Los disturbios se iniciaron en el barrio de los mercaderes, los grandes perjudicados por el bloqueo y expolio protagonizado por los varantes. En un primer momento, la improvisada Guardia pudo dominar la situación; la protesta era focalizada y ya habían recibido informes de posibles insurrecciones para aquella noche.
Pero en esta ocasión, los varantes se excedieron. Convencidos de que una demostración de fuerza y contundencia calmarían las cosas en los barrios conflictivos, varios soldados desenvainaron sus espadas bajo las órdenes de su capitán. Corrió la sangre. Dos mercaderes fueron asesinados en medio de la refriega; todo se detuvo de pronto. La esposa de uno de ellos, al ver muerto a su marido, pronunció un estremecedor grito. Toda la ciudad pudo escucharlo, y toda la ciudad supo a qué se debió. A partir de entonces, lo que se inició como una refriega más entre un grupo de comerciantes arruinados y algunos miembros de la Guardia con cierta tendencia a la sobreestima, entró en una dinámica de ojo por ojo y diente por diente, en un círculo vicioso de muerte constante y creciente.
La resistencia, surgida poco después de la conquista de Naraharaz, había estado preparando cuidadosamente una insurrección contundente. Pero los propios líderes del movimiento se vieron desbordados por la iniciativa popular. Furiosos, hastiados y sedientos de venganza, los habitantes de Naraharaz salieron de sus casas en tropel. Los sublevados aprovecharon aquel momento y armaron a la población. Varias decenas de personas corrieron al distrito del mercado, donde la Guardia, recientemente creada en aquella ciudad y con poca experiencia, se vio desbordada. Ante la magnitud de la revuelta, se envió a la infantería ligera varante a solucionar el problema. Ni unos ni otros pudieron precedir en ningún momento que aquella inocente trifulca se convertiría en el baño de sangre que se vivió después. La infantería se enfrentó con contundencia a los insurrectos, y estos parecieron retroceder. Pero la resistencia de Naraharaz no carecía de ejército —cuidadosamente oculto desde la ocupación— y, de nuevo, los varantes retrocedieron. Defensores y agresores —no se sabía muy bien quién era cuál— luchaban en las mismas calles; ya no eran inocentes bastones lo que se utilizaba, sino espadas, arcos y flechas. Los infantes ligeros retrocedieron, como se ha dicho, ante el irresistible impulso de la furia popular. Nadie se percataba de lo que estaba ocurriendo. Nadie entendía demasiado bien lo que aquello iba a costar, tanto para unos como para otros. Una vez iniciada la batalla —la batalla como tal—, la inercia estimuló a los habitantes a seguir combatiendo. Las armas circulaban entre unos y otros; más y más gentes salían de sus casas para aceptar esas armas; unos, por indignación ante el invasor; otros, para defender a un amigo que combatía; otros, para defender al amigo que corría en ayuda de otro amigo…
En efecto, los quinientos hombres que se habían enviado para controlar la situación se vieron pronto rodeados de varios millares de hombres furiosos. Muchos de ellos no estaban organizados ni tenían entrenamiento… pero eran muchos.
La caballería varante, los cataphractae, salió de los Cuarteles al galope, apoyada por un batallón —doscientos hombres— de la infantería pesada, la más preparada y veterana. Ante el avance del experto ejército varante, los manifestantes entraron en pánico y muchos de ellos huyeron. Ante ello, muchos de los improvisados combatientes rompieron filas y huyeron a esconderse donde pudieran.
Pero la Resistencia contaba con ejército, como se ha dicho, y aún no había dicho su última palabra. Varios centenares de hombres, bien pertrechados y entrenados, plantaron cara al ejército. En campo abierto, los varantes tenían ventaja: podían maniobrar en gran número y eran muy disciplinados. Conocían numerosas tácticas y dominaban el terreno: el desierto era su elemento.
Pero allí, en las calles, que eran estrechas y desconocidas para ellos, la cosa cambió. Tras una terrible confrontación inicial en la que los varantes salieron mejor parados, los ejércitos se fueron disolviendo progresivamente entre los callejones. Se luchaba en cada rincón, en cada plaza, en cada avenida. La capital entera se convirtió en un auténtico caos; varios edificios ardieron y otros tantos fueron saqueados. La tensión acumulada tras varios días de explotación e intolerancia se desbordó, y lo hizo de un modo que jamás sería olvidado por las gentes de Naraharaz.