Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado

Finalizada 111 fragmentos Página 1 de 16
Fragmento 1 por Narrador

El sol brilla tras los cristales cuando Ronagan entra la biblioteca y avanza lentamente hacia su escritorio situado al final del pasillo. Se dirige hacia un escritorio con algunos libros amontonados, limpios y ordenados, que acompañan su descanso junto a varias velas bien útiles y necesarias en las altas horas de la madrugada que a veces llegan a alcanzarle. Tomando asiento, aparta el tomo finalizado la noche pasada y toma uno nuevo. Es un tomo relativamente nuevo comparado con el resto que cita como título "Camino hacia la luz" en unas paradójicas letras negras, grabadas en el forro de piel de color marrón rojizo. Ronagan mira por un momento el cielo despejado que inunda el cielo, y toma a su vez una profunda y calmada bocanada de aire, antes de adentrarse en su lectura. Tras abrir el tomo y dedicar un tiempo a mirar el mapa grabado en las primeras páginas, comienza su lectura.

CAMINO HACIA LA LUZ

Corría el año 179 de la Cuarta Edad del Sol y el próximo este de la Tierra Media soportaba una larga sequía, especialmente desde los últimos años del primer siglo de la nueva edad, cuando había sido víctima de veranos muy extremos, numerosas plagas y enfermedades y la invasión del pueblo de los haddaryai. Apenas ya se recordaba el nombre por el que fuera conocido en la tercera edad, la Tierra Olvidada, pues también su nombre había sido ya olvidado. Ahora formaba parte de una vasta extensión de tierra, Ambaron, que se extendía hasta más allá del mar del norte, el cual ahora era una depresión desértica y salina y que la conectaba con otras tierras para formar el mayor continente de Arda en aquella época.

LIBRO 1. RECUERDOS DEL PASADO

[Editado por narrador el 22-02-2010 17:09]

Fragmento 2 por Narrador

Capítulo 1. Una invitación inesperada

En la costa septentrional del mar de Rhûn, sobre la desembocadura de un pequeño río que moría en ese mar y bajo los esbeltos árboles del bosque Taur-Romen, existía una ciudad élfica. Había sido fundada en el siglo XIX de la Segunda Edad del Sol y recibía el nombre de Cadraldôst “La Ciudad del Árbol Rojo”, pues sus fundadores venían del norte y portaban con ellos el esqueje de un árbol de reflejos rojizos que plantaron en una de las islas que dejaba el delta del río. Allí habían construido un templo para ocultarlo.

El templo donde se ocultaba el Árbol Rojo se hallaba en Rambegor, una de las islas que componían aquella ciudad élfica, que fue emplazada sobre las islas del río Nenellë, que desembocaba en el norte del mar de Rhûn. Rambegor era la zona más importante de la ciudad y era donde se hallaba Telmindon, el palacio de los Reyes Élficos, y la zona de gobierno, y se unía con las otras partes de la ciudad a través de puentes sobre el río. La ciudad, a su vez, se conectaba con tierra firme a través del sindras, el camino viejo.

En el año 179 de la cuarta edad del sol, la ciudad celebraba el centenario de la victoria de Gondor y Cadraldôst sobre los hombres de Haraband, al sur del Mar de Rhûn. Se organizó una gran celebración y Gondor fue invitado al evento. Mêlel y Anfalas, los Reyes Élficos de la ciudad, aunque eran elfos avari y no eldar, tenían muy buena relación con el Rey de Gondor desde que en el año 79 habían derrotado juntos al Señor de Rhûn.

En Aradol, otra de las partes más importantes de la ciudad, el mercado bullía con intensidad, vendedores y compradores de pieles, productos de herrería o artesanía visitaban esos días la ciudad.

[Editado por narrador el 22-02-2010 17:09]

Fragmento 3 por aratir

Sobre un panteón de mármol se hallaba el árbol cuyas ramas, florecientes y vigorosas, irradiaban un suave reflejo rojizo sobre el jardín donde estaba. El árbol había sido testigo de innumerables acontecimientos, de casi olvidadas historias y de no pocas y cortas conversaciones. Pero aún entonces, en la cuarta edad del sol, en la era de los hombres, se mantenía imperturbable como muestra de la reducida existencia élfica en un mundo dominado por los hombres. Él lo sabía y era consciente de ello cuando acariciaba la suave piel de las hojas del Árbol Rojo de Cadraldôst. Llevaba un buen rato ahí, junto al árbol, e incluso había olvidado la misteriosa nota.

Lentamente, con la melancolía en sus ojos de recuerdos pasados pero no olvidados, se echó la capucha sobre su rostro para ocultarlo y caminó hacia el exterior de aquel jardín, confiando en que no fuera visto en aquellas estancias prohibidas. Los habitantes de la ciudad andaban esos días preparando la celebración para la semana siguiente de una importante festividad en la ciudad por lo que esperaba no ser descubierto. Rápidamente, cruzó un edificio abovedado de sesenta y cuatro pilares y avanzó a través de un sendero laberíntico natural, un bello enclave de aquella zona de Cadraldôst.

[Editado por aratir el 15-02-2010 09:20]

Fragmento 4 por Cudesas

Varias veces al año, tenía lugar una reunión de prácticamente toda la familia Thorondil en la Marca Verde. Las primeras reuniones se realizaron en Taur Mindon, una recia fortaleza situada en el Camino de Harad, divisoria de los dos señoríos de la Marca, pero cuando la salud del viejo Eärondûr empeoró, las reuniones se trasladaron a Sinya Gûlninquë, la pequeña ciudad construida en las estribaciones suroccidentales de las Ephel Dûath y capital del señorío del mismo nombre. Y por tradición, aún se reúnen en esta ciudad.

En esta ocasión, era la sexta vez que la familia se reunía desde el comienzo del año 179. Una anciana Níone era la Cuarta Señora del Poros y un más joven Belecthor era el Quinto Señor de Sinya Gûlninquë; sin embargo, presidían la reunión las más ancianas de la familia: Helluin y Luinil, hijas de Ancalimë y Wilwarin y Remmirath, hijas de Eärendil (el primogénito de Eärendil, Beregond, aún vivía, pero sus deberes en la Corte Real lo mantenían en Ithilien).

La reunión transcurrió normalmente, se discutieron algunos problemas internos de la Marca y se trataron los renovados ataques en la frontera este que cada vez eran más violentos. Finalmente se habló sobre una carta de la Corte que había llegado un par de días antes.

- Se nos invita a celebrar el centenario de la batalla cuya victoria dio origen a la Marca Verde, aquella en el lejano Rhûn en la que combatieron mi madre Ancalimë y mi tío Eärendil –resumió Helluin.

- ¿Y quiénes irán? Sería muy poco diplomático no enviar a nadie teniendo en cuenta que aquella batalla nos proporcionó estas tierras... pero ahora estamos muy ocupados preparando nuestro propio centenario y con esos nuevos ataques en el este... –respondió Belecthor.

-¡Que vaya Eärondûr! –exclamó Remmirath.

- Madre, Eärondûr murió hace ya unos años –susurró Beriadan.

- Mi abuelo no, idiota, me refiero a mi nieto.

- Pero si aún es muy joven, acaba de cumplir los 22...

- Y cada vez se parece más al viejo Eärondûr –intervino Wilwarin-. Creo recordar que tras el tercer incendio, ha sido al único Thorondil al que se le ha prohibido estudiar en la biblioteca de Sinya Gûlninquë...

- Tras el cuarto incendio, querida –corrigió Luinil.

- ¿Y dónde está ahora por cierto? –preguntó Helluin.

- Ha salido temprano a la montaña, cree saber dónde se esconde un grupo de enanos –respondió Beriadan.

- Creo que está claro Beriadan, tu hijo será el representante de la Marca Verde en esa fiesta de aniversario... aquellas tierras están suficientemente lejos como para que no nos declaren la guerra si mete mucho la pata –concluyó Remmirath.

- Está bien, no creo que corra ningún riesgo en este viaje... y nosotros estaremos más seguros con él en Rhûn. Los cimientos de la casa y los animales del establo suspirarán aliviados cuando se sepa la noticia.

Un par de días después, el joven Eärondûr partía montado en un caballo pardo hacia la ciudad de Osgiliath.

[Editado por Cudesas el 20-02-2010 13:54]

Fragmento 5 por Finlaure

Aún con las gotas del rocío bañando los lúcidos petalos de las flores de Lys que cubren las verdes praderas circundantes, alguien muy madrugador sale de la oscuridad de las cuevas que llevan hasta el reino enano de Aglarond, su ceño esta truncado y balbucea cosas sin sentido mientras sostiene con fuerza su carruaje...

- Más de 30 años bajo la roca y quieren sus Señores que para una vez que sale, éste enano se moje. - Refunfuña Mazan tras observar el encapotado cielo.

El Anciano enano calcula las ganancias que le podrían suponer un buen comercio con la mercancía que carga, pero aún le espera un largo camino hasta SCA, dónde Mazan espera llegar con las existencias justas, ya que hasta sus oidos han llegado palabras dulces de los comerciantes sobre el mucho transito que tendrá lugar en Cadraldôst en pocos días. Cadraldôst... ese nombre abruma el corazón de Mazan, jamás ha viajado tan lejos, y menos ha visitado una ciudad tan al Este... Absorto en sus pensamientos, el naugrim se pierde en la bruma de la mañana camino a la lejana ciudad de Osgiliath, por la que espera tener un paso seguro al cruzar el Anduin.

[Editado por Finlaure el 16-02-2010 01:22]

Fragmento 6 por Aragorn_II

Varyamo Lintesereg estaba en la Ciudadela de Minas Tirith, contemplando las tierras que se abrían ante sus ojos. Anor brillaba radiante en lo alto del cielo, iluminando y llenando de vida todos los rincones de la Tierra Media. El brillo del sol se reflejaba sobre las tranquilas y caudalosas aguas del Anduin, que refulgían en tonos dorados y plateados, así como en la plata o el mithril que coronaban algunas de las altas y blancas cúpulas de los edificios de Osgiliath. Desde el sur, el viento arrastraba la suave fragancia de los bosques y jardines de la Marca Verde, y un rumor del lejano mar. Pero los ojos de Varyamo estaban fijos en el este, intentando descifrar lo que se ocultaba no sólo más allá de las Ephel Dúath, sino incluso lo que había más allá de Khand.

Desde hacía ya largos años, Varyamo sentía un peso en el corazón, algo que no sabía muy bien cómo explicar. Pero con el paso del tiempo, un ansia creció también en su interior, un ansia que lo impulsaba a partir hacia el este y seguir así los pasos de su padre Haeré y averiguar lo que fue de él, si finalmente regresó al Reino Unificado o si murió antes de llegar. En estos pensamientos andaba sumido Varyamo cuando escuchó a su espalda la voz de Eldarion.

-Veo que aún tus pensamientos se dirigen hacia el este y que la duda sobre el destino de tu padre aún te carcome el espíritu. ¿Cuántas veces habrás pensado en partir de noche y encaminarte solo hacia el este para responder a ese ansia que te atormenta?-

-Muchas mi señor, pero me debo a mi juramento, a Gondor y Arnor y a vos. Y esas obligaciones están por encima de cualquier deseo o ansia personal- replicó Varyamo mientras intentaba esbozar una sonrisa. Pero Eldarion, que tenía a Varyamo casi por un hermano mayor, sabía que detrás de esa sonrisa y esas palabras calmadas, se hallaba un espíritu inquieto que sufría mucho.

-Mi buen amigo, te conozco desde que tengo memoria, y hoy no estaría aquí si no me hubieras salvado de morir ahogado en las frías aguas del Lago del Crepúsculo aquel día de verano de haces tantos años. Hemos cabalgado y enfrentado juntos al enemigo en no pocas ocasiones, y no puedes ocultarme tu sufrimiento- Eldarion hizo una pequeña pausa y luego prosiguió- Además, tengo una noticia que te alegrará. En unas semanas se conmemora el centenario de nuestra victoria sobre el Señor de Rhûn, y en Cadraldôst se está organizando una gran fiesta para celebrarlo. Los Reyes elfos Mêlel y Anfalas nos han invitado a la celebración, y he pensado en que tú seas quien encabece la comitiva de Gondor. Además de muchos grandes señores y caballeros, os acompañarán muchos comerciantes que irán también a Haraband a establecer nuevas relaciones comerciales con el Señor de Rhûn-

-¡Mi señor! Debéis ir vos y no yo, de lo contrario los reyes Mêlel y Anfalas podrían tomar vuestra ausencia como un insulto. Además, la Marca Verde está siendo atacada nuevamente por los Haradrim, y estaba preparando una compañía con la que marchar a Umbar y colaborar en su defensa- exclamó Varyamo.

-Varyamo, en efecto, la situación en la Marca Verde es complicada, y no sólo son los Señoríos del Poros y Sinya Gulniquë los que están en peligro, sino también la propia ciudad de Umbar y nuestros territorios más meridionales. Por eso he decidido que seré yo quien encabece el ejército que vaya a enfrentar a los Haradrim. He escrito una carta para los Reyes Mêlel y Anfalas, misiva que has de entregarles en mano. En ella, explico el por qué de mi ausencia, y estoy seguro que ellos entenderán los motivos. Por una vez, descansarás de la batalla, y así tendrás la oportunidad de conocer la hermosa ciudad de Cadraldôst. En la guerra contra el Señor de Rhûn tú mandabas a los ejércitos del sur y no pudiste contemplar la bella ciudad élfica- cuando terminó de hablar, Eldarion le entregó un sobre lacrado a Varyamo, quien lo examinó por un momento y lo guardó bajo su capa.

-Muy bien mi señor, si ésa es vuestra voluntad, así se hará- dijo Varyamo. Ambos se quedaron juntos por un momento en silencio. Varyamo miró hacia el sur, hacia la colina de Emyn Arnen, en el Ithilien Sur. Unos kilómetros más al sur, la tierra hervía de actividad. Unas largas hileras de carros y hombres procedentes de Osgiliath y la Marca Verde convergían en un lugar cercano a la ribera del Anduin.

-¿Cómo marcha la reedificación de Minas Ithil, mi señor?- preguntó Varyamo.

-Bastante bien, se están completando los cimientos, y esperamos que la Torre principal esté finalizada a finales de año. Pero las obras no concluirán por completo al menos en varios años. En la reedificación de Minas Ithil están trabajando los mejores artesanos de la Tierra Media; hombres de Gondor, Arnor, la Marca Verde y la ciudad de Valle junto a Enanos de Aglarond y Erebor. Será una ciudad magnífica, pues cuando esté acabada vendrán además varios grupos de Elfos del Bosque Verde y Lórien Oriental para trabajar en sus jardines. Pero dejémonos de hablar del futuro y ciñámonos al presente. Tu comitiva aguarda en el patio. Antes de venir a verte, un mensajero me ha informado que la comitiva de la Marca Verde ya ha llegado a Osgiliath, donde esperan nuestra llegada. El grupo de la Marca Verde está encabezado por el joven Eärondûr, al que creo que ya conoces. Desde Osgiliath hay unas 900 millas hasta Cadraldôst, así que os espera un largo viaje. ¡Buena suerte en tu búsqueda amigo mío!- dijo Eldarion.

Tras la despedida, Varyamo bajó al patio y partió al frente de la comitiva de Gondor. Al llegar a Osgiliath, no tardaron en encontrar a Eärondûr y los suyos…

Fragmento 7 por Thirian

Cerró los ojos. Inspiró lenta y profundamente. Dejó libres su alma y sus sentidos. Percibió la caricia del viento, los arañazos rudos pero dulces, extrañamente dulces, de la arena, la calidez de la luz del Sol sobre su piel, la pesadez de sus ropas y sus alforjas, la presión del cuero de las botas sobre sus pies, el latido tranquilo y controlado de su propio corazón, extendiéndose por su cuerpo, su cuello, su frente, sus dedos...

Y sí, lo sintió. Posó el bastón de ébano sobre la arena, un poco hacia delante. Para muchos de sus compañeros del Círculo, incluso para alguno de los zahoríes superiores, encontrar agua era algo sumamente complejo que requería de su absoluta concentración, de pensamientos y deducciones complejas que los terminaban extenuando. Para él, sin embargo, era diferente. Quizá por su sangre Náredain, aún fuerte a pesar de haberse diluido con el tiempo, la búsqueda era un asunto instintivo, puramente sensorial. Percibía la presencia de agua sin pensar, guiándose por sus corazonadas. El bastón hacía el resto.

Avanzó por la arena, aún con los ojos cerrados. Le ayudaba a no distraerse y, respecto al hecho de no ver, al fin y al cabo contaba con un cayado. Para él, Vaereth de los varantes, sentir el agua era como beber un líquido helado cuando se es presa de un inmenso calor. Placentero, doloroso, deseado, insano... El bastón le transmitía ese "frío", tanto más intenso cuanto más próximo se encontraba.

Cuando se supo suficientemente cerca, suspiró, abrió los ojos y buscó un lugar para descansar. Que fuera algo instintivo para él no lo convertía en más fácil. Sacó de la mochila unas hierbas, resecas después de tanto tiempo, que los varantes cultivaban, las eldhaneth, para mitigar el dolor de cabeza. Mascó apenas un par de hojas, con precaución. Iba a tardar en poder reponer sus existencias.

Una vez descansado, se levantó y se estiró ruidosamente. Que hubiera agua accesible no implicaba que fuera a ser fácil extraerla. Suspiró, sin ganas de hacer lo que tocaba. Pero sus existencias de agua eran limitadas, y no durarían hasta las praderas élficas. Extrajo sus herramientas de la mochila.

Recordó la conversación que mantuvo una vez con un ciudadano de Varendia.

- Vosotros, los zahoríes, sois gentes increíbles -decía con admiración-. De todo sabéis, todo hacéis, de todo entuerto os libráis.

Vaereth rió con fuerza durante mucho, mucho tiempo.

- ¿Nosotros? Por Marath, nada más lejos de la realidad. Un zahorí tan sólo ha de saber tres cosas: cavar, picar y ser consciente de que tendrá que hacerlo muchas, muchísimas veces a lo largo de su vida.

Uno podría haber contemplado aquel atardecer, rojo como el fuego, rojo como la sangre. Uno podría haber disfrutado de aquel contraste, aquellos colores fuertes, alegres en mitad de la desolación de las dunas. Uno podría haber escuchado el silencio, advertido los pequeños rastros de vida, sentido la suavidad de la arena, cada vez más fría, cada vez más fría, anegando zapatos, botas y sandalias, rodeando la piel con un manto dulce, templado...

Podría haber disfrutado de todo aquello y, sin embargo, no lo hizo. Nada perturbaba la soledad de aquel espléndido atardecer en mitad de más nada aún. Tan sólo un viajero, solitario, continuaba su viaje apoyado en su negro bastón. Continuaba, con el horizonte rojizo frente a él, sabiéndose afortunado.

Aquella ciudad, donde todo era extraño, le hacía sentirse desconcertado, desorientado, fuera de lugar, inútil incluso. Elfos. Vaereth nunca podía concebir en su cabeza completamente lo que significaba ser elfo. Suponía que significaba algo más que canciones, pieles claras y orejas puntiagudas, y acertaba. Era un principio. Pero, ¿qué necesidad tenían los elfos de su capacidad de encontrar agua, si ellos eran poseedores de magia mucho más antigua? ¿Qué podía esperar, aparte de risas, si intentara hablarles de los dioses varantes? ¿Qué sabiduría les ofrecería a ellos, diez, veinte y treinta veces más mayores que él?

No, no. No tenía nada que hacer allí. Y sin embargo, allí estaba, y no por primera vez. Los elfos lo recibían con respeto y amabilidad incluso, y escuchaban con gusto sus canciones. Por todos los espíritus, a veces hasta le pedían explícitamente que cantara. No lo entendía, y eso le dolía en el orgullo. Aunque su orgullo no solía quedar mal parado cuando visitaba Cadraldôst, si se tiene en cuenta el respeto que sus habitantes le brindaban.

Además, allí podía encontrar cosas del lejano Oeste, artefactos extraños y juguetes curiosos que los niños de Varendia siempre buscaban con avidez. Y muchas, muchas provisiones. No, diablos. No valía la pena quejarse. Aquél era un buen lugar, con buenas gentes.

En ésas estaba, cuando se sumergió de lleno en la vida élfica y, de nuevo, quiso desaparecer de allí, escapar, volatilizarse. Elfos... ¡Elfos por todas partes! Por Nith, en Varendia los elfos no eran mucho más que historias de antiguas leyendas que las abuelas contaban a sus nietos.

Resignado, se dirigió silencioso a los mercados. Prestó atención a los productos que se ofrecían, y pronto se ensimismó en sus pensamientos. Algunos elfos parecían reconocerlo, pero distinguían su mirada meditabunda y respetaban su soledad. En eso, en paciencia, los elfos superaban incluso a los varantes. Lo cierto es que no le sorprendía.

Al final, por supuesto, se obró el milagro. Se olvidó de que estaba rodeado de seres inmortales, se sumergió en la vida urbana de la que procedía tan sólo una pequeña parte de su ser.

Estaba en Cadraldôst, ciudad de Elfos. Y Vaereth, a pesar de sus limitaciones, estaba seguro en, al menos, un punto respecto a los elfos: que cualquier cosa, extraña o maravillosa, podía esperar de ellos.