Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Tomando nuevamente sus dagas, Firye trato de volver al combate, a aquella triste cueva aún infestada de inmundas criaturas. Sin embargo, su mente aún no era del todo clara y sus sentidos se hallaban aún aturdidos. Pues mientras que la cabeza parecía retumbarle con cada movimiento y cada sonido una estela luminosa parecía empañar su mirada. Aunque de esto último, tardo un tiempo en darse en cuenta que no se debía al golpe.
En la otra punta de la aquella cueva parecía crecer una luz, que rápidamente se iba haciendo más y más intensa e iba desvaneciendo la oscuridad en las que se encontraban. -¿Qué diablos es esa luz?- consiguió mascullar aún débil de ánimo. Fue entonces cuando el fuego de donde procedía aquella luz se fundió de nuevo con las sombras y antes de que la llama volviera a iluminar con mayor fuerza la caverna, supo con certeza de que se trataba. -¡Balrog!- gritó a pleno pulmón.
Todos cuantos allí estaban fueron entonces conscientes de aquel demonio del mundo antiguo, ya fuera por el grito de Firye, por el nuevo estallido de fuego, o aquella presencia oscura palpable en sus corazones. Los orcos y el troll comenzaron a retroceder a pesar de la distancia que aún los separaba del barlog mientras el resto quedo por lo general paralizado. Ese era el caso por ejemplo de Firye quien no apartaba la vista de aquella bestia a pesar de que en su longeva vida había visto prácticamente de todo, y quien vio o creyó ver en la distancia una figura a los pies del balrog, antes de que este en un nuevo paso hacia adelante borrara tal indicio. Fuera o no fuera cierto algo más lúgubre y sombrío acompañaba al balrog, y aquella mera presencia le producía gran fatiga y debilidad aunque bien deseaba que fuera únicamente consecuencia aún del golpe.
Menos impresionado estaba en cambio Arattalion, más inmerso en su ira y venganza, siendo para él la presencia del balrog simplemente irrelevante. A su merced se encontraban Vilendil y Varyamo, quienes incapaces ya de hacer frente al maia esperaban únicamente el golpe de gracia, del cual el heredero de Haeré sería el primero en recibirlo. Aunque aquella terrible certeza aún les era velada a causa de la ingenua esperanza, pues necios eran los que llevaban en sus venas el espíritu del Reino Unificado.
De un fuerte pisotón, clavó su pie en el pecho y en las entrañas de aquel ruita, como se aplasta y revienta contra el suelo cualquier inmunda criatura. Unas cuantas costillas se hicieron trizas con aquel golpe directo a la boca del estomago, quien le robó todo aliento al humano y vertió sobre sus entreñas su amarga bilis. Solo sangre exhalaba ya Varyamo con un leve gorgoteo, entre sus dientes y labios enrojecidos por la misma, brillando cual rubíes en aquel rostro cada vez más palido y apagado de vida. Consciente que poco sufrimiento más le sacaría a aquel pobre hombre, Arattalion puso la punta de su espada sobre el cuello de Varyamo, dispuesto a cercenar de un golpe su cabeza. La cual observaría, desde lo alto y sobre la punta de una lanza, los vastos dominios de Udûn para el resto de la eternidad.
-Detente, Arattalion- ordenó una voz en el interior de su cabeza golpeando su ser con palabras que de sombrías eran a la vez inmensas y vacías como la nada. Aquello detuvo en seco al maia, no porque acatará aquella orden, pues libre era de hacer cuanto se le antojara, sino por sorpresa. Ya que sorprendido estaba de oír de nuevo aquella voz, de quien creía destruido y olvidado en la inmensidad los años. -Detente, y déjalos marchar- volvió a ordenar aquella voz en su cabeza mientras que paso a paso el balrog, tras la cual su portavoz se ocultaba, se hacía aún más grande.
-¡JAMÁS!- rugió para sus adentros con tal fuerza que se jactó esgrimiendo una sonrisa desafiante. Osadía que fue respondida con un aire enfermizo y nauseabundo que parecía aferrarse a su ser hasta ahogarlo, y penetrar en él frío y mortal, intentándolo mecerlo en un sueño sin fin, del cual el maia bien pudo zafarse.
-¿Por qué tratas de enfrentarte a mí cuando sabes que la victoria es para ti un premio inalcanzable?-
-¿Por qué he de creer tal cosa y temeros?-
Entonces en la mente de Arattalion se sucedieron imágenes de destrucción, tierras que eran pastos de las llamas, gritos de dolor y muerte. Las gratas imágenes fueron poco a poco sucediéndose más despacio hasta casi diluirse. -Déjalos marchar y el destino hará que de aquellos que son puros comience la mayor de las tragedias y la perdición de este mundo. Déjalos marchar y oirás sus gritos y lamentos aún cuando ellos hayan muerto.-
-Hacéis promesas demasiado elevadas cuando quien más poder han ostentado ha fracasado. No son más que necias palabras, y tu poder no me llega ni a las suelas, ni a las mías, ni mucho menos a las de Udûn.-
-Cuan errado estas.-
La caverna entonces comenzó a temblar, quebrando sus paredes y comenzando a sucumbir mientras el balrog se aproximaba más y más. Aquellos a quienes la conversación les era ajena, creyeron que tras el derrumbe de la caverna estaba la mano de Arattalion, dispuesto a terminar con aquel insolente balrog. Y estos, aprovechando la distracción que el maia les ofrecía aprovecharon entonces para huir rápidamente de aquel lugar, antes de que se viniese definitivamente abajo. Sin embargo, el poder de Arattalion no hacía más que contener la piedra y evitar que aquella nociva presencia enfermara su alma, mientras que con la mano aferraba su espada esperando la llegada del balrog. El filo de Mormithril brilló alto y ante tal gesto un látigo como una lengua de fuego brotó en el aire con un sonoro chasquido, audible aún para el último de los que huían de aquel lugar, y quien dejaba al fin aquel enfrentamiento libre de entrometidos.
[Editado por Thauld el 03-08-2010 23:49]
Capítulo 4. Las olvidadas tierras
Las piedras caían sobre ellos al tiempo que parecía que las mismísimas entrañas de la tierra rugían con rabia. La estancia donde antes el grupo había tenido que enfrentarse con la compañía udunita ahora se resquebrajaba y temblaba a partes iguales. El udunita Utark había huido con los orcos, el troll y el resto de udunitas mientras que el grupo, libres de la batalla, habían acudido a ayudar a sus otros amigos, con los que al fin se reunían después de que la fuerte tormenta de arena del exterior los hubiera separado.
Narudud y Olostarin, avanzando los primeros hacia el lugar donde había aparecido el balrog, encontraron a Earondûr recostado en la roca y lo cogieron a tiempo de que una gran piedra cayera sobre él. Al fondo, el elfo vio que Vilendil intentaba recoger el cuerpo inconsciente de Varyamo.
- Yo iré a ayudar a Vilendil – informó Narudud mientras se adelantaba hacia el medio elfo. Firye, viendo que el gondoriano necesitaría ayuda, fue detrás del elfo.
El rostro de Varyamo estaba pálido y apenas había atisbo de vida en él. Narudud lo miró con pesadumbre mientras Firye se agachaba sobre él y alzaba su cabeza para limpiarle la sangre que salía de la boca.
- Aún respira – anunció la elfa mientras acariciaba lentamente el rostro del humano. – Pero el hilo que le une a la vida es cada vez más fino.
Vilendil, a pesar de que tenía algunas heridas, no quiso dejar de ayudar a transportar a su sobrino, así que junto a la elfa alzaron el corpulento cuerpo desde un costado mientras Narudud lo hizo del otro. De esa manera, Firye y Vilendil que compartían el peso de uno de los dos costados, aprovecharon para realizar unos rápidos primeros auxilios. Delante de ellos, Mazan y Olostarin cargaban con el cuerpo aún inconsciente de Earondûr y Vaereth había encendido una antorcha con un pedernal que guardaba en su bolsillo y se disponía a abrir la marcha a pesar de que una herida en su pierna le había ocasionado una ligera cojera.
- ¡Rápido! ¡Hay que encontrar la salida, la caverna se va a venir abajo! – apremió Narudud mientras se arrastraban en la dirección por la que habían venido.
Más allá de la sala donde se habían encontrado inicialmente con el troll y los orcos, alcanzaron un gran pasadizo cuyas paredes temblaban con urgencia. La travesía de ellos a través de las mismas fue bastante incierta y tuvieron que hacer mucho esfuerzo para no ser golpeados por las piedras. Aunque en los pensamientos de todos ellos, aún estaba la aterradora figura del balrog, ya que muchos de ellos no habían visto a ninguno anteriormente, solamente los conocían por las historias y las leyendas que algunos ancianos narraban cerca del fuego. Narudud, mientras hacía esfuerzos por llevar el cuerpo de Varyamo junto a Firye y Vilendil, estaba envuelto en sus propios pensamientos preocupado por todo lo que había ocurrido en aquellas cavernas. No obstante, lo que más preocupaba a Narudud era la figura que había creído ver al lado del balrog que le había producido una espeluznante sensación en el instante fugaz que lo había visto. Temía que un mal más oscuro que el balrog y los udunitas se escondiera en aquella tierra y se preguntaba si todo aquello estaba relacionado con el misterioso trozo de papel que llevaba en su bolsillo y que tanta inquietud le había producido tras su lectura. Pues el papel era lo que le había empujado a acompañar al enano y al resto del grupo hacia la legendaria tierra del Reino Unificado.
[Editado por aratir el 05-08-2010 17:48]
A medida que avanzaban por el pasadizo, éste se iba ensanchando, y todos notaron que empezaba a descender hacia el exterior. Los temblores se fueron apagando según se alejaban de la caverna en la que había aparecido el Balrog, y los desprendimientos de rocas habían cesado. El aire estaba enrarecido, y en el ambiente flotaba una gran cantidad de polvo y arena, lo que hacía aún más difícil respirar. Aunque avanzaban lentamente en silencio, todos se sintieron aliviados al sentir cómo desaparecían los temblores, pues eso significaba que el Balrog no los seguía. O al menos, no lo hacía inmediatamente. Reconfortados con estos pensamientos y con el hecho de seguir vivos, continuaron avanzando, y a cada metro que avanzaban, notaban que el aire era más puro y que les costaba menos respirar. Justo después de doblar un pequeño recodo, un nuevo y poderoso temblor sacudió el pasadizo, y un gran estruendo resonó a sus espaldas.
-¿Qué ha sido eso?- preguntó alarmado Vaereth. Aunque nadie contestó, todos temían que se tratara del Balrog, que por fin se había librado de Arattalion, y ahora iba a por ellos.
-Voy a echar un vistazo, enseguida vuelvo- dijo finalmente Firye, mientras se deslizaba con sumo cuidado para que su movimiento no perturbara en exceso a Varyamo, quien parecía haber quedado inconsciente.
-Ten cuidado- dijo Narudud mirando a la Elfa de reojo.
Firye se limitó a sonreír antes de desaparecer tras el recodo de piedra. El silencio se apoderó del resto del grupo, y lo único que lo rompía era la pesada y entrecortada respiración de Varyamo, asi como sus quejidos y murmullos. Los segundos se hacían eternos, y todos empezaron a temer lo peor al ver que Firye no regresaba, aunque apenas habían transcurrido unos instantes desde que la Elfa se había marchado. Cuando la vieron reaparecer tras la pared de roca, todos sintieron cómo desaparecía parte del gran peso que los oprimía.
-El túnel está bloqueado unos cien metros más allá del recodo. El techo se debió derrumbar con esa última sacudida- dijo Firye, y sus palabras aún animaron más al resto del grupo.
-¡Perfecto! Así no nos podrá seguir esa maldita criatura- dijo Olostarin.
-Así es, pero yo no me quedaría aquí a celebrarlo mucho tiempo. No creo que este túnel, al menos en este tramo, pueda resistir otro temblor como ése. Debemos seguir avanzando o podríamos quedar sepultados- intervino Mazan.
Todos estuvieron de acuerdo con las palabras del Enano, y prosiguieron su penosa marcha. El pasadizo seguía descendiendo, y poco después aparecieron túneles que se abrían a ambos lados, aunque la mayoría eran poco más que simples fisuras o aberturas excavadas en la roca por la erosión de los elementos. Sin embargo, el miedo se volvió a apoderar de ellos, y cada vez que veían un nuevo túnel lateral esperaban que alguna criatura maligna los estuviera acechando, preparada para saltar sobre ellos a la menor oportunidad. Avanzaron hasta que llegaron a una zona en la que el pasadizo se ensanchaba varios metros a cada lado hasta formar una pequeña cueva. Unos pocos metros más adelante había un recodo por el que se filtraba débilmente la luz del sol, pero también era el origen de un silbido penetrante y agudo, una especie de lamento quejumbroso que no tenía fin. Vaereth se adelantó hasta llegar al recodo, y unos instantes después regresó cojeando.
-La tormenta de arena que nos obligó a refugiarnos en estas cuevas aún no ha cesado. Creo que lo peor ya ha pasado, pero aún queda al menos una hora para que podamos salir al exterior sin correr peligro. Creo que lo mejor será acomodarnos aquí lo mejor posible y esperar- dijo el varante.
Las palabras del zahorí desanimaron al resto del grupo. Tras el combate con las tropas de Udûn, la aterradora visión del Balrog y su afán por escapar de esa cueva maldita, habían olvidado por completo la tormenta de arena del exterior. En ese momento, también cayeron en la cuenta de que habían perdido los camellos con las provisiones, y que si no los encontraban rápidamente, no durarían mucho tiempo. Mazan y Olostarin recostaron a Eärondûr junto a la pared de roca, mientras Vilendil, Narudud y Firye dejaban a Varyamo tendido en el suelo. El Medio Elfo estaba abatido por la pena y el dolor al ver a ambos en semejante estado. La impotencia por no poder hacer nada para ayudarlos lo dominaba, y una intensa rabia creció en su interior. Firye estaba junto al cuerpo de Varyamo, examinando sus heridas, y su rostro reflejaba una gran preocupación. Narudud se acercó a ella y le habló.
-¿Qué le ocurre? ¿Vas a poder ayudarlo?- preguntó.
-Sus heridas son graves. Tiene varios cortes en el rostro y la nariz rota. También tiene varias costillas rotas, pero son las heridas del pie y del costado las que más me preocupan. Algo muy extraño hay en ellas, algo que nunca había visto. Sangran poco, pero al tacto están frías, y esa sensación se está extendiendo. Además, su cabeza está ardiendo de fiebre, y parece como si delirara- replicó Firye.
-Es el Hálito de Udûn. Esas heridas han sido infligidas con armas forjadas en las fraguas secretas de Udûn y consagradas por los poderes oscuros que allí habitan, como Arattalion. Muy pocos han conseguido sobreponerse a este mal, aunque uno de ellos fue el padre de Varyamo, que fue herido en el hombro cuando fue capturado por la espectra Mwâlimë. De no ser por su resistencia a los poderes oscuros, cualquiera con semejantes heridas habría muerto hace tiempo. En realidad son pocas las armas capaces de infligir un mal semejante, pues la confianza no abunda entre los Señores de Udûn. Pero aún hay esperanza para él, aunque el tiempo se agota- terció Vilendil.
-No puedo hacer nada por él en estas circunstancias, mis poderes de curación son grandes, pero necesito lo que traje conmigo. ¡Ni siquiera tengo agua para lavar sus heridas, y las vuestras, por cierto!- dijo Firye.
En ese momento, Vilendil murmuró unas palabras que ni aún Narudud o Firye pudieron oír, y luego entonó un canto apenas audible, como si fuera una llamada. Todos lo miraron extrañados y asombrados, pero su asombró fue aún mayor cuando unos segundos después, escucharon el eco de un relincho como única respuesta. Unos minutos después, Nixelotë apareció súbitamente por uno de los túneles laterales, y a continuación aparecieron uno por uno los doce camellos, que seguían dócilmente al hermoso caballo de Vilendil.
-Es increíble, ¿pero cómo ha podido suceder?- preguntó asombrado y maravillado Vaereth.
-Cuando nos asaltaron los Udûn-Hai, le susurré a Nixelotë que buscara un lugar seguro hasta que lo llamara, y que se llevara consigo a los camellos. Son animales criados por los Elfos de Cadraldôst, por lo que obedecieron dócilmente a Nixelotë- respondió Vilendil.
-Bendito sea tu buen juicio, Vilendil- dijo Mazan.
-Así es, pero no hay tiempo que perder. Los que no estéis heridos, por favor, coged un par de odres de agua de los camellos y mirad a ver si queda algo de leña entre nuestras provisiones. Si la encontráis, haced un pequeño fuego con la antorcha de Vaereth y calentad el agua. Vilendil, tú atiende a Eärondûr, limpia su herida y véndasela. Yo me ocuparé de Varyamo- dijo Firye, y todos hicieron caso de sus palabras.
Mientras Firye buscaba entre su equipaje las hierbas y ungüentos necesarios, Mazan y Narudud reunían la poca leña que aún les quedaba mientras que Olostarin descargaba un par de odres de agua. Vaereth ayudaba en lo que podía, aunque estaba inquieto, y el dolor de su herida no tardó en obligarlo a parar y descansar. Le preocupaba el agua, que gastaran sus reservas y que fueran incapaces de encontrar un acuífero subterráneo en medio del desierto. Pero el dolor pudo más, y no dijo nada de momento. Vilendil se sentó junto a Eärondûr, al que consiguió reanimar sin mucho esfuerzo. Le explicó rápidamente lo que había sucedido desde que quedó inconsciente, y le lavó el rostro, cortando el sangrado de su nariz. Después examinó la herida de su muslo y se la limpió. Afortunadamente el corte no era muy profundo y no había afectado ninguna arteria principal. El Medio Elfo lo vendó de tal forma que ejerciera la suficiente presión sobre la herida para que ésta dejara de sangrar.
Cuando terminó de curar a su sobrino, Vilendil se recostó a su lado, pues estaba casi extenuado por completo tras su combate con Arattalion. Tenía la espalda muy dolorida por el último golpe, que lo había lanzado despedido contra una estalagmita, rompiéndola con el impacto. Mazan y Narudud habían conseguido reunir la leña suficiente para hacer una pequeña hoguera junto a la pared de roca, y en cuanto estuvo encendida, Olostarin dejó uno de los odres de agua sobre ella, colgándolo de un saliente capaz de resistir el peso. Firye por su parte, después de haber dado algunas vendas a Vilendil, había encontrado el pequeño fardo en el que llevaba las athelas y el resto de las hierbas curativas. Examinó de nuevo el rostro de Varyamo, y lo llamó varias veces por su nombre, pero el hombre no respondió. Colocó la mano sobre su frente, que ardía como el fuego, y luego volvió a examinar la herida del costado. Un frío mortal se había adueñado de ella, y tenía un aspecto espantoso. Y la herida del pie no estaba mucho mejor.
-¿Está el agua preparada?- preguntó Firye, acercándose a la pequeña hoguera.
-Sí, ya está bastante caliente- respondió Olostarin.
La Elfa no respondió. Sacó media docena de hojas de athelas y de otras hierbas medicinales, y después de triturarlas, las echó en el agua humeante. Una suave fragancia impregnó toda la cueva, una frescura vivificante que reconfortó y reanimó los corazones de todos. Incluso algunos sentían que el dolor y el miedo que los acuciaban desaparecían en parte. Firye mojó un pañuelo en el agua y dejó que quedara bien empapado, y después lo colocó sobre la frente de Varyamo y lo llamó de nuevo. Después volvió a humedecer el pañuelo en el agua y con él mojó el vientre de Varyamo, allí donde había recibido los golpes de Arattalion que le habían roto las costillas. Cogió otro pañuelo y lo volvió a empapar de agua, y con él limpió y lavó la herida del costado. Después, con la ayuda de Olostarin y Mazan, incorporó a Varyamo para que las vendas pudieran rodearlo por completo. Así, los pañuelos quedaron sujetos con firmeza sobre su vientre y su costado para que la fuerza curativa de las athelas siguiera surtiendo efecto durante algunas horas. Firye volvió a colocar sus manos sobre la frente de Varyamo, y comprobó que la fiebre había bajado, pero no había desaparecido por completo. Volvió a llamarlo por su nombre, pero siguió sin contestar. Y el rostro de Firye ya daba muestras de un gran cansancio, pues nunca se había enfrentado a un mal tan poderoso, y sus esfuerzos para curar las heridas de Varyamo la estaban dejando al borde mismo de sus fuerzas. Después, repitió el mismo procedimiento con la herida del pie, y después de vendarla, volvió a colocar sus manos sobre la frente de Varyamo. Aunque aún no había conseguido erradicarla por completo, la fiebre le había bajado aún más, y los delirios casi habían desaparecido. Por último, cogió un pequeño tazón y lo llenó con el agua del odre, y con ayuda de Olostarrin, se lo dio a beber al hombre. El rostro de Varyamo mostraba una mayor paz y tranquilidad que antes, y respiraba con más facilidad. Firye sonrió y se dejó caer en el suelo, agotada. Narudud se acercó a ella y se sentó a su lado.
-¿Qué tal está Varyamo, se recuperará?- pregunto Narudud.
-Vivirá, pero tardará un tiempo en recuperarse de esas heridas. Y no me refiero a los huesos rotos, que al fin y al cabo sólo es cuestión de tiempo. Las que más tiempo tardarán en cicatrizar son las heridas que ha sufrido su espíritu, aunque es fuerte, y algo encontró que lo fortaleció aún más, o no habría conseguido sobrevivir tanto tiempo. Pasará algunos días, quizás semanas, sumido en un sueño intranquilo en el que deberá enfrentarse a sus temores y miedos más profundos- respondió Firye, y todos se alegraron al oír las buenas noticias, aunque quedaron apesadumbrados y desconcertados por la última frase de la Elfa, especialmente Vilendil.
-¿Y tú qué tal estás?- volvió a preguntar Narudud.
-Extenuada… necesito descansar un poco, aunque sea sólo por unos minutos. Además, aún me duele el golpe de aquél maldito Troll. Nunca había tenido que hacer frente a un mal semejante. Pero aún tengo que atender a Vaereth y a Vilendil, y asegurarme de que la herida de Olostarin no se ha vuelto a abrir- dijo la Elfa.
-No te preocupes, sobrevivirán sin tus cuidados. Necesitas descansar- replicó Narudud. Pero antes de que terminara la frase, Firye vio las quemaduras en la mano derecha del Elfo y le cogió la muñeca.
-¿Cómo te has hecho esto?- preguntó sorprendida.
-Cuando salí de Cadraldôst no llevaba espada, y tuve que coger una cimitarra de uno de los Udunitas para defenderme, y éste es el resultado. Creo que será la última vez que salga en una aventura sin estar armado- rió el Elfo.
-No lo tomes a broma Calenên, estas quemaduras son muy graves, no puedo permitir que te ocurra nada semejante. Anfalas y Mêlel me pidieron que me asegurara de que no te pasara nada- replicó Firye.
Narudud cedió, y dejó que Firye le aplicara un ungüento sobre la palma de la mano y que después se la vendara. La Elfa también examinó la herida en la pierna de Vaereth, y después de limpiársela se la vendó. Después comprobó que la herida en el hombro de Olostarin no se hubiera vuelto a abrir, y por último, dio a beber otro sorbo del agua en la que había triturado las athelas a Vilendil. Cuando hubo terminado, se sentía otra vez agotada, y volvió a sentarse para recuperar fuerzas. Olostarin y Mazan repartieron parte de las provisiones entre los demás, y todos menos Varyamo, que aún seguía inconsciente, pudieron comer algo rápidamente. En ese momento, a Vaereth le volvieron los temores sobre la escasez de agua, y habló.
-Hemos consumido bastante agua para lavar y curar nuestras heridas, y no creo que tengamos la suficiente para llegar a Sein Cair Andros. Y dudo muchísimo que seamos capaces de encontrar agua en el desierto- dijo el varante.
-No te preocupes, esta mañana encontramos algunos manantiales y lagunas en las laderas de la montaña, seguro que hallamos agua en abundancia para reponer nuestras reservas- respondió Olostarin.
-Te olvidas de la tormenta de arena. ¿Habéis visto alguna vez un manantial después de haber soportado una tormenta de arena? Las lagunas se convierten en un lodazal con la cantidad de arena que cae en ellas, por no hablar de las inmundicias de todo tipo que haya arrastrado la tormenta. Y los manantiales lo más probable es que hayan quedado sepultados o destruidos. No, no encontraremos agua que nos pueda servir en el exterior- replicó Vaereth.
-¿Entones qué hacemos?- preguntó Mazan.
-Aunque es arriesgado, tenemos que buscar por estos túneles y pasadizos alguna corriente de agua o algún manantial subterráneo. Estas paredes han sido erosionadas por el agua, seguro que no nos cuesta mucho encontrar la suficiente- respondió Vaereth.
Todos estuvieron de acuerdo, y Vaereth, Mazan y Olostarin fueron los encargados de ir a buscar el agua. Llevaban consigo los odres y cantimploras que se habían vaciado desde que los llenaran por última vez. Por suerte, no tardaron mucho en hallar una fuente de agua, como había previsto Vaereth, y en menos de media hora ya estaban de regreso con los odres y cantimploras llenos. Mientras los cargaban en los camellos, Firye se fijó en la particular forma de caminar de Mazan y en cómo éste se llevaba las manos al costado izquierdo. Entonces comprendió que el golpe que le había propinado el Troll con su maza le debía haber dejado algún tipo de secuelas, aunque sabía que por su orgullo, un Enano jamás admitiría ante un Elfo que estaba herido. Por lo tanto, se acercó a él, y le expuso la situación. A regañadientes, y después de una larga conversación, Mazan permitió que la Elfa examinara su costado izquierdo, comprobando que tenía varias costillas fisuradas. Firye se las vendó y le dio a beber lo que quedaba del agua en la que había triturado las athelas. Poco después, la tormenta amainó, y el grupo pudo por fin salir al exterior. Vilendil y Olostarin construyeron una camilla improvisada con un par de largos troncos de madera y un par de mantas, y en ella dejaron a Varyamo. Ataron un extremo de la camilla a la silla de uno de los camellos para que tirara de ella, y también ataron con cuidado a Varyamo a la camilla, para que no se cayera, y le cubrieron el rostro para protegerlo del sol.
Poco después dejaban atrás las Numen Metta, y la pequeña caravana se dirigía nuevamente hacia el este.
El desierto una vez los volvía a recibir, inhospitalario, implacable y extremadamente hostil a pesar de que la tormenta de arena había pasado. Mientras avanzaban lentamente por la tierra amarilla y yerma no dejaban de recorrer con sus mentes las aperturas oscuras de las grutas que habían dejado tras ellos, sin olvidar el tumultuoso encuentro con los udunitas y el impresionante balrog que había hecho zozobrar lo más profundo de las montañas.
No estaban seguros de que no se volverían a encontrar con los udunitas y, por ello, intentaban avanzar lo más rápidamente posible aunque, evidentemente, a causa de los heridos, debían de hacer más paradas de la cuenta. El estado de Varyamo era el que más preocupaba ya que pasaría mucho tiempo hasta que recuperara la consciencia. Así que las siguientes semanas a la partida desde las Numen Metta el viaje estuvo marcado por el desánimo que producían aquellos parajes sin vida, el temor que imprimían las alargadas sombras de la tierra de Udûn (la cual habían intentado evitar yendo hacia el sureste, alejándose lo más posible de las Emyn Ghâsh, la frontera natural del clan más cercana a ella) y el estado de Varyamo. Apenas se escuchaba una palabra de sus bocas, salvo cuando Vaereth y Vilendil debatían sobre el camino o cuando el grupo estudiaba cómo hacer un ahorro de la comida que llevaban con ellos. Lo único bueno de lo cual podían agradecer a los dioses, es que habían recuperado a todos los camellos y la mayoría de las pertenencias que llevaban con ellos.
Al cabo de unas semanas, el paisaje empezó a cambiar y Vaereth informó de una noticia que animó a los corazones de los viajeros. A lo lejos había visto la silueta solitaria de la montaña Uileulca Nema, una singular prominencia en medio del mar de arena, una señal de que las antiguas tierras del Reino Unificado estaban más cerca. Entonces, tras la comida de ese afortunado día, para ayudar a mejorar el ánimo, Firye empezó a cantar una antigua canción que hablaba de bosques y arroyos, de animales que plagaban los cursos de agua que desembocaban en el mar y de la refrescante sensación que el agua producía en los cuerpos cansados. Su voz era dulce y armoniosa y logró que sus compañeros sintieran el efecto de la misma agua en sus cuerpos como si realmente éstos estuvieran bañándose en un río.
Emprendieron la marcha con mejor moral pues sabían que a pocos días estarían en las Uileulca Mena, lo que significaba que no tardarían en llegar al Reino Unificado. No es que las legendarias tierras del olvidado reino les inspirara total confianza porque había pasado mucho tiempo desde que aquel lugar fuera un reino con vida y seguridad, pero aún así al menos el paisaje sería algo mejor que el que les había acompañado prácticamente desde el inicio del viaje. Además, tenían ya ganas de llegar a su destino, Seir Cain Andros.
El cielo estaba despejado y un viento menos cálido empezó a soplar proveniente del este. El terreno empezaba a cambiar, el suelo se volvía algo pedregoso a medida de que avanzaban hacia el oriente. Luego por la noche, una limpia y blanca luna llena apareció en el cielo estrellado. Después de cenar, todos se fueron a dormir salvo Firye y Narudud que iniciaban el turno de la guardia nocturna.
El nieto de los reyes de Cadraldost bebió algo de agua de una de las cantimploras y se sentó mirando hacia el este. Firye estaba cerca de él.
- ¿Tú también lo viste? – preguntó repentinamente la elfa.
Narudud, que jugueteaba con la arena del suelo, tardó en responder. A pesar de que durante aquellas semanas había trabajado muy cerca de la elfa, aún se sentía incómodo en su compañía. Hubiera preferido tener otra compañía en la primera guardia.
- ¿Ver qué?
- Junto al balrog había una presencia – informó ella.
- La noté. Creo que hay algo despertando en estas tierras, pero no sé qué es. Se aproxima la guerra – habló el elfo.
Firye no dijo nada a continuación, sino que miró hacia el elfo para intentar contemplar su rostro. Había algo en el nieto de los reyes de Cadraldôst que le preocupaba, había cambiado mucho desde que cambiara su vida palaciega para participar en los asuntos de los humanos y aquello le había hecho perder parte de su esencia élfica. Eso era lo que preocupaba a sus señores y, por ello, le habían pedido que iniciara aquel viaje. Querían recuperar a su nieto y no sabían cómo. Firye había hecho averiguaciones y algo conocía sobre los asuntos que habían entretenido tanto tiempo al elfo entre los haddaryai.
- Y Adudran participará activamente en ella, no me cabe duda. Ahora falta saber en qué bando lo hará.
Narudud podría confirmar o desmentir aquella aseveración, sin embargo, desconocía los detalles pues en su mente se hallaba mucha información oculta que le impedía conocer qué estaba ocurriendo en Ambaron. No obstante, estaba sorprendido de lo directa que estaba siendo la elfa, aunque en realidad no le molestaba. Durante un instante, estuvo decidido a confiar en ella, a pesar de la incomodidad de su presencia, para así poder quitarse algo de peso de encima. Pero la vacilación duró pocos segundos.
- Eso sólo lo sabremos cuando la guerra finalmente llegue – respondió el elfo.
Aunque Narudud quería poner punto final a la conversación, Firye no estaba en esa disposición e insistió.
- ¿Y en qué bando estarás tú, Calenên?
Esta vez sí se sintió molesto con la insistencia de la elfa.
- No es de tu incumbencia, Firye. Más bien te consejo que te preocupes en decidir en cuál estarás tú.
Firye iba a replicar cuando se escuchó cerca un fuerte murmullo. Ambos se giraron. Varyamo parecía estar envuelto en sueños intranquilos. La elfa se levantó para asistir al caballero dejando al elfo a solas.
[Editado por aratir el 20-09-2010 21:29]
Lentamente el grupo de viajeros se aproximaba a los límites del Gran Eärnar; la costa del Mar de Fuego se hallaba próxima pues en el horizonte ya se alzaban las ruinosas cumbres del Uilumgardh, en el corazón de Uileulca Mena, la antigua provincia del Reino Unificado.
El avance de las arenas había desecado tiempo atrás el viejo cenagal que cubría esas tierras, pero aún así, el clima empezaba a ser más tolerable que en jornadas anteriores.
El joven Eärondûr estaba absorto recordando historias que se contaban en su casa sobre aquel lugar cuando, en un borde del camino, junto a unas grandes rocas cubiertas por extraños líquenes, reconoció algo familiar, una extraña construcción de piedras y ramas que su abuela le enseñó a colocar cuando era un niño.
El muchacho se separó de la comitiva y se acercó a aquel lugar, desmontando con cuidado las ramas y las piedras descubrió unos viejos pergaminos metidos en una antigua funda de cuero.
- Están fechados en el año 76 y la letra es la del viejo Eärondûr... debió dejarlos aquí antes de abandonar Vanwendor.
El joven regresó con sus compañeros y comenzó a leer los viejos pergaminos:
Estimado viajero de tierras lejanas, desconozco de dónde procedes y quién rige en este momento estas tierras, pero acabas de entrar en los dominios del antiguo Reino Unificado de Vanwendor. Sed bienvenidos a Uileulca Mena, el antiguo pantano protector de Meluvenorë y los Valles del Sirinieldon.
Puede que te parezcan unas tierras austeras, monótonas y sin vida, pero en ellas tuvo lugar la última gran batalla de este lado de Arda; batalla que, gracias a nuestra victoria, permitió la derrota de Annatar y la llegada del Dominio de los Hombres.
Vanwendor, la Tierra Olvidada, fue clave en el futuro de Arda, pero el sino de estas tierras es el olvido y eso fue lo que ocurrió con las grandes gestas acaecidas en este mismo lugar que hollan tus pies.
Pero el olvido no es algo novedoso en Vanwendor y fue lo que provocó en primer lugar que aquella gran guerra tuviese lugar en las raíces de Uileulca Mena...
En los albores del tiempo, Fëanor, grande entre los Primeros Nacidos, creó sus Tres Grandes Joyas que desencadenaron las épicas guerras de Beleriand... dos de esas joyas se perdieron, cayendo una de ellas en el Olvido...
Mas no todos los grandes se olvidaron de Vanwendor y su Silmaril, el oscuro Mornuroth ansiaba la Joya pues la necesitaba para culminar su obra. Durante siglos la buscó sin éxito, hasta que a finales de la Tercera Edad del Sol, cuando Sauron se embarcaba en la conocida Guerra del Anillo, Mornuroth comenzó la Última Guerra de Vanwendor para recuperar la Joya y junto con el poder de los fuegos del Orodruin, culminar su gran obra que sumiría a todo Arda en la oscuridad.
En los años de la Última Guerra, habitaban en Vanwendor seis grandes pueblos: el Reino Unificado, el Clan de Udûn, el Clan JEO, el Clan de Hobbiton, las Damas Oscuras y los Alquantari.
Su existencia se vio alterada en los últimos días de la Tercera Edad con la visita de extraños personajes como Yaruva, quien decía haber sido el primero en despertar en Cuiviénen; Mistiel, antigua sirviente del oscuro Mornuroth, y los Eraldini, guardianes del secreto del Silmaril.
Cuando la presencia de éstos se hizo patente entre los pueblos de Vanwendor, Mornuroth decidió atacar y grandes bestias de las profundidades del mundo arrasaron la Tierra Olvidada.
Fue entonces cuando se desveló la existencia de seis objetos de poder que llevaban siglos ocultos bajo la protección de los grandes pueblos de Vanwendor. Debido a la amenaza de Mornuroth, se convocó a los Portadores de dichos objetos a un Concilio para organizar la defensa contra Mornuroth y su posible destrucción.
Dicho Concilio tuvo lugar en una oculta fortaleza del Reino Unificado no muy lejos de aquí, en los Valles del Sirinieldon. A esta reunión excepcional asistimos: Yaruva, Mistiel y Theldraed Príncipe de los Eraldini; por el Reino Unificado, Haeré, Eärondûr (Portador del Libro Cifrado), Silme y Thinedhel; por Hobbiton, Galin (Portador de la Lanza de la Naturaleza), Ariul, Silwing y Lolindir; por los Alquantari, Ingrainelenwen (Portadora del Anillo de Cristal), Wilwarin, Taurendil y Ashlar; por JEO, Gwyllion, Sincarion, Kementari e Hyara (Portadora de la Piedra Plana “Vanthalma Ondur”); por las Damas Oscuras, Itye (Portadora de la Mariposa “Silwarin”), Galadriel, Nurusel e Imradiel; y por Udûn, Andir, Eket, Aegnor y Mwálimë (Portadora de la Espada de Nácar).
Guiados por el Silwarin, decidimos atacar a Mornuroth en su propio reino antes de que hundiese al Orodruin en el Abismo para sus oscuras maquinaciones. La Entrada al Abismo resultó estar situada en el lugar en el que te encuentras viajero, el Uilumgardh de Uileulca Mena.
Un repentino ataque de Mornuroth provocó que el grupo se dividiera en dos, los Portadores y algunos acompañantes quedaron encerrados en los abismos del maia oscuro, mientras que el resto de nobles guerreros tuvo que hacer frente a innumerables bestias que les asediaron en el Uilumgardh.
El viaje de los Portadores fue también muy arriesgado y peligroso, criaturas de las profundidades nos atacaban a cada paso y poderosos espíritus protegían el interior de las Estancias de Mornuroth. Mas finalmente el maia oscuro fue expulsado de Vanwendor con ayuda de los Objetos de Poder y el Silmaril pudo, por fin, descansar en paz.
Al mismo tiempo, en la Tierra Media, Sauron era también expulsado, por lo que los Días Antiguos llegaron a su término en toda Arda.
Las historias del Silmaril de Vanwendor y los Eraldini, la Última Guerra de Vanwendor (La Guardia Sempiterna) y el Descenso al Abismo, se encuentran recogidas en las bibliotecas del Reino Unificado, no dudes en visitarlas viajero.
Eärondûr Thorondil, Señor de Gûlninquë
Último Guardián de las Llaves.
Después de que Eärondûr leyera el pergamino dejado por su antepasado, todos contemplaron en silencio el desolado paisaje que se extendía ante ellos, intentando imaginar la gran batalla que allí tuvo lugar tantos años atrás. Alrededor de las colinas de Uilumgardh había una pequeña depresión, formada por el secamiento de los pantanos de aquellas tierras, y moldeada por las inclemencias de los elementos. Junto a las colinas había dos grandes montículos que, a ojos inexpertos o poco avezados les habrían parecido que formaban parte de las propias colinas. El grupo avanzó en silencio, y los de mirada más penetrante no tardaron en advertir que había muchos objetos que brillaban bajo la luz del sol otoñal. Los demás no tardaron en darse cuenta también, y cuando llegaron al borde mismo de la depresión, descubrieron cuál era el motivo. Allí, desperdigados todo alrededor, estaban los restos de la gran batalla de Uileulca Mena. Parcialmente desenterrados por la acción de los elementos desde que se secaran los pantanos, la tierra estaba repleta de armas y escudos, y de muchos esqueletos que aún empuñaban firmemente sus espadas y llevaban sus cotas de malla, sus armaduras y sus yelmos, algunos hendidos y abollados.
El grupo continuó avanzando a través de ese panorama sobrecogedor hasta que finalmente llegó al pequeño llano que se abría a los pies de las colinas de Uilumgardh, donde habían decidido pasar la noche. En apenas una hora habían levantado el campamento en el extremo suroriental de las colinas. Aunque hacía muchos años que las criaturas de Mornuroth habían desaparecido de la faz de la tierra, todos se sentían extrañamente inquietos, especialmente Eärondûr, Vilendil y Varyamo. Este último había recuperado la consciencia la noche anterior, como si algo en su interior le hubiera impulsado a despertar cuando atravesó la antigua frontera del Reino Unificado, abandonando los sueños oscuros y terribles en los que había estado sumido desde que fuera herido por Arattalion en aquella cueva del Numen Metta. Mientras descansaba recostado sobre una roca, Vilendil se acercó a él con un pequeño bulto envuelto en una manta. Varyamo lo miró con curiosidad, y nada más sostenerlo sintió una gran alegría.
-Sé lo mucho que significa para ti, como también sabía lo mucho que significaba para tu padre, y sé que no habrías podido soportar el perderla- dijo Vilendil con una sonrisa mientras se inclinaba sobre Varyamo, quien empuñaba a Eármacil de nuevo.
-Estoy en deuda contigo, doblemente además. Primero, por salvarme la vida allí en el Numen Metta, y después por recuperar a Eärmacil. Nunca podré pagarte esa deuda- respondió Varyamo.
-No, no hay deuda alguna que saldar, amigo. Encontraros a ti y a Eárondûr ha sido una de las mayores alegrías que ha tenido mi corazón en bastante tiempo, y soy yo el que os está agradecido por ello- respondió melancólicamente Vilendil. En ese momento, Soroni, el águila gris de lomo blanco, descendió del cielo y se posó sobre una de las rocas cercanas.
-¡Soroni! Creía que estaría… ¿Cómo consiguió sobrevivir a la tormenta de arena? Por poco nos mata a todos, si no llegamos a encontrar un refugio- exclamó Varyamo, pero al decir esto último se estremeció.
-Nunca subestimes a un águila… y a Soroni menos que a ninguna. Cuando divisó la tormenta, y viendo que nosotros ya nos dirijíamos a la cordillera de Numen Metta para buscar un refugio, ella hizo lo mismo. ¡Hay muchos lugares en los que un águila puede refugiarse de una tormenta! Cuando ésta hubo pasado, voló en círculos alrededor de las montañas, y cuando nos vio salir, regresó conmigo- respondió Vilendil.
Entonces, Vilendil le contó a Varyamo todo lo que había sucedido en la cueva, la aparición del Balrog y cómo habían conseguido escapar de las cavernas todos juntos. Aunque Firye le había contado brevemente lo sucedido desde entonces la noche anterior, Varyamo quería conocer los detalles en profundidad, y se alarmó cuando escuchó a Vilendil hablar del Balrog, algo que Firye había omitido deliberadamente para no preocuparle más por el momento. El Medio Elfo también le habló de cómo habían atravesado el Eärnar, dando una ligera vuelta hacia el Este para alejarse lo máximo posible de las Emyn Ghâsh y de la tierra de Udûn. A pesar del temor que sentían, la travesía del Mar de Fuego había sido lenta, monótona y aburrida, aunque no por ello descuidaron la vigilancia. Cuando Vilendil terminó de hablar, aparecieron Eärondûr y Olostarin, y entre los tres ayudaron a Varyamo a ponerse en pie. Aunque había sobrevivido al mal del Hálito de Udûn, aún tenía varias costillas rotas y una herida en el pie que aún tardaría varias semanas en sanar. Los cuatro fueron al lugar en el que se habían reunido Vaereth, Firye, Narudud y Mazan, que estaban sentados junto a una pequeña hoguera que habían encendido con las ramas de los escasos arbustos y matorrales, todos secos y muertos desde hacía tiempo, que aún quedaban por allí. Aquella noche era especial, pues era la primera que pasaban realmente en territorio del antiguo Reino Unificado, y todos olvidaron por unas horas los peligros que los rodeaban. Por tanto, Vilendil sacó sus cantimploras, y ofreció a todos los últimos tragos de Hidromiel y Mirúvor que le quedaban. Aunque todos estaban animados, Vilendil, por regresar a las tierras que tanto había amado, y Eärondûr y Varyamo por estar al fin en las tierras de sus antepasados, eran los más alegres y felices.
-Bueno Eärondûr, ¿no nos vas a contar nada más sobre aquella batalla que mencionaba el pergamino que nos leíste?- preguntó Olostarin.
-Sí, pero no sé de memoria todo lo que ocurrió aquí. Quizás con la ayuda de Vilendil y Varyamo, entre los tres, os podríamos contar lo que realmente sucedió- respondió Eärondûr.
-Entonces, ¿a qué esperáis?- volvió a preguntar Olostarin.
-No seas tan ansioso- intervino Vaereth.
-Yo no participé en la batalla, por aquél entonces me hallaba lejos, aunque luego muchos de los que participaron en ella me la narraron, y por supuesto leí y estudié todas las crónicas que se escribieron- replicó Vilendil.
-Mi padre luchó en aquella batalla, y siempre dijo que había sido la batalla más espantosa y terrible que había librado, más incluso que la batalla contra las huestes de Eärgûl o que los ataques que los corsarios del norte realizaban sobre Sein Cair Andros. Y por supuesto, mucho más cruenta que cualquier batalla que libró en la Tierra Media, incluso aún en las que libró en su juventud, en los días de Sauron- dijo Varyamo.
-¿Pero qué pasó exactamente? ¿Cómo comenzó todo?- preguntó Firye.
-Como decía el pergamino, el grupo de los Portadores quedó dividido por la acción de Mornuroth, y los que quedaron en la superficie sabían que debían proteger la Entrada al Abismo a cualquier precio. Allí había grandes capitanes de los cinco Clanes de Vanwendor que lucharon por primera y última vez, unidos bajo un mismo propósito. Allí estaban Aegnor Naira y Eket Elessar, temibles, fieros y sanguinarios guerreros de Udûn; Almië Yestariel, Ashlar e Ilmaren, poderosos entre los grandes de los Alquantari y hábiles conjuradores, y con ellos también luchaban la letal Elenwen y Rothsul, el temible vampiro de las tierras del sur; las bellas y poderosas hechiceras Galadriel Altáriel, Seshat Nione, Imradiel e Inethwen comandaban las tropas de las Damas Oscuras; los temidos nobles Sincarion, Taurëndil y la hermosa y mortífera Kementari guiaban a las huestes de JEO; y por último, Eldacar, Draughion y Jawils mandaban a las tropas del Reino Unificado- respondió Eärondûr, y al pronunciar este último nombre una sombra de preocupación pasó por su rostro.
-¡No se te ocurra volver a nombrar a ese maldito impostor!- exclamó Vilendil.
-¿Qué pasa, qué ocurre con ese nombre?- preguntó asombrado Vaereth.
-Jawils era uno de los dirigentes del Reino Unificado, tras hacer carrera entre nuestras filas, sin embargo para cuando comenzó su próspera carrera ya no era otro que Orodril, un usurpador y un traidor, maldito sea su nombre hasta el fin del mundo- respondió Vilendil.
Tras unos instantes en silencio, en los que la tensión flotaba en el ambiente, Eärondûr volvió a hablar -Será mejor zanjar el tema. Volviendo a la batalla, los defensores, a los pies de estas colinas y guardando la Entrada al Abismo hubieron de hacer frente a las temibles huestes de Mornuroth, que los rodeaban por completo. Centenares de Olog Hai surgieron de las profundidades de la tierra y avanzaron en oleadas compactas y ordenadas sobre los defensores. Aquellas inmundas criaturas llevaban armaduras gruesas pero flexibles que ofrecían pocos blancos para las flechas, y como únicas armas, portaban unas grandes y pesadas mazas. Una intensa lluvia caía del cielo, empantanando esta pequeña llanura y provocando que los pantanos que la rodeaban casi se desbordaran. Afortunadamente, esos pantanos frenaron inicialmente el avance y el ímpetu de los Olog Hai. Cuando los Capitanes se dieron cuenta que disparar a discreción sobre aquellas inmundas criaturas era desperdiciar las flechas, ordenaron a sus arqueros que sólo dispararan cuando tuvieran un blanco seguro- intervino Vilendil.
-Era una situación desesperada, pero afortunadamente, llegaron refuerzos del Valle del Sirinieldon. No todas las fuerzas allí reunidas partieron inicialmente al Abismo, sino que muchas tropas se quedaron en la fortaleza, a la espera de acontecimientos, o a la espera de organizarse por completo. Tras varias horas de intensa batalla, la lluvia cesó, y poco después llegó mi padre al mando de la Guardia Blanca de Sein Cair Andros y una compañía de arqueros. Se abrieron paso entre las filas de los Olog Hai desde el Norte y se reunieron con los defensores. Poco después, Galadriel llamó a las Águilas, y éstas atacaban ferozmente a los Olog- terció Varyamo.
-Tuvo que ser una batalla realmente terrible- intervino Mazan.
-¿De verdad te lo parece?- rió Eärondûr –Pues hasta ahora sólo os hemos contado la primera fase de la batalla, la más tranquila y la menos cruel-
-¿Cómo, aún hay más?- preguntó sorprendido Narudud.
-Sí, y no creo que vuestras mentes sean capaces de concebir el horror de aquellos días. Desde las Guerras de Beleriand y la Guerra de la Cólera, no hay ninguna batalla, por terrible o dolorosa que os parezca, que se le pueda comparar- respondió Vilendil.
-Cuando la situación parecía que no podía ir a peor, empeoró. Y es que la maldad de Mornuroth no conocía límites, y del interior de las cuevas más elevadas surgieron varias decenas de dragones más terribles que los Urolokis de Morgoth. Vomitaban fuego, y muchos valientes fueron incinerados cuando intentaban hacerles frente. Pero a pesar de sus esfuerzos, apenas podían contenerlos, y poco a poco iban descendiendo, acercándose cada vez más a la Entrada del Abismo. Con la caída de la noche, aparecieron nuevos terrores de Mornuroth. Desde el norte, surgidos de las entrañas de la tierra, llegaron los licántropos, hombres-lobo que atacaban feroz y desordenadamente. Y con el amparo de la oscuridad, también aparecieron los vampiros, que se lanzaban una y otra vez contra los defensores de la Entrada del Abismo. Las Águilas apenas podían luchar contra ellos, y muchas fueron heridas mortalmente. Muchos estuvieron a punto de ceder ante el desánimo y tirar las armas, pero la esperanza renació entre los defensores cuando al alba vieron que desde el Sur se aproximaba un grupo de Olifantes seguidos por una gran compañía de los Alquantari. Y en cada una de las bestias había cuatro arqueros, y con sus flechas certeras y letales consiguieron equilibrar la lucha, abatiendo a muchos vampiros y licántropos- dijo Varyamo.
-En ese momento, y tras el caos que la llegada de los Olifantes había causado entre las huestes de Mornuroth, los defensores se reorganizaron y se dividieron en tres flancos. El primer flanco defendía la Entrada al Abismo, y al frente de los defensores estaban Haeré, Draughion, Taurëndil, Galadriel e Imradiel, que luchaban contra los Olog Hai. El segundo flanco, en el que combatían Almië, Elenwen, Seshat, Ashlar, Inethwen y Sincarion, hacía frente a los cincuenta dragones de Mornuroth, frenando su avance a costa de las vidas de muchos soldados. Por último, el tercer flanco combatía a los licántropos y a los vampiros, manteniéndolos alejados de la Entrada al Abismo. En este flanco se encontraban casi todas las tropas de Udûn al mando de Aegnor y Eket. Con ellos combatían también Eldacar y Jawils- dijo Eärondûr.
-La presencia de los Olifantes equilibró la lucha en el primer flanco, y sin duda todos los defensores se alegraban de ver cómo aquellas bestias del sur aplastaban a los Olog Hai sin piedad. Sin embargo, la lucha en el segundo flanco era desesperada, como ya os ha dicho Eärondûr. Con mucho esfuerzo y muchas vidas, los defensores conseguían de vez en cuando acabar con algún dragón, normalmente gracias al heroico sacrificio de algunos soldados. Pero a pesar de ser un combate desigual, los defensores conseguían mantener sus posiciones y frenar el avance de los dragones, gracias en buena medida a los fosos y trincheras que habían cavado durante la noche, que servían como contrafuegos. En ellos, se vertía el fuego que vomitaban los dragones, formando ríos de lava incandescente que caían a la llanura, incinerando todo aquello que había en su camino. Al caer a la llanura, el fuego también creó canales y fosos, y los defensores del primer flanco se afanaban en empujar a los Olog Hai a ellos. La lucha en el tercer flanco era muy desigual, pues los licántropos y vampiros superaban ampliamente en número a los defensores. Pero en ese momento, desde el Oeste, llegó una gran hueste de Udûn, y a su frente marchaban Marüyên y Arlaithwen, la Llama del Diablo- intervino Vilendil.
-Cuando cayó la noche del segundo día de batalla, los defensores estaban extenuados, pero a pesar del dolor, las heridas y el cansancio, todos, desde los grandes Capitanes hasta el último soldado, siguieron combatiendo ferozmente. Los defensores del segundo flanco concibieron un plan para intentar derrotar a los dragones de Mornuroth. Mientras un grupo resistía firmemente tras sus escudos las embestidas de los Urolokis, los demás los rodearían y los atacarían por detrás. De todos los actos heroicos que allí se produjeron, el más afamado fue la última resistencia de esa compañía de soldados de las Damas Oscuras, que a pesar del fuego que caía sobre ellos, se mantuvieron firmes y contuvieron a aquellas repugnantes criaturas hasta el fin. A pesar de su noble sacrificio, y el de todos aquellos que cayeron al atacar a tan viles seres, apenas consiguieron matar a una docena de ellos. La batalla en el primer flanco, frente a la Entrada al Abismo, era muy igualada, pero desde el Norte llegó una ayuda inesperada. El mismísimo Señor de Udûn, Arattalion, llegó con una poderosa hueste, y tras romper las líneas de los Olog Hai, sus tropas se unieron a la defensa. Mi padre me contaba que nunca antes habría creído posible que ver llegar a una gran hueste de Udûn al mando de Arattalion le pudiera alegrar tanto. Al mismo tiempo, con las tropas de Udûn al mando de Arlaithwen, los defensores del tercer flanco se consiguieron imponer a sus atacantes, y tanto los licántropos como los vampiros huyeron. Entonces, los defensores se dividieron para apoyar al primer y al segundo flanco. Mientras que Aegnor y Eket fueron a la Entrada del Abismo, Arlaithwen y Marüyên fueron a hacer frente a los dragones- dijo Varyamo, mientras hacía una breve pausa para beber el último trago de Hidromiel.
-Con la llegada de las nuevas tropas al mando de Aegnor y Eket, los defensores del primer flanco hicieron retroceder a los Olog Hai y los persiguieron por la llanura. Cegados por su ímpetu y la satisfacción que les producía ver huir a aquellas criaturas, olvidaron por unos instantes que lo único que realmente importaba era la defensa de la Entrada al Abismo. Mi padre siempre se lamentó de aquél error, que podría haber sido fatal, ya que por poco sume a toda Arda en la Oscuridad- añadió Varyamo.
-En efecto, porque los dragones habían conseguido atravesar las líneas de los defensores del segundo flanco, y varios de ellos consiguieron penetrar en el Abismo. Afortunadamente, los defensores reaccionaron rápidamente, y todos los que aún quedaban con vida se reorganizaron en torno a la Entrada, dispuestos a ofrecer una última resistencia, un último acto heroico que sería cantado en las Edades venideras, si es que la Oscuridad no asolaba la tierra. Animados por el ataque de los dragones, los Olog Hai se recompusieron y volvieron a la carga, al igual que algunos vampiros. En ese momento, justo cuando la situación parecía realmente desesperada, todo cambió. La tierra tembló y se oyó un gran crujido. La batalla cesó, y las criaturas de Mornuroth se detuvieron, y los que allí estaban aseguran que parecían desconcertadas, como si no supieran qué hacer. Y es que en ese preciso instante, Mornuroth y Morbalag habían sido derrotados y habían muerto. Y se dice que fue también en ese mismo instante cuando el Anillo Único fue destruido en los fuegos del Orodruin, Barad Dûr cayó y Sauron fue aniquilado. Los dragones volvieron a sus cuevas, y los Olog Hai y los vampiros huyeron, internándose en las profundidades de la tierra- concluyó Vilendil.
Tras unos momentos de silencio, fue Olostarin el primero en hablar –No tengo palabras… realmente no exagerabais cuando hablabais de la importancia de esta batalla-
-Es casi inconcebible que nada de esto haya llegado nunca al Oeste, que las gestas de los Clanes de Vanwendor no se conozcan en todos los rincones de la Tierra Media- intervino Mazan.
-Hay algunos que sí las conocen, pero como escribió Eärondûr en el pergamino hace más de cien años, el destino de estas tierras es permanecer en el olvido, y no hay nada que ninguno de nosotros pueda hacer para impedirlo. Al menos no hasta que el mundo cambie- respondió Vilendil.
-¿Y qué pasó tras la batalla?- preguntó Vaereth.
-Al principio, los Capitanes intentaron perseguir a las criaturas de Mornuroth para darles caza, pero no lo consiguieron. Además, eran pocos los que aún conservaban las fuerzas como para esgrimir la espada, o que no estaban heridos. A mi padre, por ejemplo, lo hirió uno de los Olog Hai en la última resistencia. Su maza lo golpeó en la pierna y le rompió varios huesos. Afortunadamente pudo esquivar el golpe parcialmente, porque si le hubiera dado de lleno, le habría aplastado la pierna. Se llevó a los heridos más graves a la fortaleza en el Sirinieldon, donde estaban los más expertos sanadores de todo Vanwendor, y nuevas tropas no tardaron en llegar aquí. Las huestes de Udûn se retiraron sin previo aviso, y los demás emprendieron la penosa tarea de limpiar el campo de batalla. Los cuerpos de las inmundas criaturas de Mornuroth eran arrojados a los fosos y ríos de lava para que se consumieran, y los cuerpos de todos los caídos se fueron agrupando con gran respeto y veneración. Cuando se hubo recuperado el último cuerpo, fueron sepultados juntos, y se levantó un gran túmulo- dijo Varyamo señalando a uno de los dos montículos que habían visto junto a las colinas.
-Entonces, ¿qué es el otro montículo?- preguntó Firye.
-Después de que los fuegos hubieran consumido los cuerpos de todas las inmundas criaturas de Mornuroth, fueron apagados, y sus restos fueron amontonados juntos y sepultados. Y sobre ellos se levantó otro túmulo, como advertencia para todas las criaturas malignas- respondió Vilendil.
-¿Y qué pasa con los restos que hemos visto al llegar esta tarde?- preguntó Olostarin.
-Tenéis que recordar que entonces, estas colinas estaban rodeados por muchos pantanos. Allí cayeron muchos Olog Hai y licántropos, pero no fueron los únicos que murieron en ellos. Entonces no se podían recuperar los cuerpos que habían caído en los pantanos, y se decidió que permanecerían allí. Luego el tiempo cambió, los pantanos se secaron, y la lenta acción del viento durante los últimos cien años fue erosionando la tierra y sacando a la luz estos restos- respondió Eärondûr.
-¿Y cómo es que este lugar no ha sido saqueado?- preguntó Narudud.
-Hombre, qué sorpresa, ¿estás pensando en rentabilizar al máximo tu viaje vendiendo algunos objetos en los mercados de Adudran?- preguntó burlonamente Olostarin.
-No… Es sólo curiosidad, me extraña que este lugar no haya sido saqueado, nada más… - respondió Narudud encogiéndose de hombros.
-Durante algunos años hubo aquí una guardia permanente del Reino Unificado para ahuyentar a los saqueadores y a los ladrones de tumbas. Pero con el declinar de Vanwendor, la guardia no tardó en ser retirada. Y siempre persistió entre los pueblos de estas tierras el rumor de que algunas de las criaturas de Mornuroth habían sobrevivido y que aún moraban en estas colinas. Además, piensa que entonces era imposible recuperar nada de los pantanos, y era imposible cruzar los túmulos. Para cuando todos los restos que hemos visto quedaron al alcance del primero que pasara, la historia de la batalla ya se había perdido y olvidado- volvió a responder Eärondûr.
-Ya, eso tiene sentido… ¿Y qué ocurrió con el Silmaril?- volvió a preguntar Narudad, y todos le miraron sorprendidos y extrañados.
-Vaya, vaya… no debías haber mencionado la presencia de la joya más grande jamás creada estando presente un saqueador- bromeó Varyamo.
-Una cosa es que quieras agenciarte algunas armas y armaduras valiosas para venderlas y sacar un buen beneficio, ¿pero un Silmaril? Creo que has bebido demasiado Mirúvor, deberías dejarlo ya…- añadió Olostarin.
-Creo que a este paso no podremos dejarte solo en Seir Cair Andros… hay demasiados tesoros allí que podrían tentarte- terció Vilendil, y todos rieron.
-¡Maldita sea! ¿No puedo hablar sin que os burléis continuamente de mi?- exclamó Narudud, abochornado por las bromas de sus compañeros, quienes dejaron de reír.
-Venga Calenên… sólo están bromeando, y si lo hacen es porque en el fondo, y no entiendo muy bien por qué, te aprecian y te tienen cariño. Además, sólo eres víctima de tu propio pasado- dijo Firye.
-Está bien, perdonad… Yo sólo tenía curiosidad, nada más- dijo Narudud más calmado.
-Lo sabemos, y nuestras bromas no eran malintencionadas. Pero hablando seriamente, el destino del Silmaril es un secreto que los Portadores no quisieron revelar jamás, asi que para los demás, el destino de la joya sagrada continúa siendo un enigma- respondió Eärondûr.
Poco después, la pequeña hoguera se apagó, y decidieron que era el momento de descansar. Mazan y Olostarin harían la guardia esa noche.
[Editado por Aragorn_II el 28-09-2010 21:47]
[Editado por Aragorn_II el 03-10-2010 18:43]
Una vez que todos se hubieron acostado, Olostarin se sentó al lado de Mazan. A ellos les tocaba hacer la primera guardia y a ninguno parecía gustarles mucho el estar rodeados de esqueletos armados. Las horas de vigilia contemplando las estrellas de aquella parte de Arda le hizo sentir a Olostarin algo en el pecho, nostalgia. Su rostro se entristeció y sus ojos brillaron, y se preguntó qué sería de su tío. Se llevó una mano al pecho, para acariciar la joya que llevaba colgada durante tanto tiempo, mas cuando se percató de la mirada de Mazan, se relajó e intentó disimular.
-Mazan, amigo, en este campo debe de haber una gran cantidad de armas, armaduras y de joyas extrañas de las distintas culturas que habitaron estas tierras en los días de las guerras que cuentan nuestros compañeros. ¿No te apetecería ir a echar una ojeada a ver si encontramos algo de valor? – preguntó Olostarin entre risas intentando distraer al enano de sus pensamientos.
-Señor elfo, ¿acaso eres tú el que después de reírse de Narudud pretende vender los objetos que encuentre en Adudran? Yo no me atrevería a molestar a los huesos de los que aquí murieron en tan cruentas batallas. Quién sabe bajo qué maldiciones puedan estar… -respondió el enano.
-Mazan, sólo son huesos, cuerpos sin vida, además no creo que las historias que cuentan sean ciertas, al menos no del todo. Ya oíste a Eärondur. Y no pensaba comerciar con lo que encontrásemos, pero entiendo que no quieras venir… Si encuentro el Silmaril será sólo para mí.- rió Olostarin, mientras se levantaba y se alejaba unos pasos rastreando el suelo.
Olostarin procuró no alejarse mucho de donde estaban los demás, por si las cosas volvían a salir mal y tenía que regresar para ayudar. De repente cayó en la cuenta de que no llevaba consigo ningún arma, aunque al cabo de un momento, justo cuando iba a dar la vuelta para coger las espadas, se dio cuenta de dónde estaba. Miró hacia el suelo y anduvo unos pasos hacia la derecha, en el suelo había una gran lanza partida por la mitad. La cogió, por si las cosas se complicaban.
[…]
Al cabo de un rato regresó junto al enano y con gran sorpresa descubrió que se había quedado un poco traspuesto. Le despertó suavemente y arrojó la lanza partida al suelo, después se volvió a sentar a su lado.
-Y bien, ¿has encontrado ya el Silmaril, señor elfo?- preguntó Mazan conteniendo un bostezo.
Olostarin no contestó y se limitó a sacar de un trapo algo que resplandeció como si fuese una estrella. Olostarin no pudo evitar la risa cuando vio la cara de estupefacción del enano, y antes de que pudiese decir nada, se adelantó y habló.
-No, por suerte no he encontrado el Silmaril, he encontrado algo mucho mejor.- dijo abriendo el puño y mostrándole al enano lo que parecían seis perlas, tres de un blanco resplandeciente y otras tres de un color negro tan intenso que parecían tres abismos en la clara piel del Elda. –Con esto evitaremos el dormirnos en las guardias y a veces el aburrimiento de las travesías.
-¿Con seis perlas? –se burló el enano- Pues más te vale que no las vea Narudud o se tomará a mal las bromas de esta noche. De todas formas, has hecho bien en cogerlas, en una tierra como esta, en la que sólo hay arena y dunas son una rareza, seguro que sacas un buen pellizco por ellas.
-Jajajaja. –rió Olostarin de nuevo- Maese mazan, no pensaba venderlas, si buscase dinero, hubiese cogido otras cosas muchísimo más valiosas que he podido ver por ahí. Parece mentira que no sepas para lo que son. –dijo Olostarin- Cuando era joven, Kibul me enseñó a jugar a un juego, supongo que habrás oído hablar del Khiz-din, ¿no es así?- preguntó el elfo-
Mazan no pudo contener la expresión de su cara. Sus ojos brillaron al recordar las costumbres y las tradiciones de los enanos. El Khiz-din era un juego enano que consistía en que cada jugador, con tres piezas en la mano debía adivinar el número total de piezas que sacaría el contrincante, y sumándolas a las que él mismo sacaba, dar con el resultado total de piezas. El juego no era ni muy divertido ni muy original, pero se solía jugar en las tabernas, después de trabajar, mientras se tomaban unas cervezas y se hablaba con los amigos. Era una forma de pasar el rato, y algunas veces incluso divertida.
Así pues, los dos se pusieron a jugar para pasar la noche mientras les llegaba la hora de acostarse. Olostarin pensó que aquellas perlas en su época no habrían servido para el mismo fin que él les daba ahora, así que las guardó para enseñárselas por la mañana a los demás, por si alguno sabía cuál era su uso. Quizá fuesen en el fondo objetos mágicos...