Historia pública
Historia pública en desarrollo #83
Descripción
Retorno de los dragones
Ambientación
100 aρos despues de la caida de Suron
Personajes
Guth
En la Tierra del Utumno un nuevo poder surgió , Dragones que quedaron desperdigados por la Tierra Media : 3 de las montañas Azules , 2 de los bosques de Harad y 1 de Annúminas . Esos 6 dragones sin nombre volaron hasta la extenuacion parando en el mar de Rhûn ; asi 1 fué abatido , el de Annúnimas por un destacamento oriental , los 5 restantes se pelearon por la tierra que creian haber descubierto , quedaron una hembra de Harad y un macho de Las Montañas Azules , y se asentaron en el Utumno , lo que no sabian era que alli Melkor medraba y asi surgió la Invasión del Este a la muerte de Elessar y Undómiel en el año 120 119 de La Cuarta Edad del Sol respectivamente . Melkor ya tenia 58 Dragones a su servicio para destruir el Oeste .
Sabía que más esperaba, más fuerzas iba a juntar, y los hombres de la Tierra Media estaban desprevenidos, ya que pensaban que con la destrucción del Anillo Único, más de un siglo atrás, todos los males se habían extinguido. Pero nunca se puede corromper a un espíritu tan poderoso como el de Melkor. Y su remordimiento se volcó en estas criaturas que ahora estaban surgiendo nuevamente, para el pesar de toda la raza humana.
Aragorn ya había muerto, y aunque su hijo reinara, Melkor sabía que nadie iba a ser capaz de organizar un ejército lo suficientemente poderoso como para derrotar a esta nueva raza de dragones. Eran más fuertes, su fuego quemaba más que nunca, sus escamas eran rústicas y duras, y su corazón tan negro como su sangre. Volaban grandes distancias sin necesidad de comida ni descanso, y tenían una visión muy aguda.
[Editado por MADI el 02-04-2005 21:44]
Guth, el haradrim, se hallaba sentado sobre un tapiz bellamente bordado, mirando al horizonte. Sentía la brisa en su rostro, y le traía imágenes de desolación. Sentía el agua en sus labios, y le traía imagenes bellas, pues para él era como un tesoro, al igual que lo era para cualquier otro hombre del desierto.
Las nefastas noticias que había traido el mensajero del oeste habían provocado revuelo en su comunidad. Se decía que terribles dragones sobrevolaban de nuevo los cielos de la Tierra Media, asolando cuanto encontraban a su paso.
En esos momentos el día despuntaba, y con los últimos rayos de sol se celebraba una asamblea, en la que el mismo Guth debería hallarse, pues era uno de los hombres de la tribu. Pero no lo hizo, porque sabía la resolución que tomarían los ancianos, y que todos los demás respetarían. Y es que él no era precisamente un anciano, pues no hacía sino dos años que había alcanzado la mayoría de edad en cómputos de los hombres. Era un guerrero bravío y descarnado, que había manchado mil veces su nombre con sangre ajena. De los que le conocían, se sabe que le llamaban el imprudente, por las tácticas arriesgadas que solía emplear en las guerras de las tribus, que eran inconstantes e incesantes desde que la nación Haradrim se dividiera en más de cien partes, poco despues de que sus dirigentes demostrasen su incapacidad apoyando al Señor Oscuro Sauron, el Vencido por Medianos, según narraban las leyendas.
La brisa arrojaba arena al rostro de Guth, y las últimas voces dentro de la enorme carpa que acogía el consejo comenzaban a subir de tono. Todo había terminado: la tribu marchaba al este, alejándose de la posible (y muy probable) amenaza.
Sarkum, amigo de Guth desde la infancia, se le acercó:
- ¿Porqué has abandonado el cónclave, mi buen Guth?. Los mayores están molestos contigo ahora. Sabes de sobra lo que dicen nuestras sagradas leyes: ningún hombre puede abandonar el concilio a no ser que tenga una buena razón para ello, o dejará de considerarsele como tal.
- Conozco las leyes Sarkum, pero lo que se discutía ya estaba decidido. Nuestra tribu huye cobardemente del peligro, aun sin estar seguros de que nos sobrevendrá. No pienso huir de un mal invisible. Pienso hallar tal terror y enfrentarlo.
- ¿Acaso oyes tus palabras?. Si vas en busca de los dragones morirás sin remedio. Se sensato ahora, y discúlpate. Eres admirado por tus logros en la guerra, y si te muestras prudente no cabe duda de que se te perdonarán tus faltas.
- Lo siento Sarkum, pero es allá en el oeste donde está mi destino ahora. Mañana tomaré un caballo y me marcharé en esa dirección. Aenner me acompañará.
- ¿Aenner?. Es un muchacho imprudente, un insolente. Apenas tiene 17 años, no te será de mucha ayuda.
- Ven entonces tú, Sarkum, que eres mayor que yo. La tribu no te quiere aquí, les resulta molesta tu sabiduría, pero yo sabré valorarla.
Sarkum dudó, pues las palabras de su amigo eran ciertas. Siempre había sido muy sabio y prudente, pero esto resultaba incómodo para los ancianos. Solía ser mirado con malos ojos, y ni sus padres parecían apreciarle. Se sentía menospreciado, y por esa razón, aun considerandolo una imprudencia, decidió acompañar a Guth.
- Está bien, amigo mío, iré contigo.
- Partiremos mañana, al alba. Ve con un caballo y provisiones al ala oeste del campamento.
- Allí estaré.
El sol comenzó a asomar por el horizonte a la mañana siguiente, y allí estaba Guth, sentado, mirándolo, como hacía siempre. Le gustaba verlo salir, y solo por eso solía madrugar todas las mañanas. Pero aquella mañana había una razón mayor para hacerlo. Aenner ya estaba esperándole. Tenía preparados dos caballos, tal y como Guth le había dicho.
- Llegas tarde, Guth. ¿Cuando piensas partir, cuando todos nos vean?.- dijo Aenner, impaciente.
- Hemos de esperar aun un poco, Aenner, no seas impaciente.
- No veo el porqué. Los caballos están listos, y las alforjas llenas. No deseo toparme con el resto de la tribu, ni recibir miradas de desprecio ni...
Pero en ese punto, Aenner calló, pues había visto a Sarkum acercarse.
- Sarkum viene con nosotros, Aenner. Por eso había que esperar.
- ¿No crees que deberías habérmelo consultado?.- dijo Aenner, quién se sentía ofendido por no haber sido tenido en cuenta.
- Tal vez, si, y tal vez no. Sarkum es mi amigo, y ya sabes que la tribu no le quiere demasiado. Y no creí que te molestase.
En efecto, Aenner y Sarkum no se llevaban excesivamente mal, aunque no fuesen demasiado compatibles. Pronto Sarkum estuvo con ellos, y la marcha comenzó, sin que nadie les viera salir.
Continuaron hasta después del mediodia sin detenerse, y sin hablar más que lo imprescindible, pues se habia levantado un molesto viento que les llenaba de arena cada vez que tenian que retirarse las telas de los turbantes que solo dejaban al descubierto una franja para los ojos.
Se detuvieron junto a unos matorrales espinosos que arrojaban una escualida sombra, y tomaron una frugal comida y algo de agua.
-En dos jornadas saldremos del desierto- comentó Guth, mientras examinaba su camtimplora-, sin embargo no me gusta nada el aspecto que tiene el lugar. Si mi memoria no me falla, tendriamos que haber avistado ya un oasis, hacia el sudoeste, pero no lo distingo.
Y se dedicó a asegurar la cincha de su caballo mientras repetia entre dientes esto no me gusta nada. Volvieron a montar, en direccion a donde deberia estar el supuesto oasis. Guth declaró que si no lo encontraban antes de la caida de la noche, significaba que habia cometido un gran error al calcular el rumbo, aparte de que se verían en un gran problema por la falta de agua.
Cuando comenzaba a oscurecer, divisaron una franja oscura en medio de la monotonia marron-grisacea del desierto. Guth no dijo nada, pero espoleó a su caballo hacia alli.
Cuando los otros dos llegaron, se dieron cuenta de lo ocurrido. No habian avistado antes el oasis porque la verde vegetacion que deberia tener habia desparecido. Solo quedaban árboles carbonizados y un monton de piedras ennegrecidas, de lo que parecia haber sido un pequeño asentamiento. Al acercarse vieron algo que les heló la sangre: entre las piedras, sobresalian restos de cadaveres calcinados y retorcidos. Aenner se hizo a un lado para disimular su angustia y poder liberar su estómago, que parecia ansioso por expulsar la poca comida ingerida, mientras Sarkum iba en busca de Guth.
Lo encontró de pie en el extremo del quemado oasis, con la vista fija en el horizonte, y una lágrima corriendo por la mejilla. No le dijo nada a su amigo, pero señaló con la cabeza hacia el suelo ante ellos. Una gran huella se perfilaba en la arena, seguida de otras muchas, y un surco se dibujaba en el suelo. Sarkum frunció el ceño cuando comprendió lo que había ocurrido: no estaban tan lejos del peligro como suponían. Las extensas llanuras deserticas, que el con esperanza, habia considerado seguras durante algun tiempo, ya no lo eran.
Sarkum le habló a su amigo:
- No nos detengamos aquí. Parece que el peligro ha llegado antes de lo que esperábamos, y esto me duele, pero debemos evitar permanecer quietos, pues si el dragón aún ronda la zona seremos un bocado fácil para él.
- Pero, ¿cómo puede haber sucedido semejante desgracia?. Es imposible que haya dragones tan cerca. Ni siquiera hay una roca en la que puedan ocultarse, no digo ya morar.
- Eso no lo sabemos, pero antes de comenzar a indagar deberíamos buscar un lugar seguro en el que ocultarnos, pues está claro que el oasis no está en condiciones de quedarse.
En ese momento se acercó Aenner, con la cara blanca, y expresión de mareo. - Deberías controlar mejor tus emociones, Aenner -le reprendió Sarkum- no creo que nos sobren las provisiones tanto como para que las expulses cada vez que surja una escena desagradable.
- Y tú deberías dejar de darme consejos estúpidos, Sarkum- respondió Aenner, bastante molesto- ya veremos quién controla mejor sus emociones cuando llegue el momento de luchar.
Aquello molestó a Sarkum, que tenía poca experiencia en combate, a pesar de ser varios años mayor que Aenner.
- No pienso perder el tiempo con las insolencias de un niñato que no es capaz ni de retener la comida. Busquemos un lugar donde ocultarnos y exploremos los alrededores mañana.
Guth estuvo de acuerdo. Cortó de golpe la discusión y volvió a montar su caballo, seguido por sus dos compañeros, en busca de un lugar resguardado donde pasar la noche.
Pocos kilometros más alla del oasis calcinado por el aliento del dragón una abertura en mitad del desierto surgía imponente cortando la contiguidad del desierto. Entre arena y roca una oscura hebra de humo azul ascendía serpeando hacia las estrellas. Guth paró en seco a su caballo y con un movimiento de la mano mandó parar a sus dos compañeros que descabalgaron y se aproximaron a él.
- ¿Que ocurre amigo mío? -preguntó Sarkum. Su voz apenas era un susurro llevado por el viento.
- Mirad al frente -dijo el hombre del Harad. Sarkum y el joven Aenner otearon el horizonte. La fumata azul parecía aumentar hasta casi doblarse en tamaño.
- ¡El dragón! -exclamó Aenner.
- Silencio niño - dijo Sarkum.
Demasiado tarde, el grito había despertado al dragón. Un rugido atronador pobló el aire y una luz roja crecío en el interior del abismo.
Los haradrim corrieron buscando un sitio para ocultarse. El aura rojiza iba aumentando muy rápidamente, la noche casi se hizo día.
De repente una voz surgío de la nada, una duna se deshizo y una puerta de madera apareció tras ella.
- Rapido entrad.
Hombres y caballos entraron por el umbral. La puerta se cerró y una nueva capa de arena descendió ocultándola de nuevo.
Fuera el dragón volaba, cubierto por un aura dorada parecía el mismo sol, grandioso sobre el cielo dominaba el desierto. Rugió de nuevo, su voz como el derrumbe de una montaña retumbó bajo la casa de la duna, luego volvío a entrar en sus aposentos, señor del Harad, el grandioso dragón Bralaug.
[Editado por aklar-estela el 20-03-2006 16:04]