Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 5 de 19
Fragmento 29 por Elessurendil

- Dime, Taurigale, ¿en que puedo servirte? – le dijo Stygh con una obsequiosa sonrisa.

Estaban apartados, en una duna baja que los dejaba a medias ocultos de la tropa. Rom se había recuperado bien, y estaba, ansioso, terminando el descanso indicado.

- Aha, muy bien… Querido Stygh, iré al grano, esto me inquieta mucho… ese tipo, Nergol, que ni siquiera se hace llamar distinto… es un criminal, un asesino demasiado conocido para andar tan a sus anchas por los caminos de Ambaron.- le dijo la moza, bajando la voz.

- Tal vez tiene mucha fe en su talento, en su… suficiencia.- Sopesó Stygh la necesidad de preocuparse.

- Eso es así, pero, a ver… él no es alguien que se moleste en trabajar honradamente; quiero decir, mi preciado acompañante, que él aquí está haciendo algo, tal vez lo del cargamento es una tapadera… Creo que alguien corre peligro.- el rostro de Taurigale se iba mostrando más consternado mientras más analizaba lo que iba diciendo.

- ¿Crees tu? Y… si estuviera aquí para eso, ¿Qué estaría esperando?- Stygh pensaba que detener lo que fuera que estuviera por hacer Nergol sería mejor para llevarlo por el camino de retorno. Este hombre se estaba convirtiendo poco a poco en un nuevo desafío.

- No sé si trabaja para alguien o si lo hace por puro capricho, pero puede ser muy despiadado. Necesito ayuda para descubrir qué trama, y sé que puedo confiar en ti, no te pediré mucho, si…- Stygh la interrumpió.

- Milady Taurigale, necesitamos un plan. – El joven se guardó algo que ella no le dijo. De dónde y por qué conocía al malhechor. La protegería. Empezaba a sentirse afanoso.

Fragmento 30 por Narrador

Capítulo 2. El primer oasis

La caravana del afamado Hamad había partido una vez más para transitar, como era costumbre, las rutas comerciales del desierto en dirección a Adudran. Aquella caravana era una de las más importantes y agrupaba a muchos comerciantes y viajeros que aprovechaban la caravana para ir a los distintos puntos del próximo Ambaron.

La primera jornada de viaje fue bastante tranquila a parte del encuentro con un joven bardo que portaba un laúd. Sin embargo, los problemas se habían sucedido durante el mediodía de la segunda jornada. Rom, un joven sureño, se había metido en problemas al curiosear cerca de los carros de unos de los viajeros, un hombre de Adudran llamado Nergol. Los hombres contratados por este último habían decidido divertirse con el joven y, cuando el resto de la caravana se percató, Rom estaba en problemas. Se había formado un gran revuelo, algo que Hamad el caravanero siempre quería evitar y Nergol y su extraño cargamento ya estaba señalado. Taurigale, una mujer también de Adudran, le contó a Stygh, hermano mellizo de Rom, la mala fama que Nergol tenía en Adudran y como sospechaba del cargamento de “higos secos de Dassart” que él llevaba a su ciudad.

Una vez solucionado el revuelo, se levantó la caravana y reanudó el viaje. El resto de la jornada fue bastante tranquila, el sol brilló durante las horas que restaban al atardecer y los camellos y los carros hollaron la arena del desierto. Ante ellos se abría un paisaje característico, un mar inmenso de arena salpicado por algunas plantas adaptadas a tan cálida vida y al pequeño aporte de humedad que dejaba las nieblas aleatorias de las épocas más frías del año. De vez en cuando podrían encontrarse algunas pequeñas lagunas secas, pequeñas manchas blancas de muy poca extensión que nada tenían que ver con el gran desierto blanco que había cientos de miles de millas al norte. Y muy cerca de esas lagunas hallarían pozos donde podrían volver a llenar los odres y pellejos de agua.

Aunque era otoño, el sol seguía calentando la arena aunque el viaje era más agradable que lo hubiera sido en plena estación estival. Aunque, a la mañana del tercer día, Hamad anunció que en otras tres jornadas llegarían al primer oasis de la ruta, el Oasis de Hirad, donde podrían descansar confortablemente después de las primeras jornadas de viaje por el desierto.

Fragmento 31 por peregrinoscuro

Tres días de camino fatigoso. Eso era lo que había previsto Hamad.

Garlan cabalgaba la mayor parte del tiempo sólo, aunque de cuando en cuando volvía para hacerse con un poco de comida y agua que conseguía escatimarle a Hamad. Además de conseguir acertar a uno de los pocos animales que había visto en el desierto -una especie de rata grande a la que el resto de la comitiva hizo bastantes ascos, aunque después de ser pelada y asada las diferencias con un conejo eran pocas.

Sus días se podrían haber resumido en: cabalga y otea, otea y cabalga. Busca oasis, retorna sin noticias del mismo.

Durante la noche, cuando la caravana descansaba, él seguía un largo rato tocando el laud, hasta que alguien graznaba desde una tienda dónde acabaría el instrumento si seguía sonando y dejaba de hacerlo.

Más o menos, iba consiguiendo encajar rostros y relaciones. Uno de los hermanos, el “danzante del viento” -como le había llamado-, se llamaba Rom. El otro, de aspecto más sobrio, Stygh, parecía ser un tipo extraño, hablando siempre de perdón y pureza... aunque la joven que llevaba en su misma montura haría desear ser impuro a más de uno si fuera bajo una sábana... Nergol, el jefe de los caravaneros que habían tenido el primer choque con Rom y por defecto con el bardo, que lo defendió, era un hombre curtido de ojos almendrados que podía imponer cuanto menos respeto...

Garlan observó las estrellas y suspiró esa primera noche. ¿Cuánto faltaría por llegar a su destino final?

Fragmento 32 por Theodoros

-¡Ho!¡Vamos!-animó Ceryon a su caballo. Miró hacia atrás: los soldados seguían detrás de él, persiguiéndolo.

Iba casi pegado a la crin del animal, intentando divisar alguna vía de escape en aquel desértico lugar. Nada. Y los soldados pisándole los talones. Logró escuchar como uno de ellos gritaba:

-¡En el nombre del Rey de Rohan, detente Rakanád!

Se extrañó que lo llamara así. Eso indicaba que lo conocía, en el ejército lo habían apodado de esa forma.

No se quedó mucho tiempo pensando en eso, volvió a animar al caballo. ¿Hasta donde estaban dispuestos a seguirlos esos hombres?

A lo lejos, vio algo extraño: había polvo levantado en una zona de ese desierto. Levanto un poco mas la vista y pudo divisar toda una caravana. ¿Pero de que servía ir allí? Los soldados lo seguirían y lo atraparían. Lo mejor era enfrentarse y pelear.

Bajó de su aballo haciendo una hábil pirueta, desenvainó su espada y se quedó esperando a sus contrincantes.

Estos bajaron de sus animales con cuidado. Uno de ellos movía su espada de una mano a la otra, el otro lo miraba directo a los ojos.

Cuando estuvieron cara a cara, Ceryon tuvo un instante para pensar su movimiento, y adivinar el de sus oponentes. Estos atacaron ambos a la vez. Los esquivó a los dos moviéndose de un salto hacia un costado. Uno de ellos estaba casi en el suelo, y aprovechó para lanzarle un sablazo en la espalda.

No supo si lo mató, pero tampoco se detuvo a comprobarlo: su otro enemigo con un golpe de su espada le atascó su arma, dejándolo indefenso.

Reaccionó instintivamente: se abalanzó sobre el soldado, y mientras con una mano mantenía alejada la espada, con el otro pegaba puñetazo tras puñetazo en el rostro de su oponente.

Cuando ya tenía la mano empapada con sangre, y su rival estaba semi inconsciente, llamó a su caballo de un silbido.

Cuando estuvo en el lomo del animal, levantó a la vista, y pudo admirar que la caravana seguía allí. Tocó los ijares del caballo para animarlo, y fue directo hacia allí.

En veinte minutos estuvo cerca de esta, atrayendo la mirada de todos. Con un tirón de riendas frenó a su bestia, que se levanto sobre sus patas traseras al sentir la orden, mientras Ceryon se mantenía equilibrado, haciendo una magnífica imagen.

Puso los pies en tierra, llevando a su caballo de las riendas, mientras seguía siendo observado por todos.

Se dirigió hacia un hombre bien vestido, de rostro tostado, que a su parecer era el dueño de la caravana.

-Buenos Días- saludó cortésmente.- Me gustaría saber quién esta a cargo

-Yo. Mi nombre es Hamad-contestó rápidamente- ¡Y sería de mi agrado saber quien es usted!

-Mi nombre es Ceryon, Capi…-. Estuvo a punto de nombrar su ex título de Capitán de la Marca. Pero prefirió guardar esto en secreto, además, ese título seguramente ya se lo habían quitado- Ceryon. Y quisiera saber si puedo quedarme momentáneamente en la caravana. Verá, no tengo dinero, pero puedo pagarle ofreciéndole protección al grupo. Soy une experto en armas y combate.

-Se nota. ¿Planea defendernos con las manos, acaso?

Ceryon cayó en al cuenta de que había olvidado su espada. Pero ese no era problema.

-Podría hacerlo…Pero consíganme una espada. Con ella hago maravillas.

[Editado por Theodoros el 01-03-2010 15:12]

Fragmento 33 por Elfo negro

Los días transcurrían con monótona cadencia. El calor era intenso y seco. Nergol cabalgaba con la capa y la capucha calada y embozado hasta los ojos. El calor era insoportable, pero la capucha le protegía del sol abrasador y el embozo le libraba del polvo y el hedor de la caravana (además de proporcionarle un refugio ante miradas curiosas).

Sus chicos habían perdido parte de sus fuerzas revoltosas, y ahora se limitaban a conducir y proteger los dos carros.

El sol había tenido parte de culpa en el cambio de humor de los violentos compañeros de Nergol, el sol y el látigo. Uno de ellos, el que probablemente había sido el principal culpable de todo el lío montado hacía unos días, había recibido 20 latigazos. Quizá no fuera el culpable (eso al menos repetía cuando le desollaban la espalda). Pero poco le importaba eso a Nergol, la justicia nunca había sido su meta, él sólo quería darles una lección a esos bastardos, quería que aprendieran que no consentiría la menor indisciplina mientras durara la misión, luego podrían matar, robar y violar, tanto le daba, pero no durante la caravana y sin su consentimiento.

La escena sanguinaria de los latigazos había sido muy útil, tanto entre sus propios chicos, que ahora, por fin, sabían con quien se la jugaban, como entre el resto de la caravana, la mayoría de la cual había aprobado el castigo, concediendo a Nergol alguna que otra amable palabra de comprensión ante lo que consideraban un difícil acto de justicia con uno de sus apreciados ayudantes (si supieran lo poco que le importaba la justicia y esos perros que trabajaban para él…)

Ya debía faltar poco para llegar al oasis, donde por fin podrían descansar de verdad, cuando un nuevo miembro se sumó a la caravana. Tenía aspecto de soldado, cosa que no gustó demasiado a Nergol, prefería a los comerciantes y músicos antes que a soldados pendencieros. No lo perdería de vista.

Fragmento 34 por Elessurendil

Cuál era en sí el pecado de Nergol, cuándo se inició en ese camino y porqué. No era fácil hurgar en tipos así, por lo general nadie tenía intenciones de redimirse, pero tampoco uno iba gritando a los vientos cuán dichoso era haciendo lo incorrecto. No era así tan difícil suponer que el oscuro sujeto no creía en nada, y que despreciaba, o como mínimo era indiferente a la mayoría de los seres y sus esfuerzos por vivir, al menos de los seres pensantes.

Los pensamientos de Stygh habían conformado un plan acerca de los próximos pasos a seguir. Tenía que testear a su “presa”, intentando caerle bien, o por lo menos conseguiendo hacerlo enojar. La ocasión era oportuna, arribaban al primer oasis, todos se relajarían un poco, habría reorganización para el próximo tramo, algunas cosas cambiaban, se harían nuevas alianzas y se trazarían nuevas distancias, nuevas perspectivas. Una tregua no era más que prepararse para continuar con lo que seguía, de acuerdo a lo que lograra ahora se determinaría lo que obtendría tras reanudar la marcha.

Rom estaba bien, demasiado bien, era él ahora el que conversaba, más bien el que oía encantado las picarescas y románticas pequeñas anécdotas que contaba Taurigale, relatos acerca de sus diversas curaciones en algunos pueblos del alrededor. El mellizo inquieto se entretenía aprovechando la ligereza de su camello; en los últimos tramos había descubierto su habilidad para hacer piruetas y cuánto no le desagradaban las ideas de su montador. Había hecho buenas migas con Garlan, e intentaba ayudarlo en su tarea. No había en él rastros de rencor, o siquiera de miedo por lo que había ocurrido, parecía ya tener nuevas inquietudes, ya habría tiempo de revolver en las viejas. Había un tipo, que ahora servía como una especie de guardia. Rom había rondado en el sitio donde se lo habían encontrado. Y en un vistazo curioso estaba seguro de haber visto fuertes raspones en la mano. A primera vista no parecía malvado, pero era llamativo que alguien se hubiera dedicado a cazar animales con sus nudillos.

Fragmento 35 por aratir

Aquel estaba resultando un viaje inusual, no había duda. En tantos años al frente de la caravana nunca había ocurrido que, nada más partir de un destinto, tuviera tantos problemas y tantos imprevistos. La llegada de dos nuevos viajeros, Garlan y Ceryon, y el problema ocasionado por los hombres de uno de sus viajeros, Nergol, con el hermano mellizo de uno de los escribas de la caravana. Al menos Nergol se había mostrado sensato y había impartido justicia sobre sus hombres.

No obstante, le preocupaba las compañías de su caravana y, por eso, uno de los días de cabalgata, cuando descansaron para coger agua y alimentarse, se acercó a Ceryon, que según había sabido era un importante capitán de Rohan, un reino de Occidente.

- Amigo, tengo una misión especial para ti – le informó el caravanero al joven Ceryon. Hamad señaló distraídamente a Nergol.- Quiero que vigiles durante los meses que dura el viaje a aquel viajero y sus hombres. Él parece ser alguien responsable pero no así sus compañeros que ya provocaron un altercado en la caravana hace unos días. No les pierdas de vista.

Hamad esperó que Ceryon confirmara su petición. Éste no tardó en hacerlo. Así se aseguraba el caravanero de que alguien pondría sus ojos expresamente en aquellos revolucionarios ya que no se podía permitir que el resto de sus hombres se entretuvieran controlándolos mientras que había todo una caravana y un viaje que dirigir.

A pesar de todo aquello, el viaje transcurrió con normalidad y, tres días después del altercado con los hombres de Nergol, llegaron al Oasis de Hirad, donde podrían comerciar y descansar en sus tabernas y posadas. Aunque era unas horas antes de mediodía, Hamad les informó a sus viajeros de que pasarían todo el día en el oasis y que además podrían pernoctar en sus posadas.