Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
La noche transcurrió tranquila y el alba trajo a los viajeros una extraña serenidad que no habrían sabido explicar. El cielo amanecía limpio y despejado, sin ninguna nube al alcance de la vista que perturbara el paisaje. Un viento frío soplaba del norte, aullando al colarse entre las fisuras y las grietas de las colinas. Al despertar, se encontraron con Olostarin y Mazan jugando a un extraño juego con unos objetos más extraños aún. Mientras Vaereth y Firye rebuscaban entre las menguadas provisiones algo que comer en esa fría mañana, el resto se acercaron al Elfo y al Enano, que los miraban con aire sorprendido, como mira un niño cuando le sorprenden haciendo algo que no debería.
-Vaya, vaya…. valientes centinelas que pasáis toda la noche jugando en vez de prestar atención a la guardia- dijo Eärondûr con una sonrisa.
-Mira quién fue a hablar- respondió burlonamente Olostarin mientras se guardaba las perlas en un bolsillo.
-¿Qué es eso? ¿Con qué estabais jugando?- preguntó Vilendil.
-Ah, esto--- dijo Olostarin enseñando las perlas mientras se encogía de hombros- No lo sé, al poco de empezar la guardia fui a dar una vuelta y su brillo me llamó la atención. No sé por qué las cogí, fue como si una especie de impulso me dominara…-
-¡Y luego soy yo el ladrón de tumbas!- exclamó Narudud.
-Déjame verlas- dijo Vilendil, y Olostarin le entregó las perlas.
-Pensé que eran una especie de perlas, pero no estaba seguro, uno escucha vuestras historias y se espera cualquier cosa. Había pensado preguntaros, como conocéis tanto de la historia de estas tierras y no os importa compartir ese conocimiento exhaustivo con todos nosotros, pensé que tal vez podíais iluminarme- añadió Olostarin con una sonrisa pícara.
-Un día encontrarás a compañeros menos pacientes que nosotros, y entonces tu insolente lengua podría meterte en problemas- replicó Varyamo siguiéndole el juego al Elfo, que se limitó a esbozar otra sonrisa.
-No son perlas- dijo Vilendil, que había permanecido en silencio examinándolas.
-¿Y qué son? ¿Es algún tipo de objeto mágico con grandes poderes?- preguntó Olostarin.
-Son algún tipo de gema, pero no adivino cuál. En su cara interna tienen grabado el símbolo del Clan de Las Damas Oscuras. Eran muy reservadas y guardaban sus secretos con celo. Es difícil decir lo que son. Podrían haber sido un simple adorno en la armadura de alguna de sus guerreras, o una prueba de amor que atesorara alguno de sus soldados. No creo que tengan ningún poder mágico, aparte de su brillo, lo siento Olostarin- dijo Vilendil, devolviéndole las gemas.
-¿Y por qué estás tan seguro?- volvió a preguntar el Elfo.
-Pues porque no me imagino a ninguna Dama dejando algún objeto mágico de gran poder en un campo de batalla, aunque su dueña hubiera muerto. Sabían perfectamente quién portaba qué objeto, y no se tomaban esas cosas a la ligera- respondió Vilendil.
Vaereth y Firye llegaron unos minutos después, y tras repartir las cantimploras y las provisiones, comieron en silencio pensando en la nueva etapa que les esperaba. Sabían que había llegado el momento de tomar una decisión, una decisión que habían postergado quizás demasiado, pero que tampoco podían haber tomado mucho antes debido al estado de Varyamo. Sabían que seguir la ruta que habían previsto originariamente en aquella sala del Telminton hace algo más de un mes era demasiado arriesgado, pues los acercaba demasiado a las Emyn Ghâsh y a la tierra de Udûn. Debían encontrar otra ruta, y todos agradecieron entonces la presencia de Vilendil, pues era el único que conocía aquellas tierras. Tras el breve desayuno, fue Eärondûr el que rompió el silencio.
-Muy bien, ¿y ahora qué hacemos? Porque creo que todos estamos de acuerdo en que no podemos continuar con nuestra ruta original, es demasiado peligrosa. Asi que hay que encontrar otro camino para llegar a Sein Cair Andros- dijo el hombre.
-Y tampoco puede ser un camino demasiado largo. Nos quedan menos de la mitad de las provisiones con las que partimos de Cadraldôst, y no nos durarán mucho más de tres semanas- añadió Firye.
-Sólo nos queda una alternativa entonces. Atravesar el Paso de Cilross. Es el único camino que atraviesa las Ered Meneltobas, aunque es un camino que no está exento de riesgos. Por eso lo descartamos cuando preparábamos el viaje- dijo Varyamo.
-¿Por qué exactamente lo descartasteis? Yo no estaba cuando preparabais la ruta, y sin embargo ahora me gustaría conocer esos riesgos que decís que entraña el atravesar ese paso de montaña- preguntó Firye.
-Mi padre me contó que era un paso peligroso en el que siempre, sin importar la época del año, caía una fina lluvia que hacía que el suelo fuera muy resbaladizo y traicionero. En algunos tramos, el paso se estrecha bastante hasta formar una angosta garganta por la que apenas puede pasar un hombre fornido a pie. Además, hay que tener en cuenta que en aquella época, el paso era muy transitado, pues era el camino más rápido entre Sein Cair Andros y el resto del Reino Unificado. Pero lo más probable es que nadie haya atravesado el paso en casi un siglo- respondió Varyamo.
-Precisamente al haber pasado un siglo, y con los cambios que han sufrido estas tierras desde entonces, el paso será más seguro al desaparecer la lluvia- intervino Vaereth.
-La lluvia que caía en el Paso de Cilross no era un fenómeno meteorológico natural, y por tanto seguro que a pesar de la sequía y de los cambios que ha sufrido esta parte del mundo, una fina lluvia seguirá cayendo allí, en el Paso de la Lluvia- replicó Vilendil.
-¿Pero por qué? ¿Qué hace a ese lugar tan especial?- preguntó Mazan.
-Sólo puedo contaros la leyenda, una leyenda anterior a los días de la fundación de Meluvenorë o el Reino Unificado, una leyenda cuyo origen se remonta al principio de los días. Se contaba que una Elfa Avari vivía allí junto a su esposo e hijos, en un humilde hogar que se encontraba en medio de un pequeño bosque a los pies de la montaña. Un día, unas bestias nacidas en la oscuridad del mundo atacaron la casa y mataron a todos cruelmente. Bueno, a todos no, pues se dice que cuando aquellas inmundas criaturas abandonaron el lugar, la Elfa aún vivía, y lloró su desgracia a la montaña. Y se cuenta que el espíritu que vivía en su interior la escuchó y se apiadó de ella. Y antes de que muriera, le prometió que su pena y su llanto serían eternos en ese lugar, limpiando con lágrimas, desde las más altas cumbres, la sangre vertida con injusticia aquel día. Y también prometió que el mal quedaría alejado de allí hasta el final de los días. Así, todo Elfo, Hombre, Enano, bestia o criatura alguna que se acercase sabría de su dolor, y mojándose con una lluvia fría y caminando por una senda tortuosa, sentirían el peso de la desgracia sufrida por ella, siendo de llovizna y frío para los corazones oprimidos, y de niebla y granizo para aquellos orgullosos y malignos- respondió Vilendil.
-Encantador... ¿por qué todas las historias que contáis de estas tierras son tan alegres?- preguntó Olostarin.
-¿Acaso la mayoría de las historias y leyendas de la Tierra Media lo son más?- replicó Eärondûr.
-Si lo he entendido bien, aquellos de corazones puros y nobles no han de temer ningún mal en el Paso de la Lluvia. Ha de ser sin duda una travesía lenta y fatigosa, pero atravesar las montañas siempre reconforta el ánimo de cualquier Enano- dijo Mazan animado.
-Me temo que eso poco aliviará nuestro desánimo, Maestro Enano- dijo Narudud algo abatido –Pero también es cierto que no hay ninguna otra senda ante nosotros, asi que hemos de afrontarla lo mejor que podamos-
-Podría haber otro camino, también peligroso y tortuoso- terció Vilendil, y todos le miraron con asombro.
-¿Cómo? Creía que no había ningún otro paso que cruzara las Ered Meneltobas entre su estribación noroccidental y Meluvenorë- djo Varyamo.
-Yo también lo creía, porque el paso al norte de Enyelost queda demasiado lejos para nosotros- añadió Eärondûr.
-Y no lo hay. Al menos no en la superficie- respondió Vilendil- Cuando se hubo concluido la edificación de Meluvenorë, los Maestros Enanos de Erebor que habían decidido acompañarnos al Este comenzaron a excavar en la montaña, y no tardaron en crear un conjunto de túneles y galerías de gran belleza que fueron decorados por los Elfos. Hermosas linternas de oro y plata daban luz en los altos pilares, y los grandes muros fueron decorados con escenas que recreaban las grandes hazañas y gestas de los Días Antiguos realizadas tanto por Elfos, Hombres y Enanos. La entrada a la cueva estaba recubierta por un gran arco hecho de mithril en el que había grabada una frase en letras doradas y ámbar: “Ire lúmë quetia yaranda”-
-Donde el tiempo habla de Edades Antiguas- intervino Olostarin, maravillado.
-Así es. A las cuevas se les dio el nombre de Nierondo, La Cueva de las Lágrimas, por la forma en la que las gotas de agua habían trabajado pacientemente la roca durante las largas Edades.
-¡Por Durin! Por tus palabras se diría que es el lugar más bello y hermoso de la tierra. Daría cualquier cosa por poder recorrer tan maravillosas estancias, y aunque sólo fueran ciertas la tercera parte de tus palabras, y he aprendido que no eres de los que exageran al hablar, me sentiría tremendamente satisfecho y honrado- exclamó Mazan.
-Aquellas cuevas rivalizaban con Khazaz-dûm en sus días de esplendor. Pero creo que me ha invadido la nostalgia y es ella la que habla, disculpadme. El caso es que creímos prudente que hubiera un pasadizo que atravesara el corazón de las montañas hasta la provincia de Sein Cair Andros. Y nos fue muy útil, aunque llevó muchos años el finalizarlo. Su secreto fue confiado a unos pocos, y jamás fue divulgado. Sin embargo, han pasado casi cien años desde que Meluvenorë quedó abandonada, y lo más probable es que algunos túneles hayan quedado bloqueados por algún desprendimiento, o totalmente sepultados- dijo Vilendil apesadumbrado.
-Por lo que nos habéis contado, el riesgo existe en los dos caminos, pero lo que nos acabas de describir ha llegado a lo más hondo de mi ser, y mi corazón ansía contemplar semejante maravilla. Aunque el camino haya quedado bloqueado, siempre podremos dar media vuelta, y en nuestros corazones quedará para siempre el recuerdo de La Cueva de las Lágrimas- exclamó Mazan entusiasmado.
-Desgraciadamente mi buen Mazan, podríamos quedar atrapados en los túneles para morir asfixiados lentamente en las entrañas de la tierra- terció Narudud.
-Y aunque no quedáramos atrapados, de aquí a Meluvenorë hay por lo menos diez días de viaje, y poniendo que tardáramos sólo un día en descubrir que el pasadizo está bloqueado, serían once días malgastados inútilmente. Os recuerdo que nuestras provisiones alcanzarán para tres semanas como mucho, y desde Meluvenorë al paso hay por lo menos seis jornadas de camino. Atravesar el Paso de Cilross nos llevará al menos otros dos días más, y una vez atravesadas las Ered Meneltobas, nos restarán otras ocho jornadas hasta llegar a Sein Cair Andros. En total, y contando con que sólo tardásemos un día en descubrir que el camino está bloqueado, tardaríamos veintisiete días en llegar a nuestro destino. Y eso sin contar con ningún imprevisto. En cambio, desde aquí hasta Sein Cair Andros, atravesando el Paso de Cilross, sólo hay unas veinte jornadas de viaje. Creo que éste es el camino más prudente- dijo Vilendil.
-Desde que nos encontramos en las arenas del Mar de Fuego, Vilendil ha demostrado sabiduría y prudencia. Además, de todos nosotros es el que mejor conoce estas tierras, asi que yo voto por atravesar el paso- dijo Narudud.
-Lamento profundamente no poder contemplar los muros de Meluvenorë ni poder caminar por sus calles, pero creo que a pesar de todo, el Paso de Cilross es la ruta que entraña menos peligros- dijo Eárondûr.
-Estoy de acuerdo, además, no creo que pudiera resistir estar varios días sin ver el sol- intervino Vaereth.
-Yo también creo que debemos atravesar el Paso de Cilross- terció Firye.
-Después de tantos días de desierto tengo deseos de volver a ver naturaleza viva y agua, pero mi corazón está dividido, pues como a Mazan, las palabras de Vilendil también han despertado un anhelo en mi interior y desearía conocer esas cuevas. Pero realmente no sabría qué deciros- dijo Olostarin.
-Como Eärondûr, a mi también me pesa el no poder llegar a ver Meluvenorë, pero también opino que de nuestras alternativas, la menos mala es la del Paso de Cilross, aunque sin duda los camellos sufrirán enormemente- dijo Varyamo.
-Os comprendo a ti y a Eärondûr, pero el no poder contemplar una vez más Meluvenorë me apena y me entristece mucho más de lo que imagináis- replicó Vilendil.
-Bueno, reconozco los deseos de la mayoría, y los acepto, aunque en mi corazón ha quedado una gran pena. Quizás, no obstante, si cargásemos suficientes provisiones, podríamos pasar a nuestro regreso- dijo Mazan.
-¡Aún no hemos llegado y ya piensa en el viaje de vuelta!- exclamó Olostarin riendo.
-Es mejor no adelantar acontecimientos- dijo Narudud, y el trasfondo enigmático de sus palabras dejó desconcertados a los demás.
Mientras Olostarin, Mazan, Eärondûr y Vaereth recogían el campamento, Vilendil y Firye ayudaban a Varyamo a montar en el camello. Narudud paseaba inmerso en sus propios pensamientos cuando de repente le asaltó el recuerdo del dolor que sintió al empuñar aquella espada de Udûn. Y mientras se apretaba el vendaje que le hizo Firye, cayó en la cuenta de que no le vendría nada mal tener una espada, y comenzó a caminar hacia los restos de la batalla. Estuvo deambulando durante un rato entre los vestigios de la gloria de antaño cuando la vio. Estaba clavada en lo que había sido la columna vertebral de un Olog Hai, probablemente la misma bestia que acabó con la vida de su dueño. A pesar de los largos años que habían pasado, la hoja se conservaba sin rastro de óxido o herrumbre, y las gemas de su hermosa empuñadura brillaban con la luz del sol. Narudud se acercó a ella y la examinó de cerca. Era una espada de gran linaje, fabricada por Elfos sin duda, de hoja larga y afilada, que había combatido en muchas y grandes batallas a lo largo de las Edades, empuñada por grandes Capitanes y Señores. Narudud la empuñó con la mano izquierda y la alzó. La hoja refulgió con furia al sentirse libre después de tantos años, y Narudud la observó en silencio, y la llamó Dôrmacil, la Espada de la Tierra. Buscó a su alrededor y no tardó en encontrar una vaina a la medida de la espada, aunque ahuyentó el pensamiento de que quizá le hubiera quitado la vaina a su legítimo dueño.
Los demás ya estaban preparados para partir, y al verlo llegar con la espada algunos sonrieron, pero nada dijeron, al recordar la herida en la mano de Narudud. Poco a poco, a medida que avanzaban, el paisaje iba cambiando. Atrás iban quedando las escarpadas tierras que rodean las cumbres de Uilumgardh y ante ellos se extendía una amplia estepa en la que la única vegetación existente eran las hierbas que tapizaban el suelo y algunos matorrales que salpicaban el panorama muy de cuando en cuando. El grupo continuó su viaje, y al sexto día advirtieron que el paisaje adquiría un tono más verde y lleno de vida. La vegetación era más abundante a medida que avanzaban hacia el Este, e incluso divisaban algunos árboles diseminados a lo lejos. Entonces comprendieron que el cauce del brazo septentrional del río Sirhelë, el Río de Cristal, no debía estar muy lejos. Llegaron a él en la tarde de aquél día, y la visión del río les alegró a todos. Decidieron acampar junto a la ribera del río, y tras montar el campamento, bebieron por turnos hasta saciarse y rellenaron todos los odres y cantimploras. Firye aprovechó para cambiar los vendajes de los heridos y volvió a lavar las heridas más graves, y la mayoría decidió bañarse en aquellas aguas cristalinas.
Después de tomar un bocado y, antes de dormir, rodearon el pequeño fuego que hicieron. El frío de la noche llegó junto a ellos para acompañarles en aquella velada en que el grupo apenas dijo una palabra. Todos estaban envueltos en sus pensamientos, preocupados por lo que el Paso de Cilross pudiera depararles. A excepción de Vilendil, ninguno de ellos había transitado aquella zona que otrora fuera llena de vida y bullicio y que ahora era una región desierta y olvidada.
Establecieron los turnos y, mientras Firye y Vilendil se quedaban alrededor del fuego, el resto se recostó para poder dormir algo aunque sus miles de pensamientos apenas le dejasen. Poco a poco, la mayoría se fue dejando sumergir por los brazos de Morfeo excepto Narudud que apenas podía coger el sueño. De vez en cuando cerraba los ojos y parecía dormirse al fin, pero entonces un leve sonido le devolvía a la vigilia. El viento soplaba bastante frío desde el norte mientras las estrellas titilaban tenuemente en lo alto de la bóveda. El silencio reinaba alrededor mientras el elfo dormía a saltos, despertándose a cada rato. Firye y Vilendil seguían ahí, junto al fuego, hablando en susurros apenas audibles.
Las horas pasaban y Calenên no terminaba de conciliar el sueño por completo por lo que, finalmente se incorporó, quedándose sentado. A su lado, Earondur y Varyamo dormían tranquilos. El nieto de los reyes de Cadraldôst estaba preocupado, sabía que, a cada paso que daba hacia el interior de las tierras de Reino Unificado, se acercaba al momento en qué conocería la verdad que su mente ocultaba. De repente, vio una sombra frente a él. Alarmado, miró a su lado y vio que Firye y Vilendil seguían sentados frente a la ahora reducta hoguera. El elfo buscó desesperado su espada, aquélla que había encontrado en el campo de batalla, pero no la halló. Mientras la sombra se acercaba hacia él, Narudud intentó levantase pero no pudo, algo muy fuerte lo mantenía en su posición. La sombra se acercó tanto que el elfo pudo distinguir aquella figura, se trataba de un hombre oculto por una capa que casi lo cubría por completo. Dos ojos negros brillaron en la oscuridad mientras de entre la capa salía una mano delgada que lo señalaba.
- No os alarméis, elfo. Sólo pretendo ofreceros mirar en el oráculo ya que en Cadraldost no pudisteis mirar.
Narudud, perplejo, se dio cuenta de que se trataba de aquel pitoniso de la ciudad de sus abuelos. Y vio la bola, que en aquella ocasión negó ofrecerle imagen alguna. Él no pronunció palabra y contempló como el pitoniso, que se había sentado frente a él, pasaba su mano sobre la bola negra. Ésta vez, la bola sí ofreció imágenes.
Miró detenidamente en la bola y vio un bosque envuelto en nieblas, un bosque que parecía ser bastante bello pero que se hallaba oculto por la impenetrable niebla. Se vio a él mismo acompañado de un joven humano. Y Narudud supo qué hacían allí. Buscaban un túmulo oculto en lo más profundo del bosque. El túmulo de un rey, Darlak, que había sido héroe en la segunda edad del sol, y cuyo túmulo escondía poderosos y bellos tesoros. El joven que le acompañaba era un descendiente de aquel rey y Narudud lo necesitaba para poder romper la protección mágica que aseguraba que el túmulo no era invadido como pretendía hacer Narudud. Las imágenes en la bola se sucedieron entonces de forma vertiginosa, mostrando a ambos buscar el túmulo por el bosque. La cripta que buscaban apareció de repente, orgullosa y alta, y también olvidada por el tiempo. El muchacho pronunció unas palabras y la cripta se abrió.
La imagen cambió y mostró al elfo y al joven humano frente a la cámara donde descansaba el cuerpo de Darlak. El Narudud de la imagen de la esfera tenía un semblante de plena satisfacción, ante él se hallaba los múltiples objetos que escondía la cámara del rey muerto, en especial dos, un yelmo y una espada muy poderosos. Las paredes empezaron a temblar cuando el elfo intentaba penetrar en la cámara, miles de trozos de piedra cayeron sobre el elfo mientras el joven humano corría en busca de la salida. Narudud quedó sepultado.
Ahora la bola volvió a cambiar de imagen y le mostró la imagen de él tumbado al aire libre y una sombra a su lado. No se distinguía a la persona que estaba junto a él pero Narudud sabía perfectamente quién era. Aún más repentinamente que las veces anteriores, la imagen cambió y apareció en la bola el rostro de Firye. Narudud se sobresaltó pues Firye le miraba de forma extraña y sus ojos le taladraban la cabeza. El elfo empezó a agitarse, temblando y, entonces, despertó.
Frente a él se hallaba Firye, lo había escuchado agitarse en sueños y había acudido a él para ver qué le ocurría. Narudud miró a la elfa desconcertado. Cerca de él, Varyamo y Earondur se habían despertado también, era el turno de su guardia y del relevo a Firye y Vilendil.
- Estoy bien – aseguró Calenên en voz bastante baja para no despertar al resto. – He tenido un mal sueño, eso es todo. Y ahora creo que no podría dormir, así que si os parece bien haré yo la guardia en vez de uno de vosotros.
El elfo miró a Varyamo y Earondur que se levantaban en ese momento.
- No, tú descansa. Es nuestro turno ahora – indicó Varyamo.
- En serio, no podría. Estoy ya desvelado. Me quedaré con vosotros al abrigo del fuego.
Firye y Vilendil se fueron a dormir, y los otros tres se quedaron a cargo de la pequeña hoguera, de la que apenas quedaba unas cuantas brasas. Hacía bastante frío, por lo que aquellas brasas eran bastante insuficientes.
- ¿Qué has soñado para te hayas despertado tan bruscamente? – preguntó Varyamo mientras agitaba levemente las brasas en un intento porque éstas no terminaran por apagarse.
Narudud aún se sentía inquieto al pensar en la bola negra y las imágenes que ésta le ofrecían.
- Más que un sueño…parecía tan real. Estaba ahí – señaló en la dirección donde hasta hacía un momento había estado durmiendo.- Era el pitoniso de Cadraldost, aquél que tenía una bola vidente. Estaba vez, la bola sí me ofrecía imágenes.
- ¿Y qué viste? – se interesó Earondur.
- Vi…vi algo que sucedió hace algunos meses. Fue al norte, a una tierra lejana, en busca de un…tesoro. Y cuando estaba en una gruta, parte de ésta se vino abajo y quedé sepultado.
- ¡Vaya! ¿Y cómo conseguiste sobrevivir? – preguntó Varyamo.
- Un extraño me ayudó, pero apenas recuerdo mucho. Recibí un golpe tan fuerte en la cabeza que…digamos que mi mente desde entonces se halla confusa para mí. Pero bueno, prefiero no hablar más del tema. Aún tiemblo cada vez que lo recuerdo.
Varyamo y Earondur se miraron y se encogieron de hombros.
- Pues yo también he soñado – informó Earondur.- He soñado con una ciudad que tenía una torre blanca, creo que era Gulninque. Habría dos ejércitos en sus puertas, combatiendo. Y luego he soñado con tres figuras, no sé quiénes eran pero estaban al frente de una gran mesa de color rojizo.
- El Concilio Rojo…- susurró Narudud más para sí mismo que para sus compañeros. Cuando se dio cuenta de que había pronunciado aquellas palabras en voz alta y que sus compañeros le habían escuchado, se arrepintió.
- ¿El concilio rojo? – preguntó Varyamo, extrañado.
- Si, hace algunas décadas se reunían en Cadraldost gente importante de Ambaron. Se hacía llamar el Concilio Rojo y estaba dirigido por tres sabios. No sé qué debatían ni dónde están ahora esos sabios. Por esa época iba poco por Cadraldost.
- ¿Y de dónde venían esos sabios? – continuó preguntando el hijo de Haeré.
Narudud se encogió de hombros.
- No tengo ni idea. Quizás mis abuelos lo supieran…
Ninguno preguntó nada más, conscientes de que Narudud no tenía muchas ganas de hablar sobre aquello. Así que, durante el resto de la noche, no volvieron a sacar el tema. Fueron pasando las horas y, a pocas horas del amanecer, los animales de las cercanías empezaron con su actividad, anunciando la llegada del día. Varios pájaros se escuchaban aquí y allá. Finalmente el sol apareció en el este y el resto de compañeros empezaron a despertarse. Había que continuar el viaje.
Desmontaron el campamento y recogieron las cosas, mientras Vilendil exploraba la zona. Tan pronto como regresó, reanudaron la marcha. A lo lejos, las Ered Meneltobas se alzaban regias, testigo como eran de una época antigua llena de esplendor.
Habían avanzado todo el día hacia el Norte siguiendo el curso del río Sirhelë. Después de seis semanas en el Mar de Fuego, aquella región, aunque prácticamente desolada, les parecía a todos que estaba llena de vida. A pesar de la humedad que intensificaba aún más el viento helado que soplaba del Norte, les alegraba escuchar el murmullo del agua constantemente a su derecha, ya fuera fluyendo tranquila y reposadamente o precipitándose en algunos pequeños saltos. Estaban más animados, y a diferencia del viaje a través del desierto, conversaban entre ellos con frecuencia. Poco a poco, el terreno se iba elevando a medida que avanzaban, volviéndose cada vez más abrupto ante la cercanía de las gigantescas moles de las Ered Meneltobas. A la caída de la tarde acamparon a los pies de un pequeño promontorio rodeado por arbustos que se alzaba junto a la ribera del río, a la que se descendía por una suave pendiente. Mientras los demás preparaban el campamento y se acomodaban lo mejor posible, Eärondûr fue a recoger algo de leña para el fuego.
Pero el único que no se había sentido más animado con el nuevo paisaje era Narudud, que se sentía aún más inquieto desde que tuvo aquellos sueños la noche anterior. A diferencia de los demás, había pasado casi todo el día en silencio, y aunque había intentado disimular su inquietud lo mejor posible, sabía que la mirada de Firye se había vuelto hacia él con preocupación en varias ocasiones a lo largo del día. Mientras los demás hablaban sobre Sein Cair Andros, Narudud comenzó a alejarse, necesitaba estar en silencio para intentar ordenar sus pensamientos. Sin que se diera cuenta, sus pasos lo llevaron hasta la pendiente que conducía al cauce del Sirhelë, que en aquél paraje cruzaba una pequeña hondonada. El Elfo bajó por la pendiente, y tras doblar un recodo, llegó a la ribera del Sirhelë. Allí se dio cuenta de que en ambos márgenes del río, especialmente en la orilla oriental, crecían algunos árboles y arbustos. Narudud respiró profundamente y esbozó una ligera sonrisa que rápidamente se le borró del rostro.
-Hola saqueador… estás muy lejos de tu casa, o de Adudran, donde tienes amigos que esperaban noticias tuyas. Y no les ha gustado que les hayas hecho esperar tanto, estaban muy preocupados por ti- dijo una voz a su espalda.
Narudud se quedó paralizado, por un instante el miedo se adueñó de él. No podía ser, no podían haberlo encontrado, era imposible. Pero sobre todo, se maldecía por no haberse dado cuenta que alguien estaba acechándolo. Nunca le había ocurrido, hasta ahora. Más calmado, intentó pensar. Sólo había escuchado una voz, pero sabía que aquél hombre no podía estar solo. No sabía cuántos habían venido con él, quizás cinco o seis o quizás una docena, era imposible averiguarlo. Por un instante pensó que tal vez, sólo tal vez, podría defenderse de todos ellos el tiempo suficiente para que llegaran los demás a ayudarle. Lentamente, su mano se fue deslizando por su abdomen hasta acercarse a la empuñadura de la espada.
-¿Qué estás haciendo, saqueador? No hagas ninguna tontería… Mis órdenes son entregarte en Adudran, preferentemente vivo, para que puedas responder a las preguntas que tienen que hacerte. Pero sé que al visir tampoco le importaría demasiado que me presentara ante él con tu cabeza clavada en una pica- dijo la voz.
Narudud se detuvo y sacudió la cabeza. No, no había sido una buena idea. Habría caído muerto antes de desenvainar la espada, y tampoco quería condenar a Firye, a Olostarin y a los demás por su culpa. Ellos no tenían que pagar por sus errores.
-Me alegra que hayas entrado en razón, saqueador… Ahora, muy despacio, desabróchate el cinturón de la vaina y tírala hacia tu derecha. Después, date la vuelta con cuidado. No querrás que alguno de mis chicos se alarme y te atraviese el corazón con su espada, ¿verdad?- dijo el hombre riendo.
-¿Y si no lo hago, qué? ¿Me vas a matar?- replicó Narudud.
-Quizás… y después de matarte, subiremos a ver a tus amigos. Ha sido un viaje muy largo y penoso desde Adudran, nos has hecho dar muchas vueltas, saqueador. Nos merecemos una diversión y una recompensa después de tantas fatigas. Ya sabes lo bien que nos lo podemos pasar allí… seguro que nos divertiríamos mucho con esa muchacha que os acompaña… Haz lo que te digo, y quizás me olvide de ellos- dijo la voz.
Dominado por la furia, Narudud estuvo a punto de descontrolarse, pero finalmente obedeció, y cuando se dio la vuelta vio a siete hombres que lo rodeaban con las espadas desenvainadas. Aunque llevaban ropas ordinarias, sabía muy bien que debían pertenecer a la guardia de Adudran, aunque era incapaz de reconocer a ninguno.
-Muy bien, ya está. ¿Qué quieres de mi?- dijo Calenên desafiante.
-Ya te lo he dicho, llevarte de vuelta a Adudran, donde deberías haber estado hace meses. No es buen negocio contrariar al visir… y mucho menos enfurecerlo- dijo el hombre.
-No sé de qué me estás hablando. Y si lo supiera… bueno, digamos que eso es un asunto entre el visir y yo, no es un tema para tratar con simples subordinados estúpidos- replicó Narudud.
El hombre rió- Tienes valor saqueador, eso te lo reconozco… aunque no eres muy inteligente. ¿Crees que así ibas a conseguir enfurecerme y que en un arranque de rabia te mataría aquí mismo? No, saqueador… intuyo el destino que te aguarda en Adudran, y por nada del mundo querría privarte de él- respondió el hombre- ¡Bidoc! Registra a esta rata del desierto y después asegúrate de atarlo con firmeza-
Bidoc asintió y se acercó a Narudud. Lo registró de arriba a abajo sin ningún miramiento, y cuando hubo terminado, colocó sus manos a la espalda y las ató fuertemente con una cuerda resistente y áspera que se clavaba en la carne del Elfo. Pero mientras terminaba de atarlo, sucedió algo que nadie esperaba.
-¿Qué está ocurriendo Narudud? He escuchado risas… -
Era Eärondûr, que apareció doblando el recodo que poco antes había doblado Narudud, al que había visto alejarse del campamento mientras recogía leña. Le habían atraído las risas y las voces, y pensaba que alguien más había bajado a la ribera del río con él. Pero cuando vio lo que sucedía, que varios hombres rodeaban a Narudud y que uno lo estaba maniatando, Eärondûr se quedó paralizado por la sorpresa. Pero antes de que pudiera reaccionar, una mano grande le tapó la boca impidiéndole gritar, al mismo tiempo que unos brazos fuertes lo inmovilizaban. Eärondûr se revolvió sin éxito, intentando luchar contra aquellos hombres que lo retenían.
-Vaya, parece ser que no tendremos que ir a ver a tus amigos después de todo. No si ellos tienen la amabilidad de venir hasta nosotros. ¿No creerías de verdad que el visir no estaría interesado en conocer a tus nuevos amigos?- rió el hombre- ¡Bidoc! Termina de atar al saqueador, y si se resiste, ya sabes lo que hacer. Y tú, Rasil, registra a este-
Rasil se acercó a Eärondûr, que seguía debatiéndose con fuerza a pesar de que cada vez le costaba más respirar por culpa de la mano que oprimía su boca. El hombre le propinó a Eärondûr un puñetazo en la boca del estómago para que dejara de resistirse, y por unos instantes el dolor pudo más. Después de desarmar al joven de la Marca Verde, Rasil lo cacheó por completo.
-¿Qué es esto? Vaya, sólo un par de pergaminos y un manojo de llaves oxidadas. Qué pena, esperaba encontrar algo de valor- dijo Rasil y tiró los pergaminos y las llaves al suelo.
Afortunadamente, Rasil no veía bien en la oscuridad y no había reparado en los grabados en oro del mapa de Ambaron que tan rápidamente había despreciado. Sin embargo, el líder de aquellos hombres no era tan necio, y se acercó para examinar mejor los pergaminos. Eärondûr se revolvió violentamente contra sus captores y a punto estuvo de soltarse. No podía permitir que aquellos mapas, y sobre todo aquellas llaves, cayeran en unas manos ajenas a la familia Thorondil. No podría vivir sabiendo que las había perdido, semejante humillación era demasiado grande, y antes prefería la muerte. No, debía luchar por recuperarlas, aquellas llaves abrían la puerta a un gran poder oculto durante muchos años. Por un momento se imaginó a su familia en Sinya Gulniquë, en lo que pensarían si se llegaran a enterar de lo ocurrido. Pero dentro de la desgracia, la suerte pareció aliarse con él por unos momentos. Antes de que el hombre pudiera recoger el pergamino o las llaves, apareció Mazan blandiendo su hacha. Había salido del campamento en busca de Narudud cuando los demás advirtieron su ausencia. Antes de que aquellos hombres pudieran reaccionar, el Enano ya había matado a dos de ellos. Aprovechando la sorpresa, Eärondûr se zafó de sus captores y golpeó a su jefe. Pero antes de que pudiera recoger su espada, lo dejaron inconsciente de un golpe en la base del cráneo.
Narudud también aprovechó la sorpresa para embestir a Bidoc arrojándolo a las heladas aguas del río Sirhelë, con la fortuna de que cayera en una zona poco profunda y se rompiera el cuello con las piedras del lecho del río. Mazan seguía luchando, aunque estaba completamente rodeado. A pesar del ímpetu y la furia del Enano, sus golpes no encontraban nunca un blanco, y a duras penas conseguía defenderse de los ataques de aquellos hombres. Narudud intentaba liberarse para ayudarlo, pero antes de poder hacerlo uno de los hombres le golpeó en la nuca, y el Elfo cayó al suelo inconsciente. Finalmente, uno de aquellos hombres consiguió alcanzar a Mazan en el costado, y aunque la hoja rebotó en la cota de malla sin llegar a herirlo, la fuerza del golpe hizo que el Enano se tambaleara, ocasión que aprovecharon los demás para abalanzarse sobre él y derribarlo.
-No lo matéis, también vendrá con nosotros. Deprisa, seguro que los demás ya se han dado cuenta de que algo extraño está sucediendo- dijo el jefe de aquellos hombres mientras intentaba pensar- Bogrim, tú y cuatro más id a por los otros. Matadlos a todos excepto a la mujer, ¿está claro?-
Mientras los veía alejarse, se volvió hacia Rasil y los otros dos hombres que los acompañaban: Vamos, no hay tiempo que perder. Ayudadme a cargar a estos en los caballos. Atadlos bien, no tardarán mucho en despertar- dijo el hombre para sorpresa de los demás- ¿A qué estáis esperando? ¿Creéis que Bogrim o alguno de los otros va a volver? Así tocamos a más, no es lo mismo dividir un recompensa entre doce que entre cuatro, ¿no estáis de acuerdo?-
Olostarin había sido el primero en notar que algo no iba bien al ver que Eärondûr, Narudud y Mazan tardaban en volver. Ya había cogido su arco y estaba dispuesto a salir a buscarlos cuando se escucharon los gritos y el ruido del combate. Rápidamente, el Elfo echó a correr, y Varyamo y Vilendil lo siguieron con las espadas desenvainadas. Antes de que hubiera llegado a la pendiente que llevaba a la ribera del Sirhelë, Olostarin vio a los cinco hombres que se acercaban al campamento. Bogrim fue el primero en caer, con una certera flecha clavada en el corazón, y otro de sus compañeros no tardó en acompañarle. Mientras preparaba la tercera saeta, Vilendil y Varyamo aparecieron e hicieron frente a los tres hombres que restaban. El Medio Elfo degolló a uno de ellos rápidamente y otro cayó con una flecha clavada en un ojo. El último luchaba con Varyamo, que aún no se había recuperado de sus heridas por completo. Finalmente, con la ayuda de Vilendil, pudo acabar con él. Al mismo tiempo que Firye y Vaereth aparecían en el lugar, Olostarin descendió corriendo por la pendiente, sólo para ver cómo los demás llegaban a la otra orilla del río Sirhelë y se perdían en las sombras de la noche. El Elfo se fijó en el grupo que huía. Cuatro jinetes guiaban a ocho caballos, tres de los cuales cargaban con Narudud, Mazan y Eärondûr. Vilendil llegó pocos instantes después, a tiempo aún de divisar al grupo en fuga. Pero entre los cuerpos y la sangre, hubo algo que le llamó la atención. Se acercó, y reconoció los mapas y las llaves de Eärondûr. Las guardó, y juró que haría todo lo que estuviera en su mano para devolvérselas lo antes posible.
Olostarin y el Medio Elfo se intercambiaron miradas sombrías y regresaron con los demás, que habían vuelto al campamento. Firye estaba atendiendo a Varyamo, a quien con el ajetreo de la lucha se le había vuelto a abrir la herida del costado. Pero al verlos, no pudo evitar ponerse en pie a pesar del dolor.
-¿Qué ha pasado? ¿Dónde están Eärondûr, Narudud y Mazan?- preguntó angustiado.
-Se los han llevado cuatro hombres que escapaban hacia el sureste a galope tendido. No sé si estaban vivos o muertos, no lo pude distinguir- respondió Olostarin.
-Seguramente estarán vivos, si estuvieran muertos no los llevarían consigo- dijo Vilendil intentando dar esperanzas a los demás.
-¡Debemos ir tras ellos y rescatarlos!- dijo nuevamente Varyamo.
-Sí, pero no hasta volver a cerrar tu herida, o te desangrarás en el camino- dijo Firye, aparentemente calmada, pero muy preocupada por Calenên y por la promesa de velar por él que le había hecho a sus abuelos al abandonar Cadraldôst.
-Entonces perderemos su rastro- terció Vaereth.
-No- dijo Vilendil, y entonó una canción que ninguno pudo entender. Casi inmediatamente se escuchó una respuesta, y poco después, Soroni, el águila de lomo plateado, descendió de las alturas y se posó en el antebrazo del Medio Elfo. Vilendil le habló, y el águila volvió a emprender el vuelo, esta vez hacia el sureste- Soroni nos dirá hacia dónde se dirigen esos bastardos-
-¿Y por qué no los vio llegar?- preguntó Firye.
-Porque desde hace dos noches le pedí que explorara el Paso de Cilross para ver en qué estado se encontraba- replicó el Medio Elfo.
-Eso no importa ahora, lo importante es salir cuanto antes. Vaereth, Vilendil, ayudadme a recoger el campamento mientras Firye atiende a Varyamo. Comeremos durante el camino. Serán unos días duros, ellos nos llevan ventaja, y encima sus caballos son más rápidos que nuestros camellos. Pero no escaparán, los alcanzaremos tarde o temprano- dijo Olostarin, que se sentía responsable de Mazan. No permitiría que le ocurriera nada al buen Enano ni a los demás.
Firye se hallaba cerrando la herida de Varyamo, y los demás, que ya habían acabado de recoger el campamento, esperaban nerviosos a que la elfa acabase con su trabajo para poder continuar con el camino y rescatar a sus amigos. Olostarin bajó a la orilla del río para recoger las flechas que había gastado matando a los hombres y una vez las hubo recogido, cuando ya se iba, recordó las espadas de Eärondûr y Calenên y el hacha de Mazan, y volvió para recogerlas. Eran verdaderos tesoros, y no se hubiera perdonado un descuido como aquel, ni él, ni seguramente sus respectivos dueños. Tan pronto como hubieron recogido todo y Firye le hubo curado las heridas a Varyamo, todos subieron en los camellos y salieron tras los bandidos.
Cruzaron el río Sirhelë montados sobre los camellos, lo más rápido que pudieron, estaban preocupados porque si corrían mucho, Varyamo podía volver a tener problemas con la herida, y si iban muy despacio, seguramente perderían a los demás. Varyamo lo sabía, y no tardó en decir que aceleraran el paso, que se encontraba bien y que lo principal era encontrar a los demás. Pasaron dos días de viaje, en los que apenas dormían durante tres o cuatro horas diarias como mucho, la amistad que había surgido en el grupo era a esas alturas de viaje tan fuerte que estaban verdaderamente preocupados por sus compañeros. Los camellos incluso, especialmente Narestel, también parecían compungidos por la pérdida, y corrían a una velocidad que ninguno hubiera podido imaginar en un camello. Sin embargo, no podrían mantener ese ritmo por mucho tiempo, según dijo Firye, o la herida de Varyamo volvería a abrirse. Y a pesar de las palabras de Varyamo que intentaban disuadir al grupo de que aminorara la marcha, esa tercera noche, con la llegada de Soroni a Vilendil de nuevo, hicieron una hoguera con unos cuantos maderos que encontraron y se dispusieron a hablar. Todos parecían querer hablar, porque el nerviosismo los estaba alterando, y poco a poco, a todos les fue llegando el turno de palabra.
-Volveré a mandar a Soroni ya que debemos de estar a medio día de distancia de nuestros amigos. Si seguimos a este ritmo creo que los alcanzaremos pronto. — dijo Vilendil. Después el águila plateada echó a volar y desapareció entre las estrellas.
-Yo pienso que deberíamos aflojar el ritmo, la herida de Varyamo va mejorando, pero si se volviese abrir sería volver de nuevo al inicio. Además, los camellos, no se los ve fatigados, pero no sé si podrán seguir así durante mucho tiempo. – terció Firye, preocupada a la vez por Varyamo y por Calenên.
Varyamo iba a volver a protestar, pues no quería que por su culpa les pasase nada a sus amigos, pero Olostarin se adelantó y dijo:
-No te preocupes, Narastel llevará a partir de ahora a Varyamo, le llevará deprisa y suave a la vez. Los camellos son rápidos, según veo.
Aquella noche, cuando todos se durmieron, Vilendil y Olostarin se miraron. Los dos sabían perfectamente que algo pasaba con Narudud, pues en la compañía había cosas mucho más importantes que llevarse que a los tres compañeros. Incluso habían dejado el mapa de Eärondûr, y las espadas, y su objetivo tampoco era la piedra que portaba Mazan, pues de otra manera o se la habrían intentado o habrían usado a alguno de los tres como reenes para conseguir la piedra. Ninguno de los dos dijo nada, pero no hizo falta. Por otra parte, Olostarin había notado a Vaereth cada vez más apagado, y sobre todo callado. Una sombra pasó por la mente del Elda, tuvo una corazonada, y un presagio de mala fortuna le atravesó la mente en un segundo. Aquella noche, Olostarin tuvo uno de sus intranquilos sueños, pero nada dijo a ninguno de sus compañeros…
Al cabo de tres días más de viaje, Soroni regresó con el grupo y Vilendil habló:
-Me temo que los bandidos se dirigen a Adudran…
De los cambios de Vanwendor
[...]
Y pareciese como si la presencia de nuestras vecinas del sur hubiera servido antaño de freno a las arenas del desierto, pues su desaparición vino seguida del inexorable avance de las mareas del Mar de Fuego.
El, hace años, fértil Aldiamanion ha sucumbido a la muerte, los troncos sin vida que aún se mantienen erguidos son poco a poco cubiertos por las tormentas de arena que nos azotan desde el oeste. El puerto de Yavenén tiene su flota anclada en mitad de un páramo sin vida pues la esquiva costa del Ilcafalmar huye al este hacia los fértiles valles de las Montañas Rojas.
Incluso nuestro río Sirihelë sólo es capaz de mantener el verdor de los Valles del Sirinieldon en la orilla más alejada del Eärnar...
[...]
Por si la creciente aridez tras las fronteras del Reino no fuese suficiente desgracia, un pueblo de bárbaros ha osado asentarse en la antigua cuenca del Ilcafalmar y con fútiles esfuerzos intentan la conquista de nuestras tierras.
[...]
La decadencia de nuestro reino es tan patente que incluso nuestros bárbaros vecinos del sur la perciben, han osado fundar un poblado en la orilla sur del Sirihelë... y cuando descubran que no podemos hacer nada para evitar su asentamiento, se envalentonarán y sus incursiones serán cada vez más profundas... ha llegado el momento de regresar, pero ante los Poderes del Oeste prometo que jamás conseguirán atravesar ninguna de las Siete Puertas.
Eärondur Thorondil
Señor de Gûlninquë
- Me gustaría haber conocido este lugar antes de la llegada del desierto... – murmuró Eärondûr mientras recordaba viejos pasajes escritos por su antepasado y que narraban la decadencia de aquel lugar.
La pálida luz de la luna entraba por los amplios ventanales de la biblioteca, llenando de sombras la vacía estancia. Pero no, no estaba completamente vacía. Junto a una de las ventanas se veía la figura de un hombre encorvado sobre su escritorio, examinando en silencio las últimas páginas de un volumen forrado en piel de color marrón rojizo. Únicamente el susurro del viento entre los árboles cercanos y un quejido lastimero producido por el gélido viento de la madrugada al filtrarse a través de las contraventanas de la sala, rompía el silencio sepulcral de la noche. Ronagan pasó la última página y cerró el primer volumen de Camino Hacia la Luz. Recostándose sobre su asiento, contempló las velas casi consumidas por completo, y la pila de libros amontonados sobre su escritorio. Esbozó una pequeña sonrisa, y tras apagar las velas, abandonó lentamente la habitación.
Fin de CAMINO HACIA LA LUZ. LIBRO I: RECUERDOS DEL PASADO
La historia continúa en CAMINO HACIA LA LUZ. LIBRO II: DÍAS DE CONTRABANDO y CAMINO HACIA LA LUZ. LIBRO III: LA TORRE OLVIDADA
[Editado por Aragorn_II el 02-12-2010 15:14]