| Descripción del Personaje |
Aunque Amira no pertenece ni a este mundo ni a ninguna raza conocida, su aspecto, no obstante, es del todo habitual, pues no es en sus rasgos físicos donde se manifiesta su verdadera identidad. Sólo un atisbo, en el color de sus ojos, pues cambia con sus sentimientos más puros. Sus cabellos, ondulados, dorados como la relumbrante luz del sol en el ocaso. Su rostro claro, dulce melancólico. Su mirada severa, aun sin perder nunca su dulzura e inocencia, su vulnerabilidad. (pendiente de actualización)
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| Historia del Personaje |
<<Allí estaba un almez, que el viento mecía a placer. Allí estaba el viento, que jugaba entre la hierba correr. Allí estaba la hierba, húmeda al amanecer. Y allí estaba el mar, cuyas bravas aguas iban a dar contra los pies de aquel saliente singular.
Allí estaba ella, esbelta figura erguida frente al mar. Sus cabellos, largos y ondulados, se mezclaban con las hojas secas que el viento conseguía hacer bailar. Una extraña brisa se levantó, portando, hacia él, el peculiar perfume a flores de Adniâr. Porque allí estaba, de pie, en las rocas, apoyado en el almez, a su sombra protegido de miradas curiosas. Entonces sonrió, recordando momentos de extraña felicidad, cuando todo parecía que no iba a terminar jamás, cuando todavía podía sentir la libertad de ser él de verdad. Ahora, sin embargo, todo era tan ajeno… Él bien sabía que la había perdido, aunque no podía creer que fuera para siempre, pero verla allí confirmaba sus mayores temores: había llegado el momento de “el adiós” definitivo.
-¿Te vas?- dijo él.
Aunque intentó parecer indiferente, no lo logró. Su voz denotaba más de lo que él creía sentir. El pánico, el dolor, la melancolía ya se apoderaba de él, y lo devoraba, poco a poco, sin piedad, mas él, más pendiente de la reacción de ella, no podía percatarse de que aquello era el final de aquella historia singular.
-¿Te vas, sin más?- le reprochó.
Silencio. Aunque tímidas lágrimas se negaran a derramarse, aunque el viento se empeñara en portarla a tierra, aunque el mar se negara a acogerla entre sus aguas, aunque la razón se mantuviera cuerda, aunque el corazón no le permitiera olvidar cual pena fue su condena, aunque todo se volviera en su contra, su propósito allí estaba, y nada ni nadie lo iba a cambiar.
-…- empezaba a desesperarse, no sabiendo que decir, aún intentando descifrar que era lo que sentía de verdad.
-No te vayas…- le suplicó.
Ella volvió su rostro lo suficiente como para sentir la presencia de él aproximándose, pero no se giró.
-¡¿No piensas decir nada?! ¿Piensas irte de nuevo, sin decir siquiera “adiós”?-gritó exasperado- Entiendo…- no lograba entender nada.
A sus ojos ella no parecía inmutarse, pero ¿cómo iba a imaginar él la batalla que se libraba en el interior de su corazón?
Entonces se giró. Él estaba ya tan cerca que casi pudiera alcanzarla.
-¿Es lo que quieres?- le inquirió ella, lentamente, con trémula voz, mientras daba temerosos pasos hacia atrás.
Él se quedó en silencio, pues no, no quería un “adiós”, pero tampoco estaba seguro de qué quería en realidad. Desde que se fuera ella, sólo había pensado en encontrarla, no en qué le diría una vez estuviera frente a ella.
-“Adiós”- susurró ella entre lágrimas, lágrimas que no pudo contener por más tiempo, lágrimas de amor, lágrimas de pavor, lágrimas de “adiós”.>>
(pendiente de actualización)
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