Canté de hojas, de hojas de oro, y hojas de oro allí crecían:
del viento canté, un viento llegó y sopló entre las ramas.
Más allá del Sol, más allá de la Luna, la espuma cubría el Mar,
y junto a la orilla de Ilmarin crecía un Árbol Dorado.
Bajo las estrellas del Anochecer Eterno brillaba en Eldamar,
en Eldamar junto a las murallas de Tirion, la ciudad de los Elfos.
Allí, durante mucho tiempo, las hojas doradas han crecido a lo largo de los años ramificados,
mientras que aquí, más allá de los Mares Que Separan, caen ahora las lágrimas de los Elfos.
¡Oh, Lórien! Llega el invierno, el día desnudo y sin hojas;
Las hojas caen en el arroyo, el río se aleja.
¡Oh, Lórien! Demasiado tiempo he morado en la Costa Citerior
y en una corona que se desvanece he entrelazado el dorado Elanor.
Pero si ahora cantara de naves, ¿qué nave vendría a por mí,
qué nave me llevaría jamás de vuelta a través de un mar tan ancho?