Historia privada

Quenta Nimgûl Nwalmegîl

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Fragmento 8 por Isilmeriele

-Sujétala fuerte!- ordenó imperiosamente Hyarmenhir al individuo que le había comunicado el estado de la joven.

Se debatió un momento y luego cayó exáusta en su lecho.

-¿Cómo es posible que esté enferma?, ¿no es acaso una Elda?

-Lo es mi señor, respondió el otro hombre, lo es, pero una herida infligida por un arma es capáz de hacerle esto a cualquier Elfo.

Mandó entonces Hyarmenhir a un par de Sanadoras de entre su gente para que revisaran a Mornaórë al fin de encontrar la herida y poder detener la infección o el veneno.

Momentos más tarde ambas mujeres salieron de la tienda donde yacía la joven aún ardiendo de fiebre.

-¿Qué fué lo que hallaron?- preguntó Hyarmenhir

-Absolutamete nada, aparentemente no tiene heridas de ningún tipo en el cuerpo, cosa, si se me permite opinar, muy extraña en la raza élfica.

-Si, pero Mornaórë quizá no sea una Elfa, puede que sea una Peredhil, aunque nunca me lo ha comentado.

Fragmento 9 por Isilmeriele

-Recomiendo que por el momento se la deje descansar, ya hemos hecho todo lo que está a nuestro alcanze. Que sane o no, ahora es solo cuestión de suerte y destino.

Hyarmenhir se dió la vuelta y caminó lenta y firmemente hacia su tienda con expresión afligida en el rostro y negando con la cabeza.

-Cuestiones de destino...nunca he creido en eso, y no lo creo ahora- se alejó apresurando el paso.

Su voz en la oscuridad era un mero susurro, apena audible, totalmente inentendible y confuso, lejano, como perdido en el basto espacio y en el tiempo. Salía de su garganta reseca y acalorada como arrastrandose desde las llamas de una eterna hoguera que las cenizas no pueden extinguir.

No podía hablar resumidamente. Extendida allí, en medio de la nada, vagando a rumbos desconocidos con gentes extrañas que de veras pensaba no conocer, no llegar a comprender jamás.

¿Había sido víctima de algún veneno?, esa pregunta rondaba su mente y le carcomía los pensamientos, llegando a obsesionarla.

No, no podía ser...¿Tan cruel y vil llegaría a ser aquel que la había incorporado a sus lineas, como a uno más de sus hombres?, ¿Aquel que le había dado cobijo y comida la noche en que había escapado, vagando en soledad bajo la tormenta y la lluvia?. No quería creer aquellas ideas que le brotaban de la mente en aquellos momentos de delirios de fiebre.

Para el amanecer ya estaba mejor. La fiebre se había ido, no así el malestar y la sensación de cansancio.

De todos modos no se dejaba vencer facilmente y cuando el sol salía reflejado en las aguas de una pequeña cañada que bordeaba el campamento se levantó e intentó caminar, apoyándose e intentando no caerse, y salió hasta la puerta de tela roja.

Inmediatamente se sintió mejor y el aire que corría frío y fresco a esas horas le llenó por completo de una nueva vitalidad.

Fragmento 10 por Isilmeriele

Cerró los ojos.

De pronto alguien la agarró por la espalda. Abrió los ojos algo sorprendida.

Detrás de ella había un hombre.

-Mi Señora no debe estar aquí, ayer mismo deliraba de fiebre, creo que no es este momento para paseos.

Mornaórë no dijo nada, ni lo miró, simplemente se enfadó por haber recibido órdenes de un desconocido, pero no tenía fuerzas para discutirle nada.

Así que se dejó llevar y se acostó apoyandose lentamente. El la tapó con sumo cuidado, y la miró a los ojo intensamente.

La joven se sintió molesta por aquella expresión en el rostro de el. Pero pronto reconoció que el había sido quien había avisado a Hyarmenhir la noche de las convulsiones. No le quedaba otra opción que agradecerle.

-Creo saber que tu eres quien avisó a Hyarmenhir la otra noche.

-Si, fuí yo, pero no tiene usted nada que agradecerme- se sonrojó.

Mornaórë no quiso decirle nada más así que se acostó y cerró los ojos en señal de que debía irse.

Y el se fué, silencioso, como una sombra, un agujero vacío en medio de la claridad matutina.

Más tarde abrió los ojos confundida y se dió cuanta de que había dormido mucho.

Hyarmenhir estaba sentado a su lado.

-Al fin despiertas!, nos has tenido preocupado, sobre todo a mi. Me alegra ver que está mejor- sonrió- pero te aclaro que hemos perdido un tiempo muy valioso, dos días, en los cuales podríamos haber cabalgado y llegado a Harad. No te culpo de ello, no es tu culpa la fiebre y lo demás. Pero en cuanto puedas volver a montar saldremos.

Hizo un intento por levantarse y se sentó. Quería aparentar estar bien, fuerte y lista para cualquier cosa. Pero se le notaba en la cara, estaba pálida.

-Estoy lista mi Señor, salgamos ya.

-No, no ahora, porque aunque que quieras aparentar que tu salud marcha bien veo que no es así, no te arriesgaré.

Se dejó caer, resoplando. Hyarmenhir pidió que todos se retirasen y le pidió que descansara y que no saliera de la tienda.

Y así pasaron dos largos días, largos, pesados y lentos. Ya no soportaba estar ahí, pero la mañana del segundo día amaneció hermosa y Hyarmenhir decidió que era hora de marcharse.

Todo estaba pronto ya. Mornaórë salió caminando sin ayuda y con aire feliz y sonriente. Hyarmenhir le entregó su caballo y ella se subió y sintió tener el mundo controlado bajo sus pies.

Partieron, aquella mañana y pasaron varios días de cabalgatas por el desierto que conucía a los extraños Paises del Sur. Cada vez la vegetación era cada vez más rara, desconocida a sus ojos, pero hermosa.

Y al fin llegaron a Harad, y la ciudad a la cual pertenecía Hyarmenhir era hermosa, y muy diferente a cualquira de las que había visto Isil, la belleza era de otro tipo, no era como la de los Elfos, pero era sorprendente.

Dejaron los caballos en un establo grande y espacioso, iluminado por unas enormes lámparas negras.

Hyarmenhir la llamó a ella y a tres de sus hombres, aquellos en los que más confiaba. Se encaminaron a la casa de el, mientras que el resto de los soldados deormían en sus casas o si eran extranjeros en la Posada del lugar.

La casa era más de lo que la joven se había atrevido a imaginar. No podía describirla. Allí estaba la esposa del Haradrim, una mujer alta y morena, vestida con una hermosa ropa. La mujer dijo llamarse Rossëpúrea, y le dió una buena bienvenida a Mornaórë.

Le asignaron una habitación, en lo más alto de la casa. Allí se fue a quedar la joven y cuando Rossëpúrea que la había guiado hasta allí se había ido, se puso a cureosar y a mirar lo que había a su alrededor.

Miró por las ventanas y descubrió que muy cerca había una gran casa de techos bajos, muchos soldados se agrupaban en las puertas, con grandes lanzas. Allí eran los calabozos. Quería bajar a visitarlos, nunca había estado en una mazmorra y había algo que le atraía de eso. Le gustaba pensar que quizá algún día quizá pudiera estar de guardiana en uno.

Se rió de si misma y se puso a ver libros que habían agrupados en una mesa baja. Estaban escritos en élfico, así que pensó que quizá eran parte del tesoro de algún saqueo a una ciudad élfica.

Se entretuvo un rato en eso, leyendo libros con historias antiguas, algunas que ya conocía y otras que eran nuevas a sus ojos.

Luego dejó los libros en su lugar y le llamó la atención algo sobre un pequeño silló ubicado bajo la ventana abierta. Lo tomó cuidadosamente y descubrió que era un arma, un látigo.

Era un arma poderosa, y no sabía muy bien como usarla, pero quería aprender porque le parecía muy útil, quizá en la guerra o algo así.

Luego se tendió sobre la cama, y su pensamiento abandonó el cuerpo y voló lejos, allá a la casa donde había nacido, donde estaban sus padres, que no la lloraban por haberla perdido, sinó que maldecían su nombre por haberlos dejado.

[Editado por Isilmeriele el 04-04-2005 20:32]

Fragmento 11 por Isilmeriele

Desperto aturdida mientras alguien la sacudía fuertemente.

-Hey! ya estoy despierta suéltame!- se arregló el cabello que le caía despeinado sobre el rostro.

-Lo siento, es que fué difícil despertarla joven- dijo una de las mujeres Haradrims que trabajaba para Hyarmenhir.

Mornaórë se levantó y se vistió, tomó su arco y se lavó la cara para estar bien despierta. Era aún la hora pálida y gris antes del alba y como acostumbraban fueron a prepararse, practicando con los soldados y planeando estrategias contra los enemigos. El póximo paso que pensaba dar Hyarmenhir iba a ser lo que Mornaórë iba a saber antes de comenzar con el duro entrenamiento.

Bajó las escaleras del frente de la enorme casa de Hyarmenir, y encontró cerca de allí a sus arqueros quienes la esperaban y recibían sus órdenes sin quejas.

Entró sin avisar en la tienda de Hyarmenhir. Este se dió la vuelta para buscar un mapa y se encontró con la imagen frágil y a la vez dura de Mornaórë. Vestía de gris, un gris pálido que se confundía con el color del cielo de la mañana otoñal. El cabello con grandes rizos le caía sobre los hombros y le daba un aspecto majestuoso. Pero quien la veía pensaba que no había vivido más que unas 18 primaveras en la tierra, aunque Mornaórë tenía la vida de los Eldar, aunque aún no había tomado su elección definitiva.

-Niña!, me asustaste- sonrió Hyarmenhir.

-Lo siento, ¿Está todo listo para la próxima salida?

-Si, está todo. Ven acércate a ver el mapa así te explico.

La muchacha se acercó y descubrió que cerca de allí, había un hombre sentado en un sillón verde.

-Ah!, el es Nurion, Hombre de Gondor, ahora pero perteneciente a las filas Haradrims- rió con ironía.

Nurion se levantó e hizo una reverencia a Mornaórë.

-Nurion para servirle bella joven. Como ya sabes soy un Gondoriano, pero muy pocos años de mi vida los he pasado lejos de Harad, es mi hogar y Hyarmenhir es como mi padre.

-Bueno, ahora que todos nos conocemos prosigamos, así le explico a la Capitana el plan.

La idea era buena. El puerto que pensaban atacar estaba ubicado bien al sur, cerca de las Playas de los Elfos. Irían por el norte, cruzando las montañas de la zona y evitando ojos enemigos. Luego bajarían adentrándose en el bosque y luego llegarían por la noche al puerto atacando con fuego y acero.

Mornaórë sonrió y salió complacida de la tienda, buscando a sus hombres y preparando las flechas, aquellos tiros certeros que le darían, seguramente, la victoria.

Fragmento 12 por Isilmeriele

Se acercaron a una zona especial, allí comenzaron a practicar. Planeaban y armaban ideas, las encontraban débiles y volvían a pensar en algo que sirviera más.

De algo estaban seguros: irían primero sobre las montañas, a la vista de todos los enemigos. Las cimas de los picos montañosos más altos estaban cubiertos de nieve.

Luego de cuatro o cinco horas de entrenamiento Mornaórë se retiró en busca de Hyarmenhir para comentarle los planes que tenía.

Este estaba parado contemplando una enorme espada negra. A su lado y con cara de satisfacción estaba Nurion.

Había algo en la forma de ser de aquel hombre que no le caía bien a Mornaórë, quizá su forma de mirar, de observar la situación a lo lejos, cosa que había estado haciendo varias veces esa mañana, mientras la joven entrenaba a sus hombres.

Aunque había respeto en su mirada y en sus palabras en todo momento, algo en lo más profundo de su ser le daba cierta desconfianza a Mornaórë. Podría leerle la mente si quería, pero podría ser peligroso, como le había sucedido ya con Hyarmenhir.

Le temía en algunos momentos, así que se contentaba con estar atenta y no mostrar signos de desconfianza.

-Pasa, pasa hija!- dijo Hyarmenhir acercándose a ella.

Había comenzado a querer mucho a ese hombre. Como nunca había querido a sus padres.

-Tengo algunos planes para mis arqueros.

-Ah! de eso quería hablarte, mira, Nurion va a formar parte de tu huste también, pero no como uno más de tus Nwalmegîl, sinó que irá como Comandante, bajo tu cargo.

Nurion sonrió triunfalmente y le dedicó una reverencia. La cara de Mornaórë de frustración y descontento se reflejó enseguida y quiso cambiar de tema para no sentirse tan abatida y molesta.

-Si, bueno, lo que estuve pensando es que lo mejor será que bajemos por la cara este de las montañas que bordean la Ciudad del Puerto. Luego de allí, según lo que me ha dicho Rwenan corre un sendero muy empinado que entra al bosque también por el este y conduce a unos pantanos. desde allí se sale por otro sendero al Bosque de Aranya desde donde podemos entrar a la parte norte de la Ciudad por la noche sin ser vistos.

Ambos hombres la miraron sin perder el asombro.

-Exelente!- exclamó Hyarmenhir, exelente muchacha!, pero dime...¿Cómo sabe Rwenan sobre ese sendero?.

-Pues Rwenan se aventuró muchas veces más allá de las fornteras de tu País, Haradrim. No me mintió, confío ciegamente en el.

-No creo que el plan de resultado- dijo Nurion inquisitivamente- Mornaóré es joven y aún no tiene idea de donde está parada.

-Ah no?, ¿Y qué crees tú?, que lo que se te ocurra a ti sobre estrategia en la guerra puede resultar mejor plan que el mío?, me parece que tus años tras la espada te confunden, haciéndote creer que porque tienes más años de experiencia en esto que yo serás capáz de trazar un plan mejor que el mío.

-Tranquilos, tranquilos. Nurion hijo, Mornaórë tiene razón, su plan es exelente, yo mismo había concebido una idea parecida a la de ella, pero el caso está en atravezar los pantanos. Los malditos Gondorianos del Puerto jamás sospecharán que tomemos semejante camino, jamás.

Mornaórë sonrió y se dió por satisfecha, saliendo de la tienda y cerrando tras de ella la puerta de tela roja.

Fragmento 13 por Isilmeriele

Caminó moviendo la espada hacia los lados, en posición de ataque. De pronto paró en seco al encontrarse con Rwenan.

-¿Cómo te fué ahí dentro?- preguntó el.

-Creo que bien, por ahora Hyarmenhir tiene decidido seguir mi plan. Pero Nurion se empeña en torcerlo, quiere trazarlo el, aunque sabe que el mío es un buen plan.

-Si, ya lo creo. No hay otra alternativa. ¿Vamos a pulir los últimos detalles?.

-Vamos- respondió ella guardando la espada con mucha habilidad detrás, en un arnés que tenía en la espalda.

Caminaron por una calle estrecha, hasta llegar al frente de una casona vieja. Era la Posada de la zona.

Entraron y se sentaron en una mesa en el fondo. Rwenan tenía una serie de mapas de todo el territorio enemigo, y también de más allá de sus fronteras. Lo miraron con atención, discutiendo las idas y vueltas de los caminos y cada recobeco del bosque que cercaba la ciudad casi por completo.

Al fín terminaron y se separaron a la entrada de la Casa de Hyarmenhir.

-Te espero mañana- le dijo ella.

-Si, ahí estaré esperándote, descuida- sonrió le besó la frente y se alejó de ahí.

Fragmento 14 por Isilmeriele

Volvió a la casa de Hyarmenhir y lo encontró sentado en la entrada. Su mairada se perdía en el vacío nocturno y su pensamiento vagaba en cuestiones de guerra.

Al ver a Mornaórë volvió a la realidad y sonrió.

-Me gustó el plan que inventaste hija.

-Gracias, nunca me había creído capáz de pensar en un plan de guerra de verdad yo pensé que...

-¿Qué no serviría?- se apresuró a decir el.

-Si, que no te serviría.

-Bueno, para ser tu primer plan no está nada mal. Es más yo había pensado en cruzar los pantanos, aunque esperaba la opinión de alguien más.

-¿De Nurion, Señor?

-Si, el es uno de mis mejores hombres, aunque ahora estás tu...- rió

Mornaórë rió también y se levantó para entrar a la casa.

-Ah! el otro día encontré un látigo sobre el sillón de la habitación que me fué dada.

-Si, es para ti. Quiero que aprendas a usarlo, es muy útil en la guerra.

-¿Y quién me enseñará?

-Nurion sabe usarlo mejor que nadie en esas tierras. Te aconsejo que el te ayude, es más, le pediré que lo haga.

Mornaórë puso cara de sorpresa pero aceptó. No le importaba tener que soportar las miradas y los comentarios de ese hombre si era por aprender algo más que le ayudase a protegerse durante la guerra.

El aire estaba cálido esa noche, y se oían los susurros de los animales nocturnos que se paseaban a esas horas.

La joven entró en la casa y no bien hubo comido se acostó perdiendose en un sueño profundo.

[Editado por Isilmeriele el 11-04-2005 20:43]