Historia pública
Historia pública en desarrollo #6
Descripción
Los magos se reúnen para expulsar al nigromante... será la última vez que se reúnan.
Ambientación
Época del Hobbit.
Personajes
Los cinco magos.
Gandalf el Gris procuró sacar de su vara una llama fulgurante con la que cauterizó la herida de Arthur, pues de no haber sido así el pobre infeliz hubiera muerto desangrado.
Radagast el Pardo, alzó un gran grito y un gran número de águilas, entre las que se encontraban Landroval y su hermano Gwaihir, rey de las águilas, aparecieron en el horizonte. A esta llamada también respondieron numerosos aullidos, y pronto hubo un gran número de lobos corriendo hacia los magos.
Este era el momento que habían estado esperando los Cinco. Gandalf dejó en el suelo a Arthur, que se había desmallado, y se unió a los cuatro magos. Fue entonces y sólo entonces cuando empezaron a preparar el conjuro contra los esqueletos. Sabían que serían vulnerables a cualquier ataque, pero se habían cubierto bien las espaldas, los lobos, las águilas, Beorn, Ithrolas y Enthil estaban dispuestos a dar sus vidas por ellos.
Colocados en círculo y con las varas en alto comenzaron el ritual.
Los lobos se habían colocado formando un gran arco defensivo en torno a los Cinco. Beorn estaba situado entre la puerta y los magos, por delante del arco de lobos; y con un gran grito empezó su trasnformación.
Ithrolas y Enthil esgrimían ya sus arcos, desde una posición más retrasada, sin parar de lazar flechas contra los ballesteros orcos y contra los wargos que salían sin orden por la puerta. Habían pedido las flechas a sus compañeros elfos que se habían marchado, y ahora éstas llacían clavadas a los pies de ambos esperando a ser lanzadas. Sesenta y siete para cada uno, así las habían repartido.
Los magos ahora tenían los ojos en el cénit y los brazos extendidos hacia ambos lados. Los Cinco exclamaron a la vez unas palabras en una lengua ya olvidada. Una esfera blanca envolvió a los cinco y un rayo de alguna parte del cielo impactó en ella, cargándola de una luz aún más intensa y tornándola más azulada.
Beorn ya estaba dando buena cuenta de algunos wargos que habían escapado de las flechas de los dos elfos. Las águilas volaban en círculos sobre las cabezas de los magos a una altura considerable, fuera del alcance de las flechas. Los lobos deambulaban inquietos alrededor de los magos.
Pero un grito, que parecía más el chirrido de una visagra oxidada, hizo que a todos se les helara la sangre. Incluso Arthur abrió los ojos para luego volver a sumirse en la oscuridad. Jamás olvidaría aquel grito que se le grabó en la mente como a fuego.
Lo que salió por la puerta volvió a sobrecoger a todos, y eso que ya estaban prevenidos. Un esqueleto salía por la Gran Puerta, y con sus gritos, como si de un capitán se tratara, alentaba a la batalla al ejército de los muertos.
- ¡Ay! -dijo Enthil-. No temo a los muertos, sin embargo temo a lo que mis flechas no pueden matar.
- ¡Ánimo! - le alentó Ithrolas-. Los magos ya casi han acabado, sólo les quedaba que salieran y lo están haciendo. Ahora, no dispares contra ellos, centra tus flechas en los demás y sobre todo, no pienses en ellos.
Pero Enthil no podía mas que pensar en ellos debido a ese capitán que no dejaba de gritar. Había dejado incluso de disparar, lo único que quería era correr o hacer callar a ese miserable. Llevó una flecha a la cuerda, tensó el arco, apuntó a la cabeza de ese dichoso capitán y... ¡¡Zzzzzzum!! Una saeta con un penacho negro impactó en el muslo de Enthil. Pero la flecha de Enthil ya había sido disparada incluso antes de que éste tuviera tiempo de gritar, y ésta no erró el blanco. Atravesó yelmo y cráneo del capitán que, sin prestar atención a que tenía una flecha en la cabeza siguió gritando.
- ¡Enthil! ¡Los arqueros, apunta a los arqueros! Deja los esqueletos para los magos, que Beorn y los lobos se encarguen de los wargos y orcos. ¡Apunta a los arqueros!
Enthil miró a su compañero, éste tenía dos saetas alojadas en el hombro izquierdo y una le había arañado la cara, sin embargo no dejaba de disparar.
- ¡Enthil!
Este grito y el coraje de su compañero sacó al elfo de sus pensamientos y le dio ánimos y fuerzas renovadas. Ya no oía al capitán, ni los silbidos de las saetas y flechas orcas que caían a su alrededor, sólo oía el latido de su corazón, como cuando ensalzaba sus cantos a los Valar. No quería huir. Ya sólo veía las caras de los arqueros, no las de los muertos.
Mientras tanto un troll salía de la Gran Puerta, a paso ligero y con un único objetivo: los magos. Éste no era un troll que hubieran visto, era un Olog-hai, una raza creada por Sauron, más rápidos y listos que otras razas de trolls y lo más importante: resistían la luz del sol sin convertirse en piedra. Sólo Beorn y los lobos se interponían entre los magos y el Olog-hai.
Pero el conjuro ya estaba llegando a su fin, y nada, ni siquiera las flechas impedirían su conclusión, ya que la esfera había parado gran cantidad de ellas. Sólo quedaba una palabra que los elfos entendieron con claridad:
- Namarië.
Con gran estrépito la esfera estalló en una gran onda expansiva que tumbó a todos excepto a las águilas, a Beorn y al Olog-hai. Mientras Enthil volaba casi por los aires pudo contemplar con gran regocijo cómo los huesos de los esqueletos se rompían en mil pedazos hasta convertirse en un fino polvo que regó aquella vasta extensión. ¡Lo habían conseguido! ¡Habían roto el hechizo!
La onda expansiva de la esfera creada por los magos provocó el caos en las filas de Sauron. Los arqueros cayeron al suelo derribados, y quedaron aturdidos, mientras los esqueletos se volatilizaban y caían convertidos en manojos de huesos sin vida. La repentina muerte de los que se suponían inmortales resultó ser un duro golpe para las fuerzas oscuras, las cuales de repente comenzaron a sentir pánico.
Según se recobraban de la explosión, los orcos huían despavoridos, y sólo el Olog-Hai continuaba luchando, en una aparente demostración de valentía. Por supuesto, lo cierto es que de valiente tenía poco, pero si mucho de estúpido y poco observador, pues cualquiera que no sufriese alguno de los dos defectos ahora mencionados habría vuelto la cabeza para comprobar que sucedía a sus espaldas tras tan brutal explosión. Pero el troll, cegado por la vanidad, no volvió la cabeza, sino que decidió seguir luchando temerariamente. Pero poco podría hacer un sólo troll contra los cinco magos, aun habiendo sido creado por Sauron, más aún cuando además de cinco magos había dos excelentes arqueros con ellos, por no mentar a Beorn o a las águilas.
Lo demás sobra contarlo, por economía del lenguaje, asique nada más que decir, aparte de que la compañía avanzó al fin por el interior de la fortaleza, aunque no sin penurias ni riesgos.
Sin embargo, por el momento la compañía había decidido descansar, a fin de que Arthur se recuperase, y de poder trazar planes para concluir con la empresa que estaban llevando a cabo.
De tal forma, la compañía descansó, mientras los cinco dilucidaban acerca de la mejor manera de proceder.
- Hemos de andarnos con cuidado ahora, estamos en el terreno de Sauron.-decía Gandalf-. Yo ya he estado aquí antes, y el itinerario a seguir es peligroso en cualquier dirección.
- Lo mejor será darnos prisa. Si golpeamos rápido Sauron no será capaz de defenderse y podremos derrotarle.- sostenía Alatar.
- Es mejor no precipitarse. Sauron aun es incorpóreo, y si preparamos bien la estrategia será fácil obligarle a abandonar la fortaleza. Pero antes hemos de encontrarle, por supuesto.- añadió Saruman, que era quién más sabía acerca del Nigromante.
- Encontrarle no será fácil, desde luego. Mis animales pueden sentir su presencia, pero no verle, y poco le costaría a Él confundirles.- dijo Radagast, que se hallaba desconcertado.
- No debemos abusar de nuestros poderes si no queremos perder el control, asique debemos renunciar a cualquier posible sortilegio.- añadió Pallando.
- No creo que existiera tal sortilegio. La única manera de expulsarle de aquí es sacar el mal de esta fortaleza, y para ello debemos llegar al corazón de la misma.- de nuevo era Saruman quién hablaba, mostrando una vez más porqué se le había escogido como líder del concilio.
- Pero si Sauron escapa, ¿no podrá establecer de nuevo una fortaleza, y renacer con más fuerza?.- dijo Gandalf, quién se mostraba visiblemente preocupado.
- Es posible, pero una vez le saquemos de aquí será débil, y muy vulnerable. Sin sus ejércitos, y sin un refugio, acabará por perderse en la nada, convertido en una sombra sin fuerza. Recuerda que su cometido sigue siendo hallar aquello dónde se guarda su poder, y malamente podrá hacerlo desterrado. Una vez vencido, será sólo cuestión de tiempo que le cojamos y le devolvamos a su lugar.- dijo Saruman.
Asique tras diversas disquisiciones, la compañía resolvió tratar de llegar hasta la fuente del Sarn, corazón de la fortaleza, con la esperanza de poder efectuar un último hechizo que expulsase de allí al Nigromante.
Fue entonces cuando les sorprendió un chillido, terriblemente agudo y mortalmente espeluznante. La sorpresa de todos fue enorme al descubrir que quien había lanzado este grito no era otro que Khamûl, lugarteniente de Dol Guldur. Los magos, extenuados como estaban después de haber realizado con éxito el echizo que redujo a los esqueletos a polvo, se miraron con perplejidad y no sin un poco de miedo. Sin embargo ninguno de ellos cambió sus altivos y orgullosos semblantes y le hicieron frente. No debían demostrar debilidad ante su adversario. Pero sabían de muy buena tinta que Khamûl era el único Nazgûl que se encontraba en la fortaleza, ya que los ocho restantes hacía largo tiempo estaban empezando a crear una nueva sombra más al Sur, en Mordor.
Khamûl montaba sobre un caballo negro de ojos rojos como la sangre, llevaba en el cinto una daga y una espada en la mano, con la otra sostenía las riendas de su negro corcel que, nervioso, empezó a andar de un lado a otro.
Beorn, Ithrolas y Enthil pudieron contemplar con gran asombro cómo los magos tras mirarse un instante alzaron a la vez sus varas que relampaguearon como el trueno, y cómo Khamûl, el segundo Nazgul más grande giró a su corcel en redondo y desapareció por una de las grutas que se abrían en el suelo.
- ¿Lo habéis visto? ¡Ha huído! - gritó Enthil.
- Sí, pero no por temor, sino porque supongo que va a dar cuenta al Nigromante de la presencia en Dol Guldur de los Cinco - Saruman hizo una pausa -. Ahora es cuando hay que extremar las precauciones, pues pueden tenernos preparadas muchas sorpresas. No olvides que nos adentramos en un lugar casi desconocido y que es su terreno. Esto nos dará tiempo a recuperarnos, pero a ellos a prepararse.
Acordaron quedarse a descansar, pues sabían que extenuados como estaban tras el hechizo, de nada les serviría entrar rápidamente al corazón de la fortaleza.
A pesar de estar cansados, ninguno pudo dormir. Todos, incluidos los cinco magos, tenían en mente todo lo que les había costado enfrentarse al ejército de muertos, y sólo ahora desde que entraron en el Bosque Negro y llegaron al borde de la fortaleza, se dieron cuenta de que no habían avanzado casi nada. Empezaban a entender que todavía les quedaba enfrentarse a un Maiar, a Sauron. Todos le temían, y estaban aterrorizados. Sauron era sin lugar a dudas mucho más fuerte que cualquiera de los cinco magos. Los cinco empezaban a comprender que, si les había costado mucho derrotar al ejército de muertos, estos no eran nada comparados con Sauron, y todo lo que antes les aguardaba, el Nazgûl, y otras criaturas tenebrosas que podría tener Sauron. La misión les parecía ahora más que nunca inalcanzable.
Gandalf estaba sentado fumando su pipa. Estaba cabizbajo, pensando en lo que les quedaba por enfrentarse. Se preguntaba si no habría sido mejor entrar rápidamente y dejar a Sauron debilitado, pero se dio cuenta de que estaban demasiado cansados para primero llegar al corazón de la fortaleza y para luego, enfrentarse a Sauron.
Saruman, al igual que Gandalf, fumaba pipa, y estaba sentado, pero al parecer, estaba más tranquilo. Observaba el humo que salía de su pipa, y recordaba todos los hechizos que conocía, pero sabía que tenía menos poder que Gandalf para derrotar a Sauron, pues Saruman, al estudiar las artes del enemigo, estaba menos preparado para derrotar a ese enemigo del que había aprendido las artes.
Radagast estaba de cuclillas hablando en susurros con Beorn y Pallando sobre lo que se podrían encontrar.
Alatar, por su parte, estaba dando vueltas, preocupado por lo que había dicho Gandalf de su traición. Ahora no pensaba demasiado en lo que podría haber dentro de la fortaleza, sino en como le trataría Gandalf.
Los dos arqueros estaban más aterrorizados que nunca, cada uno sentado en la hierba, cabizbajos o mirando al cielo, evitando mirarse. Sus pensamientos volvían a sus hogares, preguntandose si no volverían a ver más sus tierras, y también estaban aterrorizados porque sabían que o les mandaban volver a sus hogares o tendrían que enfrentarse al mísmisimo Nigromonte.
Arthur por su parte, era el único que dormía y recuperaba fuerzas, aunque sus sueños no eran buenos.
Con esto se hizo de día, si puede haber día en la fortaleza del nigromonte, y todos se pusieron en pie dispuestos para una nueva jornada.
(Me ha parecido buena idea escribir acerca de los sentimientos que tenía la compañia antes de entrar al corazón de la fortaleza. Espero que os parezca bien. Saludos.)
Cuando las águilas volvieron de la caza, supieron que era momento de partir, así que se prepararon, observaron atentamente la salud de Arthur, quien se encontraba algo mejor, y se pusieron en marcha encendiendo luz en las varas, pues todo estaba oscuro a pesar de ser de día.
A medida que avanzaban, iban sintiendo como el camino se estrechaba, todo se hacía más sofocante y había un silencio sepulcral. Tenían la sensación de que alguien les vigilaba, pero cuando Pallando volvía la vara hacia atrás y los lados, no veía nada fuera de lo normal.
Así se fueron adentrando en la fortaleza, en fila india y atentos a cualquier ruido, cualquier alteración, cualquier sonido.
Saruman pensó:\"¡Maldito Dahap que me obliga a pensar cosas que no son ciertas!
Soy infinitas veces superior a ese necio de Gandalf el gris, amante de los medianos y de su apestosa hierba. Aunque he de reconocer que me ha dado una buena idea ese Dahap, estudiaré las artes oscuras; quien sabe, quiza la forma de derrotarle definitivamente sea usando sus mismas armas.
Que no por estudiarlas sera más dificil vencerle.\"
Gandalf miró a Saruman con un aire pensativo, era un buen mago y un buen amigo, amén de ser un gran maestro, pero le perdía la soberbia.Todos tenemos nuestros fallos, y dicho esto dirigió su mirada hacia los cielos esperando que Dahap se diese por aludido.