Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Mientras los orcos se acercaban hacia el cuerpo inconsciente de la elfa, los dos hombres que habían detenido el paso de Calenên y Mazan, alzaron sus cimitarras en actitud amenazante. Uno de ellos pronunció unas palabras que sólo entendió el otro y que provocó la risa de éste último. Ni el enano ni el elfo entendían la lengua negra udunita por lo que el naugrim no pudo sino refunfuñar por tal falta de educación.
- Vosotros, sabandijas, ¿qué hacéis tan cerca de la tierra de Udûn? ¿Tan osados sois?
El otro humano río con una carcajada aún más fuerte que la brotó de su boca anteriormente.
- No son osados, Urtak. Más bien son unas ratas ingenuas que ahora se hallan acorraladas y no van a salir vivas de aquí.
A pocos metros, Vaereth se disponía a detener a los orcos, levantó su arma en dirección a uno de ellos cuando el troll, que a pesar de las heridas recibidas, se las apañó para detener el golpe y arrojar al varante al otro lado de la caverna. Dos orcos se lanzaron hacia él para aprovechar y acabar con su vida y Calenên, con preocupación intentó sortear a los dos humanos para ayudarle. Entonces uno de ellos le puso la zancadilla y el elfo se tambaleó al tiempo que su espada se caía al suelo y se deslizaba al otro lado de la caverna. Mazan, que también había hecho un movimiento para ir a ayudar al varante, dudó durante unos instantes.
- Ve, Mazan y ayuda a Vaereth, yo me las apañaré como pueda - aseguró el elfo que había recuperado el equilibrio.
Una cimitarra hizo un vuelo angular hacia su cuerpo y el elfo, en un acto rápido se agachó y logró sortear el vuelo del arma del opresor. Con bastante agilidad el elfo se lanzó hacia Urtak y lo empujó intentando hacerle caer. El hombre, sorprendido, se vio lanzado por elfo y trastabilló hasta golpearse en la pared de la caverna. El movimiento del elfo había sido bastante inesperado y el udunita no había tenido tiempo de reaccionar por lo que acabó en el suelo y sin su arma que se escurrió a varios metros de él. Aquella circunstancia fue la que aprovechó el elfo para sacar una daga que tenía escondida en su lado izquierdo. No obstante, en ese momento, el otro oficial udunita arremetió con su cimitarra y ésta resbaló sobre el costado de Calenên. El udunita, viendo que el elfo flexionaba las rodillas pensó que la herida que le había provocado había sido considerable por lo que aprovechó la ventaja y se lanzó hacia el elfo dispuesto a dar la estocada final. Entonces, cuando el hombre estaba lo suficientemente cerca, el elfo hundió la daga en su estómago, haciendo que la cimitarra se detuviera a escasos milímetros del cuello del avari. El humano gritó de dolor y dejó escapar la cimitarra que tomó el elfo antes de que cayera al suelo.
- En realidad estas ratas ingenuas vamos a acabar con los que se creen tan osados como para subestimar la fuerza de unos simples viajeros – dijo el elfo mientras agitaba la cimitarra en un movimiento directo al pecho de su enemigo, el cual terminó con la vida del mismo.
Una vez se había quitado de en medio a uno de los dos hombres udunitas, el elfo se giró pues había escuchado como el otro, que anteriormente había arrojado a la pared de la caverna se había incorporado. Hubiera deseado poder encontrar su espada pero en aquella posición era muy difícil ponerse a buscar su espada. La espada que había llevado hasta entonces la había adquirido cierto tiempo atrás en las altas herrerías de Adudran o eso recordaba porque en realidad sus recuerdos estaban confusos. Podría haber tomado una espada en Cadraldôst (una espada élfica era más poderosa que una espada humana) pero había considerado que era mejor idea llevarla para intentar leer en ella los recuerdos que había perdido en su mente. Sin embargo, hasta ese momento no había logrado tal menester. Ahora, con la arma de un udunita en la mano, un arma de extraños símbolos y hechura endemoniada, imágenes difusas empezaron a llegar a su mente, imágenes de tiempos pasados, de acontecimientos en los que él no participó pero que hollaron profundamente en la tierra que pisaba, hechos que las arenas del desierto habían enterrado profundamente en la tierra de Ambaron. Imágenes en las que aparecía un extraño árbol negro que con sus ramas siniestras se extendían sobre una tierra árida y sombría, estandartes negros sobre fondo gris ondeando al viento y cabezas cercenadas y sangre reseca. La empuñadura le quemaba mientras la agarraba con la mano derecha, pero no soltó el arma, dejó que el fuego abrasador escaldara la palma de la mano. Detuvo con un movimiento rápido la espada del udunita Urtak tras girarse completamente. Entonces su enemigo pudo contemplar los ojos del elfo y, por un instante, creyó ver una mirada turbia y unos ojos tan negros como la noche que aún para un udunita podrían producir pavor. Pero no, los ojos de Calenên seguían siendo claros y su melena corta se esmerada por intentar ocultarlos.
El avari notó que la empuñadura de la cimitarra empezaba a enfriarse para alivió de su piel quemada y arremetió con más fuerza hacia su oponente, provocando que éste perdiera el equilibrio momentáneamente. Sin embargo, Utark demostró que era un buen luchador, entrenado por los mejores señores de Udûn, así que recuperó el control de su cuerpo y ambos, elfo y hombre, continuaron luchando ferozmente en uno de los lados de la caverna.
[Editado por aratir el 16-06-2010 19:12]
Después de que la flecha de Olostarin atravesase el cráneo del orco, Narudud corrió al lado de Mazan para ayudarle con los hombres udunitas, momento que Olostarin aprovechó para escabullirse de aquella pelea y socorrer a Firye. Guardó el arco a sus espaldas mientras corría hacia la elfa, y sacó sus espadas, que refulgieron con un azul brillante por un momento. De un salto se abalanzó sobre el primer orco que intentó tocar a la elfa, que parecía dormida, aunque en realidad parecía tener los ojos abiertos. El orco se protegió la cara con el brazo izquierdo, que cayó al lado de Firye, en el suelo. La pelea que Olostarin mantenía con los cuatro orcos se volvió intensa, el elfo no paraba de dar vueltas sobre sí mismo para que ninguno de los orcos se acercase lo suficiente a Firye.
En una de esas vueltas, las espadas gemelas del elfo atenazaron el cuello del orco que estaba más desprevenido, y su cabeza salió rodando por el suelo de la cueva. Del cuello no paraba de chorrear una sangre negruzca y espesa, igual que la del brazo del otro orco. Olostarin volvió a arremeter contra el cuerpo inerte y decapitado del orco dándole una patada que lo lanzó muy cerca de donde estaba el trol.
Ya sólo quedaban tres y uno estaba mutilado. La interminable danza continuaba su curso, pues los orcos no hacían más que atacar y Olostarin solamente podía defenderse. Fue entonces cuando Olostarin se dio cuenta de que el cuerpo decapitado del orco que había mandado cerca del trol colgaba ahora de las manos de éste, balanceándose de aquí para allá para acabar chocándose contra la pared de piedra, y partiendo su torso en dos. Las ideas se despejaron de la mente de Olostarin, quien aprovechó su agilidad y las vueltas que daba constantemente para extender una pierna y hacer un barrido a uno de los orcos, que caía desplomado al suelo perdiendo su corroída cimitarra. Olostarin saltó mientras los otros dos orcos contemplaban la escena sin saber que hacer, desconcertados, y se escondió detrás de una de las estalactitas de la cueva. Cuando los orcos reaccionaron, vieron que el elfo había desaparecido. En realidad, no había sido así, pues Olostarin apareció por sus espaldas y arremetió contra ellos antes de que pudiesen reaccionar. Clavó sus espadas en la caja torácica del orco mutilado y este se desplomó, dejando un reguero de sangre maloliente por el suelo. A la vez asestó una patada en los riñones al otro orco, que cedió fácilmente ante la sorpresa del golpe y salió disparado contra el que se empezaba a levantar del suelo. Los dos orcos cayeron rodando atontados cerca del trol, justo como había querido Olostarin.
Entonces, él rió, y seguidamente fue a ayudar a Firye. La elfa parecía que se recomponía, mientras el elfo palmeaba suavemente sus marmóreas mejillas. Firye abrió sus grandes ojos confundida, y con la ayuda de Olostarin se levantó del suelo y recogió sus armas. Olostarin se limitó a decir:
-Estamos en paz, ¿te encuentras bien?- dijo con el ánimo dibujado en sus ojos.
-Eso creo, -respondió Firye, algo confusa todavía- pero desde luego he estado mil veces mejor...
Olostarin brincó ágilmente y se escabulló para ayudar a sus amigos, no sin antes mirar a Firye y confirmar que la elfa se encontraba en condiciones de luchar.
Había permanecido allí, oculto en las sombras, agazapado como una fiera lista para caer sobre una presa desprevenida. Se deleitaba enviando a sus soldados al combate, e incluso a la muerte. Porque al fin y al cabo, no eran más que peones sin importancia que servían a un propósito. Tras la desaparición del Reino Unificado y la caída del Imperio de Haddar, no quedaba en Vanwendor ningún enemigo lo suficientemente poderoso como para retar a los ejércitos de Udûn. Pero el momento de marchar sobre Ambaron aún no había llegado. Durante casi cien años, el poder de Udûn se había replegado, aumentando y creciendo en secreto, oculto en las negras tierras que se extendían en el valle formado por las Emyn Ghâsh. Pero la ausencia de enemigos y adversarios dignos también suponía un problema. Acabar con grupos de bandidos era una tarea demasiado fácil para las huestes de los Udûn-Hai, lo que a la larga podía crear una falsa sensación de superioridad.
Por ello, este extraño grupo era una presa tan valiosa, una buena piedra de toque para evaluar a su impetuosa pupila y enseñarle una valiosa lección. Por fin había encontrado unos rivales que podían estar a su altura, porque sí, ése era el propósito al que servían sus peones, Verkóre era aún joven, impaciente y a veces imprudente. Pero una vez templado su espíritu, podía ser una de las grandes Capitanas de Udûn en el futuro. Allí esperaba, oculto entre las sombras, observando complacido y divertido el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Pero entonces sucedió algo que no esperaba, algo que lo sacó de sus pensamientos viles y oscuros y que lo desconcertó. El hombre con el que se enfrentaba su pupila había pronunciado el nombre de Eärondûr, un nombre maldito y odiado en toda la tierra de Udûn. Pero no podía ser, había partido hacía casi cien años, y lo había hecho bajo la forma de un anciano. Y sin embargo, aquél muchacho era muy joven, demasiado… Sin tiempo para reaccionar, vio cómo Verkóre golpeaba al hombre, quien cayó inconsciente sobre una laguna. La Medio Elfa estaba a punto de rematarlo cuando en la caverna se elevó un grito poderoso que retumbó por todos los túneles y pasadizos, creando numerosos ecos, dando la impresión de no tener fin.
Aún desconcertado, examinó con más cuidado a los otros dos hombres que acompañaban al joven. Lejos de encontrar respuestas, su desconcierto fue aún mayor cuando reconoció la espada que empuñaba uno de los hombres. Había visto aquella hoja en numerosas ocasiones, la última de ellas había sido casi ciento ochenta años antes, en la batalla de Uileulca Mena. Era Eärmacil, la espada de Haeré Lintesereg, tercer Duque de Sein Cair Andros. Todos aquellos nombres también eran odiados en la tierra de Udûn, acaso un poco menos que el nombre Eärondûr. Todo empezó a cobrar sentido en su mente cuando reconoció al tercer hombre, el que había elevado su voz instantes antes. Entonces rió, y su risa era más poderosa y profunda que el grito que había resonado en toda la caverna. Pero era una risa terrible, que heló la sangre de todos los que la escucharon. De todos menos de Verkóre, pues estaba acostumbrada a ella, y sabía que su señor estaba complacido. Y en ese momento, la sombra que esperaba oculta en la oscuridad, dio un paso al frente.
Y no era otro que Arattalion, el Maia Oscuro, servidor del mismísimo Morgoth en tiempos remotos, y uno de los más poderosos Señores de Udûn. Llevaba una armadura prácticamente impenetrable, pues había sido forjada en las fraguas de Utumno en sus días de esplendor, y una capa negra. Colgada en la espalda, descansando en su vaina, se hallaba Mormithril, una hoja negra forjada como la armadura en los días de esplendor de Utumno. Y se decía que tanto la espada como la armadura estaban malditas, y que nadie excepto Arattalion podía portarlas. En el peto de la armadura había una imagen grabada, la imagen del Árbol Negro de Udûn. Vilendil lo reconoció en cuanto lo vio. Había sentido que en esa caverna se ocultaba un gran mal, más poderoso que el de los orcos, y lamentaba no haberse equivocado. Lentamente, Arattalion fue avanzando, y Verkóre fue a su encuentro. Mientras, Varyamo y Vilendil se reunieron, interponiéndose entre ellos y Eärondûr, que seguía inconsciente en la laguna.
-Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? ¡Pero si es Vilendil Atanvardo, el Heraldo de Manwë! ¿Qué te trae por aquí?- se mofó Arattalion.
-Arattalion…, tenía que haberme dado cuenta antes. Sólo un espíritu corrupto y deformado como el tuyo es capaz de generar tanta maldad - murmuró Vilendil conteniéndose.
-¿Arattalion? ¿El Maia Oscuro de Udûn?- preguntó atónito Varyamo.
-Me halagas Vilendil- y volvió a reír. Pero su risa cesó de pronto, y dio la impresión que sus ojos negros se inflamaban y estallaban en una gran explosión de fuego -Así es, soy el Maia Oscuro, ¿y tú quién eres? Reconozco esa espada, pero a ti no. Espero con ansia que me digas que mataste a su antiguo dueño… aunque he de admitir que me decepcionaría que Haeré hubiera sucumbido a manos de un desarrapado como tú- se burló Arattalion.
-Mi nombre es Varyamo Lintesereg, y Haeré era mi padre. Y yo también espero algo con ansia, y es que esta espada vuelva a derramar la sangre de Udûn. Y espero que sea pronto- replicó Varyamo.
-Pues lo siento por ti, porque tu padre y yo teníamos algunas cuentas pendientes… y me temo que ahora habrás de ser tú el que las pague- volvió a reír Arattalion -¡Balcmeg! Ve con el resto de la tropa y acabad con esos indeseables de una vez por todas. Los chillidos de ese maldito Troll y los aullidos de los orcos me están empezando a molestar. Llévate también a Lug, y si no despierta, mátalo- dijo, volviéndose al hombre que había hecho frente a Varyamo hasta entonces.
-Oh, no digas eso mi señor. Esa pobre bestia estúpida es adorable- replicó Verkóre con una sonrisa perversa dibujada en su hermoso rostro. De la empuñadura de su espada aún goteaba la sangre de Eärondûr.
-Me preocupa que te hayas encariñado tanto con esa criatura… pero bueno, quizás esta noche pueda darse un festín con los cuerpos de esos infelices. Pero dejemos los asuntos menores en manos de las criaturas menores… ¿Qué haces aquí Vilendil? ¿Después de huir como una rata cuando las cosas se pusieron feas para vosotros te has dignado volver?- dijo Arattalion.
-No tengo por qué responderte, Arattalion, ni a ti ni a ninguna de las criaturas de Udûn. En el fondo, no siento odio hacia ti. Siento lástima y un profundo desprecio. Lástima por ver en lo que te has convertido al ser de una estirpe tan noble como la de los Maiar. Y desprecio por tus actos, crueles y viles, fruto de tanta maldad y de ese desmesurado rencor hacia todas las criaturas sobre Arda. ¡Debiste abandonar esta tierra hace largas edades para afrontar el Juicio de los Valar! Y ese día llegará, aunque la congoja me aflija y los años no sean suficientemente largos para que me sea concedido tal privilegio entonces- replicó Vilendil, noble y orgulloso.
Por unos instantes, Arattalion guardó silencio y observó detenidamente a Vilendil y a Varyamo. La luz en la caverna era débil, aunque Luiringil y Eärmacil refulgían con un brillo azulado. El Maia intentó leer entonces en las mentes y corazones de sus adversarios, y los encontró puros y nobles de espíritu, lo cual le enfureció aún más. Nada pudo leer de la mente de Vilendil, aunque algo sí obtuvo de la de Varyamo.
-Vaya, asi que vuestro amigo es Eärondûr Anairë, descendiente de Eärondûr Thorongil. Y de cierta forma, también descendiente tuyo, Vilendil… alguien a quien amas más que a nadie sobre la tierra. Bueno, al menos a nadie que permanezca con vida, porque Isilieldel se convirtió en polvo hace muchos años. ¿Querías volver a contemplar a tu amada Meluvenorë? ¿Cómo la llamabais también...? ¡Ah, sí! Olostion, La que Apareció en Sueños. Me temo que el sueño se ha convertido en una pesadilla. Había pensado en destruirla cuando el poder de Udûn se extienda por toda la Tierra Media, pero pensándolo bien, la convertiré en mi nueva morada. No te imaginas el placer que encontraré en corromper todo lo que fue bello y hermoso en Meluvenorë, todo aquello por lo que tú y los tuyos luchasteis durante generaciones- No tenía la intención de atacar Meluvenorë, al menos no de momento, pero Arattalion se regocijaba al comprobar el efecto que tenían sus palabras en Vilendil -Pero no te entristezcas demasiado… porque tú estarás allí para verlo. No te voy a matar… no, tengo otros planes para ti. No creo que exista un mayor tormento que el de ser obligado a contemplar cómo destruyo y corrompo todos los frutos de tu amor y tu esfuerzo. Y también serás testigo de excepción del sufrimiento de todos aquellos a los que amas, empezando por Eärondûr. Aunque el pobre dudo que sobreviva mucho tiempo en las mazmorras de Udûn, sin duda será una gran diversión…- dijo Arattalion.
-“De la abundancia del corazón habla la boca”… dicen- respondió el Medio Elfo con calma pero con notoria molestia –… Y claramente, careces de él. Vuestra maldad es abrumadora y sin embargo absurda. Más de cien largos años han pasado y ni un solo dedo has podido colocar en esas tierras sagradas y no pienses que me quedaré contemplando como un simple espectador si eso llegase a suceder. Sabes tanto gracias a tu poder, y te regocijas en aquello que conoces para infligir daño que te olvidas que algunos también podemos ver entre vuestras palabras. ¿El poder de Udûn, dices? Dormido en sus mazmorras está, envanecido pensando que afuera el mundo es el mismo de antaño.
Las palabras del Medio Elfo encolerizaron a Arattalion como no lo había estado en largos años. Había olvidado hasta qué extremos llegaba la perspicacia del Heraldo de Manwë, y esta vez, una furia comenzaba a arder dentro de si como nunca antes. Sin embargo Vilendil, esgrimiendo la espada de brillo azul, hizo un lance contra el Maia para terminar de sacarlo de sus casillas. Pero Arattalion lo había previsto, y en un movimiento ágil, desenvainó a Mormithril y detuvo la estocada.
-¡Necio! ¿Te olvidas que fui entrenado en las artes de la guerra por Tulkas? ¡No eres rival para mi! ¡No hay ningún adversario a mi altura en toda la Tierra Media!- rugió Arattalion.
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Muchas gracias a Neume y a Alex_Knight por su participación en este fragmento
[Editado por Aragorn_II el 05-07-2010 23:33]
Vilendil sostenía su espada contra la de su adversario mientras hacía algo de tiempo y pensaba algo más para evitar este enfrentamiento.
Derrotar a Arattalion en esas condiciones no iba a ser una empresa nada fácil y la desventaja era evidente; estaban peleando en sus territorios y con un mayor número de unidades que los suyos. Debía ser prudente antes de ser heróico.
"Puede ser cierto que nadie pueda igualaros en las grandes estancias de Arda... pero bien os recuerdo que hasta Beren, al que llamaban el manco, pudo herir la mejilla del mismísimo Morgoth" y aprovechando la fuerza de contención de las hojas por unos segundos con su brazo derecho, Vilendil flaqueó en fuerza y giró sobre si mismo, dejando a Arattalion desbocado hacia adelante, permitiéndole tomar la daga colgada en su muslo izquierdo y rozar con la misma el rostro del Maia, haciendo que éste tropezara y cayera de bruces, sorprendido por unos instantes.
Ágil como el viento el medio elfo, tomó a Varyamo por el hombro y lo haló para que corriera hacía la entrada del tunel. "Apresuraos! no sois rival para él! Huid!"- dijo apresurado mientras ya se agachaba para tomar a Eârondur en brazos y sacarlo del campo de batalla.
Varyamo alcanzó a asentir con cara de asombro y ya procedía a volver la espalda para seguir a Vilendil, pero justo en ese momento, Arattalion levantó la mirada y con un movimiento de su mano, lanzó un hechizo de confusión sobre éste. Impactado por unos segundos Varyamo sintió una corriente fría y punzante recorrerle desde la punta de los pies hasta la cabeza, dejándolo estremecido con un pánico repentino y agobiante. Cerró los ojos por dos segundos y cuando volvió abrirlos, sintió como de nuevo la fuerza y la conciencia volvieron a su cuerpo, pensó.
Miró a Arattalion de bruces con la mano alzada hacia él, y dudó por unos segundos de lo que pasaba; Se miró así mismo y vio que estaba sin un rasguño. "Es cierto lo que ha dicho Vilendil" Pensó. "Su poder ha menguado y se ha venido a menos durante estos largos años."
Creyéndole indefenso, y con la ventisca de emociones que el nombre del Maia removía en su interior, Varyamo se encaminó hacia él para aprovechar la ocasión de matarle y éste, sin incorporarse siquiera, susurró una burla entre dientes, que en breve derivó en una carcajada.
"Jajajaja.... pobre mortal. Idiota como tu padre" Le dijo. "¿Acaso no puedes ver más allá de tus propias narices? Mira a tu alrededor!! Con solo levantar mi mano ya todo ha terminado!" Varyamo se detuvo empuñando a Eärmacil en alto. El Maia continuó: "¿Acaso crees tener alguna oportunidad contra mí, fiel servidor del señor oscuro?" Y con un gesto suave y sutil, como quién enseña la obra maestra fruto de sus manos, Arattalion hizo a Varyamo volverse y ver a sus espaldas.
Varyamo quedó estupefacto. Horrorizado.
Vilendil yacía en el suelo con la cabeza encajada entre unas rocas y a pocos metros de él, Eärondur tirado también atravesado por unas estalagmitas, ambos en un charco de sangre que comenzaba a expandirse poco a poco alrededor de sus cuerpos inertes. Trató de gritar de sorpresa pero nada salió de su boca. No daba crédito a lo que sus ojos veían y sin embargo estaba allí, siendo testigo de aquel gran poder.
"¿Que habéis hecho?!??!!"- Grito enfurecido. " Os haré pagar bien alto el precio de este daño" Y una oleada de furor abrazó el cuerpo de Varyamo, haciéndole hervir la sangre con una furia y una ira incontenibles por la pérdida de aquellos que le eran caros a su corazón.
Arattalion se puso de pie lentamente y aunque su rostro era oscuro, y poca luz había en aquel lugar, un brillo de malicia se encendió en su mirada. Había logrado, como siempre, sus propósitos.
Vilendil con Eârondur en brazos, luego de recorrer un largo trecho se volvió al escuchar a su sobrino gritar, y le vió de pie a pocos pasos frente al Maia.
"Varyamo!!! Salid de allí! huid!" le gritó desde lejos, pero éste se hallaba bajo el oscuro hechizo del Maia hacía mucho rato ya.
Había trastocado su mente, sus sentimientos más profundos, donde vio el mayor de los miedos que podía albergar el descendiente Dunedain: La pérdida de sus camaradas; más que eso, de sus únicos familiares cercanos.
Vilendil apoyó a Eârondur contra una roca cercana y se disponía a volver por Varyamo, cuando reparó en un detalle: "¿Donde está la mujer que acompañaba al Maia oscuro?" Justo entonces una sombra con una espada rojiza como el fuego, atentó contra él hacia su pecho pero Vilendil le esquivó.
"Eres rápido como el viento, eso te lo concedo... pero ¿Podrás evadirme de nuevo?" le replicó Verkóre. Vilendil detuvo el segundo zarpazo y le respondió: "Como véis... así es y sin embargo, no necesito hacerlo de nuevo".
Viendo su naturaleza iracunda e instintiva, el medio elfo entonó una frase con una sonoridad apacible y encantadora en una lengua algo familiar a los oídos de la elfa y ésta reaccionó con sorpresa.
"Caida entre las estrellas de la tarde, como una joya robada de la corona del antiguo rey de Utumno... Así fulges solitaria entre la oscuridad de estas cavernas. Arde y haste grande, como os corresponde, oh brillo maligno! Y que nadie con poder marchito y menguado os opaque en esta hora del alba, cuando más fuerza y poder tiene vuestra merced! Que nadie os arrebate ese derecho!" susurró en élfico.
Verkóre influenciada por las palabras de Vilendil, se vió asi misma grande entre las capitanas de ûdun, siendo la lider indiscutible de todas sus hordas, llevándolas hacia la conquista de toda la tierra de Arda por encima de cualquier ser. Así, olvidando al medio elfo y sus acciones, por unos instantes se volvió en dirección a Arattalion a lo lejos y dijo para si misma: "Nadie me arrebatará el poder que me pertenece!" y con grandes ínfulas de poder se encaminó hacia allí.
Arattalion, luego de haber logrado su cometido, sabía que era cuestion de tiempo para que Varyamo sucumbiera mental y espiritualmente. Ya lo había separado de Vilendil asi que estaba totalmente a su merced y a un simple movimiento de su espada. Verkóre ya venía a lo lejos con una sonrisa en sus labios.
"Vilendil... tan orgulloso... no puedo creer que hayas caído tan facilmente..." Se dijo Arattallion a si mismo. " Despues de todo tu mismo lo has dicho: te has envanecido pensando que el mundo es el mismo de antaño... jajajaja.. miserable tonto...." Se rió.
[Editado por Alex_Knight el 09-07-2010 05:41]
Escuchó la maliciosa risa de Arratalion.
-Yo me puedo encargar de él, Maestro – dijo Verkóre en la lengua de Udûn, refiriéndose a Varyamo.
-Espera, dejemos que sigan creyendo que estás hechizada. Además, tengo otros planes para él –respondió.
Minutos atrás, el Maia udunita había comprendido rápidamente, por suerte para ellos, lo que había ocurrido en tan pocos segundos. Pero grande es el poder de este Maia, y eran muchos los años de experiencia acumulados, y muchas las horas que había pasado estudiando los innumerables libros de magia que Haecir tenía en Istarion. Y gracias a ello, había conseguido controlar la mente de su pupila, anular el encantamiento y despertarla por medio de un conjuro, algo arriesgado, pero necesario al fin y al cabo.
Verkóre, liberada así del embaucamiento de tan viperinas palabras, había recuperado el control de sus actos, y tras unos segundos de aturdimiento, se dirigía hacia su Maestro, tal y como este le había pedido telepáticamente. Sin embargo, crecía en ella la irritación por lo que acababa de ocurrir.
La medio elfa iba vestida con una liviana cota de malla negra y una camisola roja por encima. Llevaba además un corsé de serraje negro atado a la espalda con cordones, que entallaba su figura. En la parte delantera del corsé, tenía bordado en hilo rojo el emblema del Clan. Los pantalones eran negros y ceñidos y calzaba unas botas altas del mismo color. En su mano derecha portaba una espada corta, la cual ya tenía rastros de sangre por las heridas causadas a Eärondûr, y en la izquierda sujetaba una daga de filo negro.
La udunita, moviéndose felinamente entre las sombras, se acercó por la espalda del humano y elevando la mano que sostenía la espada, le propinó un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura.
Verkóre esbozó una sonrisa de satisfacción y se mordió el labio inferior de placer. Pero poco le duró el deleite, pues en seguida recibió una reprimenda de Arattalion, quien temía que Varyamo “despertara” por el impacto.
-¡Insensata! ¿Qué has hecho? – le recriminó el Maia acercándose hasta ella y agarrándola de un brazo.
Levantó la vista con una fingida mirada de arrepentimiento y se encogió de hombros.
-Supongo que divertirme un poco. No se va a ir a ninguna parte –dijo mientras volvía la mirada a Varyamo, quien se tocaba la herida de la testa.
-Nunca me haces caso y ya no sé cómo corregirte.
-No te preocupes, me portaré bien, pero ¿puedo llevarme a alguno como prisionero?.
-Ya veremos. Estos extranjeros han resultado ser más interesantes de lo que pensábamos cuando entramos aquí. -Arattalion les miró a los dos y volvió la vista hacia su alumna. –Prepárate, y no hagas locuras.
Una rabia y una cólera más intensas que cualquiera que hubiera sentido antes dominaba a Varyamo, aunque poco a poco un profundo sentimiento de desesperanza se iba adueñando de su ser. Estaba furioso por las muertes de Vilendil y Eärondûr, pero al mismo tiempo se preguntaba si merecía la pena luchar. Vencer a un ser tan poderoso como Arattalion era una tarea prácticamente imposible que estaba destinada al fracaso. Y si la muerte era la recompensa para sus esfuerzos, quizás era mejor buscarla cuanto antes sin oponer resistencia y acabar con el sufrimiento lo antes posible. Estaba a punto de dejar caer su espada al suelo cuando algo lo golpeó violentamente en la nuca. Por un instante, la desesperación y la desesperanza le abandonaron, y sintió que su espíritu se fortalecía de nuevo. Sin saber muy bien cómo y por qué, se vio a sí mismo en su casa de Annúminas, con su padre, cuando éste le hablaba de la protección que Vairë la Tejedora siempre le había ofrecido en los momentos más oscuros. Y entonces, Varyamo escuchó en su mente unas palabras que parecían provenir de un lugar muy distante y lejano.
-Para hacer frente a los poderes oscuros y a las fuerzas del Mal, has de conocerte muy bien, y en los momentos de duda más acuciantes, aférrate a lo que sabes que es bueno, hermoso y puro, pues esas cosas son inmunes a las artes oscuras, y te ayudarán a encontrar tu camino-
Varyamo cerró los ojos por un momento, olvidando por un momento todo lo que le rodeaba, y pensó entonces en la jovialidad y alegría de Tom Bombadil, en la belleza de la obra de Varda y en la hermosura de Gielperi. Y entonces, la mente se le aclaró por completo. El velo con el que Arattalion le tenía cegado desapareció, y fue consciente del engaño al que se había visto sometido por parte del Maia. La imagen de los cadáveres de Vilendil y Eärondûr desapareció, y entonces la furia que lo inundaba volvió a crecer en su interior. Tardó unos instantes en recuperarse por completo, y cuando lo hizo, vio a Arattalion y a Verkóre. Parecía que discutían, aunque no entendía lo que decían, pues hablaban en la lengua de Udûn, que era aún más grotesca y repugnante al oído que la lengua negra de Mordor. Miró alrededor, y junto a la entrada del túnel, vio a Vilendil, que llevaba a cuestas a Eärondûr. Los ojos de ambos se encontraron, y el Medio Elfo supo entonces que Varyamo había tomado una determinación. Enfrentarse a Arattalion y a Verkóre juntos era poco más que un suicidio, pero quizás podría resistir lo suficiente para dar tiempo a Vilendil y a Eärondûr de escapar. Y sin pensárselo más, aferró con ambas manos a Eärmacil, y se lanzó contra Verkóre. Ni ella ni Arattalion esperaban el ataque, y la Medio Elfa apenas tuvo tiempo suficiente para esquivar el golpe, saltando a su derecha.
-¿Cómo puede ser que se haya librado de tu hechizo?- exclamó Verkóre, perpleja.
-No lo entiendo… algo extraño hay en esto, algo aprovechó que mi concentración vaciló un instante cuando discutía contigo, y le permitió liberarse…- rugió Arattalion.
-Más grande que el poder de un Maia es el poder de una Valië- replicó Varyamo.
-Ahora lo entiendo todo… Aunque quizás sea mejor así, hacía mucho tiempo que no tenía la oportunidad de combatir con un adversario que fuera capaz de oponerme una mínima resistencia- dijo el Maia con una sonrisa, al tiempo que lanzaba una violenta estocada contra Varyamo. Pero no fue Eärmacil la que detuvo el golpe, sino Luiringil.
-¿Entonces a qué estabas esperando? ¡Déjate de hechizos y conjuros! ¿O es que acaso ya has olvidado cómo manejar una espada?- exclamó Vilendil, que al ver las intenciones de Varyamo, había dejado a Eärondûr recostado contra la roca. Arattalion estalló de furia, y siguió al Medio Elfo, que se había adentrado un poco en la caverna.
-Vaya, vaya… al fin solos. Me pregunto si estarás a la altura, o si sólo eres otro Hombre más, como todos aquellos con los que me he topado. Espero poder divertirme un poco contigo, aunque no tengo claro aún si te mataré o tal vez…- dijo Verkóre, sin terminar la frase intencionadamente, con una sonrisa perversa dibujada en su hermoso rostro. Esgrimía una espada corta con ambas manos, pues durante su discusión con Arattalion había vuelto a envainar su daga.
Varyamo rió –Por tus palabras, pareces una niña consentida y caprichosa, no una fiera hija de Udûn. No entiendo cómo Arattalion pudo escoger como pupila a una niña mimada como tú, que sólo sabe llorar y protestar cuando no le satisfacen todos sus deseos, aún los más simples y banales-
Las palabras de Varyamo enfurecieron a Verkóre, quien empuñando firmemente su espada, lanzó un mandoble con todas sus fuerzas. Varyamo lo esquivó sin problemas, y aunque los golpes de la Medio Elfa eran violentos, la furia que la consumía y su impaciencia hacían que no fueran precisos, y en muchas ocasiones, precipitados e imprudentes. Varyamo los conseguía esquivar o detener todos, pero lo agilidad y rapidez de Verkóre, que se movía continuamente con una velocidad asombrosa, le impedían contraatacar con efectividad. A medida que pasaban los minutos y se sucedían los golpes, la ansiedad aumentaba en Verkóre. Ambos no tardaron en ser ajenos a todo lo que había alrededor, incluso dejaron de escuchar los espantosos aullidos del Troll, y el único sonido que escuchaban era el de su propia respiración y el ruido de los aceros cruzándose. Cada vez que las espadas chocaban, Eärmacil parecía refulgir aún con más intensidad, como si el contacto con el acero de Udûn la revitalizara. Verkóre se cansó de que todos sus ataques fueran rechazados, y se dio cuenta que necesitaba otra táctica para poder derrotar a Varyamo. Nunca antes se había enfrentado a nadie que fuera capaz de resistir tanto frente a ella, y menos con la aparente calma y serenidad de que hacía gala aquél Hombre. Ambos quedaron cara a cara, a un par de metros de distancia el uno del otro, con las espadas enfrentadas, observándose y estudiándose.
-No me había divertido tanto desde hace mucho tiempo, eso te lo reconozco. Tienes algo especial, no sé lo que es. Creo que no te mataré, a menos que me obligues a ello. Aunque bueno, eso tampoco sería un problema, en Udûn hay poderosos Nigromantes que seguro que te podrían devolver a la vida. Mi Maestro tiene algo reservado para tu joven amigo, pero creo que podré convencerle de que me permita quedarme contigo. Pero antes de irnos, tendremos que celebrar tan feliz encuentro como se merece, ¿no crees? Tú y tus amigos veréis al resto de vuestros compañeros, os podréis despedir de ellos… y ver cómo sus cuerpos son despedazados y devorados por los orcos. Espero que alguno de ellos quede con vida, el espectáculo es aún más divertido cuando están vivos. Los gritos de dolor y sufrimiento son realmente deliciosos a mis oídos, y el placer que sientes al ver el horror y el espanto reflejados en sus rostros cuando ven cómo los orcos les arrancan sus entrañas y las devoran ante sus ojos es simplemente indescriptible- dijo Verkóre con el semblante iluminado.
-¡Maldita perra de Udûn! Ha llegado la hora de que pagues por tus crímenes. Antes dije que esta espada volvería a probar la sangre de Udûn, y juro que será la tuya- exclamó Varyamo, asqueado por la vileza de Verkóre.
La Medio Elfa soltó una carcajada. Su risa se elevó y resonó en toda la caverna. Pero no era una risa alegre, era una risa profunda y terrible, que atemorizó a todos los que la escucharon, aún a los propios Udunitas –Tu valor y tus convicciones son realmente enternecedoras, pero me pregunto si dirás lo mismo cuando veas los cuerpos mutilados de tus amigos delante de ti. Seguro que ya no quedará ni rastro de tu valor o de tu arrogancia cuando lleguemos a las Emyn Ghâsh y puedas contemplar en toda su extensión la tierra de Udûn. ¡Ya veremos entonces dónde quedan tus palabras hirientes y tus insultos! ¿Perra, yo? ¡No, tú serás mi perro, te adoptaré como mascota, probarás mi látigo y te enseñaré a respetar como es debido el poder de Udûn! Será muy divertido y placentero quebrar tu resistencia y someter tu voluntad… puede que me lleve algún tiempo, pero al final lo conseguiré. Y dispondré de ti para lo que se me antoje, y cuando me canse de ti, te entregaré a mi Maestro… y entonces sentirás en tus carnes y en tu espíritu el poder de Udûn. Puedes creerme, que los peores tormentos que seas capaz de imaginar, no son nada al lado de lo que te espera- rugió Verkóre, y volvió a atacar.
Consumida por una furia incontrolable, la Medio Elfa lanzaba estocadas violentas y veloces que Varyamo apenas podía detener o esquivar, y antes de que pudiera contraatacar, ya tenía la espada de Verkóre encima otra vez. Varyamo retrocedía ante el ímpetu de la Udunita, y a punto estuvo de tropezar varias veces, pero siempre conseguía mantener el equilibrio y detener el golpe en el último momento. Llegó un momento en que Varyamo se dio de bruces contra una de las muchas columnas de roca de la caverna. Aprovechándose de la circunstancia, Verkóre alzó su espada por encima de la cabeza, y descargó toda su rabia en un violento golpe que Varyamo apenas pudo detener con Eärmacil. Las dos espadas chirriaban, y ambos quedaron a unos escasos centímetros de distancia. Cada uno intentaba empujar las espadas hacia el otro, pero entonces, Verkóre golpeó con su pierna derecha la rodilla de Varyamo, haciéndolo trastabillar y perdiendo la concentración por un momento. La Medio Elfa aprovechó la oportunidad, y en un movimiento rápido y ágil, desenvainó su daga con la mano izquierda y la hundió en el costado de Varyamo.
Afortunadamente, Varyamo pudo reaccionar a tiempo, y saltó a su izquierda antes de que la daga le diera de lleno. Sin embargo, el acero de Udûn desgarró la túnica, la chaqueta de cuero y la camisola, y le hizo un corte profundo en el costado derecho, a la altura del vientre. Verkóre miró a Varyamo cómo se apartaba unos metros, y se divirtió al verlo tambalearse. Y es que no era una simple daga la que había herido a Varyamo, era una daga forjada en las fraguas secretas de Udûn por el mismo Arattalion empleando las artes oscuras que aprendió en Utumno. Varyamo se llevó la mano derecha a la herida, y notó que apenas sangraba, lo cual le extrañó sobremanera. Pero además del dolor, poco a poco sentía que la cabeza se le nublaba, los miembros se le agarrotaban y que una vez más la desesperanza crecía en su corazón. Estaba ya a punto de desfallecer cuando, en un acto casi instintivo, se llevó la mano derecha al pecho, y allí encontró la joya que le había entregado Mêlel en su despedida de Cadraldôst, una joya hecha por Gielperi.
De improviso, las tinieblas que oprimían la mente y el corazón de Varyamo desaparecieron, y sintió cómo sus músculos se fortalecían de nuevo. Al ver cómo recuperaba las fuerzas, Verkóre quedó atónita, pues nunca había visto que nadie fuera capaz de sobreponerse al contacto con esa daga. Sin embargo, pese a su sorpresa, volvió a atacar con furia, pero esta vez, Varyamo desviaba o esquivaba los golpes con más facilidad, y aunque seguía perdiendo terreno, parecía controlar más el combate. La frustración aumentaba en Verkóre, a quien el combate ya no le parecía que fuese divertido. Rápidamente, Varyamo vio a sus espaldas otra columna de piedra, y fue retrocediendo hacia ella. Cegada por la cólera y la frustración, Verkóre no pudo ver sus intenciones hasta que fue demasiado tarde. Cuando Varyamo se acercó a la columna, esperó a que la Medio Elfa volviera a atacar, y cuando lo hizo, se agachó y rodó hacia su derecha, dejando que la espada de Verkóre golpease en la roca. La violencia del golpe fue tremenda, y casi partió en dos la columna, y algunas pequeñas piedras y la nube de polvo creada por el impacto, se le metieron en los ojos a Verkóre.
Varyamo aprovechó esos instantes para ponerse nuevamente en pie y herir a la Medio Elfa en la mano izquierda, haciéndola gritar de dolor y provocando que soltara la daga. Ésta cayó al suelo, y Varyamo la envió lejos de una patada. Mientras Verkóre intentaba desencajar la espada de la columna, Varyamo se acercó a ella por detrás, y alzando su espada por encima de la cabeza, descargó un golpe violento sobre la espalda de la Udunita. De no haberse apartado a tiempo, Eärmacil la habría atravesado, pero en vez de eso, la espada sólo cortó los cordones que sujetaban el corsé de la Medio Elfa, y el filo rebotó en la cota de malla. Verkóre se alejó, asustada, pues por primera vez se había visto vulnerable en un combate. Varyamo recogió del suelo el corsé que llevaba grabado el árbol de Udûn, y se lo tiró a la Medio Elfa.
-Creo que eso es tuyo… No me gustaría que fueras perdiendo tu ropa, no sería una forma apropiada de encarar tu cercana muerte- dijo Varyamo, y rió. Por primera vez, era él el que se estaba divirtiendo.
-No temas, lo usaré para hacerte una mordaza con él- replicó Verkóre, mirando fijamente el corsé. Nunca había sufrido semejante humillación, y olvidando toda prudencia, se lanzó contra Varyamo. Sus golpes eran violentos pero lentos, y Varyamo los detenía o esquivaba con facilidad, buscando en todo momento la oportunidad para contraatacar, pues sabía que la Medio Elfa era vulnerable. Sus espadas se volvieron a cruzar una vez más por encima de sus cabezas, que quedaron a escasos centímetros. Los ojos de Verkóre ardían con una cólera terrible, pues estaba deseosa de presentar la cabeza de aquél Hombre a su Maestro, en respuesta a la humillación que acababa de sufrir. Los aceros chirriaban, pero la determinación de ambos era firme, y ninguno cedía. Varyamo se acercó un poco más a Verkóre, y como hiciera ella antes, golpeó con todas sus fuerzas la pierna de apoyo de la Medio Elfa para después propinarle un fuerte rodillazo en el vientre. Verkóre quedó ligeramente aturdida por los dos golpes, y sin dejar tiempo a que se recuperara, apartó de un manotazo la mano izquierda de la Medio Elfa, aún ensangrentada, y colocó su mano diestra, que empuñaba a Eärmacil, por encima del brazo de Verkóre, entre el codo y el hombro, y con su mano izquierda sujetó firmemente su antebrazo, entre el codo y la muñeca, que aún asía su espada. Y entonces, hizo presión inversa con sus dos manos, rompiendo el brazo de Verkóre. El chasquido del hueso resonó en toda la caverna, aunque fue ahogado por el aullido de dolor de la Medio Elfa. Su espada cayó al suelo, y Varyamo alzó el rostro de Verkóre con su mano izquierda.
-Te dije que mi espada probaría la sangre de Udûn, y que esa sangre sería la tuya. Me pregunto si la sangre de Udûn es negra, pues negros son vuestros corazones. Aunque creo que estoy a punto de averiguarlo- dijo Varyamo, y acto seguido, la empujó violentamente contra la pared. El golpe aún aturdió más a Verkóre. Entonces, Varyamo giró sobre sí mismo para coger impulso, y de un tajo veloz y terrible, cortó el cuello de la Medio Elfa, cercenando su garganta y sus arterias. La violencia del golpe fue tal, que la sangre salió despedida y salpicó el rostro de Varyamo, que no dejaba de mirar fijamente a Verkóre. En sus ojos se reflejaba la sorpresa y la incredulidad de lo que estaba ocurriendo, pues no podía entenderlo. La sangre manaba abundantemente del cuello de Verkóre, y poco tardó en ser consciente de lo que pasaba. La sorpresa y la incredulidad abandonaron los ojos de la Medio Elfa, y fueron sustituidos por la confusión y un miedo atroz y profundo. Varyamo la miraba fijamente, y mientras se desangraba, se acercó a ella.
-Sólo espero que los golpes que te he propinado no te hayan aturdido demasiado. Por nada del mundo me gustaría saber que no estás perfectamente lúcida en estos últimos momentos que te restan. La vida te abandona rápidamente, y no sé qué destino te aguarda, o el Vacío, o las Estancias de Mandos y el Juicio de los Valar. Sea cual sea, no creo que sea alentador-
Varyamo se alejó, y entonces volvió a sentir el dolor de la herida causada por Verkóre. A un par de decenas de metros, vio a Vilendil combatiendo con Arattalion. Sabía que tenía que ir a apoyarlo, pero poco a poco, sentía que las fuerzas lo abandonaban.
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Muchas gracias a Neume por contribuir en este fragmento, y por su paciencia xD.
Cayó lentamente de rodillas sobre sus talones. Sentía frío. Las fuerzas le estaban abandonando y comenzaba a marearse. Miró a su maestro en un último esfuerzo.
Arattalion gritó de rabia al ver a su pupila. Un grito que estremeció los corazones. Verkóre trató de sonreír porque sabía lo que vendría ahora, pero no pudo. Tanteó con la mano por el suelo frío y resbaladizo de la caverna hasta que al fin lo encontró. Un trozo de piedra puntiaguda. Eso le serviría.
Se llevó la mano al corazón y apretó la improvisada daga contra su pecho. No le daría el placer a aquel extranjero de verla morir lentamente, y los udunitas no tenían miedo de la muerte.
Expiró su último aliento y se desplomó sobre el costado izquierdo.
Al Maia ya no le importaba Vilendil. Tenía que deshacerse de él lo antes posible para dedicar todos sus esfuerzos a acabar con aquel que había osado matar a su pupila. Quería corresponderle como merecía.
Empujó al Medio Elfo con el escudo haciéndole retroceder varios pasos. Apretó el puño que sostenía la espada y susurró unas palabras en la lengua de Udûn.
-Antes fui demasiado generoso contigo – dijo en la lengua común mirando a Varyamo. –Pero esta vez no habrá conjuros. Esta vez sólo sentirás mi acero. –El cuerpo del Maia irradiaba una especie de luz grisácea, y en sus ojos se leía el ansia de venganza.
Varyamo dio un paso atrás, mientras se echaba la mano a la herida del costado.
-¿Crees que eso es dolor? –preguntó Arattalion. Y al instante se echó sobre el humano ocasionándole un corte en el rostro.
Lanzaba temibles sablazos contra el humano así que Vilendil rápidamente acudió en ayuda de su compañero. El Maia repartió sus golpes por igual a uno y otro.
Esquivaban las estocadas como podían, pero apenas tenían oportunidad de responder pues Arattalion no les daba tregua. Les agotaría, les iría infligiendo pequeñas heridas hasta que decidiera que debían morir.
El Maia empujó otra vez a Vilendil, pero en esta ocasión con el escudo. Fue tal la fuerza del choque que el Medio Elfo salió despedido, golpeándose la espalda contra una pequeña columna de estalagmita, que se quebró por el impacto. Ese momento fue aprovechado por el Maia para acercarse a Varyamo. Tiró el escudo al suelo, se cambió la espada de mano y golpeó con el puño el rostro del humano. La nariz de Varyamo sangraba en abundancia. Arattalion le quitó de un golpe la espada y Eärmacil cayó a un lado, a pocos metros. Le agarró por el cuello y le elevó unos centímetros del suelo apoyándole contra una de las paredes de la cueva.
Varyamo trataba de zafarse y lanzaba patadas contra el Maia.
Arattalion metió los dedos en la herida del costado derecho, aquella que le había originado Verkóre y los removió. El humano lanzó un grito de dolor, lo cual satisfizo al udunita.
-Cada vez te costará más coger aire –dijo el Maia con una sonrisa. Y a continuación le lanzó a un lado pues había sentido la presencia de Vilendil. Saltó atrás para evitar el golpe del Medio Elfo, pero no lo pudo esquivar completamente por lo que recibió un pequeño corte en el brazo. Y esto le hizo enfurecer aún más.
Volvió a la carga. Varyamo había podido recoger su espada, pero sus golpes apenas tenían ya peligro. El Maia notaba como le abandonaban las fuerzas al enemigo. Sería cuestión de tiempo terminar con él. Y su querido compañero no podría hacer nada para evitarlo. Sin embargo, algo no iba bien, y no tenía nada que ver con los necios ruitas. El ambiente se estaba enrareciendo. Todavía no podía identificar por qué, pero lo sentía.
“Será mejor que acabe con estos dos de una vez”
Propinó un codazo con su brazo izquierdo en el rostro de Vilendil que le dejó aturdido durante unos segundos. A continuación le soltó una patada a Varyamo en el estómago. Aprovechando que el humano se había inclinado por el dolor, le agarró del pelo y le golpeó la cara contra su rodilla repetidas veces.
Por último, y antes de dar el golpe de gracia, Arattalion le clavó su espada en el pie, para acto seguido empujarle y tirarle al suelo.
-Ahora sabrás cómo acabamos con las ratas en Udûn – dijo el Maia mientras se acercaba a su víctima.