Tenía un recado que hacer allí: recoger nenúfares,
hojas verdes y lirios blancos para complacer a mi bella dama,
los últimos antes de que acabe el año para protegerlos del invierno,
para que florezcan junto a sus bonitos pies hasta que se derrita la nieve.
Cada año, al final del verano, voy a buscarlas para ella,
en un amplio estanque, profundo y claro, muy abajo en el Tornasauce;
allí son las primeras en abrirse en primavera y allí son las últimas en marchitarse.
Junto a ese estanque, hace mucho tiempo, encontré a la Hija del Río,
la bella y joven Baya de Oro, sentada entre los juncos.
¡Dulce era entonces su canto, y su corazón latía con fuerza!
Y eso te vino bien, pues ahora ya no volveré
a adentrarme en las profundidades del agua del bosque,
al menos mientras el año no haya llegado a su fin. Tampoco pasaré por
la casa del Viejo Hombre-Sauce antes de la primavera,
no hasta la alegre primavera, cuando la Hija del Río
baile por el sendero de los juncos para bañarse en el agua.