Historia
-Origen-
La Guerra de la Cólera significó un gigantesco cambio para las criaturas de Arda, sobre todo para aquellos que de pronto vieron desaparecida la mano de hierro que apretaba sus corazones con crueldad.
Cuando Ancalagon el Negro cayó sobre Thangorodrim los cautivos de Morgoth Bauglir se estremecieron profundamente. Vieron el techo que se troceaba y que en poco tiempo los sepultaría en ese infierno. En una de las oscuras celdas, uno de los prisioneros, un hombre joven (aunque no lo parecía), arremetió con desesperación contra los pocos orcos que aún los vigilaban. Entre ellos estaban las rejas de hierro, pero el hombre luchaba con locura y, con uñas y dientes, destrozó al otro. Otros prisioneros siguieron el ejemplo; no fue sino una matanza ya que los orcos sacaron sus cimtarras oxidadas y lucharon.
Pero la desesperación pudo más, y es que no se puede matar a un hombre que no tiene esperanza. Consiguieron las llaves y abrieron las celdas. Hasta el final iba el hombre que comenzó todo liberando a los prisioneros, llevaba el brazo del orco que no quería soltar las llaves aún cuando había sido separado de su cuerpo. Pedazos grandes de techo caían pesadamente. Pero ya estaban fuera.
- Gracias –le dijo el último en salir.
- ¡Mueve que se nos cae todo encima! –exclamó el otro al tiempo que el techo se desmoronaba definitivamente.
Ambos se echaron a correr hacia la salida aunque sintieran que sus piernas se fueran a romper por el esfuerzo.
Al que había liberado a los prisioneros se lo conoce en la historia de los Rillië como Nuor y al que corría a su lado como Turion. Nuor era fornido, de ojos azules y cabellos dorados, que lo delataba como miembro de la casa de Hador. Mientras que Turion parecía descender de la casa de Bëor el viejo, por su alto porte y sus ojos grises ocultos entre el enmarañado cabello negro. Ni bien hubieron salido de las mazmorras se toparon con más enemigos, comenzando así otra desesperada batalla por escapar.
El suelo temblaba, en aquel momento Angband mismo empezó a hundirse en los oscuros abismos del mundo. Turion se dio cuenta de esto rápidamente. Junto a Nuor buscaron una ruta por las montañas sacando consigo a todos los prisioneros que pudieron.
No se detuvieron hasta que el humo hubo desaparecido del horizonte; en realidad, no se detuvieron hasta cruzar Ered Luin aunque durante este último tramo hicieron más pausas.
Morgoth había sido derrotado por los Señores de Occidente, quienes habían liberado a los prisioneros (los que no habían sido aplastados por la fuerza del ataque). Ahora los elfos partían felizmente a Valinor y a los edain se les dio nuevos dones; los silmarils habían sido recuperados, todo volvía a estar en orden.
Estas noticias se esparcieron rápidamente hasta que llegaron a un pequeño campamento ubicado en la cara oriental de las Montañas Azules; allí se refugiaban los que habían escapado de la destrucción de Angband liderados por Nuor y Turion. Para ellos fue como un balde de agua fría saber que otros no habían tenido que librarse de sus captores a mordiscos, sino que alguien más les había abierto la puerta. “Es injusto.” eso es lo que la mayoría pensaba, pues se sentían malditos al haber pasado tantas penurias innecesarias. Y todo su pesar cayó sobre Morgoth y sobre los Valar, ¿y no son de la misma estirpe?
Nuor tomó los pensamientos y sentimientos de todos para ponerlos en un discurso, incitándoles a buscar un lugar en donde crear su propio paraíso, lejos de los “Poderes del Mundo”, lejos de la maldad creada por Morgoth, lejos de los fantasmas del pasado que rondaban en Beleriand. La gente lo apoyó, incluso lo nombraron su líder. Y sin más partieron hacia el este, porque en el oeste la oscuridad había dejado su marca.
Fue así que surgieron los Rillië, El Pueblo Resplandeciente, y la esperanza los empapó nuevamente.
-La búsqueda-
Al principio no sabían muy bien a donde se dirigían y en donde podrían crear ese paraíso del que les había hablado Nuor, hasta que un día un elfo les dio una pista.
Un tercio de los Rillië estaba compuesto por elfos, noldor en su mayoría, y entre ellos había uno al que le faltaba el brazo izquierdo y la pierna derecha. Su nombre era Orostalion y provenía de la casa del Martillo Iracundo, él único que había sobrevivido al ataque de Gondolin. Lastimosamente, había sido gravemente herido durante su escape de Angband y caminaba con dificultad asiéndose de su bastón blanco, por eso lo habían nombrado como representante de los elfos e iba a un caballo junto a Nuor y a Turion.
Era un día especialmente soleado cuando los tres discutían sobre a donde ir.
- Debemos ir al este –decía Nuor.
- Pero, ¿qué tan al este? –repuso Turion-. Recuerda, que las leyendas de los hombres dicen que al este hay algo terrible.
- Buscaremos hasta encontrar un buen lugar. Además, no creo que haya algo peor que Morgoth.
- ¿Cómo encontraremos “un buen lugar”?
Llevaban un buen rato así hasta que los interrumpió Orostalion.
- Si el mundo no ha cambiado del todo –dijo el viejo elfo en voz baja-, se me ocurre un lugar adecuado.
Los dos hombres lo miraron para mostrarle que lo escuchaban. Orostalion les habló de las Montañas Rojas, en el extremo del continente, donde se habían establecido varias casas de enanos.
- Los enanos son excelente aliados –continuó-. Y si habríamos de tener problemas ellos nos ayudarán de seguro.
Estaban lejos pero a todos les gustó la idea de ir tan al este, porque creían que las bestias de Morgoth no llegarían allí. Ya tenían un destino, aunque el camino estaba nublado.
-La batalla del fuego negro-
El mensajero trepaba por la ladera de la montaña como perseguido por el mismísimo Morgoth. Llevaba las ropas desgarradas y sangraba. Sus cabellos parecían algo chamuscados. Los vigías que aguardaban en la elevada ciudad lo contemplaban sorprendidos. El hombre corrió por el camino más corto y cruzó bajo la arcada que conducía a la ciudad. Sobre la misma podía leerse, tallado en piedra.
“Bienvenido a Oronoso, ciudad de la montaña, Refugio de Refugiados.”
El hombre corrió entre las muchas personas que se dedicaban a sus quehaceres. Tropezó con algunas personas, que le preguntaron a qué se debía su alarma. Él les ignoró. La gente comenzó a seguirle con curiosidad.
Corrió hasta un gran edificio de piedra con grandes puertas, algo parecido a una sala del trono. Presidían el lugar de honor dos personas, un hombre y un elfo. El hombre era rubio y de ojos claros, pero su cuerpo estaba marcado de cicatrices, las cicatrices que solo Angband podía dejar. Sin embargo, ahora parecía sano y bien cuidado. El elfo era una visión imponente. Le faltaba un brazo y una pierna, pero habitualmente se le veía caminar junto al otro valiéndose de su bastón.
–¡Señor Nuor! –exclamó el hombre de pelo quemado dirigiéndose al que se sentaba junto al elfo–. ¡Mi señor Nuor! ¡Un grave peligro se acerca!
–¿Qué sucede, Bal? –preguntó Nuor.
–¡Ha matado a todos mis compañeros! –exclamó Bal, y la mirada de Nuor se oscureció–. Estoy vivo de milagro, o tal vez me dejó escapar a propósito, como una especie de macabro juego. Todos conocemos su fatídica inteligencia…
–¿Quién? –exigió el elfo, con frialdad–. ¿Quién te ha atacado?
–Un dragón –gimió Bal en voz baja, pero en el repentino silencio el eco de sus palabras resonó por todas partes. Entonces el elfo se estiró hacia el humano y le golpeó con el bastón en la cara. Su labio comenzó a sangrar.
–¡Quieto, Orostalion! –dijo Nuor.
–Ese hombre miente –dijo el elfo–. Los dragones están muertos, vosotros mejor que nadie sabéis lo que pasó con Ancalagon, el último de ellos.
–Nadie dijo que fuera el último –dijo una voz inesperadamente–. Si nosotros, débiles humanos que somos, pudimos escapar a esa destrucción, no hay motivos para pensar que otros dragones no lo hicieran.
–Así es, Turion –asintió Nuor–. No hay motivos para pensar que el mensajero miente.
–Pero, aunque hubiese un dragón, no tenemos por qué asumir que viene hacia aquí –añadió Orostalion.
–Cierto también –dijo Turion, y se arrodilló junto a Bal–. ¿Por qué opinas que el dragón viene hacia aquí?
–Me lo dijo –susurró el hombre–. Me miró y entonces me sentí paralizado y no pude moverme. El dijo: “Soy Nárúmëa, un viajero. ¿Quién vive cerca de aquí?” Yo traté de permanecer callado, después de todo acababa de comerse a los que me acompañaban y no quería que viniese aquí. Pero sin poder evitarlo le hablé de Orostalion, y también de las magnificas moradas de los Enanos Barbas Rojas y de sus tesoros. Entonces el dijo que los tesoros de los enanos le pertenecían a él a partir de aquel momento. Pero también dijo: “Este ha sido un viaje realmente largo. Me alojaré en esa ciudad vuestra por un tiempo. Será mejor que vayas a avisar a tus compañeros de que me den la bienvenida que merezco”. Entonces recuperé el control de mi mismo y escapé del lugar, ¡mientras el dragón escupía fuego a mis espaldas! ¡Llegará en unas horas!
Se oyó el grito de un niño, y de repente todos en la sala chillaron y comenzaron a correr.
–¡Quietos! –exclamó Nuor–. ¡Escuchad a vuestro señor si os queda algo de cordura!
Lentamente el orden se restauró. Todos se volvieron hacia Nuor, quien parecía pensativo.
–Id todos a casa y estad preparados para partir. Coged equipaje, pero no tanto como para que su peso haga vacilar vuestros pasos. En caso de marcharnos todas las bestias llevaran provisiones, de modo que no las carguéis con vuestros objetos de valor.
La gente pareció conmocionada. Pero obedecieron sus ordenes y despejaron la sala. Estaban acostumbrados a obedecer a Nuor en cualquier circunstancia.
–¿Abandonar? –inquirió Orostalion–. ¿Marcharnos de aquí?
–Bueno, estoy seguro de que al dragón le encantaría que nos quedemos –comentó Nuor.
–Sé respetuoso –advirtió Turion–. ¿Qué podemos hacer, Maestro Orostalion?
–Contra balrogs y dragones resistió Gondolin mucho tiempo, si, cientos de balrogs y dragones. Y jamás habría caído de no ser por la traición de Maeglin. No dejaremos que un único dragón nos arrebate nuestra ciudad. ¡Envía a tus mejores guerreros!
–Podría hacerlo, pero si son derrotados… Y nos quedamos aquí su sacrificio será en vano. Deberíamos enviarlos y hacer que al menos el pueblo tome el camino de las montañas –meditó Nuor.
–No huiremos hasta que no haya otra opción –insistió Orostalion–. Así se hizo en Gondolin.
–A Gondolin no le fue muy bien –observó Nuor.
–No hay por qué ser sarcástico –recordó Turion–. Estamos entre amigos. Yo apoyo lo que dice Orostalion.
–Entonces no tengo otra opción –confirmó Nuor–. Pero la prudencia me aconseja ignorar vuestros consejos. Sin embargo, tal vez sea como decís y los hombres acaben con el dragón. Bal –dijo al hombre al que habían retirado a un lado y al que unos sanadores atendían–. ¿Cuan lejos está el dragón? ¿Cuánto tiempo tenemos?
–Seis horas.
Once guerreros fueron los escogidos. El propio Orostalion se encargó de seleccionarlos. Hubo un duodécimo guerrero escogido, Nurin, el hijo de Nuor, pero su padre se opuso completamente.
–Es demasiado joven –dijo Nuor–. Además, tengo otros planes para él.
Nurin se sintió decepcionado al oír que no se enfrentaría al dragón, pero obedeció a su padre. Muchas personas se acercaban a las murallas, pese a la orden que les habían dado de permanecer en sus casas. Los once guerreros se enfundaron con las mejores armaduras de la ciudad y cogieron largas espadas y guadañas. El dragón se acercaba. Lo vieron abajo en el suelo y luego trepar por la montaña. Era completamente negro, aunque su mirada tenía un brillo morado que era visible incluso desde allí. Llevaba las alas plegadas.
Cuando el dragón había ascendido hasta la mitad de la ladera, los guerreros se prepararon. Corrieron por la ciudad y saltaron sobre las murallas, aprovechando la inclinación del suelo y el impulso. Cayeron al vacío, directamente hacia el dragón. Nárúmëa estiró el cuello y atrapó con la boca al primero de los guerreros, al que se le fue arrebatada la vida instantáneamente. Otro pasó sobre el monstruo y clavó la guadaña en la espalda. Pero resbaló sobre las brillantes escamas negras y siguió cayendo entre gritos de horror.
Quedaban nueve guerreros, que hostigaban y golpeaban con valentía al dragón. Mientras tres eran abrasados por la llama Nárúmëa, uno se coló bajo su vientre y hundió la espada. El dragón se retorció y aplastó al hombre con su peso. Los cinco restantes se abalanzaron con desesperación y le atacaron colgándose sobre él. Entonces el dragón desplegó las alas y se dejó caer por la ladera. Los hombres no pudieron resistir mucho tiempo aferrados a las resbaladizas escamas y se despeñaron por las laderas de las Orocarni. El dragón volvió al lugar donde se había quedado en la subida y prosiguió su camino.
Mientras tanto Nuor ya había declarado la huida. El dragón estaba casi allí y sabían que no llegarían a tiempo a los túneles de los Barbas Rojas.
–Pero aunque nos vayamos ahora, no llegaríamos a tiempo –dijo a Orostalion. El elfo estaba pensativo.
–Debes dejar aquí algunos guerreros para que entretengan al dragón –dijo.
–Los mejores once guerreros ya están muertos –dijo Turion–. No queda nadie capaz de hacer frente al dragón.
–Aun queda un último guerrero –dijo Nuor, y miró a su hijo.
–¿Yo, padre? –Nurin se levantó y recogió su espada, pero Nuor se la cogió.
–Aún no me has ganado nunca, que yo sepa, hijo mío –replicó el hombre.
–No, ¡padre! –el chico comprendió lo que pretendía.
–Si tantas ganas tienes de ir, vénceme a mi primero –Nuor le dio la espada y empuño la vaina vacía. El muchacho atacó con la rapidez de una serpiente, pero el hombre esquivo su tentativa y le golpeó el brazo con fuerza, haciendo que dejase caer la espada–. Tu comentado ahora es guiar a los Rillië, y huir haya donde el dragón no pueda alcanzaros. No mires atrás.
Se preparó para la batalla mientras los demás marchaban. Había dado muchas instrucciones, aunque con el liderazgo del joven Nurin en teoría no debían tener problemas. Nuor se quedó en el centro del pueblo, frente al gran edificio. Cuando los demás se alejaron todo quedó en silencio. Gracias a eso oyó los pasos del dragón que seguía avanzando por la ladera. El ruido se intensificó cuando estuvo cerca. Las puertas de la ciudad se habían cerrado.
Entonces de entre las puertas surgió un anaranjado hilo de fuego. Rápidamente la madera se consumió y apareció la negra forma del dragón, envuelta en un aro de fuego. Nárúmëa atravesó las puertas incandescentes, derribando la arcada con la cola al pasar. Nuor lo miró con frialdad. El dragón, curioso, se acercó hasta él.
–Esperaba una amable bienvenida –dijo su voz retumbante.
–Soy yo quién se quedó para dártela –replicó el hombre, y desenvainó su espada.
–Apártate –los ojos del dragón destellaron de un modo extraño–. Y guíame hasta los tuyos.
El guerrero evitó mirar directamente a los ojos de la bestia, que rió.
–¿Te resistes a mi Voluntad? –dijo con sarcasmo–. Como quieras, solo trataba de ser cortes.
Rápidamente el dragón se abalanzó como un gato sobre Nuor, pero éste saltó hacía atrás con tranquilidad y lanzó una estocada a su morro. Luego entró en el edificio.
El dragón voló sobre la ciudad para tomar impulso. Luego se lanzó sobre el edificio, que se derrumbó. Creyendo haber concluido, el dragón se dispuso a seguir, pero entonces Nuor saltó de un edificio y atacó a Nárúmëa. Le hizo un corte en la parte membranosa del ala. El dragón se revolvió y trató de morderle, pero el hombre ya había desaparecido.
Irritado, Nárúmëa prendió fuego a todo lo que tenía a la vista y siguió con su avance. Una vez más Nuor apareció ante él, con las ropas algo quemadas y cubierto de polvo pero no herido. El dragón perdió los estribos y cargó sobre Nuor, que se apartó en el último segundo. La cabeza de Nárúmëa se incrustó en el muro que había tras el hombre debido a la fuerza del impacto. El edificio entero se desplomó sobre él. Lejos de matarle, aquello le enfureció. Nárúmëa emergió de entre los escombros furioso. Girando sobre sí mismo, golpeó con toda su fuerza a Nuor con su cola. El hombre salió volando como un muñeco de trapo y atravesó la ventana de una casa y finalmente chocó contra un armario, que se redujo a astillas.
El dragón volvía a alejarse. Nuor creía haber dado tiempo suficiente a su gente para escapar, pero aún no estaba seguro. Se incorporó, herido y aturdido, y subió por la escalera de la casa, hasta el tejado. Una vez allí gritó, con las fuerzas que le quedaban:
–¡Tu, escoria de Angband, engendro sin inteligencia! ¿No pretendías matarme? ¡ACABA LO QUE HAS EMPEZADO!
Funcionó. El dragón escupió fuego, furioso; sin apuntar a nada por lo que las llamas cayeron liquidas cubriendo su cuerpo. Envuelto en fuego, el dragón se arrojó sobre Nuor, haciendo que la casa se desintegrara. La cabeza de Nárúmëa golpeó a Nuor, y el hombre fue derribado y cayó al vacío, muy abajo. Estaba envuelto en fuego. Sin embargo, Nárúmëa, con su vista de dragón pudo ver que caía majestuosamente hacía atrás.
Y, antes de que las llamas devorasen su rostro, sonreía.
Entonces el dragón lo entendió todo, y bramó. Había supuesto que podría alcanzar a cualquier humano que viajase por la montaña, pero si realmente había un lugar a salvo de él…
Por mucho que voló no encontró a los fugitivos, así que la tomó con la ciudad, la redujo a sus cimientos con rapidez. Luego durmió sobre ella. Buscaría a los enanos al día siguiente… Cuando cerró los ojos notó un dolor en su morro. Descubrió que tenía una espada clavada profundamente en él, como una espina. Debía habérsela clavado ese molesto humano cuando acabó con él.
Un regalo de despedida.
-Exilio-
Habían cruzado las montañas por los túneles de los enanos y ahora los Rillië se enfrentaban a una dura decisión. Nuor había caído junto con Oronoso, la ciudad ahora yacía bajo el durmiente Nárúmëa. La desesperación podría haberse adueñado de sus corazones, pero los Rillië habían vivido apenas 11 años en esa ciudad, 11 años que les habían dado una razón para mirar hacia delante como no creyeron que volverían a hacerlo.
Muchos propusieron cruzar el mar, pero Nurin, ahora rey, no se animaba a dejar la Tierra Media. Le había ofrecido su puesto a Turion para ir en rescate de su padre, no obstante Turion le había dicho: “No, Nuor te nombró heredero a ti, no a mí... Eres fuerte, los guiarás bien.” Orostalion, tampoco lo apoyaba, le decía que hiciera caso y que mandara unos cuantos exploradores para ver si había tierra.
- Habla tú con él –le decía el viejo elfo a Turion una tarde-, a ti te escucha.
Turion meditó unos segundos, - Lo haré, no os preocupéis.
Habían montado un campamento apresurado no muy lejos de la costa. Las aguas negras se extendían hasta el horizonte mientras Anar dejaba un rastro dorado al ocultarse por las montañas. Una figura estaba sentada mirando el mar. Turion se acercó y se sentó a lado del joven Nurin, no le dijo nada, tan sólo se quedaron en silencio mirando las olas.
- ¿En qué piensas? –le preguntó de pronto Nurin.
- Estaba pensando que Nuor también querría cruzar el mar –respondió-. Y no lo digo por convencerte –se apresuró a añadir-. Pero era mi amigo, lo conocía bien...
- Lo sé...
- Murió demasiado pronto... –dijo suspirando.
- ¿Pronto? No quiero que suene mal, pero ya estaba viejo.
Turion rió a carcajadas, - Pues, no lo creas. Cuando los Valar vieron que nos alejábamos de ellos nos mandaron un mensajero. Nuor lo envió de vuelta de buen modo, explicándole porque no queríamos ir al oeste. No obstante, el mensajero volvió, y nos dijo que tendríamos los mismos dones que se les dieron a los edain aunque no queramos compartir su destino.
Nurin lo miró sorprendido.
- Si, eso fue gracias a la prudencia de tu padre. Espero que la compartas. Porque no tendría sentido ir a luchar contra el dragón por unas ruinas cuando algo mejor puede surgir.
Ambos se quedaron en silencio.
A la mañana siguiente, Nurin accedió al consejo de Orostalion. Construyeron una nave rápida con la ayuda de unos elfos que habían vivido en Brithombar, y en ella mandaron unos pocos exploradores.
Algunos años más tarde dejaban las costas de Endor hacia el continente de Rómenor, del cual sólo sabían que existía.
-La fortaleza blanca-
Cuando los Rillië se establecieron en Rómenor lo hicieron en el lado oriental, en parte por que les gustó y en parte para estar lejos de otras civilizaciones.
Se asentaron en un pequeño valle, entre el bosque y las montañas, y ahí Nurin comenzó la construcción de una gran ciudadela, algo que había ido imaginando mientras viajaban por el mar. Cuando estuvo terminada, la llamó Ninquelotë.
Los días en Rómenor pasaban tranquilos, Nurin murió a los 148 años y lo sucedió su hijo Nurnar. Al poco tiempo, surgió un movimiento liderado por Turatan, nieto de Turion, y Orostalion, el viejo elfo. Turatan era un hombre ambicioso a diferencia de su abuelo, pero lo que lo impulsaba era su ideal de justicia ya que el reinado de Nurin no se había ocupado de las desigualdades sociales ni había asegurado el bienestar de su pueblo. Orostalion lo apoyó pues estaba de acuerdo con su nuevo sistema, al igual que la mayoría de los que vivían en Ninquelotë. Nurnar hubiese cedido su lugar tranquilamente si no fuera porque todavía había una fracción de su pueblo que lo respaldaba y creía en él. Fue así como comenzó la guerra civil.
El desastre y la matanza duró menos de un mes, pues un día Turatan, junto con sus seguidores, lograron irrumpir en la residencia de Nurnar. Ambos se batieron en un equilibrado duelo, pero al final Turatan venció. Con esto terminó la guerra civil.
Turatan no tardó en nombrarse rey e instaurar el nuevo sistema. Mandó a construir el Palacio de Plata y las murallas alrededor de la ciudad. Y también formó la Orden de Templarios de Morr, nombrando a sus mejores guerreros como miembros de la Orden. Desde entonces, la ciudad también cambió de nombre a Nimost.
-El regreso-
Desde que Turatan instauró su sistema la gente fue más feliz. Sus herederos mantuvieron las cosas de la misma manera, así que la paz duró casi mil años. Esa época se destacó por el crecimiento de la población y por la constante migración de enanos hacia las montañas.
Los enanos rillië vivían en las catacumbas de Nimost ya que había un túnel que las conectaba con una mina subterránea. Sin embargo, hubo un momento en que los recursos de la mina comenzaron a agotarse de manera que los enanos partieron a las montañas y allí construyeron sus mansiones.
Por el crecimiento de la población, también hubo una migración al bosque donde se crearon aldeas. Y posteriormente hubo unos cuantos que se aventuraron hacia las costas para establecerse.
Ante el acelerado crecimiento, Turvirin, descendiente de Turatan, envió a todos los enanos a las montañas y les dio apoyo para que construyeran sus moradas ahí. Después de eso clausuró las catacumbas y prohibió la entrada bajo pena de muerte, esto se debía a que se habían convertido en un sitio de contrabando.
Los años anteriores a que finalizara La Gran Paz, Turcalimon, rey en ese tiempo, comenzó su campaña de expansión para mantener al reino en equilibrio. Por ese tiempo el ejército se volvió mucho más fuerte y las forjas estuvieron ocupadas haciendo espadas y armaduras.
Con la expansión, su unieron muchas aldeas al territorio de Norë rá Rilmalotsë. Éstas se convirtieron en fuente de alimentos para la capital y a cambio obtuvieron los beneficios que les ofrecía Turcalimon. Sin embargo el rey murió antes de terminar su campaña; lo sucedió su hijo Turkemen, quien intensificó lo que su padre había comenzado.
Entonces, apareció de la nada un hombre que se hacía llamar el verdadero rey de los Rillië, El Heredero de Nuor; Nurcorna era su nombre y verdaderamente tenía el porte de su antepasado. Reunió un ejército de nativos de Rómenor y se enfrentó a Turkemen. Tal era su habilidad para la estrategia que hizo retroceder a los soldados rillië hasta Nimost...
Era una noche calurosa y sin luna, los muros de Nimost brillaban fantasmagóricamente con su blancura. Fuera de ellos, lejos del alcance de un buen arquero, había un campamento de apariencia descuidada pero que, sin duda, se mantenía en vigilante silencio. Quien hubiera mirado con atención habría descubierto un grupo de hombre que se alejaban del campamento hacía las montañas. No obstante, no había muchos que se mantuvieran despiertos a esa hora.
En el Palacio de Plata, Turkemen permanecía sentado en su trono. Era un hombre alto y fornido, sus ojos eran de un verde oscuro y su cabello negro y lacio no le llegaba a los hombros; su rostro joven denotaba una profunda preocupación. No había dormido en toda la noche y ya veía como los primeros rayos de Anar se filtraban por las ventanas. Vestía una armadura y aferraba con fuerza el pomo de la espada. De pronto escuchó un gran estruendo proveniente de afuera.
- ¡Lograron entrar! –gritó un soldado entrando a toda velocidad en la cámara del trono- Señor, lograron entrar –dijo recuperando el aliento.
El rey se levantó sin decir una sola palabra, en sus ojos ya no se veía la sombra de la preocupación, la había sustituido por un fulgor inusual. El hombre lo miraba sorprendido.
- Pero no lograrán salir –dijo Turkemen.
En las puertas del palacio se libraba una encarnizada lucha, cuando salió Turkemen acompañado por los Maestres de la Orden de Templarios de Morr. La diferencia se había marcado a favor de los rillië, la mayoría de sus enemigos fueron derrotados o huyeron hacia las murallas donde el grueso del ejército de Nurcorna había logrado derribar las puertas de la ciudad.
No obstante, todavía no había un claro vencedor. En el profundo corazón de la batalla, Nurcorna se lanzó contra Turkemen con su espada. El rey alcanzó a defenderse y rodó a un lado para contraatacar. El duelo duró casi una hora, ambos aprovechaban el descuido del otro y se cortaban sin piedad. En eso, Nurcorna hizo patentes sus habilidades, se libró de uno de los ataques del rey y con una daga escondida le cortó en el rostro.
- Desde hace muchos años que el puesto de rey no le pertenece a tu casa –dijo Turkemen respirando con dificultad, pero sin perder su temple. Con una mano hacía presión sobre el párpado que sangraba a chorros.
- Pero nunca será de los tuyos mientras aún haya gente que apoye al legítimo heredero. ¡No mientras aún quede alguno de los míos que busque auténtica libertad! –exclamó su oponente claramente ofendido.
- ¿Auténtica libertad?
- ¡Sí! Libertad de hacer lo que en realidad se desea.
- ¿Y asumes que eso no existe en mi reino?
Nurcorna iba a responder, pues su rebelión no había sido únicamente por obtener el trono, pero en ese preciso instante Turkemen lo hirió gravemente en el abdomen y lo hubiera matado sino hubieran saltado a defender su cuerpo veinte soldados más. Él también había sido malherido, se tambaleaba sosteniendo la espada con ambas manos. Habrían acabado con el rey ese día, en ese momento, pero Nurcorna era más importante.
- ¡Retirada! –gritaron varias voces.
-Otros tiempos-
Nunca más se supo de Nurcorna ni de sus descendientes. Turkemen mandó a muchos de los suyos para que lo encontraran. No lo consideraba una amenaza, sin embargo quería vengarse por el ojo que había perdido en su duelo.
Algunos años más tarde llegó a Nimost una terrible epidemia que arrasó con la mitad de la población. Durante ésta murió el rey Turkemen, el cual abandonó la campaña de expansión del reino poco después de la batalla en Nimost, y su hijo mayor, Turmacil. El reino quedó en manos de el joven Turmor.
Había mucha inestabilidad últimamente porque las palabras de Nurcorna no se habían olvidado del todo. De ahí nació un grupo que se hacían llamar “La Rebelión” y actuaban en secreto.
[Editado por arweneressea el 31-07-2007 22:31]