Quizás meses atrás fue una casa hermosa, con una blanca capa de cal y verdes enredaderas floridas trepando y descendiendo por sus paredes. Ahora las paredes son negras por dentro y por fuera, cubiertas de una capa de ceniza adherida por la humedad, y Elesinyê no puede imaginarse un lugar más oscuro, húmedo, o abandonado. No hay cristales en las ventanas, y sobre el suelo se acumulan como desechos montones de objetos y recuerdos irreconocibles y ennegrecidos que algún día debieron embellecer la casa.
El olor a ceniza y podredumbre se mezcla con el fuerte olor que despide el puerto de Nirent. Es una de las casas más cercanas a la costa del Kelkaranî, y seguramente fue propiedad de alguna familia de pescadores de la zona.
A través de la ventana puede ver las llamas que se extienden por la ciudad, de casa en casa. Muchas otras correrán esta noche el mismo destino que ésta. Los gritos de auxilio se mezclan con los gritos de guerra, y éstos a su vez con otros gritos de dolor desgarrado. La rebelión está en marcha desde hace varias horas, pero ni unos ni otros parecen decididos a poner fin a la matanza.
Con apenas 50 soldados, Serkendil y ella han decidido desplegarse sigilosamente por la ciudad. Atacar de frente no tiene ningún sentido, siendo ellos tan pocos. Pero la mayor parte de la rebelión tiene lugar en el centro de la ciudad, y de momento han sido pocos los obstáculos en su camino.
Algún soldado perdido les ha dado información, aunque no muy fiable, y en su mayor parte contradictoria. Pero hay algo que parece ser común a todos los informes. Nadie sabe dónde se encuentra el enviado de Engrel. A parte de esto, unos dicen que la batalla estaba ganada y que Elandur está consiguiendo sofocar la rebelión, y otros en cambio dicen que el Arkên y su grupo se encuentran sitiados en el centro de la plaza.
Sin saber muy bien qué debe creer, han continuado internándose en la ciudad. Y las casas abandonadas ofrecen un resguardo seguro en el avance. Elesinyê sostiene la espada en la mano derecha, con la punta hacia el suelo, mientras permanece con la espalda apoyada contra la pared, junto a la ventana. Contiene la respiración ante el sonido de voces que se acercan. Voces humanas, piensa. Con precaución se asoma lentamente, mirando la calle sin ser vista. La oscuridad la protege, y las llamas no llegan a iluminar del todo la escena. Pero puede distinguir el grupo de hombres que se dirige hacia el centro de la ciudad, armados con arcos y espadas. Y sin embargo, se aprecia a simple vista que no son guerreros.
Ha perdido a Serkendil algunas casas atrás, pero no la ha sorprendido por eso. Como siempre, él ha tomado sus propias decisiones y se ha perdido en la oscuridad. Pero no lo lamenta, pues sus objetivos son completamente distintos. Para él, la prioridad es alcanzar el centro de la ciudad y ayudar a la Compañía del Dragón. Sin embargo para ella no hay prioridad mayor que la de encontrar a Tyarn. No es que tenga dudas sobre el elfo, pero la última revuelta en Vanwielie ha sido muy costosa, y en Thertan han caído muchos de los más grandes guerreros de los Nurulântar. Y no puede arriesgarse a perder a Tyarn. No puede.
Las voces se alejan, y Elesinyê avanza pasando por debajo de la ventana. La puerta trasera de la casa se encuentra apenas a unos pasos, cuando siente cómo alguien agarra con fuerza su brazo derecho, al tiempo que la arrastran hacia atrás poniendo una mano en sus labios.
- No hables – dice una voz suave, en apenas un susurro.
Ella se revuelve en brazos de su captor, y él se desliza ante ella hábilmente, todavía con la mano cubriendo su boca. Elesinyê abre mucho los ojos, y finalmente él desliza la gasa negra que cubre su rostro, dejando ver sus ojos intensamente azules. Ella lo reconoce al instante, y sus ojos dorados le sonríen mientras él aparta la mano despacio.
- Parezco condenada a ser tu presa en lugares oscuros – susurra ella, pero no puede disimular la alegría de verlo sano y salvo.
Pero antes de que él pueda separarse de ella y contestar, una sombra cruza la estancia, y la voz de Serkendil rompe la atmósfera de silencio y precaución.
- ¡Suéltala! – su voz es fría como el hielo, su rostro una máscara impenetrable, mientras mantiene la espada en alto, preparado para asestar un golpe mortal.
Elesinyê se libera rápidamente de la presión de Tyarn, y se interpone entre ambos, alzando la mano desarmada.
- ¡Espera! – grita - ¡Es de los nuestros!
Él baja la espada apenas unos centímetros, pero su rostro permanece inexpresivo. Un sentimiento extraño, nuevo, surge en su interior. Porque ha creído por un momento que ella estaba en peligro, pero ahora ve la escena con otros ojos, y no por ello es menor el impulso de acabar con su adversario.
- Aret, Serkendil – la voz de Tyarn irrumpe entre los dos – Mucho he oído hablar de ti, sobre todo después de tu regreso de entre los muertos.
Serkendil se encoge de hombros, y sonríe con ironía.
- No será bueno me temo, si lo has oído de labios de tu amiga – pronuncia la palabra amiga con cierto desprecio – Yo en cambio nunca he oído hablar de ti… - su mirada se vuelva hacia Elesinyê.
Ella duda. No es el momento ni el lugar para hablar de Tyarn, de quién es y del papel que interpreta. Porque es un papel extremadamente peligroso, y todavía no sabe si puede confiar plenamente en Serkendil, o en el entorno de Serkendil.
- Nunca ha sido necesario, y tampoco ahora lo es – alza la barbilla, orgullosa mientras envaina la espada. Después desliza ambos brazos hacia atrás, desenfundando sus Shais – Todavía tenemos que sofocar ésta revuelta.
Abandonan la casa por la puerta trasera, ocultándose entre las sombras de la calle. El sonido de la guerra se va a acercando mientras avanzan, en forma de voces, gritos y gemidos, en forma de metal contra metal.
- ¡Soldado! ¿Dónde se encuentra el Arkên Elinur? – Serkendil se acerca hasta un joven soldado nuru herido.
A pesar de sus heridas, éste intenta cuadrarse ante el Arkên, pero sus piernas no le sostienen. Permanece apoyado contra una pared, y finalmente se deja caer dejando en la pared una gran mancha de sangre tras de sí. Todavía está vivo, pero respira con dificultad.
- En la plaza, mi Arkên. Se encuentra sitiado en la plaza… - las palabras entrecortadas brotan acompañadas de un hilo de sangre.
- ¡Un sanador! ¡Rápido! – grita Elesinyê con todas sus fuerzas, hacia el tumulto. Una figura surge de entre el tumulto, corriendo entre soldados amigos y enemigos, hasta que llega hasta ellos y se arrodilla junto al herido. Por su rostro sombrío, tienen claro que no hay mucho que hacer por él.
Pero finalmente han llegado a la plaza. Serkendil ve a lo lejos a Elindur, y se abre camino hasta él batiendo a un enemigo tras otro. Elesinyê y Tyarn sin embargo, se pierden entre el gentío, luchando mano a mano.
Los rebeldes se habían hecho fuertes en la plaza al comenzar la revuelta, buscando sobre todo asestar el primer golpe sobre los dirigentes Nurulântar. En un primer momento la sorpresa fue su principal aliada, pero poco ha poco han ido cediendo terreno, desperdigándose por el resto de las calles de la ciudad, hasta que finalmente los dos grupos principales han quedado asilados en la plaza, sin posibilidad de salir de ella.
Elesinyê apenas puede contener una exclamación al ver entre los rebeldes a varios niños, sosteniendo apenas arcos o espadas que les doblan en tamaño. Intenta alejarse de ellos, pero el enemigo parece decidido a llevarla en esa dirección. Tyarn también se aleja, engullido por la marabunta. A golpe de cetro intenta mantenerse cerca de ella, pero todo es inútil.
Ella atraviesa un enemigo tras otro con los Shais. La sangre que corre a través de su filo mancha sus manos y la tela ya roja de por sí de la empuñadura. No son soldados aquellos a los que arrebata la vida, pero son hombres que luchan con la fuerza salvaje, irrefrenable, que sólo da la búsqueda de la libertad arrebatada.
Tropieza con un cuerpo caído, y cae de espaldas sobre el empedrado. Pero antes de incorporarse alza los ojos y ve la figura de un niño ante ella. Apenas tendrá 12 años, y su mirada es oscura como la noche. Puede ver en él el miedo, pero también una firme determinación. Y ella se siente incapaz de reaccionar. Como si su cuerpo y su mente se hubieran separado en el tiempo y en el espacio. Pero observa. El niño levanta la espada, y asesta un golpe que apenas puede controlar. Cuando levanta la espada, la sangre gotea sobre su cuerpo, y Elesinyê sabe que es su propia sangre.
Es el dolor lo que finalmente consigue devolverla a la realidad. Una herida abierta desciende por su brazo izquierdo, desde el hombro hasta la muñeca. Con una mueca de dolor lanza el Shai que sostiene con la mano derecha, clavándose certero en el pecho del niño.
Se incorpora entonces, mientras su enemigo suelta la espada y cae al suelo con ambas manos en el pecho. Permanece tumbado con la mirada perdida en el cielo, mientras respira con dificultad. Los ojos de ella se inundan de lágrimas mientras se arrodilla junto a él. Puede ver como la muerte nubla su mirada, hasta que finalmente sus manos se relajan cayendo pesadamente a ambos lados de su cuerpo.
Apenas puede mover el brazo izquierdo, pero a pesar de todo desliza la mano cerrando los ojos del niño, mientras con la mano derecha arranca de su pecho el arma que le ha arrebatado la vida.