Narwa
Eran altas horas de la noche en la taberna de "El Guerrero Rojo" y comenzaban a entrar por la puerta los guardias del turno que acababa de terminar. La bebida refrescaba sus gargantas, descansando de su fatiga mientras comentaban todo lo que había pasado a lo largo del día. Erkâno presto atención a lo que pudiera oír, pero parecía ser que no había mayor novedad en lo que ya conocía. Hacía varias horas una de las compañías había regresado a la capital, era según parecía la que había llevado la campaña contra Nirent, quien se había visto obligada a regresar con las manos vacías. Lo raro de aquel regreso es que por lo que comentaban, todos, incluso los caballos, habían regresado al borde de la extenuación. Razón por la que a todos los soldados de la compañía se les había ordenado descansar en los cuarteles sin poder ser molestados, e incluso a los heridos se le había atendido y dejado descansar en salas separadas del resto. Aquello y que los dirigentes de la compañía, Angárato y Dâira, no hubiera dejado de estar reunidos con los altos cargos de la ciudad no hacía vaticinar nada bueno.
Erkâno tomo un paño húmedo y la refregó contra la barra, haciendo un esfuerzo en limpiar aquellas eternas manchas. Dando por hecho que de poco más se enteraría en lo que quedaba del día. Nada más lejos de la realidad, pues mientras refregaba aquel mustio trapo sobre la barra, el clamor de los cuernos que llamaban a los hombres a la batalla resonó en el silencio de la noche. La mirada de los soldados que bebían en El Guerrero Rojo se elevó al cielo separándose de sus jarras, como se separó también la de Erkâno de la mancha. Y en silencio todos comenzaron a salir a la calle, comenzando a estar Târâtië abarrotada por la gente que salía de las tabernas, los cuarteles y sus casas.
Bajo la luz de la ciudad, los soldados se precipitaron a tomar puestos en las murallas, mientras un inicial caos reinaba en lo alto de esta. Lluvias de flechas se disparaban desde lo alto mientras que la incertidumbre de contra quien se luchaba crecía a nivel de suelo. Inmensas piedras brotaron entonces desde el otro lado de la muralla, de las cuales en algunas parecían estar atados cuerpos. La multitud se agazapo esperando el golpe, y con el romper de las tejas una palabra se elevo impulsado por la fuerza de varias voces: - ¡ORCOS! -
Orcos, cientos de orcos abarcaban en aquellos momentos la planicie frente a Ohtalôsse. Habían salido de la noche de entre los árboles colindantes, y aún algunos de ellos se encontraban bajo la seguridad de éstos. Gimbgûl, contempló la capital nurulantar mientras junto a él silbaban flechas y volvían a disparar los onagros. Acarició el anillo de ónice y tomo nuevamente con firmeza su cayado. Era mayor quizás, pero ¿cuando hubo diferencias de edad en la guerra? Levanto y bajo con energía su cayado, su cetro de mando, y una nueva oleada de flechas y piedras broto de las filas orcas. La guerra estaba servida.
Nensir
Una oscura noche cubría las Tierras del Sol y bajo el manto de hojas del Aldalaurë, escondida así de casi todas las miradas, una hueste de orcos avanzaba decidida en dirección a Neitillot. Eran cientos, bien armados y provistos con armamento de asedio suficiente para cumplir su designio. Krimpûk, su líder, les había hecho salir de la madriguera conduciéndoles hasta aprovechar la sombra de la tarde de aquellos árboles y alcanzar casi las murallas de la ciudad cuando la noche al fin se había cerrado. No sería un ataque inadvertido, pues aunque se habían molestado en eliminar gracias a sus rastreadores todo vigilante aldalantar que habían encontrado, Krimpûk sabía que los planes nunca se llevan a la perfección. Sin embargo, si estaba seguro que aquella posible información que había llegado a sus enemigos lo había hecho con la suficiente tardanza, para tomarlos por sorpresa y menos preparados de lo que pudieran haber estado en otras circunstancias. Siendo seguramente su número aún una duda, lo cual era una ventaja añadida, ya que aunque las defensas de Neitillot se encargarían de equilibrar un tanto las fuerzas, el número del contingente orco sería un claro factor desmoralizador para los defensores de la ciudad.
El capitán observó el anillo de ónice que le había otorgado Durbhosh. Era un honor que pocos habían tenido, y Krimpûk no tenía ninguna intención de despreciarlo. Aquella noche cumpliría la voluntad de su señor, para la cual estaba de sobras facultado.
La noche mecía la capital aldalanta en sus tranquilas aguas tan solo iluminadas por la luz proveniente de las casas y las que coronaban las torres y muralla. En un lugar apartado de la capital una figura sentada junto a un árbol contemplaba la tranquilidad de la noche mientras sobre sus manos se deslizaba un trozo de madera que se iba perfilando contra una navaja bien fijada. El aire frío acariciaba su piel y se agarraba a su garganta y pulmones, pero lejos de ser una sensación molesta era casi tranquilizadora. Era como formar parte del viento, de la tierra, el agua, una parte del cosmos. Una inmensidad en la cual su pensamiento se había consumido borrando de su mente actividad alguna. El filo de la navaja acaricio sus yemas sin causar mella, pero devolviendo cierta consciencia a su rostro. Ornêkal bajo la mirada del infinito y contemplo la figura que había estado tallando las últimas horas. Era un árbol, presumiblemente una secuoya a imagen de su onnar y el árbol del cual había sacado la madera a través de una rama caída. Su tronco era largo y su silueta se había ido haciendo redondeada con vacíos en la misma que recreaba la imagen de las ramas que se cruzaban. El aldalanta sopló suavemente la figura desprendiendo así el serrín acumulado sobre su superficie.
El leve susurró del soplo se confundió entonces con otro proveniente de las alturas. Ornêkal elevó su mirada sin saber a ciencia cierta que debía de ver y exactamente donde. La duda se resolvió sin embargo pronto. Un estallido de piedra resonó a gran distancia de donde se encontraba, pero sin lugar a dudas en el interior de la ciudad.
Junto a la Puerta del Oeste las aguas habían dejado de estar tranquilas, agitándose ahora en un mar de ondas, las flechas silbaban desde dentro a fuera de la muralla entre un ir y venir de órdenes de los soldados, mientras que los civiles huían hacia la seguridad del interior de la ciudad temerosos y cabizbajos. Desde lo alto de los muros los cuernos llamaban a la batalla, mientras el enemigo era anunciado a voces desde las torres de vigilancia: ¡ORCOS!
Al’Varant
Bajo el techo de arena y piedra ardía un único gran fuego rodeado por cientos de figuras que se encontraban de pie y en silencio. El líder del grupo, situado en una posición privilegiada respecto al fuego, alzo su cuenco a la luz de las llamas, desencadenando el mismo gesto en el resto de los presentes. Volvió de nuevo el cuenco hacía así y con ambas manos se llevo el contenido a su boca, y de su boca al interior de su cuerpo. Era una sustancia de tacto grumoso y sabor intenso, provocando de inmediato un gran ardor que iba deslizándose del gaznate a las tripas y de allí al resto del cuerpo. Ghâshishi con los ojos aún cerrados, bajo las manos y lanzó el cuenco al suelo con la mano en la que llevaba el anillo de ónice negro. Varios centenares de orcos respiraban ahora al unísono como un único individuo, una misma bestia que a la vez abrió sus centenares de ojos, inundando la oscuridad de una inmensidad de puntos rojos de la que provino un enorme rugido que sonó como uno.
Fría era la noche, fría como lo es siempre en el desierto, un mar de arena que se desliza por los dedos robando todo el calor posible de los cuerpos cálidos hasta el comienzo de un nuevo amanecer. Pero calor era lo que más le sobraba a los cientos de orcos que recorrían, casi a la carrera, el poco espacio que le separaban ya de Varendia. Sus pechos estaban hinchados, cada músculo preparado y la menta fija y clara en el objetivo que poco a poco alzaba más grande e imponente en frente.
Una orquesta de cuernos anunció su llegada y les dio la bienvenida a los campos y edificios abandonados ante la muralla. Tras el cual cientos de saetas silbaron bajo el cielo negro posando sus plumas a escasos pasos de la línea de orcos. ¿Qué mejor ofrenda puede tener un guerrero, que un contrincante digno y preparado, dispuesto a luchar por cada gota de sangre, dispuesto a no morir en balde hasta su último aliento? ¿Qué mejor momento para la muerte que éste? ¿Qué mejor momento para la victoria?
Las catapultas respondieron al clamor de la guerra, replicando con sus piedras los muros varantes, replicando sobre los tejados de gente honesta con los corazones encogidos, ansiosos de un tiempo sin guerra. Esperanza que ahora custodiaban los guardias de la ciudadela.
Los cuernos sonaban, mientras cientos de familias se refugiaban. Las voces de los capitanes llamaban a filas, mientras que a voces sobre la ciudad resonaba un nombre, que brotaba y se propagaba anunció de una plaga. ¡ORCOS!
Marllatjay
Olas negras como el cielo rompían en las orillas de los estuarios y las rocas sobre las cual se levantaba el Andië. Era una noche tranquila en la cual una tenue brisa corría tierra adentro cabalgando sobre las olas y llevando consigo el olor a mar. La brisa fresca se posaba en los cuerpos cubiertos de perlas de sudor y entregados al descanso, refrescando los cuerpos dejando tan solo el suave calor del contacto entre la piel. Los ojos de Thavron se abrieron un momento y contemplaron desde lecho el manto estrellado mientras las manos ya acariciaban los cabellos algo mojados y sedosos de Anna, quien dormía aún sobre su pecho. No había conciliado gran rato el sueño, pero su vida era ahora quizás demasiado tranquila para tenerlo. Extendió con los dedos uno de los mechones dorados de su compañera, dibujando a continuación una media luna en la fina piel alrededor de una de las pecas de su espalda. El recorrer de una mano sobre su propio pecho hizo que ambos se miraran en la oscuridad de la noche antes de un nuevo amago de dormir, ninguno de los dos dormirían más aquella noche.
Una fisura en la piedra hizo que reluciera por un instante la plata de su anillo de ónice antes de que llegaran nuevamente a salir a la superficie. Ronkbúrz contempló entonces Iyra Willka, lejos de los pasos y estrechas gargantas del Andië. Lejos del tortuoso camino marino del estuario. Tras él sus hombres ansiosos y listos para la batalla contemplaban con la misma mirada de entusiasmo el corazón del reino de Marllajtay. Una mirada que recordaba la de un perro hambriento ante un banquete de jugosa carne, premio de un largo y extenuante camino.
Apákt'chüta elevado en lo alto de una tortuosa cuesta parecía no tener efecto desmoralizador entre los orcos a pesar de hallarse en lo más hondo fatigados por el viaje, su ánimo volvía a estar completamente hinchado y como una jauría sedienta avanzaba sin demora hasta lo más alto. La furtividad de su entrada en Híssuë y el silencio posible de su rápido avance, hizo que las huestes orcas no fueran divisadas rápidamente en la tranquilidad de la noche. Tuvieron los orcos que pasar por los primeros cuarteles depositados a lo largo del serpenteante camino para que la guardia de la ciudad reaccionara y tomara las armas tras tiempos tranquilos. Los cuernos sonaron y murieron en un gorgojeo y débil enfrentamiento antes que sonará finalmente con fuerza en cada unos de las piedras de aquella cuenca.
Padres tomaban las armas y se unían a las fuerzas de la ciudad mientras sus primogénitos tomaban el mando de sus casos y velaban por sus familias escondidas. Restableciendo el caos las fuerzas de Apákt'chüta comenzaban a agruparse y tomando terreno sendero abajo, mientras cuernos y voces seguían sobrevolando la noche. ¡ORCOS!
Norë
Las hojas de los árboles resplandecían bajo la suave luz de la noche, meciéndose por el suave viento como un mar vegetal tranquilo, dejando tras de si el crujir suave como el de una mecedora. Tranquila eran desde aquella vista la basta extensión arbórea del Sûlestelion y de plata eran ante la oscuridad de la noche, los edificios y defensas del Nimost. Tan plateada quizás como desafiante a los pies de aquella llanura y a espaldas del Orenáro, especialmente el águila de plata que labrado en el balcón castillo le aguantaba la mirada ahora con sus alas desplegadas. Sharkûm contempló unos instantes su anillo de plata y ónice, y arrojó con gesto despreocupado de un suave puntapié una piedra que salió rodando colina abajo. Tras de sí sus hombres, algunos portadores de estandartes purpúreos con un sol negro dibujado, lo observaban impacientes.
-¿Es ya la hora?- Se atrevió a decir un lugarteniente a su lado.
La cabeza de Sharkûm asintió -Sí, lo es.- Tomó su cetro de mando de crudo hierro y lo levantó dando así la señal de avance de su ejército. Un centenar de almas que si así lo desease lo seguirían al mismo infierno. Era una lealtad que siempre había disfrutado, y la cual siempre había promulgado aunque a través de las vías del dolor y castigo. Era la lealtad con la cual a su vez seguía a Durbhosh, mucho más joven que él, pero no por ello de menor valor. Su vida se había cocido suficientemente a fuego, y el camino hacía el supremo liderato había terminado dejándolo de lado. Era un camino peligroso y de vida corta que por otra parte ya no ansiaba. La ira, y la sed se sangre se diluye con la edad incluso para un orco, aunque el placer de ver sangrar y morir al enemigo era siempre exquisito. El resumen de aquello, la razón, es que con los años la insensatez daba paso a un mayor instinto de supervivencia.
El silencio de la noche que sumía en un sueño a Nimost, fue pronto un silencio roto. El muro sur de la ciudad era víctima entonces de las catapultas de los orcos, que estrellaban sin cesar un sin número de grandes piedras. Los cuernos de la guardia de la ciudad llamaban una vez a la guerra mientras los más veloces ya tomaban posición en la muralla y hacían silbar las saetas hacia el otro lado del muro. En la noche los guardias gritaban llamando a la batalla: ¡ORCOS!
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