Historia pública
El Bosque Negro
Gazark salió sigilosamente de su escondite junto con Gurtz y rastreó el lugar detenidamente. Sabía que todavía los elfos silvanos podían estar cerca, los podía oler aún, cosa que no pudo hacer cuando Dúmúrz se dio cuenta del arquero malherido. El amanecer estaba haciendo acto de presencia y los dos orcos debían de esconderse, sabían que a plena luz de sol no podrían caminar y serían descubiertos por los Ents. Tras varias horas dormidos en el hueco de un árbol muerto, se despertaron y prosiguieron su camino haciendo la ruta más corta hacía el sur. La tarde caía y se podían oír los susurros del viento en las copas de los árboles. Los dos orcos iban muy seguros de sí mismos, pese a que no llevaban ningún tipo de arma, y sabían que tenían que pasar por el camino de los elfos para poder llegar al sur del bosque. Gazark iba muy confiado en su camino, pensaba que iban bien orientados, pero se estaba confundiendo, se dirigían a Galdierden, la aldea secreta donde se había ocultado el rey elfo Thranduil. La aldea estaba próxima a las lindes del Bosque Negro dirección oeste y había sido edificada ahí, porque los goblins de las Montañas Nubladas solían atacar los caminos elfos y jamás se imaginarian que se ocultaba entre aquella maleza una aldea secreta.
Gazark muy confiado de que iban por buen camino se distrajo con una runa élfica que había en mitad de un pequeño sendero por el que caminaban, mientras que Gurtz pensando que estaba detrás suya prosiguió su camino. El pobre Gurtz no se imaginaba donde le estaba llevando su fiel amigo, pero justo cuando pensaba en decirle que estaba llendo por mal camino, oyó detrás suya gritos de dolor. Era Gazark que había sido alcanzado por una flecha que había llegado desde lo alto de la copa de los árboles. Gurtz al ver a su compañero tendido en el suelo, pensó en ir a ayudarlo pero se dio cuenta que él era el único que podía escapar del lugar sin que le vieran los elfos. Sigilosamente se escondió detrás de un viejo roble y vio como arqueros elfos bajaban desde los árboles y cogían prisionero a Gazark. Ahora su única misión era saber donde se encontraba y por donde podría regresar a Mordor.
La noche había hecho hincapié en todo el bosque, el susurro del viento y el movimiento de los árboles amenizaban un duro paso para Gurtz. El orco anduvo pacientemente por los helechos y la maleza del bosque, intentando formar el menor ruido posible por si las arañas andaban cerca. Su orientación estaba siendo la apropiada, ya que estaba llegando a la fortaleza recién construida de Dol Guldur, a lo lejos se podían ver las horrendas murallas que albergaban un lugar de dolor y sufrimiento. Gurtz tuvo la fortuna de encontrarse con el cadáver de un compañero muerto y también con sus armas, por lo que aparte de su armadura añadió a su escaso equipaje una cimitarra y un escudo con el nuevo símbolo de Sauron.
Cortando la maleza consiguió llegar hasta las puertas de Dol Guldur para avisar a sus superiores de la alianza entre elfos y Ents. Sin embargo esa misma noche había un gran revoloteo por toda la fortaleza. Un guardia orco que era amigo de Burtz, le abrió la puerta a su compatriota y éste preguntó al guardia, que era lo que ocurría hoy. Éste le dijo que hacía pocas horas que había llegado su Señor Sauron a la fortaleza, en forma no corpórea y que estaba convocando a los generales de las hordas de la fortaleza para un ataque al reino de Thranduil. Gurtz sabía que tenía que llegar hasta lo alto de la torre y comunicarle a su Señor que los elfos habían pactado con los Ents para defender la parte norte del bosque.
[Editado por Exun el 28-07-2003 01:14]
Gurtz andaba por la malvada fortaleza. Sus negras y oscuras paredes rezumaban un extraño sentimiento, era como estar dentro de una pesadilla, pero viviendola minuto a minuto, aunque poco les importase a los orcos, pues para ellos era deleite el sufrimiento, y placer la maldad.
Los pasos de sus botas repiqeuteaban en la fría piedra, y apenas se oían, pues los lamentos eran constantes en la torre, lamentos sin voca, lamentos sin alma, eran fríos, gélidos, sin vida, eran exhalados por malignas formas de vida que allí habían sido reunidas, sólo para azote de prisioneros y enemigos de los orcos.
Los guardias murmuraban en un balcón cercaco, murmuraban mirando nerviosamente a los lados, como temiendo que una forma oscura y perversa les vigilase atenta en la oscuridad, lista para lanzarse contra cualquier palabra negativa con Sauron.
- Lo he oido- siseó el orco- maldita sea, volvió hoy, hoy mismo, y ya está reclutando gente, esto va a ir mal, muy mal, Geritz, ya no será como en los viejos tiempos - el orco bajó la voz- ya no habrá recompensas personales, esto será una obra grandiosa, sin beneficios, entiende la vida que nos tocará llevar ahora, miserables campamentos al frío nocturno, nada de matar sin órdenes, esto irá a peor, y yo no me quedaré a verlo.
De repente, una cegadora luz cegó a Gurtz y a los otros guardianes.
- Seréis combocados en los salones superiroes- dijo una voz ronca- ahora mismo, malditos cerditos.
Siguieron la luz, que no era otra cosa que un alto orco con una antorcha que llameaba, tal vez fuera eso, o tal vez que los pasillos eran tan oscuros que la pequeña luz de la antorcha parecía cegadora.
Subieron unas escaleras de caracol, temblando, pues incluso los orcos sentían el miedo.
Abrieron de par en apr unas puertas negras, y allí, en la oscuridad, esperaba algo...las negras puertas fueron cerradas tras ellos...
-¿Quién ha sido el maldito orco que ha venido a perturbar la reunión de Dol Guldur?- dijo un enorme guerrero oscuro con armadura de puntas afiladas.
- Nosotros no hemos sido- dijeron a la vez los dos orcos que habían subido con Gurtz-. Nosotros sólo estábamos vigilando la parte oriental de la fortaleza y llegó éste orco fugitivo desde el bosque, según nos avisaron.
-¿Entonces tú, asqueroso y puerco soldado has sido el que has osado interrumpir nuestra reunión?- le dijo el guerrero oscuro a Gurtz.
- Sí mi señor, es que tengo un importante mensaje que contar a nuestro Señor Sauron. Es muy urgente.
- Pues bien, dímelo a mí y se lo haré llegar a Lord Sauron.
- Hace pocos días el general Darghez Urk, envió a dos espías al norte del Bosque Negro, es decir, al norte de éste bosque. Le habían informado de que el rey Thranduil estaba convocando un ejército de elfos silvanos para destruir las arañas que estaban arrasando el bosque. Y en efecto era verdad, nos encontramos con los elfos, los cuales destruyeron a varias hordas de goblins en la parte occidental del bosque, luego al verlos huimos mi compañero y yo. Más tarde empezaron a ocurrir cosas...
- ¡Basta ya!- el guerrero lo agarro de su armadura y lo levanto dos metros del suelo- no tengo tiempo, ¡quieres ir al grano!. No ves que tengo que estar en la reunión, ¡date prisa!.
- Bueno la cuestión es que los elfos de Thranduil se han aliado con los Ents, para destruir Dol Guldur.
-¿Y porqué no lo has dicho antes?, ¡idiota ahora tendremos que convocar más hordas para destruir a los Ents!...
El enorme guerrero lanzó al suelo a Gurtz y abrió una enorme puerta oscura, desde allí mandó a los soldados orcos que se marcharan de la sala. Cerró la puerta y un enorme silencio hizo acto de presencia en Dol Guldur.
[Editado por Exun el 28-07-2003 17:14]
El enorme guerrero, Yiskart que así se llamaba era uno de los lugartenientes de Dol Guldur, corría a toda prisa a través de una infinita galería de paredes negras. La carrera era frenética, a tráves de la oscuridad Yiskart se abría paso con sus poderosas piernas, de rato a rato una antorcha en la pared interrumpia la oscura monotonía de la interminable galería. Al cabo de un rato, al final del camino apreció una tenue luz rojiza, como un fuego que ardía tras una puerta. Y así era, el largo camino acababa en una enorme puerta negra de piedra, fria e inerte como los corazones que poblablan Dol Guldur. Al acercarse a la puerta Yiskart sintió un terrible poder, como una fuerza maldita que incitaba al suicidio y a la locura, por la rendija que había entre el suelo y la puerta salían vapores venenosos y la luz rojiza. En el centro de la puerta una enorme argolla de hierro con una pesada bola en su extremo, el guerrero levantó la bola y soltó pesadamente la argolla, un golpe seco y retumbante sonó a lo largo de todo el pasillo y después nada más se escuchó. El guerrero permanecía delante de la puerta, tenso y con el corazón a toda prisa, hasta que de prontó se oyó un chasquido y la puerta comenzó a abrirse lentamente, los goznes chirriaban y del techo cayeron pequeños trozos de piedra. Yiskart permaneció erguido hasta que la puerta no se abrió por completo. Ahora la sala estaba vacía, no existían ni llamas ni vapores extraños, el lugarteniente se adelantó hasta el centro de la sala y las puertas que antes se abrieran tan lentas y pesadas ahora se cerraron como una vieja ventana de madera en una tormenta. De pronto la sala se volvió roja por completo, con destellos y chispas a un lado y a otro, era como estar dentro de un horno, el ambiente se oscureció y el aire comenzó a hacerse espeso y unos tres metros delante del guerrero se encendió una llama no muy grande que flotab como por algún maleficio, una voz sonó grave y cruél.
- ¿Quién osa molestar mi descanso ?
- Lo siento mi señor, soy Yiskart, uno de sus lugartenientes, he visto importante el venir personalmente porque han surgido contratiempos en nuestro trabajo de someter a los elfos del bosque,- argumentó nervioso el guerrero.
Entonces la pequeña llama ardió como de furia y creció hasta hacerse inmensamente grande, el calor era insoportable y Yiskart retrocedió unos pasos, entonces, de el centro de la llama apareció un ojo, iracundo, cruel, no tenía párpado, era como mirar a un abismo y ver la muerte y el odio de todas las criaturas horribles de la Tierra Media. Era Sauron, el aborrecido, en su forma más debil desde que llegara a la Tierra Media.
- Habla entonces,- ordenó Sauron.
- Pues verá mi señor Sauron, según nos han dicho, los Ents se han aliado con el rey del bosque y piensan atacarnos, - dijo el orco secándose las gotas de sudor de la frente,- en mi opinión, su cuentan con los pastores de árboles no podremos vencer, aún no somos lo suficientemente poderosos.
- Ya veo, haz lo que te ordeno, envia mensajeros hacia Mordor, que mis nueve espectros acudan a Dol Guldur y que con ellos venga un ejército de uruks-hai. Ese Thranduil pagará por su insolencia.
- Si mi señor,- dicho esto la puertas se abrieron de nuevo y Yiskart emprendió otra trepidante carrera por el pasillo, detrás de él las puertas se cerraron y el fuego y el calor parecieron aumentar en la sala por lo que se podía ver por la rendija de la puerta.
Habían pasado ocho días desde la reunión de la torre de Dol Guldur, las fuerzas oscuras de Sauron llegaron hasta la fortaleza en poco tiempo, solamente los Nazgul tardaron un poco más. Los elfos no se imaginaban el tremendo horror que se les venía encima, el ejército de uruk-hai se componía de doce hordas, formadas cada una por treinta uruks armados hasta los dientes. A parte de eso el Rey Brujo trajo a su bestia alada para acompañar al ejército de huargos y uruk-hai. La fortaleza fue rodeada por fosas con lava y al final de cada fosa enormes barrotes de hierro afilados como cuchillos. La guerra por el Bosque Negro iba a comenzar, mientras que los demás pueblos libres de la Tierra Media apenas se intuían lo que vendría después.
Sauron decidió salir al patio de armas la noche en que los elfos silvanos de Thranduil rodearon la fortaleza. El poderoso Señor de los Anillos apareció por primera vez ante sus ejércitos para guiarles hasta la victoria. Su aparición fue corta, debido al intenso calor que desprendía el ojo sin párpado, pero la suficiente como para convencer a dos mil orcos y a trescientos sesenta uruk-hai de que Dol Guldur debía ser defendida a toda costa.
Los Ents también hicieron acto de presencia en los alrededores de la fortaleza oscura, pero ellos al revés que los elfos, se ocultaron entre los árboles para sorprender a los despistados orcos. El fuego y el miedo se hizo dueño de la noche en que Thranduil decidió plantarle cara a Sauron, el Señor de los Anillos. El rey elfo se presentó majestuoso ante la puerta principal de la fortaleza, portando un estandarte de su reino. Levantó su mirada a lo alto de la muralla principal y con una voz fina pero potente le dijo a Sauron:
-¡Largo tiempo he esperado este momento!, largo tiempo he preparado mis ejércitos para hacerte frente, porque sabía que habías vuelto. El día que Isildur, último rey de los hombres te cortó el dedo y se quedó con tu anillo, sabía que no desaparecerías. No sí el anillo de poder no era destruido, al final Elrond de Rivendel tenía razón, volverías y lo has hecho. Intuí que te querías hacer con el Bosque Verde, y así lo fuiste hiciendo poco a poco, sin que yo me enterara. Pero ahora mirame a los ojos, Sauron, engendro de las tinieblas. He venido a plantarte cara a tu propia fortaleza y mi espíritu y mis dones de elfo no descansarán hasta verte destruido por completo.
Después de este comentario, Thranduil echó mano a su cajak y cogió una flecha dorada, sacó su arco y la colocó en dirección a una bandera oscura que ondeaba con dirección al sur, lanzó y la clavó en el asta. En ese momento un espectro salió al borde de la muralla y arrancó el estandarte de Sauron, lo levantó y cogiendo una antorcha lo quemó lanzándoselo al rey elfo. Acababa de comenzar la batalla.
Los orcos rugían, los elfos temían.
Así dió comienzo la batalla entre los bandos del bien y del mal.
Los elfos se pusieron la mano en el corazón, mientras Thranduil recitaba de memoria una antigua balada élfica, extraida seguramente de una antigua batalla grandiosa, en que los elfos salían victoriosos y conquistaban glorias y honores.
Acto seguido, los orcos desenvainaron cimitarraas, y espadas negras, para ellos no existía ni el honor ni la esperanza de volver a ver a sus seres queridos. Iban a degollar, descuartizar, causar caos, y sobre todo, causar el sufrimiento entre elfos, pues por algo eran llamados azotes del bien.
Los elfos miraban con ojos de fuego a sus enemigos,hermosos señores observaban en los ojos de los enemigos un reflejo de ellos mismos, pues un día los orcos fueron elfos, mutilados y torturados.
En ellos, aquel día, no había ni el esplendor ni la calidez amable de los ojos de los elfos.
De sus bocas caían regueros de sangre, y en sus manos aún quedaban manchas negras de sus últimos asesinatos horribles.
Los elfos sacaron sus arcos, pues el enemigo se encontraba a unos 200 pies de distancia.
Cargaron flechas.
Los orcos sacaron sus escudos negros, y avanzaron.
El sonido de miles de arcos tensados por señores elfos se oyó en muchas millas a la redonda, era el sonido de la justicia, y aquel día se cumpliría.
Los orcos ya no caminaban, pues sabían que eran presa fácil en un bosque ante elfos que entendían de aquel terreno, corrían cobardemente tras sus escudos.
Las flechas se soltaron, y cientos de orcos cayeron. Pudieron verse muchos cadáveres, algunos cayeron mientras corrían, otros escondiendose en agujeros profundos, y otros simplemente mientras daban la vuelta dominados por el pánico.
Los arcos fueron cargados de nuevos con flechas de penachos hermosos, pronto encontrarían su destino.
Pues diestro era en verdad el arte de los elfos, que usaban los arcos con facilidad y habilidad extrema.
Las flechas se clavaron en cuellos, cabezas, troncos y algunas, como mágicamente (pues había magia en verdad en aquellos tiros) atravesaban los escudos y se clavaban fuertemente en las entrañas enemigas.
-¡Muerte a todos!- dijo Thranduil. Su escolta personal, ordenó que se tensaran los arcos para una última descarga.
Pero no ordenaron disparar, y los elfos parecían seguros de aquella estratagema.
Los orcos parecían desconcertados, pues eso les facilitaba la carga. pero los elfos no eran bobos ni estúpidos, el enemigo se acercaba más y más...pocos metros, unos cuantos y estarían encima, eran feroces y fuertes...esperaron a que el enemigo estuviese a unos siete metros para lanzar una ráfaga mortal.
Como cientos de enemigos que habían atacado en primera fila habían muerto (no había fallo posible a siete metros, y con la potencia élfica), los elfos tuvieron tiempo de sobra de guardar arcos y sacar espadas y dagas de las vainas.
Los orcos tampoco eran necios, y lanzaron una descarga de flechas. Ya fuese por algún encantamiento o por una magia extraña, las flechas se perdieron entre los elfos. Una o dos hirió (pero no de muerte) a algunos elfos, y las otras flechas se perdieron en la tierra, que sufría bajo la guerra.
Los orcos se aproximaron mucho, viendo que las flechas eran inútiles,y los elfos aprovecharon esa debilidad.
Las espadas élficas no necesitaban ser usadas con fuerza y brutalidad, al contrario que las potentes espadas de los hombres. Con solo rozar al enemigo con ella, ya cortaban la yugular o abrían las entrañas.
Aunque para los orcos era un placer asesinar elfos, a estos les parecía una monsttruosidad el tener que degollar y destruir, pues eran criaturas que vivían tranquilas y en paz con todos y para con todos.
Gargantas degolladas, entrañas cortadas, el paisaje era desolador, y al poco rato los elfos no podían dar diez pasos seguidos sin pasar por encima de un enemigo o un aliado caído.
Thranduil era el ganador por el momento, pero El Señor de los Anillos, azote del mundo, tenía muchas estratagemas y aliados...
[Editado por CapitanFaramir el 30-07-2003 02:18]