Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando
Desde que Ceryon se incorporó a la caravana, desde el mismo instante en que bajó de su caballo, era siempre mirado por todos ¿Tanto le llamaban la atención?
“Es porque no están acostumbrados a mi. Soy el nuevo, es lógico.”
Siembre se movía por los laterales de la caravana, con expresión atenta.
Fingía hacerlo de manera casual, pero de a poco se iba fijando en todos los detalles del grupo. Por lo que había podido ver hasta el momento, había un joven con un laúd, que le recordó su vieja afición por la guitarra en su juventud. También unos mellizos, que se movían siempre con una mujer. No entablaba conversación con nadie, solo en raras ocasiones con Hamad.
Uno de esos mellizos, le pareció, se había fijado en las heridas de su mano derecha, producto de su lucha con los soldados. Desde ese momento se envolvió la mano derecha con un viejo trapo.
Pero el integrante que mas le llamaba la atención era (si había escuchado bien su nombre) Nergol. El tipo viajaba con una capucha que no le permitía ver su rostro. Pero pudo darse cuenta que la curiosidad por el otro, era de los dos. Uno observaba al otro cuando podía. Ceryon se daba cuenta cuando lo hacía, y estaba seguro que Nergol también.
Y cuando estaban llegando al oasis, se enteró que no solo a él le llamaba la atención el misterioso hombre encapuchado. En uno de los descansos, Hamad se acercó para hablar con él.
- Amigo, tengo una misión especial para ti – le informó el caravanero al joven Ceryon. Hamad señaló distraídamente a Nergol.- Quiero que vigiles durante los meses que dura el viaje a aquel viajero y sus hombres. Él parece ser alguien responsable pero no así sus compañeros que ya provocaron un altercado en la caravana hace unos días. No les pierdas de vista.
Ceryon aceptó su misión, pero era como si ya la estuviera cumpliendo desde que entró al grupo.
Unos días después llegaron al dichoso oasis, que según había dicho Hamad, pasarían todo el día allí.
[Editado por Theodoros el 04-03-2010 14:47]
El difunto emperador dijo una vez que el largo camino entre Dassart y Farahkadr era como la piel de pantera salpicada por lugares habitados y frescos en medio de los áridos y desérticos parajes; lugares de ensueño y anhelos; rincones de descanso para los fatigados viajeros; los nómadas llamaron a esos lugares oasis.
En la principal ruta entre Dassart y Adudran había numerosos oasis. Servían de lugar de aprovisionamiento y descanso a las grandes caravanas de comerciantes y constituían casi un núcleo de población tan importante como las antiguas ciudades del imperio. El oasis de Hirad era el primero de ellos y no por ello el menos importante. Cercano a Dassart se alimentaba de su población y su actividad, pues servía de cruce de caminos de muchos lugares y rincones del mundo.
El Oasis de Hirad era bastante pequeño, no obstante, apenas lo habitaban permanentemente cuatro o cinco decenas de personas, aunque siempre estaba muy concurrido debido a la llegada y salida de viajeros. Realmente era curioso ver, en medio de la inmensidad del desierto, una pequeña porción de abundante vegetación y ajetreo de personas.
Cuando la caravana alcanzó Hirad, los viajeros vieron en primer lugar como docenas y docenas de palmeras se amontonaban alrededor de lo que parecía ser un pequeño lago en cuya superficie los rayos del sol irradiaban juguetonamente. También había algunos olivos y unos pocos árboles frutales.
Justo al entrar, no muy lejos del lago central, había un rincón en donde los comerciantes podían dejar sus camellos y sus carros a buen recaudo. Hamad, acompañado de su hijo Darher, se adelantó y caminó en dirección a un hombre de arrugado rostro para concretar las condiciones económicas de guardia de su caravana.
Taurigale, cerca de Stygh, miró alrededor, aturdida como estaba por el ir y venir de vendedores y compradores. “¡Está muy barato!”, “¡Esta tela es de las mejores!”; se escuchaba aquí y allá, tanto que llegaba a aturdir. Había una calle principal, protegida por piedras y en cuyos lados se disponían algunos de los puestos del lugar, entre palmeras y olivos como guardianes.
Al fondo del oasis, en la otra orilla del lago, había un edificio de piedra blanca; se trataba de un templo cuyo santuario estaba cubierto de una verdadera bóveda de arco; al oeste de dicho templo se hallaban varias casas y un edificio bastante grande que servía de almacén y gran mercado. Y al este había un edificio de aguas termales y una posada, llamada “Remanso de Paz”. Había varias fuentes además en donde los viajeros podían saciar su sed y llenar sus pellejos.
- Lo que más deseo ahora es un baño calentito en las aguas termales – informó Taurigale mirando a Stygh que estaba a su lado.- ¿No te gustaría?
El muchacho se turbó ante la propuesta de la dama.
- Quizás después, ahora habrá que esperar.
- El caravanero tiene para mucho rato mientras que deciden el precio por el que alquilar un rincón para dejar los camellos y los carros. ¿Creéis que Nergol se mostrará complacido de dejar su mercancía bajo la protección de un desconocido?
Stygh se encogió de hombros.
- Es de suponer que no. ¿Seguís pensando en que esos barriles no contienen higos?
Taurigale se rió. No sólo lo seguía pensando sino que estaba completamente convencida.
- Ya os conté que ese hombre no es de fiar. Su mala fama le precede. Además, hay algo que no os he contado, mi buen Stygh. Vi a Nergol en Adudran antes de partir a Dassart a comprar mis hierbas. Al menos, estoy segura que era él. Los soldados del Visir de aquella ciudad lo arrestaron. No sé por qué motivo, pero creo que se metió en algún lío. Y si oculta algo en esos barriles que no sean higos, es porque aún no ha escarmentado.
[Editado por aratir el 05-03-2010 00:26]
-¡Salve al Puño Llameante!- exclamó una voz cercana a la cabeza de la caravana.
-¡Salve!- respondió Hamad con una sonrisa en los labios. El Puño Llameante era una reconocida orden en aquellas tierras, la ley y el orden allí donde no existían, como en el desierto, un alivio para las buenas gentes y el terror de delincuentes y criminales. Pues el Puño tenia el consentimiento de muchos pueblos de actuar con libertad, apresando a delincuentes y ajusticiando a aquellos cuyo crimen o las circunstancias así lo requerían. El castigo en este último caso solía llevarse a cabo mediante la pena de muerte mediante decapitación tras juicio del apresado, en caso de ser encontrado culpable, lo que solía suceder en la mayoría de casos. Ver a la orden del Puño a aquella altura del camino era para Hamad algo providencial y al reconocer la voz del soldado confiaba que no fuera un encuentro breve. -¿Qué os ha llevado a aquí, Atâva?-
El rostro del soldado del Puño Llameante se encontraba oculto tras el capirote blanco, del mismo color que la túnica que le ocultaba el cuerpo y cuyo único signo de color era el puño rojo en llamas junto al corazón. Lo único visible eran unos ojos grises que parecieron sonreír. -Atento como de costumbre, nada se te escapa, ¿verdad Hamad?-
-La vida de caravanero es dura, ya lo sabes. Uno aprende a tener un ojo siempre abierto y vigilante.-
-Cierto es en verdad.- afirmó el soldado del Puño asintiendo a su vez con la cabeza de forma moderada para no perder el capirote.- Lo que me ha llevado a aquí, es en cierto modo tu caravana. Se que te diriges a Adudran y he pensado daros alcance para acompañaros en vuestro viaje, ya que compartimos una misma ruta. El desierto esta siempre lleno de peligros, y se que nunca va mal una mano, por otro lado siempre me place ayudar en las travesías, y como no disfrutar de algo de compañía a lo largo de este inmenso mar de arena.-
-Un placer es sin duda tu compañía, y si no la hubierais ofrecido vos, os la habría pedido yo mismo. Por otra parte, ¿Adudran? ¿Entonces es cierto que El Puño vuelve a tener buenas relaciones con los gobernantes de esa ciudad tras la enemistad que produjo la toma de Haiddara por vuestra parte?-
-Adudran únicamente entra en mi ruta. El Puño Llameante vuelve a estar invitado a entrar en dicha ciudad desde hace algunas semanas. Parece ser que están dispuestos a abandonar el enfrentamiento y reconocer que Haiddara se había convertido en un nido de corrupción y malas artes.-
-Haiddara lo era sin duda, pero no creo que menos que Adudran.-
-Lo sé, Hamad. Sin embargo, creo que desean demostrar que ellos mismos han cambiado y que han dejado atrás su turbio pasado.-
-¿Entonces por ello deseas pasar por Adudran, para verlo con vuestros propios ojos?-
-Sobre mis intenciones y deberes nada puedo decirte, aunque te reconozco que tengo deseos de verlo con mis propios ojos.-
-A mi mismo me gustaría verlo.-
El caballo del soldado del puño giro entonces quedando de espaldas a la caravana. Un aparente silencio pareció posarse entre ellos frente al bullicio del oasis. El soldado del Puño abandonó tras unos instantes la compañía de Hamad y paso a ritmo suave junto al total de la caravana, hasta dejar atrás su cola, siempre parándose a observar a los integrantes de la caravana y saludándoles con un leve movimiento de capirote.
-Espero que nos acompañes esta noche durante la cena- señaló Hamad como recordando algo.
-Será un placer- afirmó el soldado del Puño, antes de dar la espalda por completo a la caravana y desaparecer en el oasis.
[Editado por Thauld el 07-03-2010 22:17]
El viento arrastra aromas desde otros lugares. El viento mueve las nubes y trae las tormentas. El viento alivia, purifica, refresca. Los recuerdos son propensos a ser llevados y traídos por el viento. Así como las historias eran conocidas en una aldea, y luego en otra, y luego en un pueblo, y en otra aldea y en otro pueblo. También los espíritus usan, como transporte, el viento. Hay quienes tienen lazos con un viento en particular, hay vientos que favorecen a unos, y hay vientos que persiguen a otros. Entre los vientos que van y vienen, dicen, existen algunos que van desde la tierra al cielo, y desde el cielo a la tierra. Tanto como la luz, que se emite desde los astros y se devuelve en los reflejos, en las imágenes, en los paisajes, en las historias, pues también hay vientos que van y vienen entre, desde y hacia las estrellas. Aquella luz que sopla desordenamente trayendo las señales, la sabiduría, las esperanzas, la profundidad, no irradiándonos, ni bañándonos, sino arrasándonos como la mayor tempestad y metiéndose por nuestra respiración haciéndonos parte de su todo, de su historia, en un torbellino que nos hace incomprensible el mensaje que subyace. El Viento de las Estrellas también ha tenido sus grandes adeptos, sus profundos adictos. Entre ellos Axelaire de los desdendientes de Helluiniel, hija de Gorlim.
Axelaire, o Ashlar, como comúnmente se le llamaba en lenguajes comunes, había vivido entre montaraces, en la tierra media, como humano, con destellos de sangre elfica. Había sufrido desde joven por no poder escapar a esas condenas milenarias que pesan sobre algunos linajes. Se sentía libre sólo a través del viento de las estrellas, por las noches, cuando las señales lo arrasaban. Había combatido, se había lanzado a nuevos mundos, a intentar vivir sin la obsesión de escapar al destino. Había conocido amores, amigos y enemigos. Había formado parte de una nación de la cuál se había hecho esencia como otros también con él. Había inhalado de sus convicciones mágicas. Y había cargado la empresa en sus hombros. De ella se había alimentado de tiempo también, con lo cuál el tiempo, su tiempo se extendería, pero un día, cuándo la magia se había esfumado ya hace tiempo, el tiempo llegaría a su fin.
Ahora Ashlar había acabado con las batallas, con las hazañas y las obras. Hacía ya décadas que la iniciativa estaba en manos de otros, unos y muchos otros. La paz se había logrado, y con ella la prosperidad, la familia y la felicidad. Todo esto había dado paso a la plenitud, aunque ahora… se acercaba el misterio y por ello habría que repasar viejas anécdotas, terribles, pero olvidadas.
La muerte tiene mucho que ver con regresar, con volver al lugar, o al no lugar, desde el cuál vinimos. Con reencontrarnos con los caminos y las monturas que nos trajeron aquí. Podría creerse que esta era un fe, pero no; era un misterio que devenía en un hecho, aunque nadie, prácticamente, que lo experimentaba lo exponía. Y si así era, cuando llegara, Ashlar no descansaría, su alma permanecería atrapada aquí, en un éter que no era vida, ese era el precio que había pagado por toda la paz, por la familia y las familias de su familia, por aquella feliz y, sobre todo, libre descendencia que había sabido conseguir. El camino de su liberación sería, por última vez, el soplido que le había dado vida y que había inundado a sus padres aquellos tiempos en Tharbad, para él el viento de las estrellas, el Elessure. Pero había sido robado.
Todo lo que había conseguido le daba una calma que no era superada, ni lo sería, por la perspectiva de una suspensión eterna del espíritu. Pero tal vez, como le había inspirado Andreath, su primogénito, las cosas podían y debían arreglarse para que el todo siguiera funcionando hacia la armonía completa. Hallar al ladrón no sería fácil, no había ninguna pista en absoluto, y el mundo era cada vez más grande. Buscar resquicios de la magia de antaño… Axelaire, el único hijo de Axeatarión, no tardó en resolver quién estaba hecho a la medida de aquella tarea. Y en los días siguientes descubrió que aquel destino parecía estar escrito para éste miembro de su clan.
Días antes de que sus días terminaran, hizo llamar al hijo de Ivjna y Xaaron... y a su hermano gemelo Rom.
Rom hacía buenas migas con unas muchachas de por ahí. Y, por entonces, Stygh meditaba que la orden del Puño Llameante era un obstáculo para sus planes para con Nergol. Irónicamente, la ‘justicia’ sería el rival por medio del cuál llegar al centro del meollo. – Buenos días, Señor Atâva. Me gustaría hacerle unas preguntas, para mis crónicas. ¿Me permitiría la molestia? - dijo, entrando en acción.
[Editado por elessurendil el 11-03-2010 11:55]
Tras inspeccionar el oasis, Atâva considero que podía permitirse un pequeño alto y desmontando su corcel se dirigió al oasis, donde dejo beber a la bestia.
El sol brillaba con fuerza en el cielo, y al quitarse el capirote Atâva pudo notar como el aire al fin le acariciaba la cara. Sacudió un poco el capirote, y desenrollando una esterilla lo dejó descansando allí con sumo cuidado. El agua limpió sus manos del polvo del desierto y refresco su rostro, cabello, después de haberlo hecho con su garganta. Saciada y refrescada se arrodilló en su esterilla de cara al sol, con las piernas cruzadas como asiento y las manos fundidas entre sí palma arriba, en señal de meditación.
Su observación fija del horizonte donde reinaba el sol, la interrumpió un joven a su lado -Buenos días, Señor Atâva. Me gustaría hacerle unas preguntas, para mis crónicas. ¿Me permitiría la molestia?-
Atâva se giro hacia el joven de pelo oscuro y ojos grises, al cual recordaba de la caravana, jamás se le olvidada una cara, y quien realmente quizás no fuera mucho más joven que ella. También se percató algo más en la lejanía al semejante al joven, más vivaracho del que tenía a su lado, aún junto su bella acompañante. Sin lugar a dudas, parecía que algunos de aquellos que acompañaban a Hamad en su caravana habían decidido tomarse también un descanso.
Stygh vio entonces por primera vez el rostro del soldado del Puño. Su tez era clara e imberbe, sus cabellos aunque cortos eran bellos y rubios, así como sus rosados labios, aún húmedos como los cabellos tras el aseo, no eran tan duros a pesar de aquella perpetua mueca de seriedad que lo hacía más finos de lo que eran en realidad. Su apariencia quizás no fuera muy viril, sin embargo, el conjunto, y quizás sobre todos sus ojos, le daban un aspecto de gran fuerza y autoridad.
-Desembucha- dijo Atâva tras asentir al joven, con una voz que no era grave y que pretendía a pesar de las maneras ser algo agradable, como era también seca y tajante. En realidad, la palabra que definitoria era "neutro".
Me alegraba el hecho de poder pasar desapercibido frente a ojos inexpertos. Haber cubierto de arena mojada; ahora seca, mi capa me había proporcionado cierto camuflaje, sobre todo en la noche, y por ende, un lugar a priori tranquilo para descansar a salvo de miradas aviesas.
Mi llegada tortuosa a Hirad se remontaba a la noche anterior. Mi caballo había muerto de agotamiento muchas millas atrás, y no me había quedado más remedio que alcanzar el oasis a pie, o correr la misma suerte que el animal. Por cruel que suene, me alegré de no tener que seguir racionando el agua para ambos, teniendo en cuenta que la montura no era vital para continuar la marcha.
"Gran idea lo del caballo en el desierto, Nâthindar." -pensé.
Una vez logré acceder al oasis, tenía que buscar un rincón oscuro para dormir, definitivamente no me interesaban las posadas, lo único que harían sería ralentizar el viaje, bien lo sabía. Bebida, mujeres, un bien escaso para mí desde hacía más de una semana, y que si se le sumaba al calor duplicaba esa necesidad. Mejor evitar todo eso.
Había pensado en robar un caballo, pero en un sitio tan pequeño, toda la población caería sobre mí. Desheché la idea y me levanté, sacudiendo los restos que dejaron mi capa polvorienta.
Me había ocultado entre dos puestos de unos mercaderes muy ruidosos que me despertaron sin remedio. Me encontraba en la parte de atrás, y como no me hubieran confundido con una duna, no entendí cómo no me habían visto. Salí del lugar sigilosamente y me mezclé entre algunas personas de la calle, intentando pasar desapercibido.
Quise, instintivamente, llegar hasta la zona donde los viajeros que entraban al oasis dejaban sus monturas, en busca de algo interesante. Y vaya si lo encontré. El número de transportes había crecido considerablemente lo que me hacía pensar que la famosa caravana procedente de Dassart estaba aquí.
- Imposible -murmuré, echando una vista hacia el centro de la ciudad- Debieron salir justo antes que yo.
Un grupo de hombres que pasó por mi lado lanzó una mirada furtiva al hombre armado y con la capa raída que flanqueaba sus monturas. Sin embargo no me dijeron nada.
Era mi oportunidad. Por lo que sabía, esa caravana se dirigía a Adudran, y no se me ocurría ningún otro modo para llegar ahí que no implicara robos o muertes. Decidí esperar cerca de los camellos a que los viajeros volvieran para pedirles un lugar en su viaje, no quería arriesgarme a morir en el desierto en dirección a mi destino.
Me senté en una roca del camino y me quité la capa, dejándola a mis pies. Sequé el sudor que recorría mi frente con los ya antiguos brazales de Gondor. La punta de la vaina dibujaba un surco en el suelo ahora que me encontraba sentado. El sol mordía sin piedad el oasis de Hirad.
[Editado por Derufin el 09-03-2010 18:07]
El agua era fresca y estaba limpia, no podía pedir nada más. Se sumergió completamente, aguantó la respiración y, al cabo de unos segundos, emergió resoplando como un cetáceo. La mitad de sus chicos estaban alborotando en la charca, pero al menos no molestaban a nadie (su escandalosa escenografía había hecho apartarse a los demás viajeros, incluso algunos camellos habían decidido ir a refrescarse a un lugar más tranquilo). Los carros descansaban en la orilla del tramo de charca que habían "tomado", los caballos habían sido desuncidos y comían y bebían plácidamente.
Nergol iba en ropa interior, el pecho completamente desnudo y los calzones chorreando. Se acercó a la sombra de varias palmeras, la arena ardía, pero el aire olía a verde y a humedad, su ropa, más o menos limpiada, se apoyaba en unos espinos. Se sentó sobre una suave extensión de hierba y comió, lentamente, varios dátiles dulcísimos.
Nergol observó como los hombres que habían quedado haciendo guardia tomaban el relevo de aquellos que ya habían podido refrescarse, que, ahora, al fin calmados, pero aun con ganas de bromear, salían del agua. Se fijó en la espalda de uno ellos, estaba surcada de profundas y largas heridas aun sangrantes. Nergol sonrió torcidamente y escupió, a lo lejos, un hueso de dátil