Llama de plata
I
En la orilla septentrional del Mar Interior, cerca de donde desembocan las aguas mezcladas del Río Rojo y del Río Rápido, se levanta Yámora, una antigua ciudad, tan vieja como el tiempo, una ciudad de tortuosas calles empedradas, hogar de marciales reyes orientales, de taimados comerciantes y de hábiles ladrones.
Dos figuras, casi dos sombras, se deslizan, bajo una fina luna creciente, a la pálida y plateada luz de las estrellas; sus pasos suenan amortiguados en el empedrado de un callejón solitario.
-¿Qué, Restok, te gustó mi último poema?- preguntó en tono burlón un joven corpulento que vestía una rica túnica verde con bordados de oro y plata.
-Sí, lo oí anteayer en una taberna del puerto, lo cantaba un rufián al que no dejaría ni que me sirviera de lacayo.- El viejo comerciante carraspeó, aclarando su voz cascada, y recitó:
Vino de norte el Lobo asesino
Navega en sangre el gran criminal
Prepara el cepo el pueblo oprimido
La sangre del rey clama en el Mar.
-Bonito estribillo, tus antepasados estaría contentos; del resto no me acuerdo, pero no me pareció peor que tus últimas creaciones- acabó el interlocutor, con risa torcida, mientras se calaba la capucha, escondiendo unos ojos pequeños y brillantes, y se arrebujaba en una gruesa capa, bajo la que se entreveían ropas suntuosas.
-Mi antepasados, Restok, eran unos pobres estúpidos, no supieron ni gobernar ni mantener su reino; cuando cayeron ante el Lobo, hacía mucho que habían abandonado el camino de la guerra y no se dedicaban sino a las sedas y a las concubinas... la sangre del último rey de esa estirpe se mezcló con el agua del Mar hace más de 100 años y su cadáver fue devorado por los peces... un pobre diablo que aún nos va a ser útil.
-¿Cuántos te apoyan, los ancianos se han pronunciado?
-Va, va, Restok, no me vengas con los ancianos, esos no actuarían aunque la vida les fuera en ello. Me apoyan los suficientes para tener éxito, pero necesito a los tuyos para asegurar el golpe.
Restok se detuvo y tiró de la manga de la túnica a Vestra, el heredero legítimo del último rey de Yámora, el poeta que, desde hacía meses, infestaba el reino de calumnias contra el Gran Rey, contra el rey Angárato.
Se detuvieron ante el portal semiderruído de lo que debió ser una gran mansión.
-Escucha- dijo muy serio el enjuto comerciante- esto no es un juego divertido como los que sorbían la mente a los reyes de antaño, no pienso involucrarme en nada que no sea negocio seguro. Quiero ver al arquitecto.
-¡Oh, oh!, viejo Restok, maestro de ladrones, al arquitecto no lo verás porque no necesitas verlo. Lo tengo, y esto te basta, lo tengo a él y a su familia.
Ambos hombres, el viejo Restok, ladrón y comerciante, señor de los bajos fondos; y el joven Vestra, aspirante al trono del reino desaparecido de Yámora, fortachón petulante, mal poeta, buscador insaciable de placeres inconfesables, reemprendieron su silencioso caminar y su peligrosa conversación bajo las estrellas del Este.
II
A más de 200 millas al Norte, en las rojizas Colinas de Hierro, más allá de las grandes llanuras, en una estribación escarpada desde la que se divisan las siempre brumosas fuentes del Río Carmen, se eleva, magnífico, Helcosto: fortaleza roquera, castillo inexpugnable; hogar del Rey Angárato y capital de un vasto reino que se extiende desde las Colinas de Hierro hasta el Mar de Rhûn, abarcando al rico y conquistado reino de Yámora.
Los años han dado brillo a la fortaleza sobre la montaña. Si nació austera y guerrera, de espesos muros y de sólidos cimientos que enraízan en las mismas Colinas, con los siglos, ha ganado espacio en grandes salas y se ha elevado en magníficos arcos; si nació mecida por el repicar del acero y el calor de la sangre derramada, se ha llenado de cantos sublimes y de frases elevadas de sabios y filósofos. Si nació para conquistar, creció para seducir.
Y sus cimientos continúan profundamente enraizados y sus muros aún son sólidos y, el acero... jamás ha dejado de repicar en Helcosto.
De una sala del ala Este se escapa la dulce música de un arpa. El sol naciente que se asoma desde unas nubes rosadas está entrando, aún muy oblicuo, por un gran ventanal de cristales emplomados. Un elfo de pose serena rasga con delicadeza las cuerdas, haciendo brotar notas encadenadas de subyugante poder.
-¿Lo ves, Karaniel? uno, dos, tres, y es en el tercero donde tienes que aplicar la fuerza.
Pero Karaniel no escucha al elfo, está jugueteando con una daga brillante.
Karaniel cumple hoy 13 años, y es la hija del rey, y no tiene por qué escuchar al estúpido maestro de música.
-Karaniel, ¿me estás escuchando?- insiste el maestro, venido del lejano Bosque Verde para enseñar a la joven princesa los fundamentos de la música y para amenizar las veladas de la corte.
-No, no te escucho- responde desafiante la niña, que hoy va vestida con ropa de montar marrón y parece incapaz de concentrarse.
El elfo deja con suavidad el arpa sobre sus rodillas, con un largo suspiro, resignado.
-¿Ocurre algo?- pregunta el elfo, sabiendo la respuesta.
-No, no ocurre nada, hoy cumplo 13 años.
-Entonces... ante tan extraordinario acontecimiento quizá podamos suspender la clase- dice el maestro, burlón.
-No, no podemos suspenderla- dice la niña, mohína, y piensa en la orden tajante que le ha dado su madre cuando le ha propuesto, precisamente, no asistir a ninguna clase.
-¿Entonces, qué hacemos, joven princesa?
-No me llames joven princesa, así, burlándote- contesta la niña, con sus inmensos ojos azules clavándose con odio infantil en su maestro, al que desearía hundirle la nueva daga hasta la empuñadura.
El elfo ríe abiertamente y contagia la risa a la niña porque, en el fondo, son amigos, uno de los pocos amigos que tiene Karaniel.
-Me la ha regalado mi padre, la daga, esta mañana, cuando aún no había salido el sol- y le muestra la afilada arma, manejándola con una soltura inusual en una niña de esa edad.
En otra ala del castillo, la que da al Sur, con vistas a la llanura ondulante de Rhûn, dos elfos altos y fuertes, de movimientos felinos, están alrededor de una magnífica mesa de valiosa madera perfumada, con artesanales incrustaciones de plata. De las paredes de la gran sala cuelgan coloridos tapices que reproducen viejas victorias y, en la chimenea del fondo, arden grandes troncos de encina. Sobre la mesa está extendido un gran mapa que representa los vastos territorios del reino.
Uno de los elfos, el moreno de cara fiera, el que viste con una armadura ligera y reluciente, es Wildor, capitán de la guardia. El otro, el rubio de ojos despiadados, vestido con sencillas ropas de caza de color verde, es el mismísimo rey Angárato. Están hablando sobre los informes que hace semanas inundan la sala de trabajo, informes que avisan de que en Yámora, la Ciudad del Mar Interior, se está gestando una revuelta promovida por un supuesto heredero al trono. Ya se han enviado tropas de refuerzo y es incomprensible cómo Vestra (que así se llama el revoltoso) continúa con sus pusilánimes intentos. Hace más de 100 años que la ciudad fue conquistada por segunda vez y, de nuevo, está dando problemas.
-Señor, deberíamos hacerlo matar, tanta estupidez merece un premio. ¿Qué creerá que puede hacer ese fatuo engreído?
-Eso me pregunto yo, Wildor, eso me pregunto yo- comenta Angárato mientras observa el mapa. -Con el refuerzo que hemos enviado, un levantamiento popular es impensable… saben que no lo consentiré.
-Debe haberse vuelto loco… esa inclinación a la poesía es también absurda… él, que hasta hace poco disfrutaba torturando a inocentes ciudadanos o a sus propios esclavos… ahora se muestra como un dechado de virtudes de elevados pensamientos… absurdo.
Angárato menea la cabeza y piensa -absurdo,… absurdo que prefieran a un sádico vicioso antes que a mi laxo dominio-.
Ocultando su furia, se acerca a la chimenea y, con las manos a la espalda, se queda contemplando la danza del fuego.
-¿Lo matamos, Señor?
-No aún, no puede hacer nada, dejemos que pase un tiempo, que desespere en su impotencia; si continúa con sus ofensas, yo mismo iré a Rhûn para arrancarle el alma.
-¿Algo más, Wildor? Hoy tengo prisa, Karaniel cumple años- el rey esboza una sonrisa ambigua.
-No, Señor, nada remarcable, salvo que… desde hace unas semanas, en los caminos del Este, se están dando más ataques a las caravanas de lo que hasta ahora estábamos acostumbrados, de hecho, parecía que habíamos conseguido imponer la ley en todo el reino y ahora… supongo que será un brote pasajero, quizá…
-Sí, Wildor- interrumpe Angárato -Quizá… debemos cortarlo de raíz. He derramado demasiada sangre con el fin de controlar todo este territorio para que ahora se nos vaya de las manos, para que ahora nos lo arrebaten unos salteadores de caminos- Angárato regresa junto a la mesa y clava sus ojos azules en el gran mapa. -Envía tres compañías de caballería, quiero que los cacen como a alimañas.
Wildor enarca las cejas -¿tres compañías completas? Señor, tenemos las tropas muy dispersas, no podemos prescindir de tantos soldados en Helcosto, nos quedaremos prácticamente indefensos-.
-¿Nos quedaremos indefensos?- Sonríe Angárato –En absoluto, por lo menos no tú… porque vas a dirigir esa cacería.
Wildor da un respingo -¡Señor…!
-Vamos, vamos, tu miedo me ofende.- Da un gran manotazo al hombro de su camarada -¿Acaso has olvidado quién soy? En la fortaleza quedarán más de cien soldados. Y quiero que esos salteadores cuelguen de una soga en menos de un mes.
Wildor duda, debe obedecer a su Rey pero, por otro lado, no quiere abandonarlo.
-Es cierto que la fortaleza no quedará desprotegida, pero con un número muy justo… mi señor- suplica con la mirada -sería mejor que yo me quedara…
-Mañana, a primera hora, Wildor- sentencia el Rey. -Y… Wildor- añade Angárato- elige a una guardia de fieles de no más de 20 soldados para guardar el interior de la fortaleza, te conozco y no quiero ver a 100 soldados trasteando por mis salas.
-Bien, señor- acaba Wildor, sabiendo que nada se puede hacer ante una decisión firme de su Rey. Hace una leve reverencia y sale de la sala, dispuesto a prepararlo todo tal como se le ha mandado.
Angárato, tras echar un vistazo al mapa extendido, también sale de la habitación.
Camina con pasos largos por sonoros pasillos, bien iluminados por el sol que entra, amarillo, a través de altos y estrechos ventanales.
A medida que se acerca al centro vital de la fortaleza, se va cruzando con más y más gente: sirvientes, sabios alojados en el castillo y a los que apenas conoce, músicos (que han sido contratados por quién sabe quién),… y a todos saluda Angárato, pero lo hace con la premura y el fastidio escondido de quien se ve obligado a mostrarse cortés. Se va acercando a la zona privada del castillo cuando, de una habitación con puertas y dintel grabados con bajorrelieves de motivos florales, oye brotar, sencilla y equilibrada, la música de arpa del maestro de su hija.
Mete la cabeza rubia a través de la puerta esperando encontrar a Karaniel, pero Karaniel no está.
El músico está tañendo el brillante instrumento, apoyándose amanerado en una columna. Una elfa de pelo rojo lo escucha, un tanto indiferente, mientras mira a través de la ventana lo que ocurre en el patio de la fortaleza. La elfa viste un elegante vestido negro con discretos bordados de oro y brillante seda roja. Mira a Angárato con sus grandes ojos verdes y le dedica una sonrisa acusadora. Es la reina.
-Ven a ver esto- ordena con voz dulce al Rey.
El elfo se acerca a la ventana.
Abajo, en el patio, Karaniel está montando un gigantesco semental negro.
-Es idea tuya, supongo.
-Sí, es idea mía, es un caballo excelente.
-Sí, claro, un regalo excelente; si tu hija fuera un soldado a punto de ir a la guerra, ese caballo sería excelente… pero, Angárato, no sé si lo sabes, pero tu hija tiene 13 años y no se va a la guerra… espero.
El rey se dirige amablemente al músico -¿podrías dejarnos solos?- El maestro desaparece de la habitación discretamente. Eso le da unos segundos para calmarse. Ama a su mujer, pero le exaspera en algunas ocasiones (“no sé si lo sabes, pero tu hija tiene 13 años”) ¿qué clase de pregunta estúpida es esa? ¡Claro que sabe cuántos años tiene su hija!, y ¡claro que sabe que ese semental es una bestia prácticamente ingobernable para una niña! Pero Karaniel es especial, dominará al semental, lo sabe.
Angárato no responde, cosa que suele enfurecer a Vandiel. Sin embargo, se acerca mucho a ella, la mira directamente a los ojos, perdiéndose en ellos, y le dedica una sonrisa confiada.
-¿Y esa daga?- balbucea la reina.
-¿Qué pasa con la daga?
-Me ha dicho que no se la habías regalado, que el regalo era otro (el caballo, imagino), que la daga sólo era un préstamo, hasta que se la merezca. ¿Qué se te ha ocurrido esta vez? ¿Vas ha hacer que mate un dragón o que asalte una cueva de orcos?
Angárato ríe y Vandiel no puede evitar acompañarlo en una hermosa y franca sonrisa.
-Vamos al patio, creo ver que está haciendo piafar al caballo- dice Angárato arrastrando a su reina por la cintura.
Cuando salen al pasillo van separados, caminando acompasadamente, y todos cuantos los ven admiran su andar regio y su mirada dominante.
III
La noche es muy fría. La luna se ha escondido detrás de espesas nubes que amenazan con llover. La noche es muy negra.
Veinte hombres embozados y con la cara tiznada se arrastran entre los arbustos y se agarran a la maleza rala que crece en esas duras colinas, para asegurar sus pasos en esa noche de muerte.
-Ahí, ahí lo veo, ¿lo ve, Señor, recortándose en esa nube?
Sí, lo ve, su señor Vestra ve la mole de piedra de Helcosto levantándose en el horizonte, tras innumerables y escarpadas colinas.
Han hecho un largo rodeo y se están acercando por el Este.
Una semana larga de pesada marcha, apartados de los caminos recientemente abiertos, apartados de las rutas comerciales, escondiéndose en lo oscuro… y, luego, escalando las salvajes Colinas de Hierro (al menos han matado a unos cuantos enanos, fue necesario… y divertido). Y, al fin, tienen a la vista el Castillo del Lobo. Han venido a matar.
El plan salió bien, la fortaleza está casi vacía: primero los refuerzos que fueron enviados a Yámora y, luego, esos soldados, los mejores, enviados a cazar, ¡ja! A cazar aire, porque nada cazarán: los hombres de Restok el ladrón, de Restok el honrado comerciante, han hecho bien su trabajo, han atraído la furia de Angárato y le han privado de sus mejores soldados. Sí, y ahora morirá, el Lobo morirá, él y toda su asquerosa familia.
-Espero que el arquitecto haya dicho la verdad, sino, la aventura será corta- susurra uno de los conjurados.
Vestra se gira, los ojos centelleando de furia, habla mordiendo las palabras –calla, estúpido, esos elfos tienen el oído fino, y ya estamos muy cerca.
Y así es, la sed de sangre les ha hecho avanzar con rapidez, ahora la fortaleza se levanta imponente ante ellos, encaramada en roca viva a más de 40 metros sobre sus cabezas.
Pero Vestra, que manda callar a los demás, no sabe tener la boca cerrada –y sí, pedazo de alcornoque, el arquitecto ha dicho la verdad, estoy acostumbrado a mirar en los ojos de los hombres que están muriendo, y ese dijo la verdad… tuvimos que mutilar a su mujer y a sus dos hijos pero, al final, dijo la verdad… esas manitas cortadas, tan bonitas… al final habló.
Uno de los embozados sofoca una carcajada –se ve que quería más a su hijo que a su mujer, los gritos de aquella no lo conmovieron.
Vestra, que sólo quiere escucharse a sí mismo, también ordena silencio a ese otro bruto que va a delatar a todos. -¡Callad, ya! La entrada secreta está cerca, por ahí, al fondo de esa cueva.
En el interior de la fortaleza, reina el silencio, ya ha pasado la media noche y casi todos duermen. Antorchas de fuego rojo hacen que las sombras se proyecten muy negras. Los pasillos, de mármol pulido, amplifican el ruido de los pasos de los soldados que están de guardia, el único sonido que parece capaz de existir. Las altas arcadas son bocas negras con hambre insaciable.
En un húmedo sótano, en las raíces de la colina, una puerta chirría. Entran 20 asesinos que se quitan los zapatos para ahogar cualquier ruido de pasos y desenvainan las espadas y las dagas. Suben una larga escalera que los llevará a una sencilla despensa del ala Norte.
Angárato descansa, apoyado en la barandilla del balcón de su dormitorio, sin pensar en nada, dejando que el viento húmedo de la tormenta por nacer le agite la camisa y le despeine el cabello. Vandiel está en la cama, seguramente ya debe dormir.
Un grito ahogado alarma al Rey, entra de una rápida zancada en la habitación, la reina está en pie, vestida con una ligera camisola.
Se oye un golpe seco y ruido de lucha atraviesa la recia puerta de madera tachonada.
Angarato busca su espada, está ahí, sobre el baúl, la desenvaina y sale al pasillo, sin armadura, vestido con unos sencillos pantalones, unas botas y una camisa.
Hace años que no lucha, pero le ha bastado sentir el peso de su viejo sable, oír el ruido del acero, para despertar en él al Lobo, al despiadado guerrero que ganó un reino a sangre y fuego. Muy valientes deberán ser los que han perturbado la paz de Helcosto si pretenden salir con vida.
Al salir al pasillo descubre 4 cadáveres: 3 de sus valientes soldados y un oriental.
Los conjurados han empezado a matar, han entrado silenciosamente y han aprovechado las sombras para sorprender a los soldados, que no se esperaban jamás un ataque desde el interior, ha sido una lucha desigual.
No se oye ningún ruido. Angárato, imprudentemente recorre los pasillos de su castillo en busca de los asaltantes, no sabe cuántos son, debería ir en busca de ayuda, pero la sangre le hierve y es prisionero de su furia.
Vestra, junto a 6 de los suyos, sigue con vida y han matado a todos los guardias del interior; pero no calcularon bien la acción, no calcularon bien el tamaño del castillo y vagan perdidos… el maldito arquitecto no le indicó correctamente la posición del dormitorio del Rey, los segundos les parecen horas y Vestra empieza a estar asustado.
Acaba de salir de una habitación y ahí, a contraluz, ve una figura, una figura grande, ligeramente arqueada, a punto de saltar, sosteniendo un pesado sable, Telepnar, la llama de plata, que ahora brilla siniestramente con reflejos rojos de fuego.
¡Por Eru! Sólo la fortuna le ha permitido esquivar el veloz sable, dos de los suyos se adelantan para apoyarle, pero caen muertos antes de saber qué ha ocurrido.
-¡Es el Rey!- grita uno, retrocediendo y entrando en una sala amplia a la que todos le siguen, asustados y desordenados.
Angárato, con movimientos felinos, ligero, sin armadura, entra tras ellos: atraviesa el arco y se encuentra en un espacio que no le es muy propicio para luchar. En el pasillo, había más igualdad, aquí, podrán rodearlo; pero sin dejarles tiempo para pensar, ataca a todos al mismo tiempo, con rapidez y fuerza. Sólo el joven Vestra, fuerte y ágil, tiene una oportunidad; los otros son lentos, acostumbrados a atacar con la ventaja de la sorpresa y de la noche, ahora parecen niños indefensos ante una bestia salvaje, que ataca y mata por instinto desde que nació.
La espada vuela, hiere y mata. Cada músculo, cada fibra de Rey, recuerda. Cada vez se mueve con más agilidad y con más precisión. En el correr de las edades, pocos, muy pocos, podrían igualarse a Angárato. Acaba de matar a dos más de esos rufianes, sólo quedan en pie Vestra y otros dos que, astutamente, se han colocado a su espalda, a punto de atacar.
Dos flechas vuelan como el rayo, se clavan casi simultáneamente en dos embozados que caen fulminados. Angárato se permite distraerse, sólo resta con vida Vestra, el poeta fortachón; Angárato mira hacia atrás, hacia el lugar de donde han venido las flechas que seguramente le han salvado la vida. Bajo la arcada, Vandiel, vestida con su camisa de dormir y unos ajustados pantalones, aún descalza, tensa el arco con la tercera flecha, dispuesta a ensartar al oriental.
Angárato levanta la mano izquierda, sucia de salpicaduras de sangre. Vandiel entiende el signo y baja el arco.
-Bien- dice el rey con sorna a Vestra. -Te daré la oportunidad de salvar tu vida, basta que me mates, ¿has venido a eso, verdad? Eres fuerte y rápido, grandes maestros te han enseñado el arte de la espada, tienes una oportunidad.
Eso dice Angárato al hombre, esperándolo en posición de combate, las piernas ligeramente separadas y flexionadas, la espada en guardia baja.
Eso le dice, “tienes una oportunidad” pero, en realidad, ambos saben que no tiene ninguna,... ninguna.
[Editado por elfo_negro el 09-06-2008 10:30]
