franca sonrisa.

-Vamos al patio, creo ver que está haciendo piafar al caballo- dice Angárato arrastrando a su reina por la cintura.

Cuando salen al pasillo van separados, caminando acompasadamente, y todos cuantos los ven admiran su andar regio y su mirada dominante.

III

La noche es muy fría. La luna se ha escondido detrás de espesas nubes que amenazan con llover. La noche es muy negra.

Veinte hombres embozados y con la cara tiznada se arrastran entre los arbustos y se agarran a la maleza rala que crece en esas duras colinas, para asegurar sus pasos en esa noche de muerte.

-Ahí, ahí lo veo, ¿lo ve, Señor, recortándose en esa nube?

Sí, lo ve, su señor Vestra ve la mole de piedra de Helcosto levantándose en el horizonte, tras innumerables y escarpadas colinas.

Han hecho un largo rodeo y se están acercando por el Este.

Una semana larga de pesada marcha, apartados de los caminos recientemente abiertos, apartados de las rutas comerciales, escondiéndose en lo oscuro… y, luego, escalando las salvajes Colinas de Hierro (al menos han matado a unos cuantos enanos, fue necesario… y divertido). Y, al fin, tienen a la vista el Castillo del Lobo. Han venido a matar.

El plan salió bien, la fortaleza está casi vacía: primero los refuerzos que fueron enviados a Yámora y, luego, esos soldados, los mejores, enviados a cazar, ¡ja! A cazar aire, porque nada cazarán: los hombres de Restok el ladrón, de Restok el honrado comerciante, han hecho bien su trabajo, han atraído la furia de Angárato y le han privado de sus mejores soldados. Sí, y ahora morirá, el Lobo morirá, él y toda su asquerosa familia.

-Espero que el arquitecto haya dicho la verdad, sino, la aventura será corta- susurra uno de los conjurados.

Vestra se gira, los ojos centelleando de furia, habla mordiendo las palabras –calla, estúpido, esos elfos tienen el oído fino, y ya estamos muy cerca.

Y así es, la sed de sangre les ha hecho avanzar con rapidez, ahora la fortaleza se levanta imponente ante ellos, encaramada en roca viva a más de 40 metros sobre sus cabezas.

Pero Vestra, que manda callar a los demás, no sabe tener la boca cerrada –y sí, pedazo de alcornoque, el arquitecto ha dicho la verdad, estoy acostumbrado a mirar en los ojos de los hombres que están muriendo, y ese dijo la verdad… tuvimos que mutilar a su mujer y a sus dos hijos pero, al final, dijo la verdad… esas manitas cortadas, tan bonitas… al final habló.

Uno de los embozados sofoca una carcajada –se ve que quería más a su hijo que a su mujer, los gritos de aquella no lo conmovieron.

Vestra, que sólo quiere escucharse a sí mismo, también ordena silencio a ese otro bruto que va a delatar a todos. -¡Callad, ya! La entrada secreta está cerca, por ahí, al fondo de esa cueva.

En el interior de la fortaleza, reina el silencio, ya ha pasado la media noche y casi todos duermen. Antorchas de fuego rojo hacen que las sombras se proyecten muy negras. Los pasillos, de mármol pulido, amplifican el ruido de los pasos de los soldados que están de guardia, el único sonido que parece capaz de existir. Las altas arcadas son bocas negras con hambre insaciable.

En un húmedo sótano, en las raíces de la colina, una puerta chirría. Entran 20 asesinos que se quitan los zapatos para ahogar cualquier ruido de pasos y desenvainan las espadas y las dagas. Suben una larga escalera que los llevará a una sencilla despensa del ala Norte.

Angárato descansa, apoyado en la barandilla del balcón de su dormitorio, sin pensar en nada, dejando que el viento húmedo de la tormenta por nacer le agite la camisa y le despeine el cabello. Vandiel está en la cama, seguramente ya debe dormir.

Un grito ahogado alarma al Rey, entra de una rápida zancada en la habitación, la reina está en pie, vestida con una ligera camisola.

Se oye un golpe seco y ruido de lucha atraviesa la recia puerta de madera tachonada.

Angarato busca su espada, está ahí, sobre el baúl, la desenvaina y sale al pasillo, sin armadura, vestido con unos sencillos pantalones, unas botas y una camisa.

Hace años que no lucha, pero le ha bastado sentir el peso de su viejo sable, oír el ruido del acero, para despertar en él al Lobo, al despiadado guerrero que ganó un reino a sangre y fuego. Muy valientes deberán ser los que han perturbado la paz de Helcosto si pretenden salir con vida.

Al salir al pasillo descubre 4 cadáveres: 3 de sus valientes soldados y un oriental.

Los conjurados han empezado a matar, han entrado silenciosamente y han aprovechado las sombras para sorprender a los soldados, que no se esperaban jamás un ataque desde el interior, ha sido una lucha desigual.

No se oye ningún ruido. Angárato, imprudentemente recorre los pasillos de su castillo en busca de los asaltantes, no sabe cuántos son, debería ir en busca de ayuda, pero la sangre le hierve y es prisionero de su furia.

Vestra, junto a 6 de los suyos, sigue con vida y han matado a todos los guardias del interior; pero no calcularon bien la acción, no calcularon bien el tamaño del castillo y vagan perdidos… el maldito arquitecto no le indicó correctamente la posición del dormitorio del Rey, los segundos les parecen horas y Vestra empieza a estar asustado.

Acaba de salir de una habitación y ahí, a contraluz, ve una figura, una figura grande, ligeramente arqueada, a punto de saltar, sosteniendo un pesado sable, Telepnar, la llama de plata, que ahora brilla siniestramente con reflejos rojos de fuego.

¡Por Eru! Sólo la fortuna le ha permitido esquivar el veloz sable, dos de los suyos se adelantan para apoyarle, pero caen muertos antes de saber qué ha ocurrido.

-¡Es el Rey!- grita uno, retrocediendo y entrando en una sala amplia a la que todos le siguen, asustados y desordenados.

Angárato, con movimientos felinos, ligero, sin armadura, entra tras ellos: atraviesa el arco y se encuentra en un espacio que no le es muy propicio para luchar. En el pasillo, había más igualdad, aquí, podrán rodearlo; pero sin dejarles tiempo para pensar, ataca a todos al mismo tiempo, con rapidez y fuerza. Sólo el joven Vestra, fuerte y ágil, tiene una oportunidad; los otros son lentos, acostumbrados a atacar con la ventaja de la sorpresa y de la noche, ahora parecen niños indefensos ante una bestia salvaje, que ataca y mata por instinto desde que nació.

La espada vuela, hiere y mata. Cada músculo, cada fibra de Rey, recuerda. Cada vez se mueve con más agilidad y con más precisión. En el correr de las edades, pocos, muy pocos, podrían igualarse a Angárato. Acaba de matar a dos más de esos rufianes, sólo quedan en pie Vestra y otros dos que, astutamente, se han colocado a su espalda, a punto de atacar.

Dos flechas vuelan como el rayo, se clavan casi simultáneamente en dos embozados que caen fulminados. Angárato se permite distraerse, sólo resta con vida Vestra, el poeta fortachón; Angárato mira hacia atrás, hacia el lugar de donde han venido las flechas que seguramente le han salvado la vida. Bajo la arcada, Vandiel, vestida con su camisa de dormir y unos ajustados pantalones, aún descalza, tensa el arco con la tercera flecha, dispuesta a ensartar al oriental.

Angárato levanta la mano izquierda, sucia de salpicaduras de sangre. Vandiel entiende el signo y baja el arco.

-Bien- dice el rey con sorna a Vestra. -Te daré la oportunidad de salvar tu vida, basta que me mates, ¿has venido a eso, verdad? Eres fuerte y rápido, grandes maestros te han enseñado el arte de la espada, tienes una oportunidad.

Eso dice Angárato al hombre, esperándolo en posición de combate, las piernas ligeramente separadas y flexionadas, la espada en guardia baja.

Eso le dice, “tienes una oportunidad” pero, en realidad, ambos saben que no tiene ninguna,... ninguna.

[Editado por elfo_negro el 09-06-2008 10:30]

Escrito el 08-06-2008 22:24 #2

El Lobo y la Flor de Fuego

I

No tenía recuerdos de aquel lugar. Se había alejado demasiado del grupo, y lo único que podía percibir, era un leve rumor de lo que ella creía que serían sus compañeros de cacería. Nunca antes había estado tan al este de las Montañas del Bosque Viejo. Levantó la mirada hacia las altas copas de los árboles, mientras tiraba de las riendas para que el corcel aflojase el ritmo. El bosque en esa parte ya no era tan frondoso y dejaba penetrar los rayos del sol.

Se tranquilizó pensando que no debía estar lejos del río. La idea de quedarse quieta y esperar que la encontraran no la convencía. Tenía paciencia, pero no tanta. Además, si conseguía localizar el curso del Celduin, solo tendría que dirigirse al norte y confiar que el resto pensara como ella. No podían estar muy lejos.

Prefería ir a pie por lo que desmontó para darle algo de descanso al animal. Portaba consigo un hermoso arco hecho en Lothlórien; regalo que Amdír le había ofrecido a Menelmakar, su padre, y que este a su vez, había guardado para su única hija. El caballo era dócil y se dejaba guiar por su dueña. La elfa caminaba a paso lento disfrutando de la soledad. Anduvo un largo rato así, sumida en sus propios pensamientos, cuando se dio cuenta que el Celduin no quedaba muy lejos de donde estaba, pues podía oír claramente el murmullo cantarín del agua.

Con el deshielo, el río bajaba caudaloso y rápido y era peligroso cruzarlo por lo que nadie en su sano juicio se hubiera arriesgado, así es que decidió remontarlo hacia el norte. Caminando por la rivera, sorteando los pequeños peñascos, escuchó unas pisadas, y creyendo que se trataba de sus compañeros, se adentró un poco más en el bosque. Pero a ninguno de sus conocidos vio y atraída por la curiosidad siguió andando.

- ¡Hola! – gritó. - ¡Mizdê, Garma!

Y allí, entre los árboles le vio. Sus ojos no recordaban haber visto un elfo más hermoso que aquel. Quedó paralizada, sintiéndose presa de un hechizo. El elfo no dijo ni una palabra, pero tampoco apartaba la mirada. Se acercó hasta ella y tomó su cabello entre los dedos. Sus manos eran fuertes y grandes pero también bonitas. Y sus ojos azules como un cielo despejado.

- Tu cabello es del color del fuego... ¿Cómo te llamas?

- Mi nombre es Vandiel. Soy hija de Menelmakar, y vivo con los elfos de los bosques.

- Pero no perteneces a ese pueblo… - afirmó.

- No. Soy del pueblo de los noldor, como tú – respondió con su dulce voz.

- Para mí serás Lótenar, Flor de Fuego.

- ¿Y cómo he de llamarte yo?

- Me llamo Elemmíre, pero en realidad todos me conocen como Angárato.

Permanecieron juntos paseando por el bosque, sin un rumbo fijo. Hasta que un grupo apareció. Eran los soldados al servicio de Angárato, que traían unos prisioneros con las manos atadas. Eran los compañeros de cacería de Vandiel, que tras perder el rastro del animal que perseguían, se habían separado. Al ver que ella no regresaba, se habían asustado y salieron en su busca. Al ir armados los habían considerado enemigos y no se habían creído sus pretextos, por lo que les obligaron a presentarse ante su superior.

La elfa consternada, se avergonzó pues pensaba que era la culpable de la situación de sus amigos. Rogó a Angárato que les liberase ya que no habían hecho nada malo, y este accedió con una condición. Tenía que prometer que la volvería a ver, en aquellos bosques o donde ella deseara. Y Vandiel consintió.

Y así fue como se vieron en varias ocasiones, y esto llegó a los oídos de Menelmakar, que disgustado por el incidente, prohibió a su hija volver a verle. Los elfos silvanos les habían acogido y tratado bien, y no deseaba causarles molestia alguna por culpa de aquel bárbaro.

Pero el destino quiso que fuera demasiado tarde, y ya nada de esto le importara a la elfa, pues había caído profundamente enamorada.

II

El salón principal bullía de gente y movimiento. Estaba decorado para la ocasión aunque por orden del rey se había hecho de modo discreto y sin grandes derroches.

La gran mesa, realizada a partir de madera extraída del bosque de Mirkwood, estaba cubierta por un largo y fino paño blanco bordado con hilos de plata, que simulaban las hojas de Telperion.

En uno de los extremos, las puertas que daban acceso a la sala permanecían cerradas, mientras que del otro lado, elevado sobre un pequeño nivel, se situaba el trono. Se le había añadido a la derecha otro más pequeño que pronto sería ocupado.

En aquellas montañas el invierno era más crudo, y el viento soplaba de manera intensa. Se habían encendido varias lumbres para apaciguar el frío.

Las puertas se abrieron una última vez para dar paso a dos figuras que se llevaron todas las atenciones. Él era por todos conocido y respetado. Llevaba puesta su armadura de gala, reluciente y brillante. Y de un lado, colgaba del cinto su famosa espada; aquella con la que había vertido tanta sangre.

Ella llevaba un hermoso vestido de terciopelo verde oscuro. Era Vandiel, la futura reina. La elfa desconocida que había estado en boca de todos en los últimos meses, desde que Angárato hiciera el anuncio.

Miraban al frente orgullosos y con paso decidido hacia el trono.

Una vez que tomaron asiento, y después de que Elemmíre dedicara unas palabras a los asistentes, el rey descubrió un pequeño cofre de donde extrajo una diadema de plata. Era sencilla y fina, y no llevaba engarzada ninguna joya, sino que había sido diseñada con dibujos de la flor alfirin sobre el trenzado de plata. Retiró un mechón rojizo del rostro de Vandiel y la colocó con cuidado sobre su frente. Era la segunda vez que la elfa veía la diadema.

Su mente necesitaba distraerse, y ajena a lo que ocurría, vio entre sus recuerdos como Angárato la había citado a solas en una noche estrellada. Y allí, fuera de la fortaleza, sin imaginar qué le esperaba, él había confesado el deseo de que permaneciera con él y morase en Helcosto. Entonces, sacó de una bolsa de terciopelo negro la diadema, y se la ofreció.

- ¿Te gusta? La he diseñado yo, y es para ti, si la aceptas.

- Es más hermosa que la misma Elbereth, la Iluminadora de Estrellas- había acertado a decir ella aun conmocionada.

A pesar de la oposición inicial de Alatare y Menelmakar, siguió adelante sin ningún temor, hasta que su familia comprendió al fin, que así debía ser; y aunque por solidaridad con el pueblo de los bosques, no habían acudido a la coronación, aquel día su hija estaba presente en sus pensamientos.

Voces ajenas la devolvieron al presente. Uno a uno, los representantes y enviados desde cada punto del reino, fueron presentándose ante los reyes. Aunque se había imaginado la escena en numerosas ocasiones, ahora que vivía el momento, sentía la gran responsabilidad que suponía. En algunas caras de los asistentes podía ver la lástima que sentían por ella, “no está preparada para esto”, podía oír en el silencio. En otros ojos leía el disgusto y desagrado por la elección.

Como si pudiera percibir su miedo, Angárato le agarró la mano y la apretó fuerte. Ella le dedicó una sonrisa y recordó las palabras que él le mencionara días antes.

“Es solo un cargo. Sé que tienes las cualidades necesarias para esto, y que tus hombros sabrán soportar este peso.”

La comida había finalizado y todos apuraban las últimas gotas de vino de sus copas. Un vino que había sido traído de la región de Dorwinion para la ocasión. La elfa llamó a uno de los sirvientes del castillo y le susurró unas palabras al oído. Al cabo de unos minutos, el mismo sirviente ayudado por otro más, aparecía cargando un gran paquete, que le fue ofrecido al rey. Este necesitó de otras manos para poder desplegarlo entero, y cuando lo hizo comprobó que se trataba de un estandarte que había sido hábilmente bordado por Vandiel. La elfa había recamado en oro sobre fondo negro, la figura de un animal medio águila, medio león. Representaba el guardián de la justicia, y el símbolo del dominio sobre el cielo y la tierra.

Las horas transcurrían lentamente. La celebración hacía un buen rato que les resultaba aburrida. Solo deseaban perderse. Habían mantenido la compostura porque eran conscientes de cual era su obligación. Lo último que le convenía a Vandiel era dar un motivo de queja, una pega a su comportamiento que pudiera favorecer los ánimos de sus detractores; pero en realidad ambos estaban cansados de tanta gente remilgada y petulante, y solo deseaban estar a solas.

Pusieron como excusa el cansancio acumulado durante el largo día, y desaparecieron como unas sombras por el pasillo que conducía hasta el ala Norte. Cuando estuvieron lo bastante lejos, Angárato cargó sobre su hombro a la reina, que muerta de la risa fingía intentar zafarse. Lejos de las miradas, se perdieron entre los pasillos que daban al dormitorio principal.

(***)

Elenya, Lairë, 502

Querida amiga,

Sé que ha pasado largo tiempo desde que me mandaras tu última carta. Siento no haber podido comunicarme antes. Desde que Elemmíre partió, he tenido que dedicar casi todo mi tiempo a las tareas diarias del castillo que requerían mi atención.

Como sabes, al principio me costó un poco acostumbrarme a esto. A veces sigo echando de menos vivir entre la naturaleza, y no en esta fría roca… pero después de estos años ya me he hecho a ella, y cuando puedo, salgo a cazar por los bosques más cercanos como hacía antes. Él me acompaña siempre que puede. Esta es una costumbre que por suerte aun puedo realizar.

Las vistas desde Helcosto son hermosas, y los amaneceres y crepúsculos dignos de ser contemplados. Espero que puedas visitarme y hacerte una idea.

El reino sigue creciendo, pero aun falta mucho por hacer. Últimamente he dedicado casi todos mis esfuerzos en conseguir reunir a músicos, poetas y arquitectos. Que accedieran a venir aquí para pasar una temporada, no ha sido fácil, pero parece que poco a poco esto adquiere vida. El arquitecto tiene una pesada y ardua misión por delante. El rey quiere que construya un puente en condiciones y que mejore y alargue los caminos. Esto es básico para el transporte y las comunicaciones.

En mi opinión sobran armas y soldados en este reino, pero Elemmíre los necesita para la expansión y el control del mismo.

Precisamente ahora regresa de las tierras del sur. Anoche me comunicaron que el rey se encuentra bien y se dirige hacia aquí. Ha sido un alivio para mí conocer esto. Estas tierras son para él como un dulce para un niño, y llevaba mucho tiempo detrás de conquistarlas. Parece que son fértiles y te puedo asegurar que sus vinos son una delicia. Y hasta que no se ha hecho con ellas no ha cejado en su empeño. La campaña ha sido larga, demasiado larga para mí. Antes de irse me prometió que no volvería a planear nada por un largo tiempo, pero sé que le será difícil… puedo verlo en sus ojos, lleva la guerra y la batalla en la sangre, y creo que es imposible separarle de ella. Pero espero que ahora que ya ha conseguido su propósito, podamos tener un poco de calma y sosiego.

Por el momento esto es todo lo que puedo contarte. Ahora tengo que asegurar que las salas de curación estén en condiciones de acoger a los heridos, y adornar el castillo para recibir al rey y sus hombres como se merecen.

Espero tener noticias tuyas pronto.

Vandiel

III

Un corte rápido y preciso, separó en dos el cordón umbilical

- ¡Es una niña! – exclamó Zamîn

No habían pasado ni tres segundos cuando la recién nacida rompió el silencio con un fuerte llanto.

- tiene unos poderosos pulmones – dijo la sanadora que le había asistido en el parto.

- Eso parece – respondió orgullosa Vandiel con una sonrisa cansada.

- Y tendrá vuestro cabello, mi señora. Rojo como el fuego.

Zamîn había sido llamada hacía bastantes años para que se pusiera al servicio de la reina. Vivía bien y tan solo se le exigía que la atendiera correctamente. Dada la buena experiencia que tuvo con la anterior, cuando esta se retiró a una avanzada edad, Vandiel pidió expresamente que su sustituta fuese también humana. A las pocas semanas le habían presentado una joven venida de la zona nororiental del Bosque Verde. Con los años habían entablado amistad, y Zamîn se había convertido en una de las confidentes.

Le colocó a la niña sobre el pecho y Vandiel pudo contemplarla por vez primera. Era hermosa, y desde los primeros segundos de vida había dado señales de su carácter. No cabía duda de que era una Noldo. En un primer momento había preferido un varón, pensaba que a su rey le haría más feliz. Pero en el fondo de su corazón, sintió regocijo pues aquella hermosa y diminuta criatura la colmaba de dicha.

La reina se recostó con la pequeña en su regazo mientras Zamîn la atendía y limpiaba. Tendría que estar presentable cuando él regresara.

Angárato había tenido que partir unos días antes a resolver un problema surgido en el valle sur. El intento de levantar una incipiente red de suministro, que no solo almacenera el agua si no que la condujera a ciertos lugares, estaba trayendo quebraderos de cabeza al rey. Finalmente, había optado por ir en persona a supervisar la rudimentaria construcción.

- Ahora necesitáis descansar, señora. Las elfas tardáis mucho más que nosotras en recuperaros después de alumbrar. Espero que sigáis mis indicaciones – añadió en tono maternal.

Vandiel no pudo menos que sonreír ante el comentario. – Es cierto, y os envidio por ello. Vuestro cuerpo es más fuerte aunque nosotros seamos inmortales… - y calló por un momento. – Pero no es solo el cuerpo, siento el alma cansada Zamîn – dijo por fin. La curadora frunció el ceño sin comprender muy bien a qué se refería su señora. – No importa – continuó la noldo, - estoy bien y me recuperaré, sé que lo haré y tu tendrás buena parte de culpa en ello.

Ahora tenía por delante otra tarea… darle el amilesse. Pero lo pensaría más adelante. Se sentía débil y fatigada y no tardó mucho en quedarse dormida tras el esfuerzo realizado; momento que la sanadora aprovechó para limpiar y vestir a la niña.

Cuando despertó, seguía en la sala de curación, que había sido acondicionada días atrás para recibir a la reina y que ésta pudiera pasar los primeros días. Estaba anocheciendo y un par de lámparas de aceite habían sido encendidas. Giró la cabeza y vio a su derecha una pequeña cuna. Podía sentir la respiración tranquila de la pequeña elfa. Miró sus graciosas orejillas picudas y sonrió.

Karaniel…. así te llamaré.

Escrito el 07-08-2008 20:07 #3

El sol ya no brilla

I

Un día

El sol brilla con furia y agosta la vida del campo, hace semanas que nada funciona como es debido, la guerra ya no me proporciona ningún placer. El trono ya no parece hecho para sostenerme, podría decirse que pende colgado del alto techo, a punto de desplomarse sobre mi cabeza. Y no cesan las malas noticias.

Luz, sombra, luz, sombra... se alternan a mediada que avanzo por el largo pasillo acosado por un sol que se cuela, hiriente, por las altas ventanas abiertas; mis pasos parecen más pesados.

¿Quién viene? ¿Quién será? Si es Vandiel... ya no quiero discutir más, que haga lo que quiera; de todos modos la ruina se respira en cada esquina, en cada mueble perfectamente lustrado, en cada armonioso y repetitivo canto.


Ah, eres tú. ¿Qué ocurre?

Señor, de nuevo es esa horda de orientales, no se han conformado con incendiar y arrasar Yámora, me han informado que han matado a todos los campesinos de la ribera, al norte de Dorwinion.

¿Y la tropa?

No llegaron a tiempo, mi señor, estaban patrullando al Este, el bosque había ardido y... así no los detendremos.

¿Me enseñarás acaso a hacer la guerra, Wildor?

No mi señor, no pretendía...

Déjalo, déjalo Wildor, lo siento, estoy cansado de todo esto, sólo quiero acabar con esta situación, arrancarles el corazón a esos salteadores... tu no eres el culpable.

Podríamos tenderles una trampa, señor. Ya sé que lo hemos intentado y hemos fracasado pero debemos insistir, no podremos vencerlo de otro modo, son demasiado esquivos.

Sí, Wildor, no podemos enfrentarnos a quien no se opone a nosotros sino cuando nos hemos ido. Somos más fuertes pero sólo golpeamos el aire. ¿has averiguado quienes son?

Ya os dije lo que sabía, lo que se dice, pero no parecen sino cantinelas de vieja, parece que todo se centra en su líder, que si es un demonio, que si es un hombre dragón, que si se come a los niños, todo es absurdo. Tiene los ojos amarillos, cuentan los que han sobrevivido a su presencia; es frío y despiadado, cuentan los muertos y mutilados... y es el más terrible y astuto enemigo que hemos tenido jamás.

¿Dónde está mi hija?

Creo que está en la compañía de la frontera del Carnen, son las últimas noticias que tengo, pero ya la conoceis, es rápida como...

¿En el Carnen... que hacen mis mejores tropas en el Carnen mientras arde Dorwinion?

Señor...

Tráeme la armadura, Wildor.

Señor...

Ahora.

Sí, señor.

II

Unos meses más tarde.

Lleva 4 días lloviendo sin parar, día y noche, La humedad se escurre por las paredes de piedra y charcos inmensos se forman en el patio, se debería volver a empedrar, el piso ha cedido un poco en esa zona de la entrada, quizá se debería controlar el peso de los carros que entran...

¿Pero qué estoy pensando, se hunde mi reino y yo hago planes para el maldito piso del patio de las caballerías?

¿Y dónde se ha metido todo el mundo? Sí, claro, mi inmenso y poderoso ejército está cazando sombras, mi mujer estará salvando el reino a mis espaldas y quizá en contra mío y mi hija... ¿dónde está esa muchacha? parece que me evita. ¿Acaso le he recriminado sus infructuosos intentos de cazar al demonio?, Shulak me dicen ahora que se llama, un demonio con nombre... encantador, ¿Acaso no le di el mando de mis más bravos, no confié en ella desde el primer día, desde el primer día? Pero no, no deja de evitarme y cuando nos encontramos me mira con sus ojos desafiantes, como si esta vez fuera yo el culpable de que este Reino ¿soy un rey? de que este reino se esté viniendo abajo.

Sus ojos azules son los míos, tan fríos, tan duros ¿de qué me quejo? He sido un mal padre, sí, lo sé, pero nunca he querido a nadie como a ella, ni siquiera a Vandiel... bueno, a Vandiel la quise mucho, mucho pero... el día del caballo, ¡ja! Han pasado casi cien años pero aun lo recuerdo, ¡qué fuerza, qué espíritu! Y luego vino corriendo y me abrazó, con su encantadora sonrisa saliéndosele de la cara, sabiendo que había triunfado, que era fuerte sin necesidad de su padre el Rey y de su madre la Reina. Y ahora... la última vez nos despedimos con palabras airadas, todo por culpa de Vandiel, que no hace más que enredarlo todo, este maldito demonio hará que no sólo pierda el reino sino incluso a mi familia.


¿Y ahora qué pasa?

Señor, señor...

Vaya, estaba sólo y ahora me vienen de dos en dos.

¿Qué quereis, hay noticias? Habla tu primero, soldado.

El dragón...

¿Qué dragón, de qué me hablas?

No, no, el dragón es Shulak, así lo llaman algunos.

Bien, fantástico, ahora es un dragón. Continua, continua.

... han atacado las granjas del Celduin, otra vez .

¿Dónde?

En el Cel... cerca del cruce con el Río Rojo.

¿Algo más?

No... nada más... ¿ordena algo, mi rey?

No, descansa unas horas y regresa con tu compañía.

Bien, uno menos. ¿Si, Gurney?

Ya está todo preparado, el ejército de Sur espera a su Señor.

Vaya con Gurney, cada día es más pomposo, debe ser que se prepara para ser rey, debe creer que compartir la cama con una reina lo convierten a uno en rey.

Bien muchacho, que comience una nueva cacería, que se prepare el demonio de ojos amarillos. Si es que se digna a enfrentarnos... Ah, muchacho ¿como está tu padre?

Está mucho mejor, mi señor, dentro de unas semanas podrá volver a cabalgar.

Bien,... debo marchar, lo dejo todo en tus manos. Será mejor que una sonrisita no te tuerza el labio, muchacho. Sí, bien hecho, estás aprendiendo rápido, tienes una gran maestra.

Vandiel, Vandiel, Vandiel, ¿llorarás sinceramente mi muerte, o colocarás en el trono con aire compungido y corazón ansioso a nuestro joven Gurney? Aunque debo reconocer que es mejor que ese mozo... ¿como se llamaba? Bueno, tanto da, al menos Gurney es hijo de un gran padre, por su sangre corre el valor de Wildor el bravo. Pobre Wildor, se le descompuso el rostro cuando supo de la relación de su hijo con la reina, lo hubiera matado si se lo hubiera pedido, ¿pero para qué? Yo no soy mejor que ella, también la he traicionado infinidad de veces, y tanto da... el amor ha muerto ¿ha muerto?

Señor, señor... mire eso, ¿es grandioso verdad? Nadie puede vencer este ejército, ¿no es cierto? ni siquiera los noldor del Oeste reunieron un ejercito como el nuestro.

Sí muchacho. Aun hay algunos que conservan la esperanza, y no es un bisoño, lo recuerdo de varias campañas. ¡Sacudiremos las montañas bajo el galope de 5000 caballos de guerra! ¡Que se oscurezca el sol y tiemble la carne, el Rey cabalgará al frente!

Vamos a cazar sombras.

Escrito el 07-08-2008 20:17 #4

III

Me hacen saber que el Rey ya ha llegado. Levanto la vista y pido que se retiren. El Draugowalme ha sobrevivido una vez más a sus locuras. Pero antes de verle tengo que terminar de leer la misiva: “los desaires cometidos hacia este pueblo”…“no debes esperar ayuda alguna”… Claro, nunca se preocupó de mejorar las relaciones con aquellos que un día podrían asistirnos. ¿Por qué llegué a imaginar que podría obtener algo bueno? Tal vez por creer que mis parientes podrían interceder, pero les estaba exigiendo demasiado. Aun así debía intentarlo, aunque él piense que puede contra cielo y tierra el solo. ¿Cielo y Tierra? Una sonrisa que rezuma ironía aflora en el momento que recuerdo aquel estandarte que le bordé con tanta devoción. Ahora ya son solo jirones, como mi amor por él.

El murmullo de fuera me invita a acercarme hasta la ventana. Son pocos los que han regresado y bastantes los heridos. Parecen espectros arrastrando las espadas con las escasas fuerzas que aun conservan. Nuevamente tendremos varios días de luto en Helcosto. Estamos encadenando una desgracia tras otra en los últimos meses. No puedo seguir mirando; solo veo dolor, y hoy se me hace insoportable, me pesa demasiado. No, yo no quiero ser reina para esto. Me pregunto cuánto sufrimiento puede soportar el pueblo. Miro la nota que aun encierra mi mano y pienso que poco más van a tener que aguantar. Esto llega a su fin. La arrugo como si quisiera descargar en ella mi ira y la dejo caer al suelo.

Me dirijo hacia la sala principal, donde imagino que ya estará. En el camino voy adelantando la conversación, casi puedo oír sus palabras. La puerta está entornada y la empujo suavemente sin llamar primero.

Ahí está frente a mí, herido en un brazo e intentando quitarse las hombreras. Hace años habría corrido a su encuentro para ayudarle, le habría limpiado y curado sus heridas con desvelo. Hace años…

Aparta su mirada de mí esperando que yo diga algo. Apoyo la espalda en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

- ¿Has conseguido dar muerte al hombre-dragón esta vez? – le pregunto.

- No – me responde secamente. – Y no creo que lo consiga nunca. Ha abandonado ya nuestras tierras.

Se desprende al fin de la última hombrera, y la coloca encima de la mesa. Tiene el peto en buena parte bañado en sangre reseca y no puedo evitar fijarme.

- No te asustes – me dice. - La mayor parte de esta sangre es de los enemigos, no mía.

Sus palabras van cargadas de ironía. “¿Crees saber lo que pienso y deseo, verdad? Pues no tienes idea y no voy a entrar en tu juego, Angárato. Hoy no.”

- No he venido para discutir. - Angárato fija sus ojos azules en mí, ahora con algo de curiosidad. Esos ojos que un día me desarmaron de toda razón y que ahora se muestran gélidos. – Venía a darte una mala noticia, o al menos mala para mí, pues las escasas esperanzas de que alguien nos socorriera desaparecieron con la última carta de mis parientes. Pero si ese maldito Shulak considera que ya se ha divertido lo suficiente con nosotros, no nos hará falta más ayuda. Aunque las arcas del reino han disminuido considerablemente y hay tanto por reconstruir…

Nos interrumpe Wildor. Parece que las nuevas que trae no son buenas. Angárato desvía su mirada hacia mí. Con un gesto de desidia que ni quiero, ni puedo ocultar, le doy a entender que no se preocupe por mí. Abandono la estancia con pasos firmes sin mirar atrás. Tampoco habríamos hablado mucho, apenas recuerdo una conversación que no acabara en enfado y reproches mutuos.

(***)

Hehtar sina már. Namárië Helcosto!

Ai! i naikelea ná lúme!

Níruvar anduve i kwalin

Ar sí vantar oar i úruvar salkwi Romello

Sina lóme útintilar i eleni lóssi

An ilye tier unduláve lumbule.

Hace escasos días que partimos con la esperanza puesta en el Este, y cada día, los tristes cantos han acompañado nuestra marcha. Unos cánticos elevados en la lengua de los Altos Elfos, que suenan profundos y conmovedores.

Gastamos buena parte de nuestros recursos intentando levantar de nuevo el reino, pero estaba herido de muerte. Y al fin, comprendimos que nada más se podía hacer por él y decidimos abandonarlo. Nuestra caravana no es muy grande, portamos armas, enseres y algunas otras pertenencias. Demasiadas para el gusto de Angárato, quien considera que debíamos viajar más ligeros pues el paso es lento.

Una gran parte del pueblo no ha querido seguirnos, y nada se les puede reprochar. La mayoría de los que forman esta hueste son militares, los leales a Angárato, y sus familias.

Hubiera preferido partir con mejor tiempo, pues este clima frío y desapacible hará que el viaje por las estepas sea más penoso. Algunos morirán, incluso yo misma puedo ser una de las desafortunadas, pues siento que el desánimo me ha vencido y ya nada me importa. Salvo Karaniel, quien cabalga ahora a mi lado, callada y pensativa.

- ¿Te arrepientes de haberle conocido, amme? – me pregunta fríamente. Sé perfectamente a quien se refiere y por qué lo dice, sin embargo, esta pregunta tan directa no me la esperaba. Le hago un gesto a mi hija y nos apartamos de oídos curiosos.

- No, nunca - respondo. – Gracias a Angárato te tengo a ti. Él y yo vivimos buenos momentos.

- A veces pienso que tan solo soy una carga para él. – los ojos de Karaniel ahora algo entornados se han vuelto de un azul glacial.

- No pienses así. Debes comprender que Angárato es difícil. Seguramente es el elfo más complicado que he conocido en mi vida. Su obstinación podría compararse a la de Feänor, pero eso también le ha ayudado a conseguir otras cosas. Cosas que fueron importantes y beneficiosas para el reino, aunque en ocasiones tuviéramos que pagar un alto precio. Siempre ha intentado darte lo mejor.

El rostro de la joven muestra la desconfianza ante las palabras pronunciadas.

- Tu atar te quiere, a su manera… pero te quiere.

- Pues no lo parece. – Karaniel espolea su caballo y se adelanta hasta el siguiente grupo.

Eso es lo que debía decirle a mi hija, sí, que siempre ha intentado darle lo mejor... bueno eso creía él. Cuantas veces habremos discutido por la forma de educarla. Caballos de guerra para una niña, dagas, cuchillos y luego vino el arco. No, eso no fue lo mejor para ti, y terminé desistiendo porque te gustaba y a tu padre le colmaba de gozo, pero nunca estuve de acuerdo. Si te hubiera pasado algo en las últimas guerras, él sabe que jamás se lo habría perdonado. ¿Si me arrepiento? No quiero, no deseo arrepentirme, pero no me puedo engañar. Puedo engañar a mi hija, a los que me rodean, a cualquiera menos a mí. Hubiera deseado que las cosas fueran de otra manera. Angárato… hace años que dejaste de ser Elemmírë para mi. Hace tiempo que ya solo puedo verte como un militar. ¿Por qué?

IV

Muchas veces, al alba, me despierto pensando si todo esto no es más que un sueño.

Ha pasado ¿cuánto tiempo?... no lo sé exactamente, pero debe ser más de un yén*. Alguien de este grupo debe llevar la cuenta. Cuando salimos, lo hice con la ridícula esperanza de que todo volviera a su cauce, pero estaba equivocada. Este maldito viaje solo ha hecho que la distancia entre nosotros sea insalvable. Un largo y extenuante viaje, que todavía no ha culminado aunque vislumbramos que el final está próximo.

Hoy levantamos nuestro último campamento, donde permanecimos varias semanas, para continuar la marcha. El bosque más oriental quedó atrás hace días, y ya no vamos a hacer más altos en el camino hasta que divisemos el puerto.

Desde que Angárato tomara la decisión de cruzar el Mar del Este para acercarnos a ese continente llamado Roménor, el entusiasmo ha ido creciendo en aquellos que continúan el éxodo, y sus corazones se han llenado de esperanza. Cuanto más avanzamos hacia el este, mayor es su alegría. Parece que recobran el resplandor propio de los Altos Elfos.

Pocos somos ahora, sin embargo. Algunos cayeron enfermos en el camino, otros fueron asesinados durante los pillajes y asaltos que hemos sufrido a lo largo de este tiempo. Todos fueron convocados a las Casas de los Muertos y allí, habrán sido juzgados por Námo. Gurney entre ellos. No puedo negar, que sin Angárato y sus leales elfos, esta hueste no habría salido con vida. Gracias a ellos, hemos evitado los peligrosos pasos frecuentados por los Hombres del Este en sus continuas migraciones, aunque a pesar de todo, ha sido inevitable sufrir alguna emboscada como mal menor, tanto por los orientales, como por trasgos.

Desde que abandonáramos en el pasado las fértiles y soleadas tierras de Dorwinion, hemos navegado por uno de los ríos del Mar de Rhûn, remontándolo hasta las Orocarni; hemos atravesado parajes inhóspitos, que no muchos se habrían atrevido a cruzar. Seguimos el curso de los afluentes y arroyos para proveernos de agua mientras nos fue posible. Hemos vagado por las llanuras y recibido cobijo gracias a las Montañas Rojas y al bosque de la Floresta Salvaje. En él nos asentamos por un largo período junto al paso de un riachuelo. Esta fue la estancia más prolongada de cuantas hemos hecho. Incluso algunos creyeron que sería el lugar definitivo donde podríamos establecernos, pero tampoco funcionó. Por mi parte, me alegré de que saliéramos de él, pues se dice que antiguamente en esa arboleda los elfos eran capturados por los siervos de Morgoth.

La princesa se mostró encantada al pasar cerca de las tierras que vieron despertar a los Primeros Nacidos, y he tenido oportunidad de relatarle las historias que se cuentan de esta región, y como en la pasada edad, Oromë cabalgaba sobre Nahar sin descanso para dar caza a las criaturas malignas; y también de cómo la geografía cambió después de la Guerra de la Cólera, con la que desapareció Cuiviénen, el mar de Helcar y el lugar donde despertaron los hombres con la salida de Anar. Creo que Karaniel siente un especial interés por los Edain.

En este largo yén, incluso hemos comerciado con una partida de enanos que se dirigían al noroeste de la Tierra Media. A ellos tuve ocasión de venderles algunas de mis joyas, a cambio de una considerable cantidad de monedas. Dicen de los Naukalie* que son tercos y avaros. Yo debí tener suerte porque no me siento engañada. No me ha dolido desprenderme de estas alhajas, pero conservo la diadema. Ella será la única herencia que pueda dejarle a Karaniel.

¡Ay yeninya! (hija mía), me temo que este viaje ha endurecido aun más tu carácter. Si llegaras a creer lo mucho que te pareces a tu atar… Sin embargo, eso para ti es casi un insulto.

Tu padre cree que he envenenado tu mente estos años contra él, pero creo que él solo se lo ha ganado. Aun así lo siento por ti, mi princesa sin reino.

Si yo dijera que no continúo, que me niego a subir a cualquier barco, Karaniel me seguiría, sí, sé que me seguiría. ¿Y tu Angárato, seguirías adelante y no echarías ni una mirada atrás?

Estamos cerca. Cada vez vemos más movimiento de idas y venidas de gentes, mientras avanzamos hacia la costa.

El olor a sal perfuma el aire y hay quien cree haber oído el rumor del mar. El sol se despereza y eleva por el horizonte pero, para algunos de nosotros, ya no brilla.

* Yén: año élfico compuesto por 144 años de los Hombres

* Naukalie: pueblo de los Enanos

[Editado por Neume el 07-08-2008 20:48]

Historia finalizada.