La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

El Ocaso (boceto)

Buenos días romenoreanos,

Con la intención de presentar una primera versión de los hechos de forma más clara, y permitiendo corregir fragmentos en caso de que pudiesen surgir dudas de lo aqui narrado, abro este tema.

En este tema, a parte de lo escrito por mi se agregaran aquellos fragmentos que deseeis incluir.

Que disfruteis de la traca final.

Correrán rios de tinta

Capítulo 1: Volver a empezar

Tras la Dagor Oiolomë o Dagor Neldë Fëandor catorce años atrás, Romenor había gozado en aquel tiempo de un periodo de paz y buenas relaciones entre sus distintos pueblos.

Nurulantar y aldalantar habían salvado al fin el abismo que los separaban, pero no eran los únicos. Los yarai y loceroquen habían firmado también la paz, y el joven rey loceroquen, Miyir I, había trabajado duro para limpiar la imagen de su pueblo y establecer lazos de amistad con el resto de pueblos.

De entre aquellos pueblos, con quienes los loceroquen tenían mayor amistad eran con el floreciente reino Gimlazar. Tras la muerte de Zirân poco después de la derrota de los orcos y Osrûn Sar, una profunda melancolía cayó sobre todos aquellos que habían sido ayudados por el anciano, marcando el supuesto fin de Bornomin y los Gimlazar a causa de la marcha de Kalazrîya con su hijo, el nuevo rey loceroquen, al año siguiente de la guerra. Sin embargo, su final no llegó entonces y el joven emperador Hoshan Ghân, hijo adoptivo de Thavron y Anna Kuiviel, se desposó con Bawîbanâth, princesa de Etzenselon, uniendo así a los principales pueblos de Bornomin y constituyendo con el beneplacito de Narakattô, nuevo capitán de los Gimlazar, el estado Gimlazar del que sería reinante. A los Nomhaldad y Etzenselon se le unieron muchos otros pueblos, no solo aquellos que habían convivido en Bornomin sino muchos pueblos de Mistetaure que aunque conservando sus reyes y señores juraron lealtad a Hoshan Ghân. De esta forma, mediante la paz, se forjó la nación mayor de Romenor.

Balcnîn había logrado así su objetivo, gobernar Romenor, pero a través de la paz, como nadie jamás se habría esperado, y ahora su largo brazo alcanzaba ya cada rincón del continente. Sin embargo, lejos de tomar los taltarils que tenía a su alcance para hallar el último, aquel que perdió hacía tiempo, y alzarse para gobernar Romenor visiblemente y no desde las sombras, Balcnîn rehusó de llevar a cabo la última parte de su plan a favor de una vida tranquila y de plena felicidad. La mentira se había convertido en verdad, y el profundo odio había dado paso a un amor exaltado. Gozaba de la compañía de Anna Kuiviel a la que amaba y en secreto de la de su hermano, su única familia; y el sus sueños de grandeza habían perdido valor, cayendo en el olvido.

No todos opinaban igual, y Osrûn Sar en las profundidades de Romenor ansiaba venganza. El paso de los años le habían dado un nuevo ejército orco equiparable a la de su primera ascensión, y en la oscuridad esperaba el momento oportuno para hacerse con el control de Romenor. Venganza de la que se vería pronto cerca de conseguirla, gracias a una visita en aquellos días de inmensa luz.

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Dagor Oiolomë: Batalla de la Noche Eterna

Dagor Neldë Fëandor: Batalla de los Tres Campos de la Tierra (o de los Tres Elementos).

[Editado por Thauld el 20-01-2010 16:31]

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

La figura se internó en los aposentos de Osrûn Sar con una suavidad y gracilidad impropia de los orcos a los que el maia tenía prohibido el acceso, salvo casos extremos, para no ser inútilmente molestado. Osrûn miró a los ojos a su visita inesperada mientras junto a su cuerpo danzaban las llamas que iluminaban la estancia.

-¿Qué haces tú aquí?- inquirió con sequedad.

-¿Por qué no empezamos con un "hola, ¿qué tal?"? No me parece esa la mejor forma de comenzar un encuentro entre viejos amigos.-

Una llamarada brotó de Osrûn Sar y un aro de fuego cobró forma alrededor del cuello de su visita, estrechándose lentamente.

-¿Vas a matarme, a mí a quien le debes buena parte de lo que eres?-

-¡Yo no te debo nada!-

-A mi no me lo parece, pero si quieres acabar conmigo adelante, pero sin mi ayuda volverás a fracasar.-

-No importa cuántas veces fracase, no pueden hacerme ningún daño y ellos terminaran pereciendo. La victoria es mías, el cuándo es solo cuestión de tiempo.-

-Pero puede ser un tiempo inmensamente largo, y el tiempo suele desvelar todos los puntos flacos. Te derrotaron Osrûn Sar, ¿que habría sido de ti si no hubieras encontrado una via de escape?-

El aro de fuego menguó de intensidad ante la duda.

-¿Cómo se que no es uno de sus jueguecitos? Él no me perdonaría jamás nuestro enfrentamiento en Ronkinshi-Durblughai, y tú no eres más que su ramera.-

Ella sonrió -Lo hiciste muy bien, Osrûn Sar, tal como se había planeado, a excepción claro de un punto, tu muerte. Ese aspecto claro esta no lo conseguiste tanto, debía de ser algo mucho más realista.-

La ira de Osrûn Sar creció intensamente y el aro cobró de nuevo su fuerza acercándose a la delicada piel con gran violencia.

-Tranquilo, me alegro que sigas vivo. Muerto realmente no me servirías para nada, ahora que Balcnîn se encuentra profundamente enamorado y poco interesado en llevar a cabo su plan. No tengo el menor interés de quedarme de brazos cruzados viendo que todo mi esfuerzo y trabajo se esfuma por un mero antojo de él.-

-¿Se puede saber para que me necesitas?¿Para ser nuevamente tu títere?-

-¿Cómo la primera vez?- las llamas se incrementaron advirtiendo de la consecuencia de ciertas palabras, pero no tuvo más que el efecto de una risa intima y propia -No, ciertamente podría beneficiarme yo misma, pero el efecto no sería el mismo y en mi caso nada me asegura la victoria absoluta.- Annawen hizo un gesto con los brazos que abarco su cuerpo. -No soy en realidad más que una Teleri. Ciertamente, Balcnîn me dio un inmenso poder reduciendo el suyo propio pero a pesar de ello el efecto de los taltarils en mi solo abarcaría las posibilidades de mi cuerpo élfico. Te necesito a ti, o más bien la naturaleza de tu cuerpo, para que lleves a cabo la derrota absoluta de Romenor.-

-¿Y tú que sacas de todo eso?-

-Motivos personales.-

La respuesta estuvo por un momento a punto de ser cuestionada, pero Osrûn Sar rió al fin tras intuir la razón. Los ojos de Annawen brillaron entonces y rió junto al maia. La conjura estaba tramada y Osrûn Sar volvería de nuevo a alzarse contra los pueblos de Romenor con más poder que antes. De nada servirían de entonces los taltarils, salvo el perdido por Balcnîn, el taltaril del agua. El último taltaril.

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

Las entrañas de la tierra ardieron nuevamente y una estela de nubes negras cubrió los cielos de toda Romenor. Osrân Sar seguía vivo y volvía a marchar a la batalla frente a un número de orcos similar al de años atrás. La historia se repetía, aunque con ambas partes con la lección pasada bien aprendida.

Los pueblos de Romenor llamaron a filas a sus huestes y acordaron reunir nuevamente a su ejército con celeridad en las proximidades de Ronkinshi-Durblughai, donde acamparían junto a la orilla sur de Loicatuine y cerca del Endeloica, cuyos barrizales habían propiciado una fácil victoria tiempo atrás. Sin embargo, el desenlace no parecía claro para todos, Balcnîn había acordado por esa razón un encuentro con su hermano en las profundidades del Mistetaure, donde el Taralda abría sus ramas al mundo.

Balcnîn se detuvo y contemplo el árbol de los Ents, y su dorado aspecto le recordó al Laurelin tiempo atrás. Un tiempo que como en muchos aspectos se le antojaba mejor.

-¿Recordando tiempos pasados, hermano?-

-Más o menos, pero no es por ello por lo que te he citado aquí.-

-Lo supongo, creo que en estos días es claro el porqué, por eso he invitado a unos amigos a nuestra pequeña reunión, espero que no tengas inconveniente.-

De entre los arboles que rodeaban el Taralda emergieron entonces varias figuras, Balcnîn las reconoció enseguida. Eran Ezelloasata, Rusurtulukha, Ososai y Miruvphellum, maiar de Romenor.

-Tu hermano insiste en que eres nuevamente de fiar, y que lucharás nuevamente de nuestro lado en la guerra que se nos avecina, una que pensábamos que no existiría porque pensábamos que ya había sido ganada.-

-Creo que eso, lo llegamos a pensar todos,- señaló Balcnîn dirigiéndose a Miruvphellum, el primero de los recién llegados en hablar- y realmente hubiera sido mejor para todos nosotros que fuera así. Osrûn Sar se alza ahora con mayor poder que nunca. No ha desaprovechado estos años y a escondidas se ha hecho con el poder del resto de los taltarils.-

Un silencio se posó por momentos dejando a paso a una discusión viva.

-No puede ser.-

-¿Cómo es eso posible?-

-Es tan posible, como lo fue la primera vez. Osrûn Sar se hizo con el poder de un taltaril, porque estos están donde deseaban estar, en manos de los habitantes de esta tierra, fáciles de encontrar, y fáciles de tomar para sí, si uno es lo bastante hábil, claro.- Balcnîn miró a los suyos, el ánimo de estos había bajado, pero sabía que aún así no darían nada por perdido.- Esa era la razón por la que quería que nos encontráramos, hermano. Los pueblos de Romenor se preparan para la batalla, pero no saben realmente a lo que se enfrentan.

-¿Y no hay posibilidad de quitarle ese poder a Osrûn Sar?-

Las miradas se dirigieron hacia Balcnîn, él al fin y al cabo había sido el enemigo de Romenor durante años y quien más conocía el poder de los taltarils, sin embargo no tenía buenas noticias que darles.- Ya intente en nuestra lucha arrebatarle el poder que le había otorgado el taltaril de fuego y resultó imposible. Solo quedan dos posibilidades, destruir los taltarils que utilizó o liberar por completo el poder de estos, lo cual tendría terribles consecuencias. Pero ambas posibilidades no están a nuestro alcance. Para destruir los taltarils nos haría falta el Nicsemacil, que para mayor inconveniente no se encuentra en nuestro poder, sino en el del enemigo.- La imagen de Annawen se cruzó como un relámpago por su mente, la había visto en sus revelaciones junto a Osrûn Sar, portando la espada entre sus ropajes. Ella sabía bien que la espada habría sido su única salida. -Por otra parte, aunque reunamos todos los taltarils que poseen los pueblos de Romenor, siempre quedaría uno, el del agua, que jamás fue encontrado y yo ya no poseo.-

-Muy mala noticias son esas.-

-No creo que haya que dar todo por perdido- dijo con ánimo esta vez Norno.- Creo que lo mejor en este momento es intentar conseguir lo que está a nuestro alcance. Habremos de tomar prestados los taltarils, del mismo modo que Osrûn Sar, y liberar si conseguimos el último taltaril el poder de estos. Una vez Osrûn Sar se quede desprovisto de su poder, más fácil sera para nosotros hacernos con la espada y destruir el daño que pueda causar los taltirils. Si no conseguimos el último taltaril sin embargo, habremos de esperar que sean nuestros poderes lo suficientemente grandes para destruirlos por otros medios.-

La propuesta fue aceptada por todos, la esperanza a fin de cuentas es lo que a todos siempre le queda, y se despidieron hasta que llegara el día de la batalla. Norno en cambio nada dijo del conocimiento que sobre el último taltaril tenía, ni de aquello que llegaría a suponer usarlo, en muchos de sus aspectos.

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

[Bueno yo había escrito algo, así que lo pongo tb, que iría después de lo último puesto por thauld]

Los grandes bosques del Aldalaurë habían brillado con gran intensidad en los años que siguieron al fin de la Guerra de la Noche Eterna pues las heridas de guerras pasadas habían sido cicatrizadas. En los catorces años siguientes a la caída de Osrûn Sar y la llegada de la paz a Rómenor, Breald, Dahald y Hildan, ciudades conquistadas por el clan Nensir Airatâri, se habían unido, con el beneplácito de los elfos aldalântar de Nensir, en un nuevo reino con capital en la primera de las ciudades nombradas. Un valiente guerrero que había ayudado a los aldalântar en las guerras de catorce años atrás, había sido coronado como nuevo rey y los elfos de Galador le habían dado el nombre de Artaithân, y llevaba catorce años reinando como Artaithân I, y su linaje, desde entonces, era conocido como la Casa Artaithâni, “Los Excelsos Eithâni o amigos de los elfos”.

Los clanes Nensir Airatâri y Narwa Hilyatâri habían aprendido a perdonarse después de que el aldalânta Tathâral y la nurulânta Hisiê habían expiado sus culpas, y en Galador, las aguas de las cataratas y del río Kelornî brillaban limpias y claras, como la primera vez que Nensir las creó. Y la balta, Althira, gobernaba con absoluta sabiduría, aunque la rivalidad entre los dos sacerdocios aún no había remitido del todo. Además, el taltaril de los aldalântar había sido añadido de nuevo al Aldakûne, el legendario caldero, que se erigía imperioso en la sala de la balta del palacio de las Aratamari.

Mientras, la portuaria Formenyaelen se había convertido en un importante enclave del norte de Rómenor, ciudad a medio camino entre Nensir y Narwa. La “Estrella del Norte”, la ciudad más septentrional de la tierra del sol, había sido reconstruida y era gobernada por un pequeño consejo dirigido por la elda Alassë y donde tenía un puesto importante Neithan Nirilde, como Sacerdote de Formenyaelen, en representación de los aldalântar, aunque no se había restituido la Orden que la había gobernado durante años antes de la guerra de 1602.

A finales del año 1615 de la Segunda Edad del Sol había nacido Mêlethal, hijo de la nurulânta Syela y el aldalânta Neithan. En los primeros días del año 1616, el hijo de los Sacerdotes de Formenyaelen llenó de júbilo los muros de Rusnirilmarô, el hogar de los padres. Los cabellos negros y la cristalina mirada del elfo fueron testigos de los rostros henchidos de felicidad de sus padres. La celebración de la Nuldameren, “la fiesta del perdón”, que los nurulântar y los aldalântar celebraban cada inicio de año en Formenyaelen, tomaba aquel año una especial importancia. Pronto la noticia de que Yavanna había bendecido a Mêlethal con dos onnar, un árbol y un animal, se extendió rápidamente por los árboles del Aldalaurë.

Por su parte, Ithain, en la costa oeste del continente, no muy lejos de las selvas centrales, seguía siendo subsidiaría de Nensir Airatâri. Los eglamari habían cedido su control a los aldalântar y Tathâral, el antiguo artadâko del clan, gobernaba la ciudad desde hacía catorce años. Él supo, en primer lugar, del retorno del mal. Norno lo visitó una mañana nublada y le habló de que Osrûn Sar había recuperado gran poder y volvía a preparar un ataque a Rómenor. Se pedía que los pueblos libres llamaran de nuevo a filas a sus hombres y Norno le pidió nuevamente a Tathâral que dirigiera el gran ejército aliado que se reuniría en las proximidades de Ronkinshi-Durblughai. Al principio se mostró reacio pero finalmente, cuando Norno le habló de que los taltarilli le darían gran poder al maia, decidió participar. Sabía que les debía algo a todos los pueblos de Rómenor por haberse guiado en el pasado por su ambición y haber reunido tres taltarilli facilitándole a Osrûn Sar el acceder más fácilmente al poder de aquéllas joyas.

[Editado por aratir el 25-01-2010 21:44]

Tathâr ara fainire, arani tathâr dâ arabe ni. Attafain mêlni alumaransât

"El sauce es mi espíritu, yo soy el sauce y él es yo. Dos espíritus unidos en la adversidad"

Capítulo 2: Todo tiene un final

El viento se agitaba bajo el manto de nubes negras que daba oscuridad al mundo. Los ejércitos de Romenor aguardaban el choque de espadas junto al Endeloica. Osrûn Sar, señor oscuro, comandaba su ejército de orcos en un único grueso. Así golpearía a los pueblos de Romenor con mayor fuerza, y quebrada aquella resistencia, amo sería de todas aquellas tierras. Su imagen centelleante era visible desde la lejanía más colosal que nunca. Solo la fuerza del viento y su choque con los escudos y el danzar de los estandartes rompían el silencio pleno.

Cuando las huestes de Osrûn Sar alcanzaron las ciénagas estas emanaron nubes de vapor, que secaban la tierra y facilitaba el paso de los orcos, convirtiéndose en terreno seguro y no traicionero y de muerte como años atrás. El río de soldados orcos siguió avanzando y cuando las primeras filas atravesaron el Endeloica, el ejército aliado de los pueblos de Romenor rompió en un clamor de cuernos. Iniciando así el avance hasta el chocar de escudos.

El Endeloica tomó entonces un cariz de nuevo húmedo y traicionero gracias a la intervención oculta de Balcnîn y las nelligaiar, pero el efecto fue poco duradero pues la dureza volvió a la ciénaga hasta un estado de completa sequedad, salvo en las cercanías del Loicatuine donde el caudal se secaba sin llegar a morir. La batalla resultaba dura y a pesar de las estratagemas marcadas, el ejército aliado no gozaba de grandes avances y en más de un punto los soldados se veían obligados a retroceder ante el empuje del enemigo.

Los maiar colaboraban como podían intentando contrarrestar el mal de Osrûn Sar, ahora que había quedado claro que sin la Nicsemacil en sus manos era imposible destruir los taltarils reunidos por Balcnîn a través de las nelligaiar, ante el desconocimiento de los reinos que los habían reunido y de sus ambiciones. Ahora la derrota de Osrûn Sar pasaba por tratar de debilitarle como la anterior vez hasta lograr su muerte, o tratar de recuperar la espada en su posesión y destruir con ella los taltarils que Balcnîn guardaba en las alforjas de su montura ososai. Pero ambas opciones parecían estar lejos de cumplirse, pues el poder de Osrûn Sar era entonces inmensurable.

La tierra temblaba en presencia del señor de los orcos, el viento bramaba con más fuerza y el calor quitaba el aliento y quemaba los cuerpos por dentro. Los maiar aguantaban su poder como podían sin causarle demasiados problemas. Quien parecía más destinada a pararle un poco los pies era Annanen, pero aún así su poder en comparación con el de Osrûn Sar había menguado, y a pesar de su torbellino de nieve y hielo, el maia campaba a sus anchas.

Un haz de fuego hizo sucumbir la montura de Balcnîn que se precipitó al suelo, sus alforjas cayeron con él y trató apresuradamente en el suelo de evitar que los taltarils rodasen libremente por el suelo. Aquel pensamiento lo distrajo por un momento del mundo. Y esa distracción bien le costó caro.

El tiempo se detuvo, el silencio extendió su alas y la oscuridad hizo desaparecer el resto del mundo, en el instante que un cuerpo inerte caía sobre el polvoriento suelo bañado únicamente por el sudor de la guerra. Los ojos de Balcnîn se abrieron de par en par dilatándose en un grito ahogado. Y tiempo hizo de nuevo acto de presencia.

Sobre el campo de batalla, se hallaba el cuerpo de Annanen inerte, muerta, con los ojos celestes abiertos de par en par sin ver si quiera su vida pasar. Balcnîn se arrojó desesperado hacia ella liberándose del caballo, liberándose de la alforja, y tomo el grácil cuerpo entre sus brazos, donde una herida de fuego le atravesaba el pecho. El tejido de la herida se había calcinado y coagulado al instante, y de la terrible herida no brotó siquiera una gota. El rosto de la joven palidecía, mientras que el del maia enrojecía entre lágrimas, con la voz aún ahogada, y sumido en un llanto casi sordo.

Una mano se posó en el hombro de Balcnîn, que al notar su presencia, se tranquilizó un poco dejando en el suelo a Annanen y cerrando sus ojos, como si descansase junto a las orillas del Loicatuine tras una agotadora tarde de verano a las orillas del Andië. Como obra de un sueño el pecho de la joven comenzó a brillar y la carne muerta dejo paso a madera, la figura de mujer quedó en mera estatua. Balcnîn pensó en que simplemente había sido una pesadilla y tocó la rugosa textura de la madera finamente tallada dispuesto a despertar.

-No es ningún sueño- dijo la voz tras de sí -ella es lo que ves. A mí también me costó tiempo descubrirlo.-

Balcnîn siguió contemplando la estatua de doncella tan igual a Annanen sin apenas oír.

-Ella es la estatua que tallaste para el barco de Nahald, ¿no la recuerdas?- La voz insistió y dentro de Balcnîn los hechos se fueron uniendo como piezas de un rompecabezas. -Sabías que los Valar habían conferido un poder al pueblo Borhala y quisiste tomarlo, por eso te ofreciste a ayudarlos con sus barcos, porque ambicionabas el taltaril que los guiaría a través del mar hasta la nueva tierra. El taltaril del agua. Por eso tu mismo colocaste el taltaril en el pecho de la estatua de la nave de Nahald, para luego en alta mar atacarlos y quedarte con aquel inmenso poder. Una pena que los Valar se tomaran el hecho tan mal y tuvieras que dejar tu botín en las costas del Andië antes de seguir con tu huida hasta su terrible fin de condena de hielo. Manwë había consagrado aquella nave para que manejase a su voluntad los aires, Ulmo le había concedido el taltaril para que domase las olas y las tempestades, tú plasmaste todo tu amor inconscientemente en aquella estatua, y parece ser que el Iluvatar tuvo tan en gracia aquella obra tan amada por tantos que le confirió vida. Pues nadie puedo otorgarla salvo él y pocos motivos encuentro salvo ese. Estuviste enamorado de tu propia ilusión, pero ya no era algo tuyo realmente, sino algo propio.-

-¿Por qué?-

-Porque había de ser así, como así debía ser su muerte. Ella encerraba en su interior el último taltaril, y sin él no hay esperanza para esta tierra. ¿No ves como brillan todos los taltarils, ahora que estan reunidas todas sus partes, ahora que hay un buen final posible?-

-No, no lo habrá, si se usan los taltarils solo habrá una larga noche, más profunda que esta, y aunque así fuera, preferiría tenerla antes que un futuro sin ella.-

-La vida y la muerte son algo naturales y que hay que aceptar, y del regreso de la noche quizás se consiga restaurar las heridas que sangran sobre el mundo de forma continua. Los Valar habrán de traer su voluntad a estas tierras y nunca más será el mundo olvidado y oscuro sin ellos. El sacrificio es necesario.-

-¿Cómo puedes decir eso?- la ira hizo que Balcnîn se volviera hacia su hermano, pero ya no era su hermano, o no como él pensaba. El rostro envejecido que era la imagen de Norno había dado paso a un cuerpo consumido y a un desnudo cráneo. La sorpresa de Balcnîn era mayúscula mientras que su mente llenaba al fin todos sus vacios. -¡Tú!-

-Vida y muerte es lo mismo, hermano- señalo la voz rota de un Norno al mismo tiempo Yagûl. -Cuando tú caíste en la oscuridad, yo me precipite a seguirte, pero la firmeza del bien sobre mí no hizo más que quebrarme en dos. Las dos caras de una misma moneda, vida y muerte, sembrador y segador, Norno y Yagûl. Desde entonces he esperado a que la noche regrese y con ella los viejos tiempos, los tiempos en que el mundo era joven, un tiempo en que todo tenga su futuro y se conserve el gran orden natural como éste habría de ser. Y si te he mostrado el bien y mal en mis formas, no han sido más para que comprendieras y recordaras todo de cuanto te fue privado. Ahora que ya conoces todo cuanto requerías, sabes que no hay otro camino que despertar el poder de los taltarils, y despertar así el Sol Negro. Si no lo haces por esta tierra que en un tiempo amaste, hazlo por Anna.-

La senda del odio volvió a Balcnîn con aquella última palabra y aceptando lo dicho por su hermano, fuera cual fuera la personalidad predominante, recitó junto a él los versos del despertar del Sol Negro.

Phelûn, rušur,

šebeth, ullu.

Mâchan dušamanûðân

akašân aþâraigas.

Dâhan-igwiš-telgûn.

Phelûn, rušur,

šebeth, ullu.

Mâchan dušamanûðân

akašân aþâraigas.

Dâhan-igwiš-telgûn.

Phelûn, rušur,

šebeth, ullu.

Dâhan-igwiš-telgûn.

El aire pareció cobrar entonces esencia propia. La batalla se detuvo, las armas se posaron sobre las tierras y las últimas flechas silbaron golpeando los escudas, mientras una, cruzando el espacio junto al cuello de Dâira, dejaba tan solo una línea rojiza en el fino cuello de la perelda. Osrûn Sar dejó de atender el ataque de los maiar, y estos los ataques del gran ave de fuego. Y del campo de batalla brotó una minúscula estrella negra, que consumía en cada instante la luz del mundo. Las Águilas abandonaron su vigilancia del Carakheled, el trono helado de oriente donde la música de un cuerno, también llamado por casualidades Annanen, sonaba de las manos de un extraño que por centurias fue creído Balcnîn, y volaron raudas al continente, donde el Sol Negro estallaba en su primer y único alba.

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

Osrûn Sar notó de pronto como le abandonaban las fuerzas. Las llamas a su alrededor se extinguían, la sensación de poder de desvanecía y poco a poco volvía a la imagen de gran cuervo de costumbre, y a sus facultades de siempre. Fue en ese instante en el que con asombro se percataba de lo que le estaba sucediendo, cuando un fuerte impacto que volvió su mundo oscuro y de inmenso dolor le devolvió a la realidad. Frente a sí se hallaba un coloso kraken que golpeaba con saña su cuerpo siempre que tenía oportunidad, tomándolo y retorciéndole con sus tentáculos siempre que Osrûn Sar trataba de escapar de su área de acción. Los ojos del gran kraken, que no era otro que Balcnîn, estaban inyectados de sangre, furioso, mientras agitaba los tentáculos con violencia a la vez que abría las grandes fauces, muestra de lo que podría ser el final.

Alrededor de aquella lucha reinaba el desconcierto. Muchos soldados del ejército aliado contemplaban aterrados a aquella criatura que había aparecido desde la nada entre sus filas, y los más aguerridos habían comenzado a atacarla, mientras que otros o simplemente contemplaban el espectáculo, o aprovechaba la confusión del enemigo para causarles más daño. Y entonces la tierra tembló.

Fue una sacudida fuerte, y muchos cayeron a causa de esta, teniendo dificultades para mantener el equilibrio por el temblor menos fuerte pero constante que le seguía. La tierra parecía agrietarse cuanto más oscura se hacía ya la noche. Y fue aquel el momento en el que Norno comprendió su equivocación. El Sol Negro no solo era la oscuridad antítesis de Annar, era la destrucción como el brillo del astro permite la vida. El Sol Negro oscurecía el mundo, lo quebraba y lo consumía, y en el epicentro del desastre, los cimientos de Romenor serían los primeros en sucumbir. La noche larga donde los Valar llegarían para imponer su voluntad y cicatrizar al fin las heridas del mundo no llegaría, porque no habría mundo.

-¿Pero qué es lo que hemos hecho?- llegó a musitar aquel que fue sembrador.

Los pensamientos de su hermano calaron por momento en la mente de Balcnîn, haciendo desviar su atención de su venganza, fijándose por primera vez en el astro de oscuridad que comenzaba a alzarse aún no a muchos pies del suelo. Su obra desgarraba al mundo, y aunque era un mundo ya sin valor para él, notaba la pena de su hermano, y sentía la desolación del fin de todas las obras incluidas las propias. Sus ojos se fijaron por completo en el astro tomando una decisión. El tentáculo que aprisionaba las alas rotas de Osrûn Sar soltó al maia sobre el campo de batalla dejando su destino a su suerte, mientras que sus inmensas fauces se abrían, emanando un gélido aliento, para engullir para siempre aquel pequeño astro.

El eterno frío de las entrañas de Balcnîn parecía lograr contener el poder del Sol Negro sin embargo poco tiempo duro su alegría. Pues el maia comenzó a sacudirse de gran dolor, siendo un peligro para quienes se encontraban a su alrededor, que aprovechando el fin de los temblores se alejaron velozmente del kraken.

Norno sintió entonces fuerte dolor por su hermano, sintiéndose incapaz de ayudarlo cuando reparó en un par de figuras no muy lejos de allí. El rey Miyir I había descabalgado de su montura y ayudaba con gran cariño a levantarse a su madre la cual llevaba consigo la Nicsemacil.

-¿Os encontráis bien madre?-

-Estupendamente hijo, no te preocupes de eso ahora, estoy aquí por otro motivo, así que escúchame bien.-

Miyir intento decir algo más pero acató el deseo de su madre adoptiva y únicamente asintió.

-Bien,- dijo la nelligaiar -esta espada que ves aquí es la Nicsemacil, una de las espadas más poderosas de este mundo y la única capaz de destruir ese astro oscuro. Has de empuñarla, atravesar a la bestia y destruir la estrella que ahora alberga en su interior. Derrota esos dos males y salvaras a Romenor y ellos te amaran y obedecerán por siempre, a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos.-

-Madre, yo no deseo...-

-Yo más que nadie se que es bueno para ti. Haz ahora lo que te pido.-

La furia al sentir todo aquello inundo a Norno que se dirigió hacia la pareja tomado por la ira.- ¡Tú! - Bramó el maia con la voz lúgubre y sin vida de Yagûl mientras alzaba una mano huesuda hacia Annawen, a la cual comenzó a abandonarle la vida y su juventud inmortal.

-¡Madre!- Bramó a su vez Miyir dirigiéndose a la carrera hacia Norno con la Nicsemacil en sus manos. Ágil en movimientos, el loceroquen rompió el cinto de la espada y lanzó una estocada contra Norno. Estocada que jamás llegaría, pues al romper el cinto y liberarse el poder de la espada sin el guante que Norno guardaba, el frío que ésta emanaba congeló en un instante a Miyir que a causa de la inercia terminó rompiendo su figura helada, esparciendo trozos de si sobre el suelo polvoriento.

-¡No!- El aullido de Annawen fue desgarrador al ver a su hijo, su único hijo, muerto de aquella manera. Annawen ya no era entonces la bella y sensual doncella que había sido, el poder de Norno, o el de su parte opuesta, había robado gran parte de la vida y belleza a esta, convirtiéndola en una anciana arrugada de atractivo escaso. Pagando con ambos castigos del destino el mal que había creado.

Norno no prestó atención siquiera a aquel espectáculo, y colocándose el guante que guardaba por si la ocasión se daba, tomó la Nicsemacil y se dirigió a salvar a su hermano, el cual de retorcerse de dolor había intentado alcanzar el mar, y se bañaba y desaparecía en aquellos momentos en las aguas del Loicatuine, habiendo sembrado el caos a su paso. Lejos de poder seguir a su hermano por mar, temió por él, pero como respondiendo a sus suplicas, desde los cielos emergieron las Águilas, que a su llamada descendieron y le llevaron con él.

El resto de maiar viendo también la llegada de las Águilas y la marcha de Balcnîn y Norno, siendo aún el Sol Negro un problema, decidieron seguir a ambos hermanos. Tomaron como montura un Águila cada uno, pero ninguna de ellas volaba tan veloz como la primera, la de Norno. Viendo esto, preguntaron porque no le daban caza, a lo que las Águilas les respondieron: “Norno así nos lo ha pedido, y a razón de los motivos de su ruego, nos hemos mostrado de acuerdo. Intervendremos únicamente si él fracasa, pues así él lo desea”.

Lejos de las alturas, sobre tierra firme, la batalla continuaba, y Osrûn Sar, herido y con los brazos rotos, intentaba levantarse del suelo a duras penas, tomando para más facilidad su apariencia élfica. Más el cambio no le sirvió de mucho y antes de que llegara a levantar el cuerpo un palmo notó el frío acero. Primero atravesándole el pecho y vertiendo su roja sangre sobre la tierra, luego sesgándole el cuello, terminando con su vida. Tathâral desenterró su lanza del cuerpo inerte del maia y su mirada se dirigió a Morlyg que alzaba de nuevo su cimitarra del suelo donde se encontraba la cabeza del maia separada del cuerpo. Ambos se miraron, sabiendo el mal que había supuesto Osrûn Sar para el otro, su venganza al fin había sido zanjada. El elfo contempló entonces el cielo viendo como las Águilas desaparecían en la lejanía. La aparición de Balcnîn le había perturbado como a muchos, pero cualquiera que fuera el desenlace de todo aquello ya no le incumbía, o al menos por ahora.

Desprovistos de su señor los orcos huían despavoridos y muchos eran víctimas de las tierras cenagosas, recuperadas tras la pérdida del poder de Osrûn y manipuladas por las nelligaiar. Aquellos que no sucumbían en el cieno y lograban abandonar batalla se les daban rápidamente caza. Y de esta forma fue muerto Durbhosh, rey de los orcos, a mano de Angárato y Wildor que le abatieron con sus lanzas al unísono, partiéndole por la espalda el pecho en su huida, mientras que su lugarteniente Harkûm moría al ser partida su cabeza en dos también en la huida.

De esta forma, dejaron de ser los orcos una amenaza en la Tierra del Sol, y poco más se cuenta de ellos en las historias de los años venideros.

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

Una vez entrado en la mar y viendo que tomaba rumbo Este, a Norno le quedo claro que su hermano se dirigía a su reino de Talathring donde se hallaba su trono en lo alto del Carakheled. Quizás confiase en que el frío de aquellas tierras fuera el suficiente para terminar con la estrella oscura, pero Norno tenía sus dudas, y cada vez temía más porque no hubiera esperanzas para su hermano.

Cuando ambos hermanos llegaron a aquellas tierras Norno descubrió una razón que no esperaba. Desde lo alto de la cima del Carakheled donde se levantaba el trono de Balcnîn una melodía sonaba que parecía relajar a su hermano tumbado en su base ahora con una forma más de enorme gusano de hielo que de bestia marina.

Norno se acercó a su hermano y lo acarició notando que a pesar de su calma aparente, su hermano seguía temblando de dolor. Su cuerpo estaba dejando de luchar y poco a poco se internaba en el eterno sueño. La melodía se hizo más audible y el maia se fijo por primera vez en una figura que descendía por las escaleras de hielo. Era, o trataba de ser, humanoide, solo que a lo largo de su cuerpo crecía gran número de algas y otras plantas marinas. A Norno esto le recordó en cierto modo a los Pastores de Árboles y por primera vez se pregunto si sería una especie de Pastor de Algas o si estos existirían, cuan desconocido era los océanos ahora para él. Cuando la criatura se acercó un poco más descubrió que tenía una piel azulada y en ciertas partes escarchada como el frío mar, donde aparte de algas y otras plantas marinas vivían otros seres como las lapas. La melodía emergía de la caracola marina que cuyo vértice tenía posado en sus labios.

-¿Quién eres?- quiso saber Norno intrigado.

Los ojos de la criatura se dirigieron al maia y por un momento dejo de tocar su melodía haciendo que Balcnîn comenzará a quejarse débilmente de su intenso dolor.

-No tengo nombre, vuestro hermano no me lo dio, pero soy quien ha dominado sus dominios y el fluir de estas aguar orientales en su ausencia. He sido yo quien ha oteado el horizonte durante me alcanza la memoria y le he comunicado cuanto pasaba, cuando él no se dedicaba a contemplar el mundo. He sido su narrador. Narrador de la historia de muchos.-

Norno lo miró, y vio en él ciertos rasgos de su hermano, como si fuera parte de él y de sus criaturas. Una forma de vida, nacida a partir de una segunda piel, o por gemación como otras criaturas. Solo Iluvatar daba a fin de cuentas vida, en su aspecto más estricto.

-¿Sabes cómo le puedo ayudar?- La pregunta que se le escapó al maia de sus labios le sorprendió, pues él mismo habría de saberlo, sin embargo, veía a la criatura tan semejante a su hermano que no lo pudo evitar.

-Nada puedes hacer por él- señaló esta interrumpiendo de nuevo su melodía. -Lejos esta de toda salvación, solo le queda abandonar este mundo. Pero a tiempo estas para terminar con el mal que le carcome por dentro y carcomerá el mundo si de él escapa. Más quizás el frio que lo guarda no tenga un bien para ti.-

-Mi vida poco me importa mientras enmiende con ella los errores que he creado.- Y dicho esto Norno trepo por el vientre de su hermano, conociendo ya cuanto debía hacer.

Sobre el vientre del gusano de hielo resplandecía una luz oscura, si aquello era luz en lugar de simple fuente de oscuridad. Norno tomó con firmeza la Nicsemacil y atravesó la piel de su hermano hasta llegar hasta la estrella que murió en un estallido. El cuerpo de Balcnîn quedó entonces al fin inmóvil e inerte, y sobre él congelado y muerto yacía su hermano, precio por el que se había preservado el futuro.

El resto de maiar habían sido testigos de aquellos hechos desde las alturas. Y al ver como el Talathring se desmoronaba por la desaparición de su creador y el nivel de las aguas se elevaba, volaron raudos de nuevo al continente para prevenir a sus habitantes del maremoto que estaba por llegar. Acabando aquí lo narrado en el Taltarillion.

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

Epílogo

Las Águilas marchaban al fin del Talathring y una figura aprovechaba ahora para emerger de las aguas. Annawen, a pesar de ser una sombra de lo que fue en un pasado conservaba aún muchas de sus cualidades, y tenía claro que había ido a buscar allí. Observó por un momento la decadencia del reino de Balcnîn, parándose a escuchar el ruidoso crujir del hielo al partirse y desmoronarse. Sin embargo, en aquel paraje su objetivo era fácil de encontrar.

El Narrador seguía tocando el cuerno de Balcnîn, una caracola llamada la Annanen por una paradoja del destino, y a pesar de la ruina del mundo en el que se encontraba, se mantenía firme. No había conocido más mundo que aquel, y en cierta manera se sentía atado a su destino. Seguiría tocando como lo había hecho y moriría así, pues así debía de ser. Un ruido metálico junto a él hizo que abriera uno de los ojos, justo para poder contemplar como una mano que empuñaba frio acero le abría el pecho, haciendo que emanara de la herida simple agua. La mirada nublada se concentró un poco más en el rostro de Annawen y finalmente cayó sin vida.

Annawen se arrodilló y tomó, con la mano libre del guante y la Nicsemacil, la Annanen. Ella le daría mayor poder sobre las aguas y sus criaturas, casi el poder de un maia. Se giró para marcharse y algo vio sobre el pecho de Balcnîn que no había visto cuando retiró la espada tras tomar el guante del cadáver de Norno. En el interior del cadáver del Señor de los Kraken descansaba una perla negra, de una forma que casi parecía emanar sombras. Tomando Nicsemacil y Annanen en la misma mano, tomó la perla recordando como las ostras cubren los elementos que le son extraños. Balcnîn había albergado en su interior el Sol Negro y en entre sus entrañas había desaparecido, pero si había podido quedar algo, quizás fuera aquello, y si así lo era, por poco poder que fuera, era un regalo.

Y así, tras tomar aquellos tres trofeos de guerra, como compensa por lo perdido, desapareció bajo las aguas de la misma forma que había venido. Mucho antes de que el Talathring se terminara de derrumbar y el maremoto fuera ya una amenaza palpable.

La guerra había acabado al fin en el continente cuando las Águilas regresaron con las nuevas de que Norno y Balcnîn habían muerto, y a la consecuencia de la muerte de este último el reino helado de Talathring en los márgenes del Este se consumía y de su fin emergería una gran ola que alcanzaría aquellas tierras en un espacio de tres días.

Las nuevas fueron recibidas con sorpresa, tristeza, júbilo y terror. La amenaza de aquel maremoto era un jarro de agua fría para muchos tras la dura batalla, pero no todos creyeron en tal amenaza y confiaban en que el maremoto decayera antes de llegar a sus costas o si no era así, su acción fuera prevenida de forma divina. Pero a los tres días el maremoto llegó y lo hizo como un inmenso muro de agua más alto que cualquiera de las montañas de la Tierra del Sol, incluido el Soronnorië, su pico más alto y nido de las Àguilas.

Las consecuencias del maremoto fueron terribles, pues además de adentrarse profundamente continente adentro, arrastrando gran número de pueblos, movió los cimientos de Romenor quebrados por el Sol Negro, haciendo que el continente se separase de estos, alzándose en ciertas partes y plegándose en otras, comenzando así un nuevo movimiento que duraría largos años hasta quedar el continente cercano a las costas orientales de la Tierra Media, junto a las tierras de Vanwendor. Junto a estas quedarían hasta que en la Cuarta Edad el mar que separaba estas tierras se secase, formando desde entonces unas nuevas tierras conocidas como Ambaron. Pero esta es ya otra historia.

Cuentan otras historias sin embargo, que Norno y Balcnîn fueron devueltos a la vida en las lejanas tierras de Aman, siendo perdonados ambos hermanos por sus actos. Norno habló entonces a los Valar de las heridas aún por sanar en Arda, pero estos eran aún conscientes de lo que sus acciones desencadenaron en el pasado y decidieron no volverse a entrometer. Norno decidió en aquel momento marchar a la Tierra Media por su cuenta, y así lo hizo, mucho antes de que los Istari llegaran a los Puertos Grises.

En este viaje no le acompañó su hermano que gran dolor sentía en la Tierra Media y nunca más verla quería. Su pena fue larga y solitaria, entre la alegría de la tierra de Aman. Tanto era así que los Valar se compadecieron de él, y una mañana, mientras Balcnîn se encontraba entre sobre las olas que bañaban la costa de Aman, una brisa delicada hizo alzar la mirada, y tras de sí en la playa vio una figura que bien conocía. Por gracia de los Valar, Annanen había abandonado las Estancias de Mandos, donde había descansado por su naturaleza peculiar, y por la cual se le había permitido marcharlas. Junto a la costa de Aman, vivieron ambos con gran gozo, y la mención de su nombres no aparece en ninguna otra historia.

FIN

Un mal acontecimiento puede ser llevado a cabo por buenas personas.

Pues al final voy a escribir un epílogo sobre Nensir y sobre los Uonu-nyrr. Esto iría en el post del epílogo antes de “Las consecuencias del maremoto fueron terribles, pues además de adentrarse profundamente continente adentro, arrastrando gran número de pueblos, movió los cimientos de”

Los aldalântar habían recibido con congoja la noticia de que Norno había caído en el extremo este. “Nensir ha caído, nuestro dios ha caído”. La noticia se había extendido, en los días previos a la llegada del maremoto, por todos los rincones del bosque de Galador pero la mayoría de los elfos habían decidido no huir y se habían dirigido en masa a los pies de las cataratas que durante tanto tiempo habían dado sentido al clan. Esperando la llegada del rugido del mar, habían celebrado el último ritual, el êlyêwermê sobre numerosas barcas que se habían anclado en el lago sagrado al pie de las cataratas de Nensir mientras habían rogado para que las puertas del Bosque de la Otra Vida se abrieran para ellos. Pero no todos los aldalântar habían querido ese final pues Yavanna seguía en sus corazones a pesar de la caída del Sembrador, y, siguiendo el deseo de ella, buscaron la forma de resguardarse del rugido del mar. Algunas historias dicen que, entre aquellos supervivientes, estaban los sacerdotes de Formenyaelen, Neithan y Syela, y su hijo, Mêlethal. De lo que les ocurrió a los hijos de Tuinêral, Althira y Tathâral, no se habla en ninguna de las crónicas posteriores. Althira, como balta del clan, pudo haber presidido el êlyêwermê o, por el contrario, haber dirigido a los aldalântar que buscaron sobrevivir. Pero nada se menciona sobre el destino de ambos hermanos.

El altaloica, una de las grandes extensiones cenagosas de Rómenor, fue de las primeras regiones en sumergirse bajo el mar y, con ella, lo hizo la fortaleza de Tuyrozd. Los Uonu-nyrr quizás encontraban así su final, después de cientos de años de oscuro rencor. Otras historias hablan de que una mujer los socorrió en los últimos instantes antes de la llegada del maremoto y, compadeciéndose de ellos, les condujo al subsuelo, bajo los sótanos de Tuyrozd, y les ofreció, para no perecer por el impulso del mar, una vida subterránea.

[Editado por aratir el 27-01-2010 11:36]

Tathâr ara fainire, arani tathâr dâ arabe ni. Attafain mêlni alumaransât

"El sauce es mi espíritu, yo soy el sauce y él es yo. Dos espíritus unidos en la adversidad"

En la Villa se respiraba un aire de calma tensa. El sol ascendía perezoso y todos sabían, que si bien no habría dramas ni lloros, ese sería un día que no olvidarían fácilmente: ese sería el día en que el señor Angárato se iría para no volver jamás.

La mayoría había oido hablar de Válinor, pero casi nadie alcanzaba a comprender lo que esa palabra significaba. Sí, podían imaginarse a los Poderes, más allá del mar, envueltos en una luz cálida, podían imaginarse los suaves paisajes de una tierra aterciopelada; pero lo que no podían era entender qué significaba Válinor, esa eterna luz y perfección.

Angárato había decidido hacía ya unos años emprender el viaje. Después de la Batalla de Cotumo Aicasse todo había cambiado, los pueblos libres de Rómenor habían conjurado el peligro y las mutuas tensiones se habían relajado mucho, una época de paz se avecinaba. Los participantes en la épica batalla fueron recibidos como héroes salvadores y honrados como tales; en Thyrost, junto a otras batallas brillantes de la historia del Clan, se enseñaba a los futuros oficiales la brillante estrategia seguida en la Batalla Cotumo Aicasse. Angárato fué invitado por el Consejo y por el artakano a formar parte de las más altas instancias y, durante un tiempo así lo hizo, apoyando y dando consejo a la pareja que ahora se dividía el gobierno del Clan (Elesinyê Sereniel y el artakano Serkendil). Pero con el tiempo el tedio se apoderó de él, la vida en su palacio de Osto Ohtalosse se le hizo insoportable y abandonó la ciudad para dedicarse a sus tierras.

La vida en el campo, entre gente sencilla, entre cacerías y problemas cotidianos le llenó unos años pero de nuevo se sintió vacío. Aunque su cuerpo tenía un aspecto joven, aunque estaba en perfecta forma física, era muy viejo, había vivido miles de años. Fué en esa época cuando empezó a planear su viaje a Válinor.

Se había congraciado con su hija (aunque seguía sin verla demasiado), su nieta había tomado el mismo estúpido camino que su hija, convivir con humanos... pero no podía recriminarle nada más que un soberano mal gusto, por lo demás estaba muy orgulloso de ella, había medrado en la carrera militar y en ella veía un reflejo de su espíritu indomable. Wildor... también había medrado, era un próspero terrateniente y pronto, cuando le cediera sus propias tierras, se convertiría en el más rico y poderoso del Clan.

-A Valinor no le seguiré, mi señor- le había dicho a Angárato.

-Lo sé Wildor, y yo no te lo pediré, tú aún tienes cosas que hacer aquí-

-Quizá algún día...-

Angárato rió y dió un manotazo al hombro de su amigo.

Aunque sus muchos años, sus muchas experiencias, habían contribuido a tomar la decisión de marcharse, no menor culpa tuvo su encuentro con Ulmo: había aprendido muchas cosas y sobre todo, se le habían despertado muchos recuerdos dormidos: durante demasiados años había sido Angárato, durante demasiados años había preferido olvidar que era, que también era, Elemmírë, el niño que nació en Valinor.

El sol ya estaba alto cuando la pequeña caravana partió hacia la Capital, Angarato cabalgaba un poco adelantado, sólo, vestía su armadura roja y en su flanco colgaba Telepnar, atrás le seguían unas pocas carretas y una escolta de veinte soldados.

Tuvo tiempo de pensar en la última batalla, esa que vino cuando ya parecía olvidada la guerra en Rómenor, Angárato la consideraba casi un regalo de despedida: ya tenía la Partida prácticamente lista cuando todo se desató: fué instado por los Señores del Clan a dirigir las fuerzas de defensa, y no quiso negarse, sería su última batalla, quizá su destino no fuera descansar en Válinor sino morir en batalla. Pero el destino no lo quiso así: triunfó en la batalla, una batalla llena de cosas extrañas y grandes poderes, una batalla que le convenció que su papel había terminado en Rómenor.

Llegaron a la capital al atardecer del día siguiente. No tenía intención de entrar en ella y no lo hizo, acampó a unas millas.

A la mañana siguiente se les acercó una pequeña comitiva, montados en corceles elegantemente enjaezados; Elesinyê Sereniel y el artakano iban al frente, les seguían varios miembros del Khotsê. Las despedidas fueron cordiales y sentidas; cuando ya se marchaban, de regreso a sus altas funciones en la ciudad, apareció, proveniente del Norte, otra comitiva, era la que Angárato estaba esperando con más desasosiego: Dâira y Karaniel por fin habían llegado (Dâira había tenido el buen gusto ir sola).

El Sol se enseñoreó del firmamento y el día cálido alargó las despedidas, más de una lágrima se derramó pero en todo momento reinó la compostura.

Su hija Karaniel le acompañaría en su viaje, Dâira se quedaría en Rómenor.

Comenzaba la última etapa por la tierras de Arda, más allá esperaba Valinor. En unos días llegarían al puerto donde esperaba la nave que los llevaría a su destino final.

La pequeña caravana se distinguía luminosa, con colores rojos y blancos... y Angárato hizo desplegar un estandarte que hacía miles de años que no había ondeado: los colores de la casa de Fëanor y de su hijo Caranthir, un último tributo a su vida a este lado del mar, un último tributo a Angárato... luego, una vez embarcado, una vez en Válinor, volvería a ser Elemmírë.

[Editado por elfo_negro el 04-02-2010 11:30]

Vivir sin victorias es morir cada día