La brisa era fresca en la primera mañana del año 1601, las ramas de los fresnos se mecían con ella y aunque el día se presentaba soleado, era tan temprano que la escarcha aún permanecía en el suelo.
Aquella parte de Rómenor era la más tranquila del continente, en parte debido a la cercanía del impenetrabla Maianor; allí, en el extremo meridional del Nendataure, muy cerca de la desembocadura del Yáratuine se alzaba un edificio solitario, era pequeño y abovedado, construido siglos atrás en piedra gris y que ahora apenas era visible por la vegetación que crecía junto a las paredes.
Un pequeño porche era visible entre la maleza y se había convertido en la entrada principal al Oráculo, desde él pudo verse cómo una figura solitaria se acercaba hasta allí.
Aquel personaje era un elfo bastante anciano, de cabellos casi blancos y piel marcada por la edad y la guerra, vestía una hermosa y delicada túnica negra cruzada por una banda de color verde, de su cuello colgaba un dorado medallón con el antiguo símbolo de los Cilalië, símbolo que se repetía varias veces en su labrado bastón.
Cuando el elfo estuvo a pocos pasos del Oráculo, alguien habló desde él con una voz dulce y grave:
-Me gusta venir al Oráculo a comienzos de año, me da una idea de lo que está por venir.
Tras terminar la frase, la figura se asomó al exterior, se trataba de otro anciano, pero éste poseía una larga barba y su rostro estaba menos demacrado; vestía una túnica parduzca sobre unos viejos ropajes color verde oscuro que parecían mucho más bastos que los del elfo.
-Lo sé -respondió el elfo-. Nos conocemos hace largos años y muchos de los nuestros conocen esta extraña costumbre vuestra. Pero es la primera vez que me pedía que venga, debéis haber visto algo extraordinario y por la expresión de vuestro rostro no parece que sea algo muy bueno.
-Ah, olvidaba tu perspicacia querido Conditor. Bien debía haberte dejado tranquilo, tú mismo habrías sabido qué ocurre en Rómenor sin mi ayuda... por algo los Yárai te eligen como su líder mandato tras mandato.
-No creo que me hayáis hecho venir para alabar mis dotes de observación y análisis... ¿qué deseáis contarme?. De sobra sabéis que no me gusta estar en este lugar... tan cerca de Maianor.
-Creo que el Enemigo ha regresado a Rómenor y tiene algún motivo.
-Siempre ha tenido muchos motivos... nunca sabe cuando detenerse, esa ha sido su perdición, pero ¿de qué se trata esta vez?
-Sólo tengo sospechas, pero creo que el resto de pueblos necesitará vuestra ayuda y protección, iré a hablar con Fardin al norte... de camino intentaré confirmar mis sospechas y despejar mis dudas.
-Después de tantos siglos, sigo sin comprender cómo podéis tener dudas, siendo quien sois... pero no hace falta que viajeis a Vanwielie, la llegada de Envinya alterará a esos Yárai y ya están bastante exaltados con los rumores de la cercanía del ejército Nurulântar.
-Este cuerpo me permite convivir con los seres de Rómenor sin causar catástrofes como el Yáraúlea... pero tiene su lado negativo, y es que limita mi poder. Yo no soy uno de los grandes Ainur, no puedo hacer lo que ellos hicieron antaño, reconozco mis debilidades.
En cuanto al viaje a Vanwielie... prefiero ir en persona, hace mucho que Envinya no les visita y eso les está debilitando, cada vez son menos los que pasan la Prueba y obtienen la Runa.
-Como deseeis, pero tened ciudado con los Nurulântar si están tan belicosos como creemos.
-Tranquilo, ellos no suponen una amenaza... al menos, por ahora. Cuando me reúna con Fardin iré a Anwa Vanwielie, informa a Threis solamente, con que el Censor conozca la situación por ahora es suficiente.
-Como deseeis, Envinya.
-Algún día tendremos que discutir por qué utilizáis una palabra que no es de vuestra lengua para llamarme... puedes regresar con el Consilium.
Lentamente, como había llegado, Conditor se perdió entre los fresnos, la escarcha y Envinya también habían abandonado aquel remoto lugar.