Hoy en la Tierra Media: 28 (29 y 30) de febrero

Hoy en la Tierra Media: 28 (29 y 30) de febrero

¿Queréis saber qué pasó el 28, 29 y 30 de febrero en la Tierra Media creada por J.R.R. Tolkien? ¡Lo podéis leer a continuación!

Proseguimos con nuestra sección ‘Hoy en la Tierra Media’ con tres jornadas (ver nota 2) en las que dos hobbits intentan encontrar un camino en un laberinto de peligrosos acantilados en el que encuentran a una vil criatura, en las que un grupo de orcos es aniquilado por una compañía de Eorlingas lo que permite que sus prisioneros puedan escapar y conocer a una de las criaturas más ancianas de la Tierra Media, en las que trez cazadores se encontraron con un grupo de Jinetes con el que intercambiaron noticias, y en las que comenzó una importante reunión.

Nos gustaría recordar que todas las fechas de esta sección se corresponden únicamente con el Calendario de la Comarca o con otros calendarios de la Tierra Media (como el Cómputo del Rey o el Cómputo de los Senescales) y no con el calendario gregoriano (ver nota), y que todas ellas proceden de ‘El Hobbit‘, ‘El Señor de los Anillos‘ (incluidos los Apéndices), los ‘Cuentos inconclusos‘ y los Manuscritos Marquette de J.R.R. Tolkien, y de otros libros de estudiosos tolkiendil como el ‘Atlas de la Tierra Media‘ de Karen Wynn Fonstad, ‘El Señor de los Anillos. Guía de lectura‘ de Wayne G. Hammond y Christina Scull, y ‘The History of The Hobbit‘ de John D. Rateliff.

Acontecimientos que nos gusta acompañar con pasajes de la obra de Tolkien y con dibujos e ilustraciones de diferentes artistas, aunque no siempre encontramos imágenes que representen los momentos que mencionamos o que reflejen fielmente lo descrito por el Profesor.

Esto fue lo que pasó en la Tierra Media los días 28, 29 y 30 de febrero, o 28, 29 y 30 de Solmath según el Calendario de la Comarca.

 

28 de febrero

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* Grishnákh reaparece con una compañía de orcos y se une a Uglúk.

* Los Tres Cazadores continúan la persecución.

* Frodo y Sam buscan un camino a través de Emyn Muil.

* Al atardecer, el éored de Éomer alcanza a los orcos liderados por Uglúk a la entrada del bosque de Fangorn y los cerca.

 

(Pinchad en las imágenes para verlas a mayor resolución)

(Grishnákh, según la artista neerlandesa Suzanne Helmigh)

“Grishnákh reapareció, y detrás una veintena de otros como él: orcos patizambos de brazos largos. Llevaban un ojo rojo pintado en los escudos. Uglúk se adelantó a recibirlos.

—¿De modo que has vuelto? —dijo—. Lo pensaste mejor, ¿eh?

—He vuelto a ver cómo se cumplen las órdenes, y se protege a los prisioneros —dijo Grishnákh.

—¿De veras? —dijo Uglúk—. Un esfuerzo desperdiciado. Yo cuidaré de que las órdenes se cumplan. ¿Y para qué otra cosa volviste? Viniste pronto. ¿Olvidaste algon atrás?

—Olvidé a un idiota —gruñó Grishnákh—. Pero hay aquí gente de coraje acompañándolo, y sería una lástima que se perdiera. Sé que tú los meterías en dificultades. He venido a ayudarlos.

—¡Espléndido! —rió Uglúk—. Pero si eres débil y escapas al combate, has equivocado el camino. Tu ruta es la de Lugbúrz. Los Pálidos se acercan.

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Los Tres Cazadores persiguen a los Uruk-hai, según Donato Giancola)

“—De todos modos tenemos que seguirlos, como nos sea posible —dijo Aragorn. Inclinándose despertó al Enano—. ¡Arriba! Hay que partir —dijo—. El rastro está enfriándose.

—Pero todavía es de noche —dijo Gimli—. Ni siquiera Legolas subido a una loma podría verlos, no hasta que salga el sol.

—Temo que ya no estén al alcance de mis ojos, ni desde una loma o en la llanura, a la luz de la luna o a la luz del sol —dijo Legolas.

—Donde la vista falla la tierra puede traernos algún rumor —dijo Aragorn—. La tierra ha de quejarse bajo esas patas odiosas.

Aragorn se tendió en el suelo con la oreja apretada contra la hierba. Allí se quedó, muy quieto, tanto tiempo que Gimli se preguntó si no se habría desmayado o se habría quedado dormido otra vez. El alba llegó con una claridad vacilante, y una luz gris creció lentamente alrededor. Al fin Aragorn se incorporó, y los otros pudieron verle la cara: pálida, enjuta, de ojos turbados.

—El rumor de la tierra es débil y confuso —dijo—. No hay nadie que camine por aquí, en un radio de muchas millas. Las pisadas de nuestros enemigos se oyen apagadas y distantes. Pero hay un rumor claro y distinto de cascos de caballo. Se me ocurre que ya antes los oí, mientras aún dormía tendido en la hierba, y perturbaron mis sueños: caballos que galopaban en el oeste. Pero ahora se alejan más de nosotros, hacia el norte. ¡Me pregunto qué ocurre en esta tierra!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Emyn Muil, según Michael Rasmussen)

“—Quién sabe —dijo Frodo—. Si es mi destino, como creo, ir allá, al lejano País de la Sombra, tarde o temprano algún sendero tendrá que aparecer. ¿Pero quién me lo mostrará, el bien o el mal? Todas nuestras esperanzas se cifraban en la rapidez. Esta demora favorece al Enemigo… y heme aquí: demorado. ¿Es la voluntad de la Torre Oscura la que nos dirige? Todas mis elecciones resultaron equivocadas. Debí separarme de la Compañía mucho antes, y bajar desde el Norte, por el camino que corre al este del Río y las Emyn Muil, y cruzar por tierra firme el Llano de la Batalla hasta los Pasos de Mordor. Pero ahora no será posible que tú y yo solos encontremos el camino, y en la orilla oriental merodean los orcos. Cada día que pasa es un tiempo precioso que perdemos. Estoy cansado, Sam. No sé qué hacer. ¿Qué comida nos queda?

—Sólo esas… ¿cómo se llaman…?, ésas lembas, señor Frodo. Una buena cantidad. Son mejor que nada, en todo caso. Sin embargo, nunca me imaginé, la primera vez que les hinqué el diente, que llegarían a cansarme. Pero eso es lo que me pasa ahora: un mendrugo de pan común y un jarro de cerveza… ay, siquiera medio jarro… me caerían de perlas. Desde la última vez que acampamos traigo a cuestas mis enseres de cocina, ¿y de qué me han servido? Nada con qué encender un fuego, para empezar; y nada que cocinar; ¡ni una mísera hierba!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 1: Sméagol domado).

 

(Rohirrim, según la artista rusa Julia Alekseeva)

“«Todavía lo conseguirán. Van a escaparse», se dijo Pippin, y torciendo el pescuezo miró con un ojo por encima del hombro. Allá a lo lejos en el este vio que los jinetes ya habían alcanzado las líneas de los orcos, galopando en la llanura. El sol poniente doraba las lanzas y los cascos, y centelleaba sobre los pálidos cabellos flotantes. Estaban rodeando a los orcos, impidiendo que se dispersaran, y obligándolos a seguir la línea del río.

Se preguntó con inquietud qué clase de gentes serían. Lamentaba ahora no haber aprendido más en Rivendel, y no haber mirado con mayor atención los mapas y demás; pero en aquellos días los planes para el viaje parecían estar en manos más competentes, y nunca se le había ocurrido que podían separarlo de Gandalf, o de Trancos, o aun de Frodo. Todo lo que podía recordar de Rohan era que el caballo de Gandalf, Sombragris, había venido de aquellas tierras. Esto parecía alentador, dentro de ciertos límites.

«¿Cómo podrían saber que no somos orcos? —se dijo—. No creo que aquí hayan oído hablar de hobbits alguna vez. Tendría que regocijarme, supongo, de que quizá los orcos sean destruidos, pero preferiría salvarme yo.» Lo más probable era que él y Merry murieran junto con los orcos antes que los Hombres de Rohan repararan en ellos.

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Los orcos llegan a los lindes de Fangorn, según el artista rumano Cristi Balanescu)

“Llegó la noche y los Jinetes no habían vuelto a acercarse. Muchos orcos habían caído, pero aún quedaban no menos de doscientos. En la oscuridad temprana los orcos llegaron de pronto a una loma. Los lindes del bosque estaban muy cerca, quizá a no más de doscientos metros, pero tuvieron que detenerse. Los jinetes los habían cercado. Un grupo pequeño desoyó las órdenes de Uglúk, y corrió hacia el bosque: sólo tres volvieron.

—Bueno, aquí estamos —se burló Grishnákh—. ¡Excelente conducción! Espero que el gran Uglúk vuelva a guiarnos alguna otra vez.

—¡Bajen a los Medianos! —ordenó Uglúk, sin prestar atención a Grishnákh—. Tú, Lugdush, toma otros dos y vigílalos. No hay que matarlos, a menos que esos inmundos Pálidos nos obliguen. ¿Entendéis? Mientras yo esté con vida quiero conservarlos. Pero no hay que dejar que griten, ni que escapen. ¡Atadles las piernas!

La última parte de la orden fue llevada a cabo sin misericordia. Pero Pippin descubrió que por primera vez estaba cerca de Merry. Los orcos hacían mucho ruido, gritando y entrechocando las armas, y los hobbits pudieron cambiar algunas palabras en voz baja.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

29 de febrero

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* De madrugada Grishnákh registra a Merry y a Pippin en busca del Anillo y se los lleva lejos del resto de orcos.

* Merry y Pippin consiguen desatarse y escapar. Entran en el bosque de Fangorn y se encuentran con Bárbol. Bárbol los lleva a su casa y les da de beber.

* El éored de Éomer ataca a la tropa de orcos y la aniquila. Éomer mata a Uglúk.

* Los Tres Cazadores ven un amancer rojo.

* Frodo y Sam descienden de un acantilado utilizando la cuerda de Lórien, que se suelta sola. Por la noche Gollum los ataca, y tras un forcejeo, lo capturan. Gollum se ofrece como guía.

* Faramir ve el bote funerario de Boromir.

 

(Grishnákh, según el artista brasileño Claudio Pozas)

“Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como fuego, pálido pero ardiente.

La idea se le ocurrió de pronto a Pippin, como si le hubiera llegado directamente de los pensamientos que urgían al orco. «¡Grishnákh conoce la existencia del Anillo! Está buscándolo, mientras Uglúk se ocupa de otras cosas; es probable que lo quiera para él.» Pippin sintió un miedo helado en el corazón, pero preguntándose al mismo tiempo cómo podría utilizar en provecho propio el deseo de Grishnákh.

—No creo que ése sea el modo —murmuró—. No es fácil de encontrar.

—¿Encontrar? —dijo Grishnákh; los dedos dejaron de hurgar y se cerraron en el hombro de Pippin—. ¿Encontrar qué? ¿De qué estás hablando, pequeño?

Pippin calló un momento. Luego, de pronto, gorgoteó en la oscuridad: gollum, gollum.

—Nada, mi tesoro —añadió.

Los hobbits sintieron que los dedos se le crispaban a Grishnákh.

—¡Oh, ah! —siseó la criatura entre dientes—. Eso es lo que quieres decir, ¿eh? ¡Oh, ah! Muy, pero muy peligroso, mis pequeños.

—Quizá —dijo Merry, atento ahora y advirtiendo la sospecha de Pippin—. Quizá, y no sólo para nosotros. Claro que usted sabrá mejor de qué se trata. ¿Lo quiere, o no? ¿Y qué daría por él?

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Los Rohirrim atacan a los Uruk-hai, según el artista checo Jan Pospíšil)

“Grishnákh se echó de bruces al suelo, arrastrando a los hobbits; luego sacó la espada. Había decidido evidentemente matar a los cautivos antes que permitirles escapar, o que los rescatasen, pero esto lo perdió. La espada resonó débilmente, y brilló un poco a la luz de la hoguera que ardía a la izquierda. Una flecha salió silbando de la oscuridad; arrojada con habilidad, o guiada por el destino, le atravesó a Grishnákh la mano derecha. El orco dejó caer la espada y chilló. Se oyó un rápido golpeteo de cascos, y en el mismo momento en que Grishnákh se incorporaba y echaba a correr, lo atropelló un caballo, y lo traspasó una lanza. Grishnákh lanzó un grito terrible y estremecido y ya no se movió.

Los hobbits estaban aún en el suelo, como Grishnákh los había dejado. Otro jinete acudió rápidamente. Ya fuese porque era capaz de ver en la oscuridad o por algún otro sentido, el caballo saltó y pasó con facilidad sobre ellos, pero el jinete no los vio. Los hobbits se quedaron allí tendidos, envueltos en los mantos élficos, demasiado aplastados, demasiado asustados para levantarse.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Mauhúr, según el artista filipino Ramon ‘Monztre’ Puasa Jr.)

“Parecía que Mauhúr había llegado y atacaba ahora a los sitiadores. Se oyó un galope de caballos. Los jinetes estaban cerrando el círculo alrededor de la loma, afrontando las flechas de los orcos, como para prevenir que alguien saliese, mientras que una tropa corría a ocuparse de los recién llegados. De pronto Merry y Pippin cayeron en la cuenta de que sin haberse movido se encontraban ahora fuera del círculo; nada impedía que escaparan.

—Bueno —dijo Merry—, si al menos tuviésemos las piernas y las manos libres, podríamos irnos. Pero no puedo tocar los nudos, y no puedo morderlos.

—No hay por qué intentarlo —dijo Pippin—. Iba a decírtelo. Conseguí librarme de las manos. Estos lazos son sólo un simulacro. Será mejor que primero tomes un poco de lembas.

Retiró las cuerdas de las muñecas y sacó un paquete del bolsillo. Las galletas estaban rotas, pero bien conservadas, envueltas aún en las hojas. Los hobbits comieron uno o dos trozos cada uno.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Merry y Pippin entran en el bosque de Fangorn, según el artista inglés Joe Gilronan)

‘Mucho tendré que esforzarme si pretendo llegar a tu altura. En verdad el primo Brandigamo va ahora al frente. Entra en escena en este momento. No creo que sepas muy bien dónde estamos; pero he aprovechado mejor que tú el tiempo que pasamos en Rivendel. Vamos hacia el oeste a lo largo del Entaguas. Las estribaciones de las Montañas Nubladas se alzan ahí delante, y el bosque de Fangorn.

Hablaba aún cuando el linde sombrío del bosque apareció justo ante ellos. La noche parecía haberse refugiado bajo los grandes árboles, alejándose furtivamente del alba próxima.

—¡Adelante, maese Brandigamo! —dijo Pippin—. ¡O demos media vuelta! Nos han advertido a propósito de Fangorn. Pero alguien tan avisado como tú no puede haberlo olvidado.

—No lo he olvidado —respondió Merry—, pero aun así el bosque me parece preferible a regresar y encontrarnos en medio de una batalla.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Rohirrim luchando con los Uruk-hai, según el artista checo Jan Pospíšil)

“Merry y Pippin oyeron, claros en el aire frío, los relinchos de los caballos de guerra, y el canto repentino de muchos hombres. El limbo del sol se elevó como un arco de fuego sobre las márgenes del mundo. Dando grandes gritos, los jinetes cargaron desde el este; la luz roja centelleaba sobre las mallas y las lanzas. Los orcos aullaron y dispararon las flechas que les quedaban aún. Los hobbits vieron que varios hombres caían; pero la línea de jinetes consiguió mantenerse a lo largo y por encima de la loma, y dando media vuelta cargaron otra vez. La mayoría de los orcos que estaban aún con vida se desbandaron y huyeron, en distintas direcciones, y fueron perseguidos uno a uno hasta que casi todos murieron. Pero una tropa, apretada en una cuña negra, avanzó resuelta hacia el bosque. Subiendo por la pendiente cargaron contra los centinelas. Estaban acercándose, y parecía que iban a escapar: ya habían derribado a tres Jinetes que les cerraban el paso.

—Nos hemos detenido demasiado tiempo —dijo Merry—. ¡Allí está Uglúk! No quisiera encontrármelo otra vez.

Los hobbits se volvieron y se intemaron profundamente en las sombras del bosque.

Así fue como no presenciaron la última resistencia, cuando Uglúk fue atrapado en el linde mismo del bosque. Allí murió al fin a manos de Éomer, el Tercer Mariscal de la Marca, que desmontó y luchó con él, espada contra espada. Y en aquellas vastas extensiones los Jinetes de ojos penetrantes persiguieron a los pocos orcos que habían conseguido escapar y que aún tenían fuerzas para correr.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 3: Los Uruk-hai).

 

(Los Tres Cazadores, según el artista estadounidense Allen Morris)

“Como otras veces Legolas fue el primero en despertar, si en verdad había dormido.

—¡Despertad! ¡Despertad! —gritó—. Es un amanecer rojo. Cosas extrañas nos esperan en los lindes del bosque. Buenas o malas, no lo sé, pero nos llaman. ¡Despertad!

Los otros se incorporaron de un salto, y casi en seguida se pusieron de nuevo en marcha. Poco a poco las lomas fueron acercándose.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Cuerda de Lórien, según el artista estadounidense Rick Price)

“—Si me hubiese quedado allá abajo, ya estaría casi ahogado, o el agua me habría arrastrado no sé dónde —dijo Frodo—. ¡Qué suerte extraordinaria que tuvieras esa cuerda!

—Mejor suerte hubiera sido que lo pensara un poco antes —dijo Sam—. Tal vez usted recuerde cómo las pusieron en las barcas, cuando partíamos: en el país élfico. Me fascinaron, y guardé un rollo en mi equipaje. Parece que hiciera años de eso. «Puede ser una buena ayuda en muchas ocasiones», dijo Haldir o uno de ellos. Tenía razón.

—Lástima que no se me ocurriera a mí traer otro rollo —dijo Frodo—; pero me separé de la Compañía con tanta prisa y en medio de tanta confusión… Quizá pudiera alcanzarnos para bajar. ¿Cuánto medirá tu cuerda, me pregunto?

Sam extendió la cuerda lentamente, midiéndola con los brazos.

—Cinco, diez, veinte, treinta varas, más o menos.

—¡Quién lo hubiera creído! —exclamó Frodo.

—¡Ah! ¿Quién? —dijo Sam—. Los Elfos son gente maravillosa. Parece demasiado delgada, pero es resistente; y suave como leche en la mano. Ocupa poco lugar, y es liviana como la luz. ¡Gente maravillosa sin ninguna duda!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 1: Sméagol domado).

 

(Merry y Pippin en Fangorn, según el artista estadounidense Donato Giancola)

“Entretanto los hobbits corrían tan rápidamente como era posible en la oscuridad y la maraña del bosque, siguiendo el curso del río, hacia el oeste y las pendientes de las montañas, internándose más y más en Fangorn. El miedo a los orcos fue muriendo en ellos poco a poco, y aminoraron el paso. De pronto se sintieron invadidos por una curiosa sensación de ahogo, como si el aire se hubiera enrarecido.

Al fin Merry se detuvo.

—No podemos seguir así —jadeó—. Necesito aire.

—Bebamos un trago al menos —dijo Pippin—. Tengo la garganta seca.

Se trepó a una gruesa raíz de árbol que bajaba retorciéndose hacia la corriente, y se inclinó y recogió un poco de agua en las manos juntas. El agua era fría y clara, y Pippin bebió varias veces. Merry lo siguió. El agua los refrescó y reanimó; se quedaron sentados un rato a orillas del río, moviendo en el agua las piernas y pies doloridos, y examinando los árboles que se alzaban en silencio en filas apretadas, hasta perderse todo alrededor en el crepúsculo gris.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Bárbol, Merry y Pippin, según el artista británico Rodney Matthews)

“—¡Casi te gustaba el Bosque! ¡Muy bien! Una amabilidad nada común —dijo una voz desconocida—. Daos vuelta que quiero veros las caras. Me parece que no me vais a gustar, pero no nos apresuremos. ¡Volveos! —Unas manos grandes y nudosas se posaron en los hombros de los hobbits, y los obligaron a darse vuelta, gentilmente pero con una fuerza irresistible; dos grandes brazos los alzaron en el aire.

Se encontraron entonces mirando una cara de veras extraordinaria. La figura era la de un hombre corpulento, casi de troll, de por lo menos catorce pies de altura, muy robusto, cabeza grande, encajada entre los hombros. Era difícil saber si estaba cubierto con una especie de estameña que parecía una corteza gris verdosa, o si esto era la piel. En todo caso, los brazos no tenían arrugas y la piel que los recubría era parda y lisa. Los grandes pies tenían siete dedos cada uno. De la parte inferior de la larga cara colgaba una barba gris, abundante, casi ramosa en las raíces, delgada y mohosa en las puntas. Pero en ese momento los hobbits no miraron otra cosa que los ojos. Aquellos ojos profundos los examinaban ahora, lentos y solemnes, pero muy penetrantes.

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Frodo y Sam en Emyn Muil, según el artista estadounidense Donato Giancola)

Sin embargo, el descenso resultó mucho menos difícil de lo que había esperado. La cuerda parecía darle confianza, aunque más de una vez, al mirar hacia abajo, tuvo que cerrar los ojos. A cierta altura, en un tramo donde no había cornisa y la pared del acantilado se inclinaba hacia adentro, pasó un mal rato: resbaló, y quedó suspendido en el aire. Pero Frodo sujetaba la cuerda con mano firme y la iba soltando poco a poco, y al fin el descenso concluyó. Lo que más había temido el hobbit era que la cuerda se acabase demasiado pronto, pero Frodo tenía aún un buen trozo entre las manos cuando Sam le gritó: —¡Ya estoy abajo! —La voz llegaba nítida desde el fondo del abismo, pero Frodo no distinguía a Sam: la capa gris de elfo se confundía con la penumbra del crepúsculo.

Frodo tardó un poco más en seguir a Sam. Se había asegurado la cuerda a la cintura, y la había recogido manteniéndola siempre tensa; quería evitar en lo posible el riesgo de una caída; no tenía la fe ciega de Sam en aquella delgada cuerda gris. Sin embargo en dos sitios tuvo que confiar enteramente en ella: dos superficies tan lisas que ni sus vigorosos dedos de hobbit encontraron apoyo, y la distancia entre una cornisa y otra era demasiado grande. Pero al fin también él llegó abajo.

—¡Albricias! ¡Lo conseguimos! ¡Hemos escapado de Emyn Muil! ¿Y ahora? Quizá pronto estemos suspirando por pisar otra vez una buena roca dura.

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 1: Sméagol domado).

 

(Sméagol domado, según el artista estadounidense Donato Giancola)

“Sam salió de su escondite como un rayo y en un par de saltos cruzó el espacio que lo separaba de la pared de piedra. Antes que Gollum pudiera levantarse, cayó sobre él. Pero descubrió que aun así, tomado por sorpresa después de una caída, Gollum era más fuerte y hábil de lo que había creído. No había alcanzado a sujetarlo cuando los largos miembros de Gollum lo envolvieron en un abrazo implacable, blando pero horriblemente poderoso que le impedía todo movimiento, y lo estrujaba como cuerdas que fuesen apretando lentamente. Unos dedos pegajosos le tantearon la garganta. Luego unos dientes afilados se le hincaron en el hombro. Todo cuanto Sam pudo hacer fue sacudir con violencia la cabeza dura y redonda contra la cara de la criatura. Gollum siseó escupiendo, pero no lo soltó.

Las cosas habrían terminado mal para Sam si hubiera estado solo. Pero Frodo se levantó de un salto, desenvainando a Dardo. Con la mano izquierda tomó a Gollum por los cabellos ralos y lacios y le tironeó la cabeza hacia atrás, estirándole el pescuezo, y obligándolo a fijar en el cielo los pálidos ojos venenosos.

—¡Suéltalo, Gollum! —dijo—. Esta espada es Dardo. Ya la has visto antes. ¡Suéltalo, o esta vez sentirás la hoja! ¡Te degollaré!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 1: Sméagol domado).

 

(Merry y Pippin en casa de Bárbol, según el artista canadiense Ted Nasmith)

“—Bueno, bueno, ahora podemos hablar otra vez —dijo Bárbol—. Tenéis sed, supongo. Quizá también estéis cansados. ¡Bebed! —Fue hasta el fondo de la bóveda donde se alineaban unas jarras de piedra, con tapas pesadas. Sacó una de las tapas, y metió un cucharón en la jarra, y llenó tres tazones, uno grande y otros dos más pequeños.

—Ésta es una casa de Ent —dijo—, y no hay asientos, me temo. Pero podéis sentaros en la mesa.

Alzando en vilo a los hobbits los sentó en la gran losa de piedra, a unos seis pies del suelo, y allí se quedaron balanceando las piernas y bebiendo a pequeños sorbos.

La bebida parecía agua, y en verdad el gusto era parecido al de los tragos que habían bebido antes a orillas del Entaguas cerca de los lindes del bosque, y sin embargo tenía también un aroma o sabor que ellos no podían describir: era débil, pero les recordaba el olor de un bosque distante que una brisa nocturna trae desde lejos. El efecto de la bebida comenzó a sentirse en los dedos de los pies, y subió firmemente por todos los miembros, refrescándolos y vigorizándolos, hasta las puntas mismas de los cabellos. En verdad los hobbits sintieron que se les erizaban los cabellos, que ondeaban y se rizaban y crecían.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Frodo, Sam y Gollum, según el artista estadounidense Darrell K. Sweet)

—Ser muy muy bueno —dijo Gollum. Luego, arrastrándose por el suelo a los pies de Frodo, murmuró con voz ronca, y un escalofrío lo recorrió de arriba abajo, como si el terror de las palabras le estremeciera los huesos—: Sméagol jurará que nunca, nunca, permitirá que Él lo tenga. ¡Nunca! Sméagol lo salvará. Pero ha de jurar sobre el Tesoro.

—¡No! No sobre el Tesoro —dijo Frodo, mirándolo con severa piedad—. Lo que deseas es verlo y tocarlo, si puedes, aunque sabes que enloquecerías. No sobre el Tesoro. Jura por él, si quieres. Pues tú sabes dónde está. Sí, tú lo sabes, Sméagol. Está delante de ti.

Por un instante Sam tuvo la impresión de que su amo había crecido y que Gollum había empequeñecido: una sombra alta y severa, un poderoso y luminoso señor que se ocultaba en una nube gris, y a sus pies, un perrito apaleado. Sin embargo, no eran dos seres totalmente distintos, había entre ellos alguna afinidad: cada uno podía adivinar lo que pensaba el otro.

Gollum se incorporó y se puso a tocar a Frodo, acariciándole las rodillas.

—¡Abajo! ¡Abajo! Ahora haz tu promesa.

—Prometemos, sí, ¡yo prometo! —dijo Gollum—. Serviré al señor del Tesoro. Buen amo, buen Sméagol, ¡gollum, gollum! —Súbitamente se echó a llorar y volvió a morderse el tobillo.

—¡Sácale la cuerda, Sam! —dijo Frodo.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 1: Sméagol domado).

 

(Bárbol, según el artista estadounidense Jef Murray)

“‘¡Maldito sea, por raíces y ramas! Muchos de estos árboles eran mis amigos, criaturas que conocí en la nuez o en el grano; muchos tenían voces propias que se han perdido para siempre. Y ahora hay claros de tocones y zarzas donde antes había avenidas pobladas de cantos. He sido perezoso. He descuidado las cosas. ¡Esto tiene que terminar!

Bárbol se levantó del lecho con una sacudida, se incorporó, y golpeó con la mano sobre la mesa. Las vasijas se estremecieron y lanzaron hacia arriba dos chorros luminosos. En los ojos de Bárbol osciló una luz, como un fuego verde, y la barba se le adelantó, tiesa como una escoba de paja.

—¡Yo terminaré con eso! —estalló—. Y vosotros vendréis conmigo. Quizá podáis ayudarme. De ese modo estaréis ayudando también a esos amigos vuestros, pues si no detenemos a Saruman, Rohan y Gondor tendrán un enemigo detrás y no sólo delante. Nuestros caminos van juntos… ¡hacia Isengard!”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Faramir ve la barca funeraria de Boromir, según el artista ruso Ewgene Peskov)

“Entonces vi, o me pareció ver, una barca que flotaba sobre el agua, gris y centelleante, una barca pequeña y rara de proa alta, y no había nadie en ella que la remase o la guiase.

‘Un temor misterioso me sobrecogió; una luz pálida envolvía la barca. Pero me levanté, y fui hasta la orilla, y entré en el río, pues algo me atraía hacia ella. Entonces la embarcación viró hacia mí, y flotó lentamente al alcance de mi mano. Yo no me atreví a tocarla. Se hundía en el río, como si llevase una carga pesada, y me pareció, cuando pasó bajo mis ojos, que estaba casi llena de un agua transparente, y que de ella emanaba aquella luz, y que sumergido en el agua dormía un guerrero.

‘Tenía sobre la rodilla una espada rota. Y vi en su cuerpo muchas heridas. Era Boromir, mi hermano, muerto. Reconocí los atavíos, la espada, el rostro tan amado. Una única cosa eché de menos: el cuerno. Y vi una sola que no conocía: un hermoso cinturón de hojas de oro engarzadas le ceñía el talle. ‘¡Boromir!’ grité. ‘¿Dónde está tu cuerno? ¿Adónde vas? ¡Oh Boromir!’ Pero ya no estaba. La embarcación volvió al centro del río y se perdió centelleando en la noche. Fue como un sueño, pero no era un sueño, pues no hubo un despertar. Y no dudo que ha muerto y que ha pasado por el Río rumbo al Mar.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 5: Una ventana al Oeste).

 

30 de febrero

Año 3019 de la Tercera Edad del Sol:

* Frodo y Sam, guiados por Gollum, avanzan a través de Emyn Muil durante la noche. Descansan durante el día y reemprenden la marcha por la tarde.

* Reunión de la Cámara de los Ents. Merry y Pippin conocen a Ramaviva y pasan el día con él.

* Éomer se encuentra con los Tres Cazadores, y les da a Hasufel y a Arod.

* Los Tres Cazadores llegan al lugar en el que los Rohirrim habían quemado los cuerpos de los orcos.

* Lengua de Serpiente prohíbe la entrada a extraños y Éomer es hecho prisionero en Edoras por su desobediencia.

 

(Frodo, Sam y Gollum en Emyn Muil, según el artista español Félix Sotomayor)

“Avanzaron a tientas por la oscura y sinuosa garganta durante un tiempo que a los fatigados pies de Frodo y Sam les pareció interminable. La garganta, luego de describir una curva a la izquierda, se volvía cada vez más ancha y menos profunda. Por fin el cielo empezó a clarear, pálido y gris, a las primeras luces del alba. Gollum, que hasta ese momento no había dado señales de fatiga, miró hacia arriba y se detuvo.

—El día se acerca —murmuró, como si el día pudiese oírlo y saltarle encima—. Sméagol se queda aquí. Yo me quedaré aquí y la Cara Amarilla no me verá.

—A nosotros nos alegraría ver el Sol —dijo Frodo—, pero también nos quedaremos: estamos demasiado cansados para seguir caminando.

—No es de sabios alegrarse de ver la Cara Amarilla —dijo Gollum—. Delata. Los hobbits buenos y razonables se quedarán con Sméagol. Orcos y bestias inmundas rondan por aquí. Ven desde muy lejos. ¡Quedaos y escondeos conmigo!

Los tres se instalaron al pie de la pared rocosa, preparándose a descansar.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 2: A través de las ciénagas).

 

(Merry y Pippin en la Cámara de los Ents, según el artista estadounidense Stephen Hickman)

“Bárbol advirtió en seguida la inquietud de Pippin.

—Hm, ha, hey, mi Pippin —dijo, y todos los otros Ents interrumpieron el canto—. Sois gente apresurada, lo había olvidado; y por otra parte es fatigoso escuchar un discurso que no se entiende. Podéis bajar ahora. Ya he transmitido vuestros nombres a la Cámara de los Ents, y ellos os han visto, y todos están de acuerdo en que no sois orcos, y en que es necesario añadir otra línea a las viejas listas. No hemos ido más allá hasta ahora, pero hemos ido rápido tratándose de una Cámara de Ents. Tú y Merry podéis pasearos por el valle, si queréis. Hay un manantial de agua buena y fresca allá en la barranca norte. Todavía tenemos que decir algunas palabras antes que la asamblea comience de veras. Yo iré a veros y os contaré cómo van las cosas.

Puso a los hobbits en tierra. Antes de alejarse, Merry y Pippin saludaron haciendo una reverencia. Esta proeza pareció divertir mucho a los Ents, a juzgar por el tono de los murmullos que se oyeron entonces, y el centelleo que les asomó a los ojos; pero pronto volvieron de nuevo a sus propios asuntos. Merry y Pippin subieron por el sendero que venía del oeste, y miraron a través de la abertura en la cerca. Unas cuestas largas y cubiertas de árboles subían desde el borde del valle, y más allá, sobre los pinos de la estribación más lejana, se alzaba, afilado y blanco, el pico de una elevada montaña. A la izquierda y hacia el sur alcanzaban a ver el bosque que se perdía en una lejanía gris. Allí y muy distante, creyeron distinguir un débil resplandor verde, que Merry atribuyó a las llanuras de Rohan.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Los Tres Cazadores, según el artista inglés Peter Xavier Price)

“—¡Jinetes! —exclamó Aragorn, incorporándose bruscamente—. ¡Muchos jinetes montados en corceles rápidos vienen hacia aquí!

—Sí —dijo Legolas—, son ciento cinco. Los cabellos son rubios, y las espadas brillantes. El jefe es muy alto.

Aragorn sonrió.

—Penetrantes son los ojos de los Elfos —dijo.

—No. Los jinetes están a poco más de cinco leguas —dijo Legolas.

—Cinco leguas o una —dijo Gimli—, no podemos escapar en esta tierra desnuda. ¿Los esperaremos aquí o seguiremos adelante?

—Esperaremos —dijo Aragorn—. Estoy cansado, y la cacería ya no tiene sentido. Al menos otros se nos adelantaron, pues esos jinetes vienen cabalgando por la pista de los orcos. Quizá nos den alguna noticia.

—O lanzas —dijo Gimli.

—Hay tres monturas vacías, pero no veo ningún hobbit —dijo Legolas.

—No hablé de buenas noticias —dijo Aragorn—, pero buenas o malas las esperaremos aquí.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Bárbol presenta a Ramaviva a Merry y Pippin, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“Bregalad se quedó un momento mirando a los hobbits con solemnidad; y ellos también lo miraron, preguntándose cuándo mostraría algún signo de «apresuramiento». Era alto, y parecía ser uno de los Ents más jóvenes; una piel lisa y brillante le cubría los brazos y piernas; tenía labios rojos, y el cabello era verdegris. Podía inclinarse y balancearse como un árbol joven al viento. Al fin habló, y con una voz resonante pero más alta y clara que la de Bárbol.

—Ha, hum, ¡vamos a dar un paseo, amigos míos! —dijo—. Me llamo Bregalad, lo que en vuestra lengua significa Ramaviva. Pero esto no es más que un apodo, por supuesto. Me llaman así desde el momento en que le dije sí a un Ent anciano antes que terminara de hacerme una pregunta. También bebo rápidamente y me voy cuando otros todavía están mojándose las barbas. ¡Venid conmigo!

Bajó dos brazos bien torneados y les dio una mano de dedos largos a cada uno de los hobbits. Todo ese día caminaron con él por los bosques, cantando y riendo, pues Ramaviva reía a menudo. Reía si el sol salía de detrás de una nube, reía cuando encontraban un arroyo o un manantial: se inclinaba entonces y se refrescaba con agua los pies y la cabeza; reía a veces cuando se oía algún sonido o murmullo en los árboles. Cada vez que tropezaban con un fresno se detenía un rato con los brazos extendidos, y entonces cantaba, balanceándose.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 4: Bárbol).

 

(Los Rohirrim rodean a los Tres Cazadores, según el artista estadounidense James Turner Mohan)

“La tropa casi había pasado cuando Aragorn se incorporó de pronto y llamó en voz alta:

—¿Qué noticias hay del Norte, Jinetes de Rohan?

Con una rapidez y una habilidad asombrosas, los Jinetes refrenaron los caballos, dieron media vuelta, y regresaron a la carrera. Pronto los tres compañeros se encontraron dentro de un anillo de jinetes que se movían en círculos, subiendo y bajando por la falda de la colina, y acercándose cada vez más. Aragorn esperaba de pie, en silencio, y los otros estaban sentados sin moverse, preguntándose qué resultaría de todo aquello.

Sin una palabra o un grito, de súbito, los Jinetes se detuvieron. Un muro de lanzas apuntaba hacia los extraños, y algunos de los hombres esgrimían arcos tendidos, con las flechas en las cuerdas.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Los Tres Cazadores conocen a Éomer, según un artista ucraniano conocido como Venlian)

“Los ojos de Éomer relampaguearon, y los Hombres de Rohan murmuraron airadamente, y cerraron el círculo, adelantando las lanzas.

—Te rebanaría la cabeza, Señor Enano, si se alzara un poco más del suelo —dijo Éomer.

—El Enano no está solo —dijo Legolas poniendo una flecha y tendiendo el arco con unas manos tan rápidas que la vista no podía seguirlas—. Morirías antes de que alcanzaras a golpear.

Éomer levantó la espada, y las cosas pudieron haber ido mal, pero Aragorn saltó entre ellos alzando la mano.

—¡Perdón, Éomer! —gritó—. Cuando sepas más, entenderás por qué has molestado a mis compañeros. No queremos ningún mal para Rohan, ni para ninguno de los que ahí habitan, sean hombres o caballos. ¿No oirás nuestra historia antes de atacarnos?

—La oiré —dijo Éomer, bajando la hoja—. Pero sería prudente que quienes andan de un lado a otro por la Marca de los Jinetes fueran menos orgullosos en estos días de incertidumbre. Primero dime tu verdadero nombre.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Aragorn, según Frithjof Spangenberg)

“Aragorn echó atrás la capa. La vaina élfica centelleó, y la hoja brillante de Andúril resplandeció con una llama súbita.

—¡Elendil! —gritó—. Soy Aragorn hijo de Arathorn, y me llaman Elessar, Piedra de Elfo, Dúnadan, heredero de Isildur, hijo de Elendil de Gondor. ¡He aquí la Espada que estuvo Rota una vez y que fue forjada de nuevo! ¿Me ayudarás o te opondrás a mí? ¡Escoge ya!

Gimli y Legolas miraron asombrados a Aragorn, pues nunca lo habían visto así antes. Parecía haber crecido en estatura, y en cambio a Éomer se le veía más pequeño. En la cara animada de Aragorn asomó brevemente el poder y la majestad de los reyes de piedra. Durante un momento Legolas creyó ver una llama blanca que ardía sobre la frente de Aragorn como una corona viviente.

Éomer dio un paso atrás con una expresión de temor reverente en la cara. Bajó los ojos.

—Días muy extraños son éstos en verdad —murmuró—. Sueños y leyendas brotan de las hierbas mismas.

‘Dime, Señor —dijo—, ¿qué te trae aquí? ¿Qué significado tienen esas palabras oscuras? Hace ya tiempo que Boromir hijo de Denethor fue en busca de una respuesta, y el caballo que le prestamos volvió sin jinete. ¿Qué destino nos traes del Norte?”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Éomer y los Tres Cazadores, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“—Que no es necesario que sigan persiguiéndolos —dijo Éomer—. Los orcos fueron destruidos.

—¿Y nuestros amigos?

—No encontrarnos sino orcos.

—Eso es raro en verdad —dijo Aragorn—. ¿Buscaste entre los muertos? ¿No había otros cadáveres aparte de los orcos? Eran gente pequeña, quizá sólo unos niños a tus ojos, descalzos, pero vestidos de gris.

—No había Enanos ni niños —dijo Éomer—. Contamos todas las víctimas y las despojamos de armas y suministros. Luego las apilamos y las quemamos en una hoguera, como es nuestra costumbre. Las cenizas humean aún.

—No hablamos de Enanos o de niños —dijo Gimli—. Nuestros amigos eran hobbits.

—¿Hobbits? —dijo Éomer—. ¿Qué es eso? Un nombre extraño.

—Un nombre extraño para una gente extraña —dijo Gimli—, pero éstos nos eran muy queridos. Ya habéis oído en Rohan, parece, las palabras que perturbaron a Minas Tirith. Hablaban de un Mediano. Estos hobbits son Medianos.

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Arod, según el artista serbio Dejan Delic)

“—No creo que tus leyes se apliquen a estas circunstancias —dijo Aragorn—, y ciertamente no soy un extranjero, pues he estado antes en estas tierras, más de una vez, y he cabalgado con las tropas de los Rohirrim, aunque con otro nombre y otras ropas. A ti no te he visto antes, pues eres joven, pero he hablado con Éomund, tu padre, y con Théoden hijo de Thengel. En otros tiempos los altos señores de estas tierras nunca hubieran obligado a un hombre a abandonar una búsqueda como la mía. Al menos mi obligación es clara: continuar. Vamos, hijo de Éomund, decídete a elegir. Ayúdanos, o en el peor de los casos déjanos en libertad. O aplica las leyes. Si así lo haces serán menos quienes regresen a tu guerra o a tu rey.

Éomer calló un momento, y al fin habló.

—Los dos tenemos prisa —dijo—. Mi compañía está tascando el freno, y tus esperanzas se debilitan hora a hora. Ésta es mi elección. Te dejaré ir, y además te prestaré unos caballos. Sólo esto te pido: cuando hayas terminado tu búsqueda, o la hayas abandonado, vuelve con los caballos por el Vado de Ent hasta Meduseld, la alta casa de Edoras donde Théoden reside ahora. Así le probarás que no me he equivocado. En esto quizá me juegue la vida, confiando en tu veracidad. No faltes a tu obligación.

—No lo haré —dijo Aragorn.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Los Tres Cazadores llegan a los lindes de Fangorn, según la artista alemana Anke Katrin Eißmann)

“Al fin, cuando el sol declinaba, llegaron a los lindes del bosque, y en un claro que se abría entre los primeros árboles encontraron los restos de una gran hoguera: las cenizas estaban todavía calientes y humeaban. Al lado había una gran pila de cascos y cotas de malla, escudos hendidos, y espadas rotas, arcos y dardos y otros instrumentos de guerra, y sobre la pila una gran cabeza empalada: la insignia blanca podía verse aún en el casco destrozado. Más allá, no lejos del río, que fluía saliendo del bosque, había un montículo. Lo habían levantado recientemente: la tierra desnuda estaba recubierta de terrones de hierba, y alrededor habían clavado quince lanzas.

Aragorn y sus compañeros inspeccionaron todos los rincones del campo de batalla, pero la luz disminuía, y pronto cayó la noche, oscura y neblinoso. No habían encontrado aún ningún rastro de Merry y Pippin.

—Más no podemos hacer —dijo Gimli tristemente—. Hemos tropezado con muchos enigmas desde que llegamos a Tol Brandir, peo éste es el más difícil de descifrar. Apostaría a que los huesos quemados de los hobbits están mezclados con los de los orcos.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 2: Los Jinetes de Rohan).

 

(Éomer, según la artista inglesa Soni Alcorn-Hender)

“¿Me equivoco al pensar que lo tenéis prisionero por consejo de Gríma, aquél a quien todos excepto vos llaman Lengua de Serpiente?

—Es verdad —dijo Théoden—. Éomer se rebeló contra mis órdenes y amenazó de muerte a Gríma en mi propio castillo.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Tercero, capítulo 6: El rey del Castillo de Oro).

 

(Lembas, según el artista canadiense John Howe)

“—Bien, a propósito de comida —comentó Sam—, ¿cuánto tiempo cree que nos llevará este trabajo? Y cuando hayamos concluido, ¿qué haremos entonces? Este pan del camino mantiene en pie maravillosamente bien, pero no satisface para nada el hambre de adentro, por así decir: no a mí al menos, sin faltar el respeto a quienes lo prepararon. Pero uno tiene que comer cada día un poco, y el pan no se multiplica. Creo que nos alcanzará para unas tres semanas, digamos, y eso con el cinturón apretado y poco diente, téngalo en cuenta. Hemos estado derrochándolo.

—No sé cuánto tardaremos aún… hasta el final —dijo Frodo—. Nos retrasamos demasiado en las montañas. Pero Samsagaz Gamyi, mi querido hobbit… en verdad Sam, mi hobbit más querido, el amigo por excelencia, no nos preocupemos por lo que vendrá después. Terminar con este trabajo, como tú dices… ¿qué esperanzas tenemos de terminarlo alguna vez? Y si lo hacemos, ¿sabemos acaso qué habremos conseguido? Si el Único cae en el Fuego y nosotros nos encontramos en las cercanías, yo te pregunto a ti, Sam, ¿crees que en ese caso necesitaremos pan alguna vez? Yo diría que no. Cuidar nuestras piernas hasta que nos lleven al Monte del Destino, más no podemos hacer. Y empiezo a temer que sea más de lo que está a mi alcance.

Sam asintió en silencio. Tomando la mano de Frodo, se inclinó. No se la besó, pero unas lágrimas cayeron sobre ella.”

(‘El Señor de los Anillos. Las dos torres‘. Libro Cuarto, capítulo 2: A través de las ciénagas).

 

(*) Nota importante: Aunque el Calendario de la Comarca no coincide con el calendario Gregoriano (hay una diferencia de 10 u 11 días entre uno y otro dependiendo del día en el que se celebre el solsticio de verano), hemos decidido publicar los acontecimientos según su fecha original y no adaptar las fechas a nuestro calendario (de hacerlo, el 25 de marzo del Calendario de la Comarca sería nuestro 14 ó 15 de marzo). Nos parece lo más lógico no solo para evitar confusiones sino para mantener la coherencia con el hecho de celebrar el Día Internacional de Leer a Tolkien el 25 de marzo (fecha en la que se derrotó a Sauron) y el Día Hobbit el 22 de septiembre (fecha de los cumpleaños de Bilbo y Frodo).
 

(*) Nota 2: En el Calendario de la Comarca todos los meses, incluyendo el mes de Solmath (febrero), tienen 30 días, además de cinco días adicionales (los dos días de Yule, los dos días de Lithe y el Día de Año Medio). Obviamente en el calendario gregoriano el mes de febrero solo tiene 28 días (29 en los años bisiestos), por lo que en este día contamos los acontecimientos tanto del 28 como del 29 y 30 de febrero.

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