Ficha de Personaje
| Registro en la web | 10/04/2007 |
| Raza | Semi-orco. |
| Lugar de la Tierra Media | Nan Dungortheb. |
| Descripción del Personaje | Cuando posamos la vista sobre Yarko, lo primero que discernimos de su oscurecido rostro son dos ojos rojos, ardientes como las ascuas de una enloquecida hoguera, aturdidores, poderosos en extremo y poseedores de una belleza sutil y a la vez horrible. Sus rasgos son afilados en extremo, nariz puntiaguda, rostro demacrado, labios finos y ajados. Es bastante alto, con una larga y sucia cabellera negra, que lleva organizada en dos trenzas largas, abiertas en las puntas. |
| Historia del Personaje | La lluvia caía sin prisa pero sin pausa, las soñolientas nubes se mantenías estáticas, el día estaba oscurecido, y los gruesos goterones empañaban los ojos de Luzbem. El campamento de los orcos fue recogido rápidamente, todos los miembros de la pequeña comunidad cargaban un hato grande y grueso a la espalda, más los recios músculos no se quejaban. Los especímenes macho llevaban una espada curva en el costado, según la preferencia de su poseedor estaban a la izquierda o a la derecha. Unos arcos cortos y robustos se bamboleaban, colgados de los hombros de algunos orcos, especializados en la caza y la lucha a distancia. Se había avistado un gran peligro para la pequeña comunidad. Se acercaban. La noche se había adueñado de los cielos y de la tierra, ninguna lumbre alumbraba el solitario grupo de orcos que deambulaban por aquella tierra baldía. La llamada del mal les apremiaba, más huían de un peligro sin nombre. Pocas veces un orco se asustaba de la maldad, pues su propia raza era creada para tal fin. La más infame y terrible de las abominaciones creada por Morgoth les perseguía. Los orcos apostaron unos cuantos guardias armados hasta los dientes, e instalaron el campamento para pasar la noche, aún sabiendo que estaban a expensas de la fortuna, en un terreno baldío como era este. Las raciones minúsculas de comida fría y gomosa cual trozos de cuero fueron repartidas, ningún estómago se sació, pero era necesario. La noche avanzaba, la Luna se acercaba al final de su recorrido, y los orcos que estaban haciendo guardia se creían a salvo, una noche más los perseguidores habían sido confundidos por las tinieblas. Más era un sentimiento infundado. Cayeron sobre ellos como las hormigas atacan un hormiguero vecino, rápidamente, sin contemplaciones. El acero silbó al salir de su vaina, las cabezas y los miembros cercenados poblaron el suelo, para formar la macabra composición de las flores que unos cuantos meses más tarde habrían de brotar en aquel valle, enriquecidas con la negra sangre de los orcos. Pocos fueron los que tuvieron tiempo de ofrecer algún tipo de resistencia, más ésta fue en vano. Por un casual o un designio de Eru, Luzbem se encontraba en esos momentos en el arroyo cercano, lavando sus penas en las frías aguas de este. Oyó los gritos, y la fría cólera y la locura pugnaron por apoderarse de él, típico de su raza, más logró controlar taler sentimientos, y espada en mano, esperó y esperó, hasta que cesó el griterío y los estertores de muerte de los pocos que aún luchaban por su vida. Luzbem observó atentamente a los atacantes, y observó atentamente también la dirección que tomaban. Recogió su petate con rapidez, parándose un momento ante los cadáveres de sus congéneres. Ninguna lágrima asomó a su rostro, pero no hacía falta más que observar el fuego de su mirada para saber el daño que le había causado esa matanza. Se dio la vuelta con la mano contraída con fuerza, y caminó rápidamente. Tres jornadas. Tres jornadas interminables de persecución, ver asomar el sol una y otra vez, con el cuerpo y la mente cansados. Las provisiones se terminaban, el agua escaseaba, no se podía pintar ambiente más desolador. Más Yarko no paraba, su marcha se regía a un insaciable deseo de venganza, y no descansaría hasta ver ríos de sangre fluyendo por su negra espada. Los atacantes habían llegado a un pequeño pueblo, y se habían detenido a pasar la noche. Yarko desenfundó la espada, y observó el claro reflejo de los haces de la Luna. Con una sonrisa macabra, se acercó sigilosamente a la destartalada cabaña. Observó con atención el modelo que se siguió para construirla, y dilucidó de su escrutinio que sería muy fácil hacerla arder. "Eso sería muy fácil, y no tan placentero como observar el desgarramiento de los miembros de tus enemigos bajo tu espada" susurró una voz en la cabeza de Yarko. Éste sonrió enfermizamente, y colocándose frente a la puerta, la abrió de una patada sonora. Los candiles se encendieron, iluminando la oscuridad. El primer guardia que encendió su candil sintió como el frío acero le penetraba en las costillas, e incapaz de tomar aire, cayó al suelo rígido. El segundo presintió el ataque, y se lanzó hacia la derecha en un hábil salto para intentar esquivar el filo mortal, más Yarko había previsto en parte su acción, y la hoja sesgó un poco más debajo de la rodilla. El semi-orco avanzó hacia el tullido, y mirándolo a los ojos, traspasó con la espada su garganta. El resto de la guardia tardó algo más en llegar de las afueras de la ciudad, y al penetrar en la estancia observaron el macabro espectáculo asqueados y horrorizados. Yarko aguardaba mientras tanto en lo alto de la escalera, agazapado, esperando el momento idóneo para penetrar en las tinieblas de la planta superior sin ser detectado. Los minutos pasaban, y el semi-orco casi podía palpar el paso del tiempo. Finalmente, desesperado y con la paciencia colmada, dio un gran salto, y cayó, amortiguando en la medida de lo posible el salto, para evitar el tintineo de sus armas. Continuará. |